Las interferencias

Maurizio Medo

:

:

:
Cuando despertó, el poema allí seguía sin terminar

Permítanme que lea lo que he escrito para la ocasión, aunque leer es siempre más aburrido, lo sé. Solo serán seis, ocho minutos. Ya charlaremos después. Este libro que hoy presentamos tuvo una fase previa en otro que se llamó Y un tren lento apareció por la curva. Escribí una reseña de la que ahora deseo entresacar algunas líneas. Son estas: «Aquí se huye de la metáfora, de los símiles, de la identidad, de la voz poética (un tipo de ditirambo)… Pero la muerte de la madre origina de inmediato un regreso al ‘ruido biográfico’. Medo está ahí, aunque tan solo sea como pronombre, referente, vacío si se quiere, por supuesto ambiguo, pero ahí. El poema es un residuo, como cualquier biografía, y el lenguaje un recurso entre otros. También caben números o una percusión acelerada para representar una distancia, una velocidad, un acuerdo con lo que sucede».

Entre otras cosas, esto es lo que escribí entonces.

Sabemos que las interferencias eran predilección de Jack Spicer, uno de sus poetas de cabecera, y Medo las asume como parte del ruido que rodea cualquier espacio (social, poético, multibiográfico…): todo lo que interfiere sucede, como cualquier cruce, en una continuidad, en un proceso, en el modo persistente de nombrar a golpe de vocabulario.

Maurizio y yo nos escribimos con frecuencia, nos preguntamos, nos hablamos, somos amigos. Por eso sé que le gusta la inmediatez. No le estoy tildando de impaciente, sino de la preferencia porque el suceso tenga su representación en una cierta cercanía. Voy a intentar explicarme. Ese tren siempre llega tarde, cuando nos damos cuenta ya ha partido. Maurizio ha dicho repetidas veces que Las interferencias es un ejercicio poético cuyo objetivo fue «poner a prueba» la experiencia a través de la escritura en «tiempo real». Libro nómada, suele decir. La condición errática jalona el mapa completo de la existencia. Quiero decir que el propósito de una escritura en tiempo real guarda mucha relación con las interferencias, pues estas solo suceden en el presente que interfieren. Y de igual manera el suceso, el movimiento y la lectura suceden ahora, en un movimiento que siempre conduce y concluye en lo ya sucedido. El poema, en ese sentido, es una caja negra, una secuela, a veces una mancha o residuo. Esto es fundamental. Solo hay una escritura que se desarrolla en un absoluto presente: cuando vemos que alguien en el Whatsup nos está escribiendo. Nunca el poema tendrá esta capacidad. La escritura solo es como participio pasado, como escrito.

Porque el poema siempre llega a destiempo, cuando se produce fuera, en el extrarradio de la escritura, en la hipótesis, en ese momento y en ese lugar la interferencia ya es una señal del pasado, una grabación. Dice en un poema que «lo escrito constituye en sí una perversión / de la realidad, sustentable solo si esta ha transcurrido / Si ya fue, oculta en los anales de algo similar  / al anonimato…» (p. 33)

Y yo ahora me pregunto: ¿Por qué ese afán de establecer correspondencia en la práctica que llamamos poética? Dice Medo: «el valor de lo real se pierde al forzar  / la mímesis con ciertas correspondencias / cuyo sentido se pierde con el esfuerzo / realizado al escribir…».

Establecer y definir el mundo de acuerdo a semejanzas es algo muy antiguo, muchísimo ¿Es la escritura poética algo anclado, tiempo y acción, también lugar interferido al que siempre se llega tarde porque no existe en ella un debido momento?

El infierno son los otros, decía Sastre. Para Maurizio el infierno es el «yo» envuelto en un signo lingüístico. Considera la inspiración una estúpida idea surgida del pecado de la autocomplacencia. No encuentro a mi alrededor nada más egotista que la poesía, diría que casi asociada a un escaparate de las emociones. Ahora mismo en Madrid uno da una patada a una piedra y salen cinco, seis poetas con ganas de contarse. En esta especie de desánimo que últimamente me domina, creo que es imposible que la poesía abandone ese infierno del que habla Medo. Se ha convertido en una nueva categoría de selfie. Tiene un poema magnífico en que se inventa a sí mismo a través del rostro reflejado en el agua. La perversión del narcisismo da una vuelta de tuerca y se convierte en el doppelganger, en el doble que muere varias veces en una sola tarde. Es una cuestión de perderse, diluirse en las líneas de lo que se está escribiendo. Cualquiera puede reconocerse, identificación absoluta, bajo la referencia del pronombre de primera persona. Uno puede leerse en un poema de la misma manera que se mira a un espejo difícilmente fiable.

Ha llegado la hora en que yo debo decirles a ustedes que este libro me gusta muchísimo.

En estos días está pendiente de publicación una reseña que he elaborado de un único poema del libro. Le sorprendió a Maurizio mi elección. Ahora lo hago con uno que dedica a Eduardo Espina, a quien admiro y quiero tanto. Es celebrativo y es de rechazo, es duro y abierto. Yo creo, Maurizio, y no debo decirlo de manera muy exhaustiva porque sé que puedo molestar a alguien, que la poesía española ha estado cautiva durante años de algunas exigencias. La metáfora, el verso bonito, el final redondo, concluyente, guinda de un pastel emocional y ofrecido. He querido nombrar este breve comentario que voy leyendo de manera humorística, lo he llamado «Cuando desperté, el poema allí seguía sin terminar». El tuyo lo inicias con unas hogueras de celebración, es una sucesión de altares. Empiezas por Gerardo Deniz, ante quien me inclino y no me levanto, y lo haces con tonos griegos. Sigues con Zurita, luego nuestro común amigo José Kozer y terminas con la exuberancia de Perlongher… Asideros, lugares seguros, escrituras que admiras. Así hasta que llegan «los del Cártel de Madrid». Los amigos de las claridades, las experiencias y no sé cuántas encías más. Sabemos a quiénes te refieres, no entremos en detalles para no envenenar este buen momento… Aludes también a la metáfora arrasada, a la estética octosilábica, al cáliz que Vallejo quiso apartar, aunque tú seas muy poco vallejiano… Cabe la posibilidad de que Raimondi sufra un secuestro, aquel polígrafo italiano que para siempre llegó a Perú, o que Julián Herbert, tan dado a la oscuridad aborrecida por la línea clara y la autocomplacencia, sea acusado de buscar refugio… Quiero con esto manifestar que la de Maurizio Medo es una poesía que no elude el compromiso, ni es poesía acomodada a los beneficios de esa significación comunal y extendida que es otro tipo de rigor político. Me alegró mucho que ayer, en la presentación de este mismo libro en Getafe, en el centro José Hierro, terminara su lectura con estos dos poemas a los que les dedico reciente atención.  Derrida decía: «Todo poema corre el riesgo de carecer de sentido y no sería nada sin ese riesgo». Escuchen lo que dice, aunque el tren ya hace tiempo que ha salido, leo:

Siempre alguien llama por teléfono.
Arruina a trama.
La historia pierde sentido.

Y ya no quiero conocer el final.

El viaje va más allá del destino.

No quiere Maurizio conocer el final. Conocer no es una experiencia inmediata. Cuando terminaba esta breve reseña tenía sobre mi mesa el libro de Nelson Goodman Hecho, ficción y pronóstico. Y recordé aquel otro titulado Maneras de hacer mundos, que se abría al universo de las construcciones simbólicas. Sonaba en mi computadora la canción Randon Rules, asombro ante el azar, aquello que se introduce en la acción de llevar o traer, las interferencias, en definitiva. ¿Se han fijado en las palabras que usa? La historia pierde sentido… El viaje va más allá del destino, dice Maurizio. «Sentido» y «destino» tienen exactamente las mismas letras ¿Qué quiere decir esto? No lo sé. Tampoco sé si Maurizio lo sabe. Vamos a preguntarle… no por la significación de algo que bien pudiera ser casual, sino por ese tren que ya ha partido… O dicho de otro modo…Dices: «un problema / originado por el límite establecido desde / el concepto liberal de pertenencia / La escritura no». ¿A qué no pertenece la escritura… ¿Hay algo con que podamos identificar su pertenencia?

Francisco Layna Ranz

:

:

L A S  I N T E R F E R E N C I A S 

S E L E C C I Ó N 

3.

«un huésped de su propia vida» 
:
Hermann Broch

Mi padre descubrió que su destino consistía
en vivir a plenitud tantas vidas
como le fuera posible. Pensó en construirse
un iglú para ver a través de la noche islandesa
y después pactar con esa noche recitando estrofas
de canciones en medio de un coro de cowboys.
Pero como un apache. Antes de que le tapien
la boca con greda. Era mejor que resignarse a pedir
otra cerveza con el acervo de quien sabe que, finalmente,
lo real sería volver como un huésped de su propia vida.

La idea que concierne a mi padre debió estar
al principio del libro. Tiene misterio.
Y nos sugiere la presencia de un legado infatuando
la oscuridad del hilo narrativo.
La gente prefiere esas historias: se puede espiar
por sus fisuras y vislumbrar la confusión del gentío
al rodear al héroe que olvidó cumplir la misión
después de doblegar al enemigo.

Los best sellers terminan así.  

:

:

:

:

7.

Vivo en La Cantuta.

Mi casa está bien al fondo. Es visible
sólo después de cruzar el parque,
adonde el número de flores responde
a los desórdenes del clima.

—Las flores—me digo—debieran reservarse
para el uso exclusivo de los horticultores
en vez de malversarse, o bien en el ornato
o como pausas, idóneas para el fomento
de la poesía urbana con la conciliación
de términos, opuestos entre sí, pero establecidos
de modo tal que la idea de vivir en La Cantuta
apenas sobrevive, aunque la casa ya se perdió
de buena parte de esta conversación.
Como del sentido real de lo que es: un problema
originado por el límite establecido desde
el concepto liberal de pertenencia.

La escritura no.

Fundamentalmente por la fuerza centrífuga
de, al menos, la mitad de los poemas escritos
con el propósito de estar más cerca,
acorde con la didáctica planteada
en el Manual para dummies.

¿Podré aún cumplir con las tareas exigidas
por una composición poética después de
haber refutado el axioma
la escritura es una pérdida?

Jamás encontraremos algo sobre lo que
se versa, de versar, un verbo anacrónico
utilizado ciento de veces en dicho manual.

Hoy sostenemos un diálogo surgido de
la ausencia, que discurre en el presente
abismado en el infinitivo de la evocación,
la misma que me obliga a advertirles:

mejor no vengan a mi casa.

La Cantuta no es atractiva,
ni siquiera por su afinidad nominal con
la arcana flor: Jantu, Flor de inca.
Patujú, en Bolivia.

Era fúnebre.

Y por ende finita.

:

:

:

:

8.

La flor en sí es una experiencia diferente.
Simbólica, pero ante la que soy alérgico
y no por su naturaleza etérea.
Es por el polen.

En ella no caben metáforas.

El valor de lo real se pierde al forzar
la mímesis con ciertas correspondencias
cuyo sentido se pierde con el esfuerzo
realizado al escribir. Si empiezo a ensalzarlas
de seguro obtendría una presea en los eventos
de poesía auspiciados por los Green Peace
en pro de la franquicia primavera en una de
las tantas contiendas en las cuales, previo al brindis,
se nos obliga al antidoping con el fin de evitar
el lastre de lo tóxico sobre el ecosistema.

Debí empezar el texto con una oscura metábasis
para sostener la frase «―…en La Cantuta».

Mi casa es esa oscura metábasis.

—Alrededor hay robos—airó la vecina
después de completar los formularios exigidos
en el protocolo policial al momento de
consignar su indignación, lo que logró
que ésta desapareciera al contentarse
con el hecho de vivir
en La Cantuta.

:

:

:

:

11.

La frase más simple, como decir
vivo en La Cantuta, es en sí tan compleja
que demuestra al fervor objetivista
como la estética de cierta vaguedad.

El vecino, si no soy yo (visto desde otra
perspectiva) puede estar en cualquiera
de los puntos cardinales
o simultáneamente en ninguno de los 4
fuera del enunciado en La Cantuta.

Uno muy conveniente para pensar en
la relatividad de la amplitud modulada.

La poesía se perdió por esa frecuencia hasta
dejar atrás las flores puestas al rojo vivo el
tiempo suficiente para empezar a discutir
sobre las diversas vicisitudes del clima, y ya no
del poema que se come a sí mismo, o debería
si es que abusó de ciertos lugares comunes.

Como, por ejemplo:

a) los dilemas del yo que ceden ante la velocidad
del lenguaje en una carrera de postas cuya meta
está en ninguna parte, pero en las antípodas
de las grandes verdades;

b) las referencias culturales planteadas con el fin
de inducirnos a consultar Wikipedia y encontrar
el sentido como quien se va de compras y regresa
con una gualdrapa, puesta en oferta
para ningún caballo;

c) el nihilismo lato (con el cual se culpa al pasado
situándolo en el Greenwich de un futuro
no detectado por el sensible sensor del GPS).

Sería mejor que de aquí en adelante se empezara
a asumir toda como un factor actuante en la emisión
de una idea, pero transmitida en un circuito cerrado.

Son vaguedades, les advertí.

Llámense Fifí o como el vecino
(de quien sospechamos)
y sólo por llamarse Pedro Rojas.

Una  de vallejo en la forja de un poema peruano.
Pero, como sea, en la escritura cada línea
constituye una posibilidad de fuga.
Corrijo ― «construye».

El Manual para dummies plantea la idea
de la poesía como una labor de albañiles
en un predio que al final cederá el laudo
a la novela olvidando que, en realidad, la
poesía está afuera, como de ella
la anécdota en sí:

El lenguaje la transforma en otra experiencia.

Inédita.

:

_________________________
:
 Léase como interferencia. 

:

:

:

:

14.

A Rafael Espinosa

La radio cantó la balada de una mujer
(tres veces muerta) hasta que secó
como uno de esos almiares dejados
atrás en la carretera. Yo seguía en
el auto, resignado cuando de pronto
cruzó un gato. Era negro, ¿la cábula
pactada se cumple cuando no hay
movimiento y en los hospitales las
diferencias entre sábana y mortaja
redujeron por una huelga en la oficina
de Recursos y Mantenimiento?

El gato cruzó otra vez sobre
todas las otras cosas.

La suerte es así.

Nunca está en frente.

Entonces la realidad hizo chasquear su tálero
y como sólo puedo conocerla a través de mí
(por el retrovisor de algo tan condicional
como la vida) a medio camino
de ningún sitio. Me sentí un huésped.

Después de tanto pisar los pedales el auto
ya no responde. Se abandonó por entero
(como la vida) sin ninguna esperanza de auxilio
hasta oír algo que los árboles
no pudieron contarme:

el gato estaba sobre el parabrisas, listo
para atentar contra mis pensamientos.
Tanto que me atreví a vaticinar:

los árboles hoy no me contarán nada.

Les hace falta cierto nivel de oscuridad para
que su fotosíntesis incluya también
la producción de símbolos.

El gato es un signo.

No es como la araña, o la idea
de la araña que existe al desaparecer
de la tela.

—Es un signo—me dije, en medio de
la crisis de los signos. La soledad
ha sido ocupada por cierta manía
de la historia: perpetuarse
aun cuando nada acontezca.

Y como no es superficie… para dejar
un rastro debe cruzar las pampas
de ciertas frases hechas (y los ribazos
de esas mismas frases) sin palabras
definitivas, de un lugar a otro
hasta desaparecer (como la araña
en medio de la tela).

No consigo descifrar qué callaron
los árboles en esos rojos de hibisco.

Esto no hará aparecer al Servicio de Grúa.
Ni conseguirá que el Hombre Manco aprenda
a preguntar qué flor expresa la fatalidad de
los días. Y como nadie le responderá azucena.

El oficio de florista existe solo en una canción
de una forma tan emotiva que consigue
conmover hasta a los perros

:

:

:

:

15.

«un salto de sapo
jamás abolirá
el viejo pozo»
:
Paulo Leminski

Eso no ocurre en la poesía moderna.

Los sapos son o un mero ornamento
o una metáfora infeliz de esa poesía.

Por ende, conmueven.

Pero nadie versa sobre anuros (ni otros
espíritus visibles) imperfectos (frente
a la concepción que la lírica construye)
con la naturaleza. Tal vez porque, luego
de escalar por la asonancia de la trova,
ya en lo alto, sobre el alambre de sus obras,
los poetas (adictos al elán bergsoniano)
miran hacia abajo y se repugnan
por las semejanzas entre su condición
y la del maldito atrapamoscas.

:

:

:

:

58.

Los muertos sabían muy bien lo que iría a pasar.
Lo dirán cuando estemos entre ellos.
Y ya no precisemos saberlo. Nosotros creíamos
que su oficio se concentraba en la capacidad
de resignarse a la ausencia en medio de
la corriente de los ríos que se abren
a través de una pueril evocación.
Implica otra mística.
Reservar para sí las sutilezas que se reflejan en
la vastedad de una revelación.
Incluso ante la ouija.
Cierto decoro para hablar desde una lengua
que nunca podrá ser traducida.
Ni siquiera después de obtener la licencia que
autoriza la posibilidad de aparición.
Exige ascetismo. Disciplina. Tesón.
Y también cierta dosis de audacia
para abandonarse a lo que la providencia
elija después de analizar las circunstancias
de cada signo zodiacal.
De niño creí que la poesía era una exclusividad
reservada a cierta clase de médiums: aquellos
que fueran capaces de interpretar los ideogramas
cuyo sentido podría cambiar de acuerdo a la forma
de las manchas amarillas que el tiempo va
injertando en las páginas que subrayamos
para recordar el aire que una vez fue.
Los médiums renunciaron a seguir el cauce natural
de los secretos, necesarios para establecer el error
como un santo y seña de lo que es capaz enfrentarse
al resplandor del relámpago que volvió a relumbrar
en medio del firmamento frío. En la medida
de su coraje o de su capacidad de distracción.
Pero con el pavor mantenerse vivos.
— Además — me confesó el nigromante que
trabajaba en la sandwichería— la experiencia
suma en la medida que renunciamos a las sorpresas
que el destino nos pudo haber preparado.
Y las palabras de los muertos reverberan con el eco
de todo lo que alguna vez tuvo sentido. Pero sin un color
con qué adecuarse a los diversos caprichos
exigidos por la vida moderna.
No era para esa elite.

:

:

:

:

§

:
Maurizio Medo
. Perú, 1965. Poeta. Es autor, entre otros libros de poesía, de Manicomio (1a. ed., Santiago de Chile, 2005, La calabaza del diablo, 2a ed. Lima, Zignos, 2007; 3era ed., La regia cartonera, Monterrey, 2013; 4ta ed., Mantis, Guadalajara, 2013; 5ta ed. Varasek, Madrid, 2014), Dime novel (1era ed. Ediciones Liliputienses 2014, Arequipa; 2da ed., 2015, Luzzeta ediciones, Guadalajara) y parte de su obra reunida fue publicada en Ediciones Liliputienses en el año 2015 con el título Cuando el destino dejó de ser víspera. Editó también las antologías de La letra en que nació la pena: muestra de poesía peruana 1970-2004 (2004), con el poeta Raúl Zurita; País imaginario, escrituras y transtextos. Poesía latinoamericana 1960-1979 con el poeta español Benito Del Pliego (Amargord, Madrid, 2013) y el diálogo Escribir contra la pobreza, con el poeta Eduardo Milán (Monte Carmelo 2007). Su obra poética que ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, checo, croata, portugués e italiano, aparece en antologías tales como Pulir huesos: Veintitrés poetas latinoamericanos (Galaxia Gutenberg, 2007), La mitad del cuerpo sonríe. Antología de la poesía peruana contemporánea, de Víctor Manuel Mendiola (FCE, México, 2005), Festivas formas. Poesía peruana contemporánea, de Eduardo Espina (Colección Poesía, Editorial Universidad de Antioquía, Colombia, 2009) e Intersecciones. Doce poetas peruanos, de Ernesto Lumbreras (Calamus, México, 2010) y obtuvo reconocimientos tales como el Premio Nacional de poesía “Martín Adán 1986”, en el Perú, y el Premio Internacional de Poesía “José María Eguren” 2005, organizado por el Instituto de Cultura Peruana y el Latin American Write Institute en la ciudad de New York. También se ha desempeñado como jurado en eventos como el Premio Hispanoamericano Festival de la Lira, celebrado en Cuenca, Ecuador; y en el Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña, celebrado en Saltillo, México.

El texto de Francisco Layna fue leído durante la presentación de Las interferencias en la librería Vervuet, Madrid, España. 
La obra que ilustra este post se titula «Laberinto» , y fue realizada por la artista venezolana Andreína Vallés. 

Share on whatsapp
Share on facebook
Share on telegram
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email

Contenido relacionado

introduzca su búsqueda