Latidos del inframundo

Sergio Chejfec e Igor Barreto en la gallera

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 Gina Saraceni

 

Para Sergio Chejfec, el día de su cumpleaños.

 

la oscuridad
sería algo
aproximado a la nada.
Sin una ventana
por donde llegue la luna.

Sergio Chejfec

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Bajo las moreras, sentí el luto
Por el gallo que había muerto.

Igor Barreto

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Hace unos años, el escritor argentino Sergio Chejfec (1956) se encontraba con su amigo Igor Barreto (1952) en Paracotos, en las afueras de Caracas, en la gallera Sol-y-Sombra. Habían ido a ver una pelea de gallos y a apostar, pero el animal que jugaron resultó perdedor. Ante el asombro de Sergio por la derrota infligida, Igor exclamó:

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«Pues, Sergio, a la gallera se viene sobre todo a perder; no se viene a ganar».

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Foto: Ricardo Jiménez

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Ante esta sentencia que revelaba un vínculo entre juego, gasto, despilfarro, Sergio entró en un estado de silencio profundo del que salió diciendo estas palabras:

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No hay lugar
Donde el ojo no encuentre
Algún paso, un rostro
La señal de una palabra
Dicha, y con ella la obediencia
O el sacrificio
Para cambiar la marca de lo humano.

Quien se asoma
Sin embargo olvida
El mundo escondido
O ignorado.  (Gallo y huesos, 5).

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Estas palabras pronunciadas por Sergio desde una posición que parecía algo desfasada respecto de la realidad, sugerían «la señal de un “mundo sin luz”, de una “especie/ vigente, subhumana,/un poco desvanecida», de «un trabajo/ desquiciado del inframundo» que, por alguna razón extraña, la práctica milenaria de la pelea de gallos, convocaba.

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En el redondel de la gallera, Sergio reconocía la trama viva y antigua de «algo subterráneo» e incompleto que señalaba la existencia de «un modo prehumano/de manifestarse/hacer silencio/ o interrogar» (9).

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Igor Barreto, al escuchar la voz de Sergio que señalaba la existencia de otra especie históricamente ignorada por los hombres, de otro saber y sentido, exclamó:

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«Caramba, Sergio, tus palabras hablan del descenso al inframundo, de un viaje debajo de los mapas, por un laberinto donde es común perderse en el misterio de lo oculto y donde existe un idioma elemental, un hueso que recuerda “el silencio/ del gallo/cuando piensa y no sufre/concentrado en sus cosas/en la oscuridad”» (26).

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Unos años antes (2003), Sergio había publicado un libro titulado Gallos y huesos dedicado, «en parte», a Igor Barreto, en el que ponía al gallo en el centro del poema para mirarle los huesos y descifrar en ellos las marcas de «carne turbia» que «los rodeó mientras el animal estuvo en pie»; para escribir sobre la última materia de ese animal pequeño: «un amasijo de restos» que laten «ajenos a las circunstancias/Como almas».

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Sergio había usado el poema para radiografíar el esqueleto del gallo: su «espalda triangular», su «cuello prolongado/que se convierte en pecho» y observar «el osario que duerme en la cocina»:

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A veces, al comer el gallo
Uno cree que algo sólido
Se clava en la encía
Firme como un nuevo diente
Buscando su lugar
Al principio considera
Que es cuello, por ejemplo
Una vértebra hundida
En la boca insaciable
Cuando en realidad es
El recuerdo de la espuela
Que sin estar sigue cortando.

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«Quien contempla la osamenta» nos muestra el gallo «bajo la forma de bocado» pero «algo más puede ser dicho» de esos restos, «apenas la hipótesis de sobre vida/ que precisa el gallo». La poesía inventa «una lengua lejana» para mostrarnos ese pensamiento que, desde el hueso, vuelve a la vida pasada del gallo y lo muestra vivo frente al mundo, ofuscado y desvelado, que mira con ojos desquiciados a su rival, «cuando en la arena se mantiene quieto/Sin movimientos/Mientras tan solo su cuello palpita»; el gallo cansado, «que termina sin aliento» y que, como otros animales, «en algún momento de la vida/Habrán pensado» que «casi no hay ilusiones/Para nuestros huesos».

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Sergio le señalaba a Igor una ruta distinta para la literatura donde el canto fuese la espina del gallo que se clava en la encía de los comensales lacerando sus carnes; una «interrupción menor» que pone frente al animal que fue el gallo ahora reducido a un resto punzante, una sobra que desaparecerá en el «cúmulo mortuorio» de la pileta.

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Mientras Sergio hablaba, Igor agitaba sus manos para expresar que estaba de acuerdo con esta visión sobre el sentido de la literatura. De eso se trataba la poesía, decía: de la belleza de un gallo que canta y despierta al mundo, a la vez que de un gallo que muere, cuya sangre derramada «siempre le retornó certezas al mundo» (Gallos y huesos 64).

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Experto gallero formado, desde los doce años, en el oficio de criador y gran conocedor de la Pelea de Gallos originaria «de Indochina, de la India y de la Persia», Igor le explicó a Sergio que se trataba de un ritual de muerte «gestado en la cultura analfabeta profunda» de la que habló el poeta español José Bergamín y que, a diferencia «de la cultura letrada que es el río que corre de manera visible, es el flujo más profundo donde se ahonda el cauce de lo espiritual». Y añadió:

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«La tradición oral vinculada a las artes y a los oficios, los rituales y festividades, los conocimientos acumulados en la observación de la vida diaria, los ritmos internos que acentuamos cuando tomamos el lápiz, es decir, casi todos los cantos rodados del pensamiento propio vienen de la palabra que no ha sido anotada. En algún sentido escribimos “por” y “para” el analfabeto».

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En ese entonces Igor estaba escribiendo unas anotaciones sobre la gallera que, años después, se convirtieron en La sombra del apostador. El Gallo combatiente y su ritual analfabeto.

En algunas de ellas hacía las siguientes observaciones:

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I. La pelea de gallos es una gestación: una descarga de energía sexual en otro campo

IV. Junto a ellos sentirás el alma guerrera
Y un impulso oscuro de posesión.
También el deseo de tener el cosmos
Iluminado por su canto

V. La gallera es el lugar donde lo viviente se abalanza
Sobre lo viviente con fuerza exterminadora (80)

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Foto: Ricardo Jiménez

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En la medida en que Igor se adentraba en la complejidad de este ritual analfabeto y popular, de esta pelea entre la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, también reflexionaba sobre la poesía como había apenas hecho Sergio, mientras asistía al combate de gallos en Paracotos, al referirse a la necesidad de mirar señales y pasos que podían «cambiar el curso de lo humano».

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Escribir el gallo implica asumir el «destello» como oportunidad de pensamiento: la interrupción del curso de las cosas como cesura que apunta el dedo hacia abajo, hacia el misterio que se esconde en el reverso del mapa, en el inframundo donde Sergio e Igor bajaron a buscar otro idioma, otro camino para sus respectivos pasos por el mundo: el zarpazo de la espuela, «la mínima eclosión» como oportunidades poética y epistémicas:

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La emoción
que origina el poema

ocurre en ese destello
de la refriega de los días

y apenas
permanece el tiempo

que toma una cerilla
en encenderse

iluminando el rostro

como la geografía
más lozana

pero si no sacas
tu libreta y anotas

con paticas de grillo
presurosas

que salen
de la punta del lápiz

entonces el fuego
se transformará

en humo
y lo revelado

dibujará siluetas:
una nube

que apenas
será capaz

de procurar
palabras inservibles. (97-98)

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Igor insistía en que: «El poeta más dotado» es entonces  aquel «capaz de observar semejanzas» y expresar «relaciones a ras de mundo,/asociando tantas cosas sin tener:

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nada,
nada

más que la pobreza promisoria
de una palabras que deseo reescribir» (27)

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En esto consiste la pobreza de la poesía: ser  «el gallo que canta en lo alto del templo», que aguza la vista y el oído para reconocer la belleza en las materias del inframundo, en la cultura analfabeta, en la incertidumbre y la muerte que llega de golpe y deja al ave de riña tendida en la arena, acabada por el golpe fatal.

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Ese día la gallera Sol-y-sombra fue el lugar de un combate entre dos amigos que pusieron a la literatura ante «el árbol de la vida mundana» sobre el cual «hay un gallo que canta» (La sombra del apostador 11). Pasaron allí varias horas hablando de la belleza del ave de combate. Se dijeron muchas cosas, «visible solo para el oído y la mirada/que adivina aquello que es interno y secreto», mientras la algarabía circundante de las apuestas y del combate los dejaba cada vez más solos y cerca del hueso de la vida.

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Igor Barreto | s.f

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En un momento dado, Igor puso en la mano izquierda de Sergio una espuela de carey para que se la llevara como recuerdo suyo en el viaje que pronto iba a emprender, y le dijo:

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La verdad es que
hay maneras
de mirar en los ojos
el final de la vida.

Pero compartir
ese momento
y creer que mueres
con el otro que muere
creer y sentir
una enconosa herida:
eso…
sólo en los gallos (78-79).

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Terminado de escribir la madrugada de 28 de noviembre de 2022, cuando el gallo del amanecer cantaba y nacía Sergio Chejfec, amigo entrañable.
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Sergio Chejfec | Foto: Sergio Goya. 2004

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G.

Gina Saraceni. Caracas, Venezuela. Poeta, profesora universitaria, licenciada en Letras Modernas, (Università degli Studi de Bologna, Italia), magíster en Literatura Latinoamericana (Universidad Simón Bolívar, Caracas) y doctora en Letras (Universidad Simón Bolívar, Caracas). Entre sus libros sobre estudios literarios se destacan: Escribir hacia atrás. Herencia, lengua, memoria (2008); La soberanía del defecto. Legado y pertenencia en la literatura latinoamericana contemporánea (2012). En-obra. Antología de la poesía venezolana contemporánea (1983-2008) y Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX. Selección, prólogo y notas de Antonio López Ortega, Miguel Gomes, Gina Saraceni, Valencia: Pre-Texto, 2019. En poesía: Entre objetos respirando (1998); Salobre (1998) y Deriva (2000). En 2012 ganó el XI Premio Transgenérico de la Fundación de la Sociedad de la Cultura Urbana con el poemario Casa de pisar duro.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Andrea d’Escriván

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