La Tierra

Aproximaciones críticas I

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S e   m e c e   u n   n i d o

 

I d a   G r a m c k o

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Aunque la lectura de poesía tenga un tono ontológico, pues ella se aboca a profundos problemas del hombre, una lectura psicológica tiene interés para la emocionalidad, pese a que no agote lo lírico. La interpretación como aventura apetecible. Y aunque tenga personalmente, como todos los humanos, una simbología particular, resulta fecundo ejercerla y ver hasta qué punto esos símbolos pueden ser cotejados con otros de espíritus afines. Se ha hablado mucho de la necesidad materna de los niños, de su necesidad afectiva. Un huérfano, una criatura que no ha sentido madre, aunque está viva, da salida a grandes problemas en el adulto. Desde luego que prestando atención al presente y no al pasado, se van resolviendo, con voluntad o querencia, los conflictos, pero hay momentos en que el ánimo del individuo se ve cargado de tensión y ello se debe u obedece a un drama infantil. En ese caso, sabe bien enseñar a amar lo que se vive hoy y a conservar del pasado lo mejor que éste tuvo: un cuento, tal muñeco, tal globo de colores. En «Cielos y ramajes», poema de Santos López, en el libro Soy el animal que creo, se nos dice:

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Sin estaciones
En el resplandor de las hojas
Un nido se mece

Del ensueño
Un ritmo solemne
De acequias y raíces

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…………Hay plenitud en el poema. Y espontáneamente se nos unen las raíces expresadas en el verso con todo aquello que subyace en lo más oscuro del corazón humano. El nido se mece, además, y no se rompe, porque los huevecillos o pichones viven en paz. El ser humano no recuerda en estos momentos nada de la infancia sufrida. Pero a lo largo del poemario se nota una sensación o sentimiento de abandono y pareciera que el autor, en su situación, no encontrara espacio donde aposentarse con calor. Un lugar puede verse alterado, bellamente alterado, como en las obras cubistas, pero en este caso y en muchos otros se percibe una gran pesadumbre junto con el no poderse situar.

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Todo es arder
El lugar parece un animal deshecho

Y en otro poema, «Soy el animal que creo», título del libro, nos expresa:

Me arrastro por otro lugar
Como un animal quebrado                  Al rastrojo

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Y luego:

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No miro             Huelo            No huelo                   Intuyo la presa
Los hijos                        La colina        El refugio

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…………Hay un deseo de apresar la niñez, con la cercanía de un monte y la noción de refugio. ¿De dónde proviene este abandono? Es muy lejano acaso, pero se ha ido abultando porque anécdotas posteriores, en la adolescencia o en la juventud, han vuelto a dejar en soledad. Y no es que las situaciones nuevas repitan la anterior. Lo que sucede es que llega un momento en que una pena se une a otra y no encontramos sino desierto, no hallamos sino intemperie en todo un tiempo vivido. Para los psicólogos, sería atrayente la lectura de los versos siguientes:

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Sobre la piel
El retoño ciego

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…………El retoño, la criatura que nace, sin vista, sin poder discernir nada en torno suyo. El retoño ciego es la vitalidad en desamparo. Hay versos en otro poema que indican lo mismo:

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La historia es la bestia sin más
Abismo de anonimato                  Mi pariente

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…………Lo histórico devuelve el que fue niño a un nacimiento anónimo, al único parentesco que consiste en una sensibilidad sin compañía. No puede formarse una precisa y plena identidad sin un apoyo de nuestra biografía. ¿Qué puede forjarse o derivarse de las soledades con llanto? El temor, muchas veces. El temor de quedarnos solos en el mundo. Entonces, el quejido que en el verso de Santos López no resulta quejido, sino conversación en lenguaje, deviene de una pena y se asienta en un erial desamparado. Se teme, no a la muerte, sino a la vida. Porque la vida es brutal la mayoría de las veces.

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Desde afuera nos gritan
¿Qué voz?
¿Cuántos afanes?

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…………Algo llamaba mas no se sabe comprender qué es. El interrogante manifiesta el desconcierto del creador, en este caso. En el poema «Ritual de hambre» el poeta escribe:

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Algo de algún terror me anima
Me espanto o paro
Eso estoy pensando

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…………Ese algo, que gana en referencias con lo indefinido, es necesariamente un hecho o varios hechos padecidos. Y de pronto, en otro poema, añade:

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Era tiempo de vientres
El momento más lejos                      Nadie

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…………¿Por qué era un tiempo de preñez o de vientres y a la vez el más lejano momento? No había nadie en torno a ese tiempo que podía florecer. Cuando no podemos encontrar en nosotros la alegría, y en la penumbra no hallamos una floreciente identidad, ¿qué acontece?

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Se traga más uno mismo

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…………Hasta desaparecer. Desde luego que el tinte dramático está ofrecido en lirismo, y también ―esto hay que sopesarlo― el poemario respira de pronto ámbitos serenos como al decir:

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Concedo el oro a la tristeza

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…………Pero, dentro de su dimensión lírica, toda esta poesía parece la confirmación o el planteamiento de un estado íntimo de orfandad, porque ello cabe que sea redimido.

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Me acabo como nacido
Entre pezones

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…………Versos que expresan la dificultad de los primeros días pues se acaba al nacer. Es natural que la melancolía o el dolor jueguen su carta umbrosa en una poesía que deviene de soledades, de imposibilidad de cercanía. Lo que pasa es que la poesía tiene su dialéctica propia en el sentido de que no impide sus momentos de plenitud dentro de un drama vivido.

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El sol se empolva entre los árboles
Vida de animales hay en el estuario
Región de cielos y ramajes

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…………Ni el drama ni el triunfo son en sí mismos una estética. Pero naturalmente se cree, o espontáneamente, que poesía es construcción, fundación, instalación de mundo. El alma estremecida por el llanto se encuentra borbotando o tratando de hallar un lugarejo donde afincar lo lírico. Y, a veces, ese lugar que no es espacial, se percibe instalado. Pero lo dramático retorna, y entonces el poema trabaja lo doliente y no el canto fundador.

…………Desde una primaria emoción, Santos López conduce sus poemas entre estacas, asperezas y erizos. Y ello se debe a una interioridad sacudida. Y dentro de una sensibilidad, erige de pronto breves rincones apacibles. Sería fértil una lectura en plan ontológico de este libro. Pero intenté la aventura psicológica, sin pretender que soy conocedora, que durante años leí muchos libros, que hice un trabajo sobre Kant y la psicología contemporánea por vía comparativa, estudiando el hedonismo en ella y en el filósofo, para lo que tuve que recorrer muchas páginas escritas por Freud y Jung. Pero no aspiro a una garantía en ese aspecto de la existencia, a menos que garantía sea tratar de leerse los sueños, querer interpretar nuestros propios símbolos.

…………Me agradaría una lectura, diferente a la mía, de este libro. Porque si el poeta dice:

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Lo que se extiende a nosotros
La consternación de un clima
El animal que raya nuestra puerta

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…………Nos percatamos de su miedo ―rayan su puerta unas garras― mas hay mucho más en Soy el animal que creo y, a veces ―no es lo usual― un humano animal tranquilo.

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L a  a m b i g ü e d a d
y  e l   a s o m b r o s o   f l u i r

 

A l f r e d o   S i l v a   E s t r a d a

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Si Santos López (para comenzar con uno de esos condicionales hipotéticos, tan a su gusto) en sus dos poemarios iniciales, Otras costumbres (Universidad Central de Venezuela, 1980) y Mas doliendo ya, nos describiera un paisaje, su paisaje insólito, por mucho que estuviese enriquecido de imágenes (pero por algo sus imágenes escapan a las semejanzas); si intentara explicitar y diluir en una confidencia ese dolor arisco, indecible, que parece encajado y oculto en el tuétano del canto (pero por algo su dolor no es simplemente personal: es dolor trascendido a humanidad. Ya nos lo decía en el poema «El amor no se acaba», de Otras costumbres: «Mis ahogos/ los he sacado / de la muerte de otros hombres, /por lo que han muerto / tantos y tantos». Y así también la memoria de este joven poeta pleno de piedad ajena, cuando reconoce: «El recuerdo nuestro / en la memoria del otro / el hombre en cualquier parte»); si Santos López, en fin, nos diera la impresión de estar defendiendo las emociones mediante un desmañado recurso a la referencia prosaica, no me hubiese movido a escribir estas líneas.

Porque hay en Santos López un poder de transmutar en obra, pacientemente elaborada y esperada, obra personal y resistente a las sucesivas lecturas, los contenidos de una subjetividad tan intensa que correrían el riesgo de perderse en un solo desahogo sentimental si no estuviesen, precisamente, transmutados en un lenguaje que se nos impone (aunque Santos López diga: No me impongo) por su recia exigencia. Aún en los momentos en que el canto es para Santos López efusión, sentimos que ese canto ha estado macerado de introspección, facetado por un silencio inicial dentro de la inamisible interioridad que le otorga contextura definitiva.

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Crees poder descifrarme
Cuando soy más emoción

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 No sabría afirmar si la escritura de Santos López, de Otras costumbres a Mas doliendo ya ha crecido en emoción. Pero en mi relación con su obra, puede estar tranquilo el poeta: nunca me he acercado a la poesía como si se tratase de una escritura cifrada, de un mensaje hermético susceptible de ser trasladado a otra forma mediante la complicidad de una exégesis destructora. Quede allí intacto el misterio elegido: misterio que puede ser el verdadero respiro, o rehén de años, o punto de partida. Lejos de mí el designio de descifrar los poemas de Santos López. Muy cerca, sí, la certidumbre de que esa emoción suya acumulativa no está aislada de los otros aspectos y facultades que constituyen al ser humano en su totalidad. Con la adjetivación, a menudo abrupta, que lo caracteriza, en algún momento de Otras costumbres Santos López nos habla de su espíritu obeso. Entre otras virtudes del ejercicio poético se halla la de fusionar o trascender los opuestos que el intelecto práctico mantiene separados. Un recorrido a lo largo de la obra de Santos López confirma esta virtud conciliadora que hace de la poesía un acto de conocimiento más allá de los esquemas rígidos de la razón.

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Crees poder descifrarme
Cuando soy más emoción

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Yo agregaría, porque él mismo ha insistido en señalárnoslo: el poeta Santos López es mucho más que emoción:
es, a un tiempo y a diversos tiempos, sin detenerse a una definición paralizante, dentro del movimiento indecible de la pura vida:
Memoria, tiempo, pensamiento, cuerpo, en los desbordantes planos de la percepción poética.
El poeta está desasistido del tiempo.
El poeta vibra en su único idioma como luz y todo le parece tiempo.
Se da una instancia en que la memoria despierta al cuerpo del poeta.
Se da otra, donde su pensamiento es una oscura emoción.
Y en el hecho del poeta su memoria se sienta como si fuera su propio cuerpo.
Hay en Santos López la concepción de un espacio verbal en cuya área la ambigüedad mueve todo un instrumental recurrente que confiere al cuerpo poemático una suerte de pátina vertiginosa y, a la vez, de aireación, de desconocida libertad. De allí las interrogaciones, la duda, las negaciones:
No se sabe hasta cuándo…
Quién sabe…
Acaso…
De allí la preferencia por los indeterminados:
algo…
alguien…
alguno…
Y los condicionales hipotéticos.
Y las frecuentes interrogaciones, tanteantes, o seguidas de una afirmación contradictoria.
Y las insistentes disyuntivas: esto, o lo otro, o quizás aquello…
Suscitándose así una pluralidad de planos que conforman una muy rara, inhabitual espacialidad poética, sostenida, no obstante, por una aguda parquedad.
Y el no decir, o el no querer decir:

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Y esto no dice lo que siento…
Es no querer decir nada…

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La ambigüedad, la elusividad, en la morada poética de Santos López, son piedras angulares y secretas, tragaluces y respiraderos. Hay en Santos López una conciencia del oficio, pilar en la ceremonia de su escritura, fundamentada en una ética que nos recuerda a Kierkegaard:

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Llevar la vida como un oficio

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Yo que soy testigo del amor por el oficio que profesa este poeta amigo de aves no descritas e indescriptibles y de pájaros que se nombran apenas por el canto, cuando es la permanencia que ignora / que escapa; yo que me demoro en el roce de sus imágenes, tantas veces diferidas o sólo sugeridas en una bella contención, escapando siempre a toda semejanza, celebro hallarlo aquí con toda esa fuerza de sensación entera, ahincado en una afirmación abarcante que, a mi manera de sentir, centra secretamente, lejos de todo dogma, este nuevo poemario de nuevas aberturas:

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Todo no es más que el comienzo,
el asombroso fluir,

Corriente que desborda
en el detenido adiós,
entre los propios despidos

Rara fortaleza ésta
de vivir
tras otra secreta vida.

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Pese a todo el dolor de Mas doliendo ya, pese a toda la conciencia de lo precario, es siempre una fuente de real entusiasmo recibir de un poeta, tan diferente y a la vez cercano, El propio fuego que la palabra inventa.

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N o t a   s o b r e   l a   p o e s í a    d e   S a n t o s   L ó p e z

 

L u i s   G e r a r d o   M á r m o l   B o s c h

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En una época en que la poesía que se hacía en Venezuela estuvo decididamente marcada por la influencia de los grupos Tráfico y Guaire y su apuesta estética («Venimos de la noche y hacia la calle vamos», rezaba el inicio del manifiesto de Tráfico), Santos López se decidió a hacer el viaje inverso, en un cierto y muy importante sentido. El descenso al Hades, la purificación y la vuelta a la luz, motivos entrañables en esta y en cualquier época, parecen requerir otro lenguaje, especialmente en su primera etapa, la del descenso. De allí los giros herméticos, desconcertantes, la lengua de la visión y del trance, que marcan y definen la poesía de El libro de la Tribu (y hasta cierto punto también la de Soy el animal que creo), desmesurada conexión con el mundo ancestral, primera etapa necesaria, rama dorada, mágico objeto ritual sin el cual este viaje, el viaje mayor, sería inimaginable o conduciría a la perdición.

Una vez gustadas las aguas de Leteo y Eunoe (el Río de Sangre y el Río Azul, como son conocidos en la tradición Yoruba), la novísima experiencia de la luz, luz acuática, sólo puede abrazar y abrasar, sólo puede acrecentar su abrazo. No por casualidad el libro inaugural de este momento se titula Los buscadores de agua, uno de los libros verdaderamente esenciales de la poesía venezolana de las dos últimas décadas, y aunque en ocasiones el autor vuelve sobre las visiones de lo atroz (tanto en este como en los libros siguientes), ya no se avistan eclipses, ya nada es auténticamente capaz de estorbar u obstruir el movimiento del sol hacia el mediodía. El cielo entre cenizas es justamente eso, sol emergiendo de toda bruma (el propio autor nos confesó en una ocasión que este último era, entre los libros suyos, el que prefería). Santos, y su poesía, son luz, montaña y agua.

Una de las columnas de la tradición sufí, el maestro Ibn Arabi, hablaba de los cuatro ríos que fluyen en el Paraíso, y explicaba: el río de leche representa «la ciencia de las cosas reveladas», el río de miel «la ciencia de las normas sapienciales», el río de vino designa «la ciencia de los estados espirituales», y el río de agua es la «ciencia absoluta».

La leche es la religión entendida en su sentido exterior u exotérico, en tanto que al místico corresponden la miel y, sobretodo, el vino. Así lo afirma, desde la tradición helénica Platón en el Fedro, al decir que los estados místicos son don y efusión de Dionysos. Por último, el agua es lo propio del iniciado, el maestro de la ciencia Sagrada. La poesía de Santos tropezó con el ostracismo entre los miembros de su generación, especialmente con El libro de la Tribu. Fue casi boicoteado, pero el decidido apoyo de Juan Liscano a su aventura obligó a una reconsideración más justa y sensible de este poeta, a quien llaman maestro un número creciente de poetas y críticos de las generaciones posteriores. Una vez olvidadas las polémicas de entonces, en el fondo banales, y acercados unos con otros en la amistad y el mutuo reconocimiento, pocos dudan ya de que Santos es una de las voces cimeras de la poesía venezolana.

Nobles frutos, asimismo, son sus libros más recientes, y encontramos en La Barata, su particular y al mismo tiempo simple metáfora de la muerte, hermosísimos poemas de amor, vida de la más inmediata y evidente, al lado de vislumbres del hecho final que tienen la misma exacta cualidad del fulgor matutino. La luz negra parece insistir, no se olvida del todo, en su producción más reciente. Podría recordarse que los ciclos de muerte y renacimiento son muchos a lo largo de toda existencia, y esto es algo cientos de veces dicho, pero ya el poeta está en un estadio donde la oscuridad es más bien el matiz arrebolado.

Muchas cosas me unen a Santos, y cada conversación con él es, potencialmente, madre e impulso de más de un poema. Son breves y muy incompletas estas palabras, bien lo sé. Mi mejor homenaje es decir que, nomás hablo con él, tengo ya estímulo en abundancia para mi propia creación. Alguna vez me preguntó qué era para mí la poesía, y yo respondí: quien habla solo espera hablar a Dios un día, citando a Antonio Machado, cosa que Santos aprobó. De un maestro de la Ciencia Sagrada a otro hay comunión, ¿qué otra cosa podría haber? Un poco ya más juguetonamente, completé mi respuesta citando uno de mis poemas, un diálogo con mi hija, en donde le digo: el otro día vi un gato blanco con un ojo verde y el otro azul. Le puse como nombre Poesía. ¿Qué te parece? Disfruté de su elogio, me dijo que eso era un hallazgo mi maestro sonriente, maestro del río de agua, a quien hoy homenajeo.

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S a n t o s   L ó p e z :  R e t a z o s

 

J o s é    B a l z a

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…estaba otro rétulo que decía…
Don Quijote, cap. IX.

 

1

Vislumbro en Santos López una permanente germinación de lo múltiple. Con estas notas solo intento acercarme a lo que, desde mi limitada percepción, aparece en su escritura, la sostiene como tal y, aunque surja de algunas facetas de su personalidad, se materializa en su poesía.

 

2

Nada mejor que la estrecha carretera entre Anaco y La Ceiba para atravesar y casi tocar los altos, rojizos farallones; fue hecha para comunicar campos petroleros y desemboca en las fascinantes llanuras que van hacia Maturín. En otro sentido, desde Cantaura, el horizonte es plano y esquivo. Nos conduce a El Tigrito, a San Jose de Guanipa, zona tradicional de la gente Kariña. En ambos casos, así se recorre parte de la vasta planicie de Guanipa.

Imposible no sentir el caprichoso efecto de lluvias y sequías milenarias sobre tierra y roca o querer definir los contornos de sus siluetas, contra el cielo. Según la hora, el rojo expande engañosos recodos de vino o azules hondos; elevaciones que contrastan con la llanura reseca. Aparte de las señales ruinosas de la actividad petrolera, el merey salvaje, con su resistencia, impulsa a quien conoció esos territorios hacia el sabor del maní.

En San José de Guanipa nació Santos López en 1955. Cuando lo conocí, junto a Eduardo Sifontes, era un adolescente. Rafael Rodríguez y Luis Arriojas habían creado en Cantaura la Casa de la Cultura, la revista En negro y establecido un premio literario, que acababa de ganar el precoz Sifontes, también pintor y músico.

Creo que ya también Santos escribía y por eso, años después, en la universidad, en Caracas, conocí su primer libro.

Es autor de una obra distintiva. En el prólogo a Mas doliendo ya (1984), expresó Alfredo Silva Estrada que las imágenes de Santos López escapan «siempre a toda semejanza». En Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX (Pre-textos, 2019), consideran los autores de la selección –Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Gina Saraceni– que «en la década de los noventa, a partir de El libro de la tribu (1992), su poesía evoluciona hasta abrazar referentes sagrados o míticos, en principio de la cultura kariña, a la que sus antepasados pertenecen, pero no con tono melancólico o de denuncia, sino celebratorio». Y añaden que su poesía es: «un ejemplo único, tanto entre los poetas de su generación como en toda la tradición de la poesía venezolana contemporánea».

Por su parte, Juan Liscano en el prólogo a El libro de la tribu, distinguió en Santos López, desde sus comienzos, una actitud diferente de la asumida por los jóvenes de su generación. Mientras estos, apunta Liscano, trataron de reflejar lo banal, lo cotidiano, lo plural, López se inclinaría a perseguir en su poesía lo esencial, «una sobrerrealidad»; también indica la distancia de los procedimientos del joven poeta respecto del surrealismo. Y destaca en ella su autenticidad existencial que la hace inusitada.

Inusitada, entre otros motivos, seguramente, por las interrogantes que también concibe Liscano: «¿Cómo soportar la lectura de El libro de la tribu sin alterarse (…), sin sentirse arrastrado en un ritual de antropofagia, imágenes descolocadoras, expresiones de una violencia críptica desconocida?».

Ciertamente, la escritura de Santos López ha estado y está recorrida por imágenes de  materia común: cuerpos, tierra, vegetación, agua; solo que en ella todo acaba de brotar, de corromperse o de transitar por intermedios. Nada extraño para quien, como López, nació frente a lo natural y sus exigentes, cambiantes grados de aparición. Una aldea, las familias, los parajes del verano y del invierno. El gusano devora los restos pútridos de algún animal. Mariposas, sí; pero también sus momentos de formación. La muerte de cualquier persona puede ocupar el mismo cuerpo que duerme en la habitación del hogar. Una gallina, un morrocoy, la iguana: sombra y tornasol que serán desangrados para comer. La «palabra enterrada» –pajonal, tigre– vibra en el gagueo y en la frase certera. Un niño cree ser jaguar o gavilán, culebra: vuelo y hundimiento. El mundo es su violencia pura, vivida a diario como costumbre que nutre y eleva. En ocasiones, los pueblos desnudan; las ciudades disfrazan.

Liscano pudo presentir con razón, en muchos sentidos, diríamos hoy, que la pictura poética de Santos López se acercaba a fragmentos terribles en cuadros concebidos por Juan de Valdés Leal (1622-1690).

En 1999, me ha dicho, inicia sus numerosos viajes a Africa: «Por instrucciones de mi maestro sufí Albanashar Al-wali, decidí viajar a África Occidental, específicamente Benin y Nigeria, con el propósito de vincularme espiritualmente a un centro tradicional espiritual. Desde esa fecha hasta el 2013, realicé hasta tres viajes por año». Entre el 2000 y el 2013, pasó un mes durante los veranos en Viena. También cuentan sus viajes a Atenas y Creta, a Shanghai, a Nueva Dehli, a Milano, a París, Venecia, a Lieja y Lisboa, a Stuttgart, a Múnich, Bucarest, Madrid, Nueva York, Miami, San Francisco, Oakland, Boston, Filadelfia, Washington, Estambul; y a Guatemala, a Yucatán y Ciudad de México, a Guadalajara, a Santiago de Chile, a Ecuador, Costa Rica, Nicaragua, Panamá, Cuba, Colombia, Trinidad, República Dominicana y Argentina. Muchos de estos viajes son cumplidos como actividades literarias.

Poemas suyos han sido traducidos al inglés, al alemán, francés, chino, coreano e italiano. Es director y fundador de la Casa de la Poesía «Pérez Bonalde», institución en la cual realizó doce ediciones de la Semana Internacional de la Poesía de Caracas y también es director y creador de del Festival Internacional de Tradiciones Afroamericanas.

Un proceso de años conducirá al López de los  noventa en dos direcciones: a la asunción de una oscura búsqueda (o fe), asomada en sus primeros libros, que circula en La barata (2013)  y en Canto de la luz negra (2018). Lo terrible acude matizado. Muchos originales de este último volumen, redactados en el Amazonas por un amigo –Solórzano– de Gilberto Antolínez,  al parecer fueron entregados a López por éste en 1993. Y, según confiesa el poeta en la presentación, trabajó esos textos hasta lograr la versión que publica. En verdad, el conjunto posee el sello propio de López. Y dentro de él, las once estancias de Canto a las víctimas constituyen un momento estremecedor de escritura en que país, submundo y violencia alcanzan un grado extraordinario. Creo que este «poema» a cuatro manos, con su ácido desfile de dolor, cárceles, mujeres destrozadas, malandros, carece de rival entre nosotros. Y estoy seguro de que el padre Alejandro Moreno –testigo y partícipe del barrio, de los jóvenes asesinos y de su nicho móvil, la cárcel– lo habría reconocido en su naturalidad.

La barata, de acuerdo con la presentación de la edición, «es un lugar donde se venden objetos diversos a poco precio» (…), pero también la barata «se convierte en la personificación de la sabiduría, de lo trascendente y de lo impalpable: la Muerte».

Ha dicho sobre este libro Octavio Armand, relacionando el ayanmó con el destino: «En estos poemas el ayanmó se revela en cuatro elementos; o, más bien, para ser precisos, en dos, pareados y contrapuestos: piedra y agua, hueso y sangre. Lo líquido y lo sólido. Lo que pasa, lo que circula, y lo que insiste, lo que queda, en su correspondencia, entrañan el acuerdo –profundo, sagrado– entre la naturaleza y el cuerpo, entre la vida y la muerte».

 

 

 

 

 

El texto de Ida Gramcko es una reseña al libro Soy el animal que creo de Santos López. Cuadernos de difusión, Fundarte, Caracas, 1987. Apareció publicada en el Papel Literario del periódico El Nacional; Caracas, 5 de julio 1987/3.
En cuanto al de Silva Estrada, se trata del prefacio a Mas doliendo ya (1979-1983) de Santos López. Ediciones La Calle Empedrada. Caracas, 1984, una edición de 50 ejemplares con cuatro grabados originales de Consuelo Méndez.
Luis Gerardo Mármol Bosch entregó su nota, en calidad de inédita y exclusiva, a Alejandro Sebastiani Verlezza, compilador de este especial en homenaje al poeta venezolano Santos López, para su publicación en POESIA.
Los apuntes de José Balza se tratan de extractos a un ensayo inédito suyo sobre la poesía de Santos López.
La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra Tree Apertures in Loopholes del artista estadounidense Michael Nauert

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