Las torres desprevenidas VIII

Jesús Montoya

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Elizabeth Schön: poetizar el ensayo[1]

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 La granja bella de la casa (2003) – Elizabeth Schön

 

a Bruna y Benício

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As lendas, que se distanciam da terra,
do espírito que foi e que retorna,
dirigem-se à humanidade e muito aprendemos
do tempo, que rápido se consome.

As imagens do passado não abandonam
a natureza, como quando os dias empalidecem
no auge do verão, o outono volta-se para a terra,
a mente de quem olha ainda se acha no céu.

Em breve tempo muito terminou,
o camponês que aparece no arado,
vê que o ano volta a final alegre,
nessas imagens o dia do homem se realiza.

O círculo da terra de rochas bordado
não é como a nuvem que à noite se perde,
revela-se como um dia de ouro
e a perfeição é sem lamento.[2]

Frederich Hölderlin

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A aurora se
mantém: a eternidade é intata.

Orides Fontela

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En toda ars poetica se escruta el proceder de un acertijo. Un ars es, acaso, el interior del caracol: su reverso en unidades mínimas. El ars califica la expresión en cuanto interioridad y semántica, guía y autorreflexión del lenguaje hacia su propio código estético en una obra. Pero hay algo en el término como armazón que convendría repensar, cuando Antoine Compagnon en O demônio da teoria: literatura e senso comum (2022), especula sobre la noción aristotélica de la “poética”, exponiendo que más que tratarse de una acentuación al objeto imitado, se trata de una “técnica de representación”, cuyo interés es “no texto poético, sua composição, sua poièsis, isto é, a sintaxe que organiza os fatos em história e ficção”, a lo que anexa, más adelante: “Poética é a arte da construção da ilusão referencial” (102-103). Esta “ilusión” por medio de la creación de un artificio parte, muchas veces, del poema como auto-enunciación para trazar una coordenada que lo “defina”.

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Lo que la poeta, dramaturga y ensayista venezolana Elizabeth Schön gesta en La granja bella de la casa (2003) está lejos de ser catalogado como una poética o un ensayo en sentido estricto, y menos aún un poema en prosa, aunque mucho haya del discurso poético alrededor de su componente narrativo y fragmentario. En virtud de esto, la dotación formal de su hechura es el primero de los tres puntos que busco resaltar en esta breve intervención. Tratándose de un texto que desde su inicio lleva la palabra “poética” como subtítulo –al menos en la edición de la que me fío, que es la publicada por la editorial Diosa Blanca, la cual ha hecho estos años un trabajo de divulgación de la obra de Schön[3]–, estaríamos tentados a cerrarnos a este nominal. La cuestión es que es justamente la “poética” lo que abre su espectro mutable y, valga decir, en coartadas, herencia tal vez de la tradición alemana que trae a colación la autora en principio y que parece ser, por otra parte, una columna vertebral de la obra, aunque existan otras referencias destacables.

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Esta “poética pensante”, como la definió Yolanda Pantin (2003) demarcando algunas diferencias con respecto a sus contemporáneas: Luz Machado, Antonia Palacios, Ida Gramcko y Ana Enriqueta Terán, y aproximando más a la poeta con la obra de Gego y sus retículas, forja una suerte de “pensamiento que teje”. Si Schön elige la frase de Heidegger: “la palabra es la casa del Ser”, se debe a que establecerá una ontología en la que no solo “hilará” una reflexión acerca del lenguaje poético, sino de su planteamiento con lo real y lo que atañe al mundo. De esta manera, La granja bella de la casa extrae esta fisionomía de corte entre vestigios y retazos, desde un Heidegger que lee en Hölderlin la poeticidad como materia de lo sagrado y su figuración en la naturaleza, por medio de símbolos elementales como el “rayo”, la “rosa”, la “espina” o el “árbol”. Y esta capacidad del acto poético sumergido en el terreno filosófico, en una relación que deja de ser “dispar”, va unificándose en Schön hacia lo primitivo: aquel fuego primerizo de los presocráticos, en este caso estudiados desde las versiones hechas por el filósofo venezolano Juan David García Bacca.

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En efecto, Schön procura asentar en su armazón una exploración del lenguaje y su condición prístina, que no se encasilla a una forma concreta de la literatura, puesto que su examen es mayor, partiendo de un sentido “poético” con la experiencia, desde la lengua hasta su nombramiento de las cosas. El binomio Heidegger-Hölderlin valdría como el de pensamiento-poesía, o una funcionalidad donde la frontera roza el quiebre cuando la propia autora interviene los bloques prosaicos con pequeños poemas en verso.

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Así, observo esta suerte de “poética” más contigua a ciertas escrituras contemporáneas donde los géneros se desfiguran, aunque no precisamente debido a una maniobra estética amparada a un estatuto de la “moda”, sino a la inclinación por otorgar “libertad” al lenguaje en su instancia tribal, donde poesía y filosofía se entrecruzan yendo a su visión clásica. Y es que en esa búsqueda incesante por lo primordial la lectura a lo “oriental” también se muestra con la mención al Tao y a Lao Tse, por un lado, y a Tales de Mileto, por otro, articulando ambas perspectivas.

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Esa “liberación” que menciono no es más que la tentativa de abarcar a través de un continuo cuestionamiento una serie de lecturas que no están solo refugiadas en el ámbito de lo literario, a pesar de la autora citar a Rubén Darío y de aludir a Suan Juan de la Cruz o a Franz Kafka, por dar algunos nombres. De este modo, no es del todo descabellado revisitar estas notas como un bosquejo del pensamiento poético de Schön, su fundamento y praxis, manifestado a lo largo de su vasta obra, donde se suman, además, experimentos como El abuelo, la cesta y el mar, obra sobre la que la poeta María Antonieta Flores (2013) apunta como la creación de “un lugar poético, mítico, iniciático” (311). Es a través de esta ida al principio de las cosas, al Logos, a su estructuración como un orden elucidado de elementos naturales, donde Elizabeth Schön “ensaya” su escritura oblicua, dilatada, por momentos aforística y rica en mezclas, dotada de un tono depurado, justo, envolvente.

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En un texto reciente de la también poeta y ensayista venezolana Márgara Russotto, titulado “Pequeña lámpara gemela: mapa esquivo del ars poetica femenina en Venezuela” (2021), Russotto emprende un recorrido de la figuración de algunas ars en la poesía venezolana del siglo XX. Me es imprescindible el texto de Russotto en esta aproximación, precisamente por forjar una versión alterna a las “poéticas” como sentido a la “construcción de ilusión referencial”, citando a Compagnon, uniéndolas para el establecimiento de nuevos paradigmas acerca del canon en Venezuela, los cuales no cabrían dentro de algunas categorías pertenecientes a antologías de finales del siglo pasado, creando, con esto, una constelación alejada del bullicio de la “vanguardia” y la “neovanguardia” como tratamiento a un compromiso político, y dejando a estas escrituras en un espacio de “intermedio”. Russotto expresa, de la estela Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Ida Gramcko, Ana Enriqueta Terán y la propia Elizabeth Schön: “se trata de propuestas problematizadoras de la modernidad literaria que establecen una serie de tensiones controversiales: entre lenguaje poético y lenguaje teórico, entre formas clásicas y experimentales, y entre discursos paralelos que problematizan la relación autor-texto-público comprometiendo la identidad misma del sujeto lírico en primer plano” (44). A lo que añade que el espacio de estas poetas estaría albergado en una “tercera vía”: “Sus propuestas parecen trascender la escisión entre la visión que valora los elementos internos y locales de la propia cultura (polo transculturado) y la que responde tan solo a la compulsión internacional de las grandes transformaciones mundiales (polo cosmopolita)” (45).

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No obstante, incluso en este grupo de ars mencionadas por Russotto, el caso de La granja bella de la casa, a mi modo de ver, sigue siendo la apuesta más arriesgada en un sentido híbrido, en tanto análisis y exploración de un “ensayo” que pretende no solo poetizar, sino también filosofar desde diversos registros. Habría que pensar, además, este libro relacionado en su tono y forma con Fragmentos a un taller. Ars poetica, publicado trece años antes, del recientemente fallecido poeta, traductor y editor venezolano Reynaldo Pérez Só. No se trata, en este sentido, y este es mi segundo punto, de crear relaciones con libros de ensayo sobre la poesía o el lenguaje –que también los hay en la tradición venezolana, e incluso sobre la práctica de la traducción literaria con relación a la poesía–, sino de agudizar la mirada hacia la capacidad que emprenden tanto Schön como Pérez Só, cada cual en su justa forma y distancia, para la formulación de una “poética” que acerque a los lectores a sus propias obras y a la de otros poetas, permitiendo herramientas para el análisis del discurso poético.

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La estructura numerada, por ejemplo, que Pérez Só presenta por medio de lo que parece ser una especie de heterónimo llamado “Aquilino”, como también el tono irónico sobre el espacio literario y la comunidad poética, instituyen diferencias con la hechura de Schön, más cercana a lo que en el análisis ejercido por Hanni Ossott a la obra de esta, define extrayendo una cita del propio Heidegger, tomada de su afamado ensayo “Hölderlin y la esencia de la poesía”, como la base la poética de Schön: “lo que dicen los poetas es instauración”. Y es que, tal y como explica Marco Aurélio Werle, en su libro Poesia e pensamento em Hölderlin e Heidegger (2004), “a noção de poesia [Dichtung], nas interpretações que Heidegger faz de Hölderlin, afirma-se com base em dois fundamentos principais, intimamente associados um ao outro. Por um lado, há a dimensão instaurada pela poesia, que remete ao âmbito que envolve o poeta e a partir do qual ele realiza a sua obra, uma espécie de solo e terreno histórico-temporal que delimita seu campo de atuação” (57). Ossott, formando una línea por algunos de los libros de poemas de Schön como La gruta venidera (1953), Encendido esparcimiento (1981) y Del antiguo labrador (1983), no se queda en tal “instauración” desde la interpretación de Heidegger, sino que atraviesa las categorías del “Ser” y del “Fuego”, entendiendo este último a través de Heráclito y desentrañando una serie de hallazgos que, sin lugar a dudas, se albergan en la interpretación que la poeta realiza en La granja bella de la casa años después. Escribe Hanni Ossott: “La actividad poética y filosófica de Elizabeth Schön ante el mundo, el Ser y el Vivir, nos pone en contacto con un hombre atento al cuido de la tierra, un hombre cuya postura ante el vivir es la del asombro y la devoción por las fuerzas misteriosas de la existencia. En este sentido, podemos hablar de ciertos acentos religiosos en su obra” (58), lo que aproximaría la obra de Schön a la de Armando Rojas Guardia como núcleo temático, por ejemplo. De allí que se construya, en mi mirada, una estrecha conexión con lo sagrado y lo oculto, desplazando a la poesía conversacional y comprometida de los 60, como también a cierta estética urbana e incluso, a la vocación localista u oral desde “modelos” franceses o norteamericanos al fondo, y proponiendo, en cambio, una ética de la sensibilidad y de la potencia poética, cruzando en esta “tercera vía” (Russotto) geometría, biología y lenguaje. La suya es, pues, una poesía de lo inclasificable: extracción de la piedra en un horizonte alquímico del entendimiento, disciplina a la que ella misma hace mención a partir de Jung.

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Elizabeth Schön ensambla una organicidad lírica bicéfala: poética y ensayística, donde conceptos como “metáfora”, “ser”, “espacio”, “tiempo”, “lenguaje” y “pensamiento” adquieren una dimensión en desvío de cómo ha sido representada la “casa” dentro de la poesía venezolana, y he ahí mi tercer y último punto, puesto que la “casa” en Schön esclarece una “morada” que no yace anclada a lo temporal o a lo político, sino a la esencia de los actos en nuestro tránsito por la tierra, lo natural, lo fluido. Y me permito terminar esta breve intervención con algunos fragmentos de la obra, siendo la propia palabra –su palabra– la que nos convoca hoy como homenaje, ya que el lugar de Elizabeth Schön en nuestra tradición es, como dice Yolanda Pantin, el de una “poeta mayor”:

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La metáfora reúne ese conglomerado y junto a la luz del alba entra por la puerta que calla si quien la habita no es escuchado como debería de ocurrir, por ser casa de palabra del Ser.

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Un bosque, y qué señalamos ¿la abundancia donde el sol cuece y las raíces resbalan como escuderos hacia lo oscuro de la tierra?

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La libertad es un estado de comprensión inusitada que no se hace presa de bordes, fin, dobleces, comienzo.

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Ningún árbol es esclavo del espacio.

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La vida temporal de la metáfora es casa de palabra donde finito e infinito forjan la piel andante, unívoca del Ser.

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El Ser es el Uno completo de la raíz inaprensible, lo pronuncia la voz quedando la raíz dentro de ella, igual a ese pájaro al que envolvió el nubarrón de la tempestad.

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No traspasa el rayo, mas cuán clara su clara oscuridad.

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El objeto dentro de la palabra vive cómodamente, no le rodea ningún otro elemento que no sea él mismo, razón suficiente para imaginarlo semejante al arrecife clavado en la profundidad del mar.

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El pensar hace pensar el fuego, el número, la copa. ¿Dónde está la casa? La palabra la carga y ella se acomoda para el representar pensante del concepto. De esta manera se nos presenta casi con la autoridad del juez.

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El soldado abanica la bandera
No hay nadie
La luz y la sombra corren como niños
Sólo silencio
sólo espera
sólo

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Las contradicciones en el pensamiento las provoca el ente como abrazo que tupe la mirada. ¿Le ocurre al Ser algo semejante? En su gran poema “Germania” Hölderlin nos dice: “…Entre el día y la noche de repente / Lo verdadero ha de mostrarse. / En tres sentidos ccircunscríbelo, / aunque habrá de quedar inexpresado / tal como allí aparece, / en toda su inocencia…”

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Escalemos la montaña. Lleguemos al árbol. Nuestro oído en la tierra, nuestra voz en la palabra; esa que nos dibuja la silueta de un Zenón, de un Agatón, de un Sócrates.

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Escuchemos… asteroides

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Fotografía de Lisbeth Salas, tomada del Archivo Fotografía Urbana

 

 

 

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Referencias:
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[1] El presente trabajo fue realizado con el apoyo de la Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior – Brasil (CAPES) – Código de Financiamento 001, y una versión previa fue presentada en el “Ciclo de Escritoras Venezolanas: Elizabeth Schön”, organizado por la Maestría de Literatura Latinoamericana y del Caribe de la Universidad de Los Andes, núcleo Táchira, la editorial El Taller Blanco y la Fundación Cultural Bordes durante el presente año.
[2] He tomado la cita de este poema de Hölderlin de la traducción hecha por Wander Melo Miranda a la obra A loucura de Hölderlin: Crônica de um habitante 1806 – 1843 (2021), de Giorgio Agamben.
[3] Además de los libros de Elizabeth Schön, pueden ser leídos a través de su web otras obras de la poesía venezolana: diosablanca.org.

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J.

Jesús Montoya. Tovar, Mérida, Venezuela, 1993. Es poeta, investigador y traductor. Actualmente cursa el Doctorado en Estudios Literarios en la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar). Ha publicado diversos libros de poesía. Es profesor de español.

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por la artista venezolana Gabriela Guilarte (Garabato)

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