Las torres desprevenidas VII

Jesús Montoya

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 Poetas que nacieron en los 90 en Venezuela, cadê?[1]

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La presente aproximación surge como la tentativa de levantar algunas cuestiones que he venido pensando a lo largo de estos años. Estas cuestiones están referidas a un grupo de poetas aún dispersos dentro de la reciente crítica de la poesía en Venezuela, la cual se ha centrado más en el período de quienes nacieron en los años 80. No pretendo, de ninguna manera, rastrear un panorama o crear una llave de lectura, por el contrario: busco formular preguntas con respecto al acervo de quienes integran la generación de poetas que nacieron durante los años 90 en Venezuela, la cual, muchas veces, se ha visto enmarcada con la de sus contemporáneos de los 80 en algunos trabajos.

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Durante el año 2013, en su texto “Flujos y contraflujos (Breve aproximación a la poesía venezolana actual)”, Gina Saraceni comenta algunos cambios que deberían ser tomados en cuenta para entender parte de la producción de la poesía venezolana de los nacidos en los 80, entre ellos mencionaba la “plataforma digital”, la cual ha “producido una pluralización de sus maneras de circular que la han convertido en un artefacto versátil que tiene múltiples usos y modos de aparecer que van del libro al blog, del recital al jamming, de la letra a la imagen, de la página a la escena” (1). Me interesa ubicarme en un “a través” de esta forma de pluralización y de circulación, entendiéndolas como un cambio de soporte que ha llegado a potencializar la dialéctica de la inmaterialidad-materialidad de las obras poéticas.

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Este abordaje se inscribe, de lleno, a la falta de oportunidades para la impresión de obras debido a la crisis que atraviesa el país, aunque también a la proliferación de la esfera digital como espacio de circulación de lo literario. Así, redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter han desplazado el formato del blog para la escritura inmediata, generando que haya un discurrir de este tejido en red, una cierta “ciudad letrada-digital” en la que cada poeta va compartiendo sus opiniones, textos, afinidades y libros en links o posts.

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Si bien la crisis ha provocado que algunas alternativas de publicación para los jóvenes hayan cerrado sus puertas, como lo fue en algún momento el Premio Nacional Universitario de Literatura “Alfredo Armas Alfonzo” (el cual publicaba las obras ganadoras dentro de la editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar), otras como el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores produce recelo debido a la instrumentalización político-ideológica de los últimos años, cada vez más sesgada por parte del estado, como también algunos certámenes organizados por otros entes gubernamentales como La Casa Nacional de Letras Andrés Bello o El Centro de Estudios Latinoamericano Rómulo Gallegos.

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En un texto del año 2018, “Hacia la conformación del canon poético de la joven poesía venezolana”, la poeta María Antonieta Flores establece algunas consideraciones que, a mi modo de ver, son también imprescindibles: “La primera impresión en papel de un poema se toma como algo señero en esta época de visibilidades e invisibilidades, pero la hiperinflación creciente que marca la economía nacional, hace casi inaccesible publicar una edición modesta de 500 ejemplares, así que una antología se convierte en una necesaria posibilidad” (1).

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Debido a esto, la aparición continua de antologías ha dado como resultado la posibilidad de dar visibilidad a esta generación, aunque no siempre este resultado sea satisfactorio, puesto que las muestras suelen ser, en su mayoría, muy sintéticas. María Antonieta Flores se refiere, además, a las antologías del Premio Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, el cual para la fecha en que escribo este texto cuenta con siete ediciones; es decir, con siete antologías que han rastreado desde el año 2016 parte de la producción poética del país. El premio, en este momento, cuenta entre sus bases la participación solo para menores de 30 años, reduciendo 5 años de su requisito en sus primeras convocatorias. Hoy en día, este certamen cuenta con el apoyo de la Fundación La Poeteca, Autores Venezolanos, Team Poetero y Banesco.

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De tal manera que se han diversificado las alternativas de publicación para ampliar este aspecto reiteradamente antológico. Por ejemplo, la propia Fundación La Poeteca cuenta con una colección titulada “Primera Intemperie”, que ha publicado hasta ahora ocho obras, entre las cuales se encuentran: Los futuros náufragos (2018), de Yéiber Román (1996), Galateica (2018), de Julieta Arella (1990), Tuétano (2018), de Andrea Sofía Crespo (1993), El jardín de los desventurados (2018), de José Manuel López D’Jesús (1990), Rotos todos los cielos (2021), de Euro Montero (1995), y el reciente volumen Lo demás es voz (2022), de Kaira Vanessa Gámez (1990), quienes nacieron durante los años 90. Habría que anexar también el trabajo emprendido por Dcir Ediciones, editorial dirigida por la poeta Edda Armas, que cuenta en su catálogo con las obras: Los palos grandes (2017), de Carlos Egaña (1995), Savia al mundo (2018), de Jhon Rivera Strédel (1993) o Canto de chicharra (2019), de Carlos Iván Padilla (1993), también nacidos en los 90. Por otro lado, editoriales migrantes como lo son El Taller Blanco Ediciones (Colombia), dirigida por Néstor Mendoza y Geraudí González Olivares, ha incluido en su catálogo las obras: El relieve del tiempo (2021), de Stephani Rodríguez (1995) y La silla vacía (2022), compilación de poemas de Pamela Rahn Sánchez (1995); mientras que LP5 – Los poetas del 5 editorial (Chile), dirigida por Gladys Mendía, ha publicado: Fanny (2019), de José Miguel Navas (1992), Incienso de jazmín (2019), de Freddy Yance (1996), Sobre el ojo azul (2020), de Luis José Glod (1994), Arde plegaria (2020), de Liwin Acosta (1990), El libro de la Muriente (2020), de Rogelio Aguirre (1997) y El insomnio de las plantas (2021), de Winifer Ravelo (1994), por nombrar algunas obras y poetas. Por su parte, otra editorial migrante como Petalurgia (España), dirigida por María Gabriela Llovera, ha publicado una serie de textos que conjugan artes visuales y poesía, y que están adaptados al formato digital; algunos poseen una fisionomía que se asemeja más una especie de plaquette, de allí tomo las obras La sombra de la sal (2023), de Kevin García (1998) y Osario (2022), de Felipe Ezeiza (1999).

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A su vez, es importante resaltar el trabajo de ediciones Palíndromus, cuyo director es el poeta Jorge Morales Corona (1993), perteneciente también a esta generación de los 90, y quien ha publicado, entre otros libros, Alma (o las notas escritas antes de llamar un día de las madres) (2019), y quien ha fungido como editor, a su vez, de algunas plaquettes digitales, las cuales provienen del Certamen de Poesía Venezolana “Ecos de la luz”, como por ejemplo Sinrumbo (2020), de Yosmel Araujo (1995), Estallido de las piedras, de Eva Tizzani (1995), o libros como Liminares y transversales (2022), de Leonardo Rivas (1995), y Horizonte de palabras con Historias de mi lengua (2022), de Jhensy Lucena Castillo (1992), y El murmullo de las gardenias (2023), de Nathaniela Montilla Querales (1998). Por último, sumo el trabajo del blog La Casa Adrógina, llevado a cabo por Milagro Meleán y Freddy Yance, que contó con una serie de libros también, al igual que Petalurgia y Palíndromus, de matriz digital; el trabajo performático que realiza Alejandro Indriago (1995) con El Tuky Ilustrado, que ya cuenta con el volumen impreso Poética Tuky (2021); así como las obras publicadas a partir del trabajo realizado por la Asociación Buscadores de Libros dentro del Concurso de Poesía Descubriendo Poetas, que ya cuenta con siete ediciones.

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Debo acotar que por la extensión del presente texto me es imposible dar todos los nombres y las obras aquí, aunque es destacable una antología pionera de esta generación como lo fue Amanecimos sobre la palabra: antología de poesía joven y reciente venezolana (2016), publicada por Team Poetero Ediciones, cuya selección y prólogo estuvo a cargo de Oriette D’Angelo (1990) –poeta que también forma parte de este panorama y que hace vida académica fuera de Venezuela–, obra que además es mencionada en el texto de María Antonieta Flores y que abordará, recientemente en su artículo “Venezuela a contracorriente: poesía, resistencia y diáspora (una muestra)” (2021), el ensayista Gregory Zambrano.

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En ese sentido, sumaría a este listado las obras: Sonar (2021), de Cristina Elena Pardo (1990), Sujetos (2020), de Mayi Eloísa Martínez (1993), Ejercicio de aniquilación (2023), de Loredana Volpe (1990), Si pretendes regresar (2021), de Joan Manuel García (1990), Caballo final (2022), de Eloísa Soto (1998), Afectos (2022), de Ivana Aponte (1990), El libro de las máquinas (2021), de Carlos Katan (1993), Warlike (2021), Daniel Oliveros (1993), Transhumano (2021), Manuel Gerardi (1992), Contexto marte (2022), de Luis Eduardo Barraza (1993), Jardín Okigata, de Leonardo Alfonzo Amarista (1994), Flores o nada (2020), de Laura Cecilia Cárdenas (1992), tedium. (2021), de Lucía Rothe (1993), Agualumbre (2017), de Santiago Rothe (1992), Malos deseos (2023), de Ciro Romero (1993), Teatro para ser cantado (2022), de George Galo (1995), En mi boca se abrirá la noche (2023), de Oriette D’Angelo y Por los caminos de Basalto (2020), de Virginia Moreno Goitia (1993); como también la antología de poetas venezolanos en Chile Una cicatriz donde se escriben despedidas (2021), cuya selección fue hecha por David M. Brunson, quien, además, recientemente la tradujo al inglés bajo el nombre A Scar Where Goodbyes Are Written: An Anthology of Venezuelan Poets in Chile (2023). A su vez, destaco las voces de Miguel Ortiz (1993), Juan Lebrun (1997), Daniel Chacón Aro (1992), María Alejandra Colmenares (1996) y Daniela Nazareth Romero (1993), quienes a pesar de no haber publicado todavía un volumen individual, han aparecido en diversas antologías con poemas cuyo tono es llamativo y genuino. Por otra parte, la labor de revistas como POESIA, el cautivo, Letralia, Cantera, Insilio, Madriguera y Digopalabra.txt, también ha sido imprescindible en la reunión de estas voces.

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Como es posible evidenciar, la cantidad de poetas es vasta y algunos ya cuentan hasta con tres títulos publicados hasta la fecha (de los cuales estoy mencionando solo un volumen por poeta). Algunas de estas obras, principalmente las impresas, son de difícil acceso, pues fueron publicadas dentro de pequeñas editoriales fuera de Venezuela en países como Estados Unidos, Chile, Bolivia, Portugal o España. No obstante, la mayor parte de este conjunto está disponible, bien sea por las editoriales que las dejan para su libre descarga, o por otras cuya apuesta es enteramente digital y de libre acceso. En vista de esto, reflexionar acerca de la unicidad de un acervo se hace complejo, teniendo en cuenta que en el momento en que se pierdan los dominios de algunas páginas web estas obras quedarían sin ningún soporte para el lector consultarlas. En efecto, la propia Fundación La Poeteca ha creado la Linkoteca de poesía venezolana con el afán de dar orden y visibilidad a algunas obras poéticas venezolanas que están disponibles en el espacio digital.

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Una iniciativa que merece, por otro lado, una mención especial, es la llevada por el ya mencionado poeta Luis Eduardo Barraza (1993), quien lidera el proyecto PoesíaVzla, desde donde reúne a voces canónicas de la poesía venezolana, con el permiso de sus herederos, como también a algunas voces más iniciales. En consecuencia, preguntarse cómo nos leemos hoy en día se hace indispensable y es que, en estos tiempos de pose y de selfie, la lectura de la poesía ha quedado en el medio, en una superflua suma de links, libros en PDF y comentarios efímeros en redes sociales.

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El “panorama”, tal y como intento manifestar, es dilatado y va a requerir de una espera para percibir las recurrencias o similitudes entre las propuestas estéticas de estas voces, así como también un quiebre más exponencial con respecto a la generación de los 80, que ya no estaría albergado solo en esta disposición de los soportes, sino muy probablemente en su incursión para una expresión más heterogénea. Lo cierto es que la ausencia de impresión de libros ha potenciado esta gran cantidad de textos digitales, o de obras que tienen en su eje de composición lo digital y lo impreso como objetivo de promoción. Nos leemos a través de las pantallas, y esto ya lo preveía el poeta Francisco Catalano cuando realizó la muestra Página=pantalla en el año 2015, una especie de antología en video de algunas voces del 80 y del 90. En síntesis, estamos hablando de poetas que son “nativos digitales” y esto los convierte, como menciona Martín Rodríguez-Gaona (2019), en prosumidores: “productores y consumidores de textos (e imágenes) que mezclan, sin ningún tipo de prejuicios, afanes publicitarios y artísticos, el discurso público y lo íntimo, la actualidad política y lo lúdico, la individualidad y la máscara” (p. 28-29). Aunque Rodríguez-Gaona analiza más el contexto referido a la joven poesía española, esta categoría es inherente a la problemática que estoy exponiendo en la poesía joven venezolana, sobre todo si observamos que la mayor parte de la comunidad literaria, o preferiblemente “poética”, yace en una especie de adentro-afuera, por lo que la red actúa cada vez con más potencia en la promoción autoral, construcción de identidad y muestra de obras, que no necesariamente poseen una eficacia del todo resaltante en términos de trabajo del lenguaje, o proposición de modos innovadores de integración entre los textos y los medios de comunicación.

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No es mi intención adelantarme a los hechos, ni tampoco quedarme atrás, apenas inquiero la preocupación de cómo dar orden y de cómo mantener estas obras, si bien no “online”, por lo menos existiendo” materialmente” para su estudio futuro, tarea que le corresponderá, tal vez, pensar especialmente a quienes editan. Ya Luis Miguel Isava (2016) advierte el problema con respecto al archivo de la poesía venezolana, refiriéndose a obras meramente impresas, lo que recalco aquí extendiendo su inquietud a lo digital.

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Para cerrar, quisiera hacer un comentario bastante breve sobre dos textos que he escogido de este grupo, los cuales me parecen resaltantes por traer a colación abordajes que contemplan a la tradición venezolana y latinoamericana, y que sacan al poema fuera de sus límites en comparación con la poesía de los años 80, fundamentando otros temas como lo vegetal, la biología y la botánica, en el caso de El insomnio de las plantas (2021), de Winifer Ravelo (1993), o la problemática de la frontera colombo-venezolana, la inclusión de documentos jurídicos y poemas de carácter apropiativo en contraposición al canon, como es el caso de El Libro de la Muriente (2020), de Rogelio Aguirre (1997).

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Estas obras poseen un carácter movedizo por instalar tópicos de otras ramas y saberes. Comenzaré por El insomnio de las plantas, cuyo epígrafe de arranque ya nos conecta con una poeta-vegetal, como lo fue la uruguaya Marosa di Giorgio, proveniente de su libro Historial de las violetas (1965). Además, el título de la obra parte de un verso de Purgatorio (1979), del chileno Raúl Zurita: “La noche es el manicomio de las plantas”. No deja de ser intrigante el hecho de que la autora anteponga a estas voces, que además se encuentran dentro de la ya canónica muestra de poesía latinoamericana Medusario (1996).

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La voz Ravelo representa un mundo enarbolado, de begonias y de genealogías barroquizantes, cercana a lo animal y que proporciona una problemática ambiental y ecológica como código político. Y es que en El insomnio de las plantas se manifiesta una corporeidad naciente, replegada incluso en lo étnico –pienso en la mención a los Warao o la referencia a los Wenaiwika, por ejemplo–, como también en la utilidad extralingüística y sonora de palabras pertenecientes a vocablos científicos para la nominación de las plantas como “Madracis decactis”. Hay, allí, un recontamiento poroso en la linealidad que busca ser flujo, agua, escama. Un poema como “Mimetización de la piel de un reptil”, expresa tal poética táctil, donde la voz pretende hacer al lector acariciar la superficie mohosa del anfibio: “mármol ritidoma, piedra y espejo / felógeno penetrante aperturas / la edad inhóspita del azufre / en corteza de anfibio ancestral” (30).

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Lo mineral abunda como exploración fónica, puesto que Ravelo se sirve del ethos biológico para constituir un sonido dimensional, geométrico, como si estuviésemos ante la descripción de una piedra marina que vamos palpando entre las manos: “Cristal anunciando la tierra desnudada / magnetismo silencia geometría / piedra líquida en vena acaricia / líquido oscuro en presencia olvidada” (35). Lo ancestral recae en la integración rítmica de palabras de matriz indígena venezolana (“yakerara” – “buenos días”; “tida” – “mujer”, “nohaba” – “río”, por mencionar algunas), principalmente provenientes del warao, las cuales, como con los nombres de las plantas, están al final en un glosario; a la vez que, en una distorsión universal y local como contrapunto entre la biología y la geografía, Ravelo deja en explícito una estética cuya sensibilidad arrastra al lector a un fundamento orgánico y químico, a un “pensamento vegetal” (Nascimento, 2021): “Toda planta é usina produtora de energia. Energia que ela aproveita para seu próprio sustento, mas que serve para outros se alimentarem. A inteligência das plantas está ligada a um fator essencial à vida, o qual deseja apenas se reproduzir e se expandir” (75), tal y como se expanden los ecos a manera de placa tectónica en la arquitectura de los poemas. En verdad, lo emprendido por medio de esta singular poética es un artefacto en que lo amerindio se desglosa amparándose en una mecánica donde relucen como “marca de agua” las obras de Emira Rodríguez y de Ana Enriqueta Terán, especialmente de la primera y su libro Malencuentro pero tenía otros nombres (1975), quienes son citadas y apropiadas para alargar sus textualidades, haciendo de la geografía venezolana un canto en expansión de saberes múltiples:

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Arecáceas son las mensajeras del tiempo
velan el sueño de la montaña
vigilan el vientre de las piedras dormidas
Anthozoas entre montaña Anthozoa leyendo el mensaje de las aguas
Anthozoa escuchando al sol desde sus estómagos
Corales conquistan el movimiento de la tierra
Montaña madre en ti descansa la mar antigua
El sueño de las plantas es el licor de la tierra hace millones de años
el sueño de las plantas es un mineral incrustado en la noche
el sueño de las plantas es el latido del mar
la planta duerme hundida en el agua
Luciferasa en el espíritu de la montaña
el cuerpo sólido de la mar Falcón
cayo Sombrero
cayo Pescadores
cayo Sal
cayo Muerto
un manglar habitado por corocoras
cementerio indígena donde los ancestros
coronan la eternidad entre flores de piedras y Prosopis juliflora,
sus muertes son el sueño oculto de las palmeras. (50)

 

Por su parte, lo político puede ser examinado si pensamos en el momento en que este texto aparece, y no solo a nivel local, sino a nivel mundial, con respecto a escrituras que se oponen a la destrucción en la era del llamado “antropoceno”, en especial si consideramos lo ocurrido con el llamado Arco Minero del Orinoco y lo que este ha representado para la Amazonia en Venezuela.

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Siguiendo esta exposición más radical y política, la obra de Rogelio Aguirre, El Libro de la Muriente (2020), tocará temas como el tráfico de la gasolina en la frontera colombo-venezolana, abordando el personaje de la Muriente, especie de personaje desfalcada y violentada en el medio de los textos. Durante la obra somos partícipes de una continua sensación de ahogo a través de un paisaje en ruinas, en el cual la voz ostenta una continua percepción de “falta” y de “carencia”, al mismo tiempo en que la frontera, lejos de ser un borde imaginario de aviones y aeropuertos, se planta en un límite geográfico material, térreo, donde el sujeto cruza por las fallas de una utopía deshecha en la búsqueda de supervivencia y productos básicos.

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Para ejecutar el entramado, Aguirre se vale de diversos materiales que van, por ejemplo, desde los poemas del venezolano Eugenio Montejo, hasta los del peruano Javier Heraud y su afamado texto El río (1960), en tanto experimenta con moldes jurídicos como el “expediente” para la armazón de un “juicio”. Así, un poema como “Adiós al siglo XX” de Montejo es aquí apropiado, desmontado y reversionado como “Caliche” –piedra calcinada en el barro–. En el centro de tal transposición, la voz se “traviste” para cruzar la frontera, evidenciando la sintomatología provocada por la violencia estatal a los cuerpos, y poniendo en clave una lengua-esquizoide que trae a reminiscencia otros poemas de Montejo como “Setiembre” o como “Islandia”:

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Soy la misma de ayer,
cerrojo en mano, jaula de septiembre,
la misma de ayer, doctor,
la cartógrafa de la Catorce,
la heredera de esa costumbre de trazar
páginas con la muerte.
Son mis radiantes años en versos,
ramas tipificadas a orillas de una plaza,
Ley severa, doctor, Ley amada como Islandia,
su semblante roto alejado de mí.

Fantasiosa sombra oriental,
aunque el sol no parta esperanzada cierro mis ojos,
contemplo el horror de este mundo:
acuosas bolsas amontonadas en aceras
donde reunimos pimpinas,
donde cultivamos flores fétidas,
espesas como el hedor de otro vertedero.

Mocos y lágrimas hunden mis párpados
antes de que arribe la Monteja visionaria,
de que se me inflamen los ganglios
y ponerme la peluca no pueda.

Desconozco la hora de llegada,
me distraen sus palabras,
sus pétalos intactos,
sus falsas gotas escurridas,
los focos, las luces,
alumbrada semejante soy siempre
no sé cuándo naceré,
nada alcanza en este mundo.

Voy con mis cordones desamarrados,
la nariz ensangrentada, el asfalto,
católica caminata.
Adiós cautivo doctor,
por los siglos que pasaron pude reconocer
la calle Stalin, la calle Freud,
presurosa soy La Muriente,
recojo testimonios de madres,
de padres absortos.

Yo cruzo la calle Marx como una frontera,
sentenciada bala lagrimal, tuertos mis ojos,
arqueadas melodías estremecen el ritmo de mi zapateo.
Ahora no cabe más soledad,
los míos descansan
en la tierra que abandono,
sueñan marchitos
entre trago y diluvio. (7-8)

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La denominada “calle Marx” vendría a hacer frente al fracaso como una escisión secular, utópica y literaria, a la vez que el cuerpo “zapatea”, trayendo evocaciones a Néstor Perlongher o a Carmen Berenguer, en medio de una pudrición que a lo largo del libro se constatará en imágenes que descarnan una barbarie donde palabras como “moscas”, “vómito” o “vertedero” son centrales en la atmósfera. Los poemas constituyen, de este modo, una periferia en que se “trabaja” desde diversos oficios ilícitos, y donde la Lex es norteada por figuras como vacas, camiones, grifos quebrados y un vaivén de sujetos en tránsito en los que yace expresamente el tráfico de gasolina como una actividad ejercida, incluso, por menores de edad:

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verás venir la pimpina, el colmillo,
verás crecer la fuente,
verás alimento, verás plata y encerrada asfixiarás,
you’ll be like a blind person watching a silent movie, dice Simic,
sentado en la acera con otras bestias municipales
hablando de números y familia.

Los niños vivirán atados a la camioneta, con suerte a la gandola,
tus hijos tragarán octanos para acallar gastritis,
tú misma serás ciega, tú misma en oferta aceptarás un hogar,
ya sin fieras, sin pasos, sin olores,
blanca, negra,
impaciente bajo tierra. (19)

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Esta exploración siempre se verá amparada por figuras poéticas introducidas en las partituras, como ocurre aquí con Charles Simic, o en otros tramos con Sylvia Plath, Roberto Piva o Sara Uribe, esta última clave para entender el proceso de transfiguración del documento jurídico en el cierre final de la obra. En verdad, el gran leitmotiv es la lectura del folio de sentencia del personaje de la Muriente, que a mi modo de ver es un “camuflaje”- “maquillaje” –en la acepción de Severo Sarduy– de la voz que deglute lo rural en deformación en un paisaje doblemente árido y vacío. En virtud de esto, la Muriente es el lenguaje mismo ataviado de las mixturas entre literatura y derecho, donde los símbolos en simbiosis ganan y pierden significado en la utilización de algunos nombres-prótesis para balbucear lo indecible de una ruralidad tétrica e insólita y dentro de la poesía venezolana contemporánea, donde lo “urbano” no se asoma, como tampoco un espacio idílico al cual “regresar”.

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Quisiera, pues, cerrar esta breve aproximación con el texto “Conversación con las líneas”:

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Las estrellas cubiertas por ramas encienden los colores dispersos de las camionetas. Azul, Negro y Gris reposan sobre las bancas como sobras del basurero. Negro se levanta con el pie izquierdo, la manguera se traga al tanque, cobrizas las botellas guarda. Azul avanza la mano en el pajar, la magnífica flora de su hermana va en el paso de cebra inmaculada hundiendo pasajeros, dos piernas, dos quebradas secas implora la ciudad del río mientras bebe aguardiente, es amena la espera. Más allá del caucho arde la recta, la meta imaginada, tanque lleno y cilindro dentro. Turbia lengua de Gris, escupe como si no excretara con la soga, habría que cortarle las estrellas y aguantar. La línea es inmensa, infinita como el asfalto, a través de ella el ojo descubre los colores. Negro camina como si se hundiera en la próstata, dice Azul, como si escogiera su propia muerte. Cada elección es un deceso imaginario. Perdemos el tiempo. (23)

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Tanto Winifer Ravelo como Rogelio Aguirre emprenden artefactos literarios que llevan en consideración la tradición venezolana y lo “venezolano” como materia identitaria, véase como un borde transfronterizo o como una ancestralidad perdida desde la lengua, estableciendo problemáticas contemporáneas en una suerte de “neobarroco” y hermetismo que los conectaría, por ejemplo, con obras como El círculo de los 3 soles (1969), de Rafael José Muñoz, Poemas de una psicótica (1964), de Ida Gramcko, o las raras piezas contenidas en La mágica enfermedad y otros poemas (1997), de Jesús Sanoja Hernández, además de sumar interesantes estrategias textuales y referencias, como también lo hacen muchas de las obras aquí mencionadas y sobre las cuales volveré en próximos trabajos.

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[1] El presente trabajo fue realizado con el apoyo de la Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior – Brasil (CAPES) – Código de Financiamento 001 y una versión previa fue presentada en “Ars Poética: Encuentro de Filosofía y Poesía en homenaje a Rafael Cadenas”, organizado por la profesora Dianayra Valero y el Departamento de Filosofía de la Facultad de Letras y Educación de la Universidad de Los Andes en Mérida, Venezuela, durante el presente año.

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J.

Jesús Montoya. Tovar, Mérida, Venezuela, 1993. Es poeta, investigador y traductor. Actualmente cursa el Doctorado en Estudios Literarios en la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar). Ha publicado diversos libros de poesía. Es profesor de español.

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por la artista venezolana Lauri Zambrano

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