La pregunta sobre Dios

Julio Borromé

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Poesía y pedagogía IV

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A la memoria de José Manuel Briceño Guerrero
Amigo y maestro.

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Yo, por mi parte, no buscaba doctrinas ni cuentos,
sino una experiencia personal decisiva sobre la cuestión de Dios.

El relámpago del orgasmo es la llegada a Dios.

JB

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Como suele suceder en filosofía, todas las respuestas a la pregunta sobre Dios que se han propuesto han sido seriamente discutidas. No hay entre los filósofos acuerdo sobre la idea o la definición de Dios; sobre si existe o no un ser supremo; si pertenece o no al mundo personal de quien se encarga de crearlo o por el contrario goza de ubicuidad; si versa sobre acciones u omisiones; sobre el destino de los seres humanos y todas las cosas que pertenecen al mundo y al más allá y, por tanto, sobre el universo y las galaxias.

Hay filósofos quienes, eliminado el aspecto teológico, consideran a Dios como una abstracción, afín a las ideas, la razón. Recopilan, ordenan, clasifican y comparan los sistemas donde Dios es el centro de sus disquisiciones. Los filósofos establecen normas, enuncian juicios valorativos sobre lo que pertenece o no pertenece a Dios y a sus dominios. Y algunos guardan neutralidad estricta respecto a todas las afirmaciones de conformidad con su origen divino. Sin embargo, la neutralidad no puede contestar a la pregunta sobre Dios: no manda ni recomienda lo que se debe pensar acerca de su existencia; no puede directamente servir de guía en el laberinto de las interpretaciones.

Por el lado de los teólogos, los dogmas y los mandamientos religiosos descienden directa o indirectamente de Dios. No hay duda, bueno, no estamos convencidos de ello, pues: ¿Quién de nosotros ha escuchado los pecados de un teólogo o las confesiones de un sacerdote? Se acepta ser un pecador, se arrepiente y se espera la salvación o la condena el día del juicio final. Frank Kafka, Paul Celan, Marc Bloch, Giordano Bruno, se sacrificaron por todos nosotros, aun oramos por sus almas. Para los hombres que han actuado de conformidad con sus acciones a favor del semejante serán recompensados con la vida eterna a la diestra del Padre, quienes por el contrario, han fornicado y traicionado, asesinado y violado; avaros, egoístas y aun mil faltas cometidas o por cometer, les será reservado el infierno, y no sólo una temporada, sino toda la eternidad. Aldous Huxley leyendo la Comedia de Dante escribe: «El inferno es psicológicamente veraz». Y, ¿cómo describen los creyentes el infierno? Pongamos el ejemplo de Santa Teresa, en su autobiografía, capítulo 32, confiesa:

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«Estando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio: y mas aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme. Parecíame la entrada á manera de un callejón muy largo y estrecho, á manera de horno muy bajo oscuro y angosto. El suelo me parecía de un agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, á manera de una alacena, adonde me ví meter en mucho estrecho. Todo esto era deleitosos á la vista en comparación de lo que allí sentí: esto que he dicho va mal encarecido […] El caso es, que yo no sé como encarezca aquel fuego interior y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quien me los daba, más sentíame quemar y desmenuzar á lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor. Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar aunque me pusieron en este agujero hecho en la pared, porque estas paredes que son tan espantosas á la vista aprietan ellas mismas y todo ahoga: no hay luz sino todo tinieblas oscurísimas».

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El conocimiento del Bien, el reconocimiento del pecado, el arrepentimiento y el obrar a favor del prójimo, no  resultan útiles para que la tendencia moralmente buena venza el mal y las acciones incorrectas a los ojos de Dios y de sus ministros aquí en la tierra. Quien quiera encontrar el camino correcto debe conocer el supremo Bien. ¿Es esto posible? ¿Acaso la felicidad se alcanza definitivamente y perdura el resto de la vida? ¿Hay bienes que son medios para alcanzar bienes superiores? ¿Pueden ser varias las condiciones en que el hombre sienta una cosa como la otra, en una situación como en otra?

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Pongamos por caso que un hijo, seguramente vengándose de los traumas de la infancia, asesine a su madre y se alegre del modo en que la descuartiza. O el caso de los hackers que roban cuentas electrónicas, traspasan dinero a paraísos fiscales y se siente felices por el fraude cometido. O el problema de orden moral y filosófico que plantea la película La soga de Hitchcock, en torno a la muerte planificada y la certeza del personaje de tener la coartada de un crimen perfecto. El problema en estos tres casos radica, entonces, en que la felicidad es un estado pasajero relacionado con las emociones. El asesino mata, el hackers roba y el personaje del film se siente feliz (momentáneamente) porque la mente planifica el crimen perfecto, y no hay cabo suelto donde la policía pueda hallar pruebas para inculparlo. Las tres acciones justifican ese estado y el cumplimiento de un deseo. ¿Tiene esto que ver con el placer inmediato de la escuela de los cirenaicos? Solo tiene importancia ese mórbido placer de la transgresión y no el acto en sí mismo.

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Tanto en la confesión de Santa Teresa, como en estos ejemplos de la vida cotidiana y el cine, el problema que late, como el corazón delator de Poe, es el Mal. No vamos a meternos con asuntos que nos sobrepasan. Basta la pregunta sobre Dios. Pero, ¿si hablamos de Dios no estamos olvidando al Ángel caído, y a otras Divinidades? Por ejemplo, el Coyote y la Tortuga, el Padre cuervo y el zorro son divinidades y espíritus, y lo más importante poseen una carga simbólica enorme para los fenómenos psíquicos. Pero a diferencia del Dios vigilante y castigador, estos dioses nos ayudan a comprender la creación del mundo y a movernos psíquicamente.

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Los místicos se unen con la divinidad. No sabemos en qué consiste esa unión ni cómo se siente. No obstante, obras pictóricas muestran el rostro de figuras de la cristiandad que representan el gesto de quienes alcanzan el máximo placer erótico en aquel rapto divino, apenas sostenido por la mirada del Amante. Los Iniciados a los Misterios de Eleusis tomaban una bebida psicodélica al entrar a una caverna, estaban en la obligación de callar ante las visiones reveladas. William Blake abre las puertas de la percepción en medio del avance maléfico de la Revolución Industrial y Aldous Huxley reabre aquella puerta por donde se filtran experiencias con dioses y demonios bajo el efecto de la mezcalina y otros alucinógenos.

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Sólo hemos querido abrir el tema de Dios para mirarlo más de cerca desde la perspectiva del filósofo venezolano, José Manuel Briceño Guerrero, cuyo heterónimo, Jonuel Brigue, es el encargado de escribir los libros de ficción. Dios es mi laberinto (2013) es un libro inclasificable que aborda el tema desde una visión personal y heterodoxa. Jonuel Brigue pregunta acerca de Dios. Es una pregunta filosófica que necesita salirse de ella misma para dar cuenta de su objeto. Acumula una casa abarrotada de recuerdos, reflexiones y vivencias frente a las cuales se rinde entregado al itinerario del deseo. En la medida en que Jonuel Brigue avanza en su perfilado riesgo, se aparta de las definiciones, y acierta en el blanco cuando rehúsa sostener una sola idea de Dios, en continuo detrimento de las Diosas y de otras manifestaciones de orden metafísico.

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Jonuel Brigue, con el pretexto de conjugar diversas lecturas sobre Dios en las voces de personajes que van tejiendo una pluralidad de interpretaciones y comentarios, archiva las evidencias de visiones míticas y milenarias, en el límite del caos y la creación. De la mitología griega al Génesis, de la cultura persa a los extraterrestres, del panteísmo a la robótica. Es el mismo procedimiento que utiliza en el Origen del lenguaje y otros libros de ficción y filosóficos, mezcla los distintos géneros literarios con los sortilegios y los prodigios de la magia y la hechicería, la fabulación y el pensamiento científico, los mitos, el lenguaje y la antropología. En Dios es mi laberinto hay una expresión que puede entenderse en este sentido entreverado de su obra: «Somos mestizos de Titán y niño dios».

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No obstante, la fuerte confluencia de estas miradas sobre Dios que alimenta y sigue alimentando versiones de un mismo deseo de hacer de Dios objeto de fe, explicación y búsqueda plena, no convencen a Jonuel Brigue, en él subsiste la pregunta en el escondrijo de sí mismo.

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Pero ¿de dónde proviene exactamente esa inquietud de seguir buscando otras explicaciones y examinarse? Proviene, pensamos, de una actitud nada complaciente con los fundamentalismos religiosos y las creencias básicas acerca de un único Dios. Sin embargo, el narrador necesita contar cómo es que Dios ha sido una presencia y una inquietud permanente. Para ello, interroga a la mamá, a las tías, a los amigos, recuerda episodios relacionados con el ser supremo; y toda esta búsqueda, que es un viaje geográfico y espiritual hacia sí mismo, termina por plantear el problema de la creencia y el conocimiento como formas de acercarse a la divinidad. Hallamos entonces una primera aproximación a Dios, digamos es un medio, no un fin en sí mismo. Escuchamos a Jonuel Brigue:

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«Era más bien como si hubiera conocido un amigo extraño y al mismo tiempo familiar, no llegué a ver las conexiones que tiene con la dirección de multitudes o el decurso de los siglos. Lo llamo Dios, mi Dios, Dios mío y experimento su cercanía familiar en cada encrucijada. Y no es que yo sea su autómata. Yo dirijo mi vida y él me ayuda. Me ayuda además a ser yo mismo, a descubrirme y conocerme, en i individualidad, a alcanzar una meta que siento tener como la semilla cuando revienta y crece».

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De esta forma, en el continuo esfuerzo de no abrigar la esperanza de hallar respuesta definitiva a la pregunta sobre Dios, Jonuel Brigue pasa a otro nivel de la historia y a su complejidad. Mientras leemos y nos informamos acerca de las diversas concepciones de Dios y del Diablo, de los dioses y las diosas, la creación del universo; del origen de la realidad y la conciencia, de la naturaleza del mal, de la pregunta acerca del puesto del hombre en el mundo, Jonuel Brigue pone a prueba a su protagonista y, como acontece en El garrote y la máscara Amor y terror de las palabras, Triandáfila, recibe las enseñanzas de un maestro.

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Es en este marco iniciático donde el protagonista de la historia se hace con algunas enseñanzas que los lectores no terminamos de comprender. Hay que separarse de lo común e ir resueltamente a la búsqueda de ese enigma que es Dios. Ahora bien, hay un Dios en las Escrituras; Dioses y Diosas, pero ¿realmente existe, existen? ¿Los Dioses, Dios, y las Diosas son la proyección de nuestros miedos y esperanzas en una vida mejor que imaginamos será la recompensa por nuestras buenas acciones? ¿Creemos, porque nos sentimos culpables y abandonados? ¿Es natural que el ser humano proyecte su amor en un Ser o seres superiores después de tener que aceptar los fracasos con sus semejantes? ¿Anhelamos la eternidad?

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Jonuel Brigue no contesta estas preguntas que nosotros hacemos, pero conjeturamos: algo nos dice que están en el camino hacia el reconocimiento de Dios. Hay algo que nos inquieta y que tampoco vamos a resolver, sólo que la cuestión es fundamental, porque en la aparente superficie se esconde uno de los grandes problemas del pensamiento occidental, y si le damos la vuelta, podemos especular respecto a cuál es la esencia de un sabio cuando este no tiene apego alguno. No que no tenga ideas, sino que no se sienta atraído por darle fundamento alguno. ¿Se trata de la libertad del artista? No lo sabemos. Este es el fragmento:

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«Además, haciendo memoria, yo no había creído realmente en el poder de la oración. Hacía caso a mi mamá, pero no me comprometía personalmente. Por eso apruebo la costumbre de ciertos pueblos donde el niño aprende a decir ‘el dios de mis padres’ y no dice ‘mi dios’ hasta haberlo comprobado en su experiencia personal».

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Por cierto, las enseñanzas están apenas sugeridas. El aprendizaje está mediado por grados y pruebas que tampoco conocemos; esta forma de enseñanza naturalmente prescinde de los atributos de otras formas de conocimientos racionales, sistemáticos y acumulativos. No sabemos, cuáles son las fuentes filosóficas y esotéricas ocultas en la historia de Dios es mi laberinto, si el maestro enseña tradiciones occidentales u orientales, o la mezcla de ambas. Aun sabiendo que Jonuel Brigue pone trampas a sus lectores y que podemos caer en la ilusión de creer una cosa por otra, nos parece que hay resonancias de distintas tradiciones, aun cuando más adelante las pone a un lado para seguir otro camino. En la primera entrevista con el maestro, escuchamos:

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«Nos conocemos tú y yo desde hace siglos –dijo. Me toca enseñarte los ejercicios adecuados para llegar, después de muchas ascesis, por grados, a tu meta. Tu dios personal te trajo a mí. Largo es el camino; pero a cada paso debes preguntarte ¿por qué no ahora?, pues tu meta está ya aquí y tu llegada puede producirse en cualquier momento. Haciendo los ejercicios llamas la plenitud. La encontrarás al fin del largo camino; pero el fin del largo camino está aquí, ahora. Haz los ejercicios fielmente. Tal vez en un esfuerzo, o en un descanso, o en un parpadeo de los ojos. ¿Por qué no ahora?

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Las formas súbitas y espontáneas de alcanzar la iluminación forman parte de la tradición tibetana, china o japonesa; y también de las técnicas de la Gestalt por zafarse del pasado y de las formas en que nos controla. Hay muchas historias que relatan cómo el discípulo, por una cachetada del maestro, una carcajada, un garrotazo en la cabeza cuando el discípulo pregunta por la esencia de las cosas, llega, aquí y ahora, a la iluminación. En algún lugar de Dios es mi laberinto, Jonuel Brigue expresa que el lenguaje no basta, aunque no podemos prescindir de él para alcanzar plenamente la realización. ¿Acaso el silencio, la meditación, el vino y la risa son formas de unirse a la divinidad?

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No hay camino porque no hay nada que recorrer, está en ti, Shambala, aquel reino mítico que la bondad de Chögyam Trungpa nos insta a redescubrir. Todo está en ti. Aquí y ahora. El aquí y el ahora es el presente, la continua atención. Pero enseguida, Jonuel Brigue, nos empuja y nos saca de nuestra costumbre de fijar ideas y creencias: «Soy un centro individual de conciencia, pienso, pregunto, busco. Me relaciono con otros, me acerco, me distancio». O este otro asunto misterioso: «…siento la nostalgia de una dimensión desconocida, mi  origen».

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Pero no sigamos alejándonos del laberinto. ¿Cuáles son los ejercicios propuestos al discípulo? 1. Estudiar el cuerpo y familiarizarse con él. 2. Dirigir la atención al exterior, más allá del propio cuerpo. 3. No huir. Por ahora, no es tarea nuestra glosar y explicar los ejercicios. Quien quiera saber y hacer la experiencia por cuenta propia, tendrá que hacer su propia lectura de Dios es mi laberinto.

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Jonuel Brigue interroga algunas perspectivas filosóficas y teológicas de Dios, y nunca aprueba o desaprueba, no juzga. Solo explica para entender y continuar su aprendizaje en solitario, mientras el maestro otra vez desaparece, y retoma su lugar más adelante en el momento en que considera que ya el discípulo está listo para la última prueba.

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Llegado a este punto, el placer ocupa el centro de la historia. Qué placeres contribuyen a alcanzar la plenitud y la realización última. La cocina y el arte amatoria son formas de avanzar hacia el sentir y el conocimiento del cuerpo. Esto lo refiere, la madre de Leopoldo, ambos personajes de la historia. Es un personaje femenino quien comunica esa dimensión nada convencional sobre formas de unirse a Dios y a los otros.

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«Según ella, a Dios se llega solamente por la mesa y por la cama. El placer gastronómico y el placer sexual llevan entrambos al corazón de la Divinidad, al entendimiento transracional de lo divino, a la iluminación del alma». «Cultiva tu arte culinario y tu arte erótico. Sea esa tu religión. Su perfeccionamiento te llevará a tu meta, a la vivencia que tu corazón anhela. Además, Cojito, ¿por qué no ahora?».

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Conviene al Cojito una exigencia mayor. El maestro le ordena ascender una escarpada colina: el ascenso nos permite conjeturar que el personaje emprende en su peregrinación toda una serie de pruebas que, aunque no vemos, acontecen y son plenamente aprendidas y superadas, pues entonces no entenderíamos cómo llega a encarar la última. El Cojito sube la empinada cuesta en compañía de Mercedes, la sobrina del maestro, que al entregársela y darle esa última instrucción, deja por culminada sus enseñanzas. Los personajes se comunican a través de los recuerdos y las miradas. ¿Acaso ya lo vivieron, y ahora sólo recuerdan lo que ya pasó, en «un instante»? ¿Es esa la eternidad? ¿El aquí y el ahora?

 

La sobrina ya no es la sobrina, sino como la hermana mayor, y hay algo en el «ojo izquierdo aguarapado» de Mercedes, que le recuerda, al Cojito, a su mamá. El deseo nos hace pensar en Edipo. Al Cojito le duele un pie, y otras veces no le duele tanto. ¿Nos es lícito plantear en el orden imaginario y sostener contra Freud, que la incitación de Jonuel Brigue a unirse a la divinidad en la práctica sexual y en la ceremonia de comer(se) al otro, permite el levantamiento del tabú del incesto y las prohibiciones de orden cultural y moral que nos condenan, si engullimos carne humana, por tanto, la libertad de los seres humanos?

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J.

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Julio Borromé. Valera, Trujillo, República Bolivariana de Venezuela. Poeta, investigador y ensayista. Forma parte del Equipo Nacional de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla y del Comité de redacción de la Revista Resolana. Magister en Literatura Latinoamericana por la Universidad de los Andes. (Núcleo Trujillo “Rafael Rangel”). Ha publicado los libros de ensayos: Escritos desde el monasterio (De libros, lectores y cultura) (2009). Los intelectuales y la filosofía de lo popular (2013). Hacia una filosofía del mestizo y el desencuentro de los géneros literarios en la obra de José Manuel Briceño Guerrero (2013). Crítica de la lectura instrumental. Del sentido, la interpretación y el libro en Venezuela. (2014). América Latina: ecología, liberación y utopía. (2019).  Co-autor de los libros: Bolívar desde la razón poética 5 lecturas a «Mi delirio sobre el Chimborazo» (2022). Salvo el fulgor. Decir un día. Lectura comentada de un libro (2021). Leer, leer y leer. Consigna de todos los días. (2018). Bitácora del río. En torno a la poesía de Pedro Ruiz. (2022). Ha publicado los poemarios Tiempo de pájaros dormidos (2002), Camisa de plumas (2004), Salmos al exilio (2006), Desnuda te ves más alta (2007). Genealogía del bosque (2010). Metafísica del Tartamudo (2013). Ha sido Ganador de la Primera Bienal de Poesía Manuel Felipe Rugeles. Ganador de la Primera Bienal de Poesía Gustavo Pereira. Co-Ganador de la Bienal Félix Armando Núñez.

La imagen que ilustra esta publicación es el detalle de una obra realizada por el artista venezolano Martín García / Yeyo

 

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