Little Bastard

Rogelio Aguirre


 

 

A seiscientos kilómetros por hora lo cuestiono todo
Víctor Valera Mora

i

¿Por qué se cree invencible un hombre al estar sobre monturas?
¿Quizá es el viento, el reojo del sol, el bramido de la tierra,
el escape grabado en su inocencia?, ¿quizá vio pasar por
un bosque al Padre retratado en la ausencia del ojo?
El ritmo abierto del galope lo despierta alejado de estos
corroídos ranchos, pam pam repetido como un apellido
inservible, aceras en otro país, desnudo, desnudo como el caballo,
como la imprenta del caballo inalcanzable con hedor a petróleo,
al residuo del petróleo. Diría que encarcelados en la gota del paisaje
los edificios condenan mi devastada escuela. La velocidad se saborea con paciencia:
no hay personas, ni frutos, ni árboles, ni verdor en las montañas, ni color en los semáforos;
solo queda el camino resquebrajado y ese nombre en la cabeza: James Dean.
Regresar habría sido imposible, él bien lo sabe. El asfalto es como un hombre vencido,
pequeño bastardo fulminante en la encrucijada del muerto.

ii

Disparados contra el atardecer americano recobramos los sentidos.
Ya era tarde, nuestros caballos gallardos tenían ojos de cementerio, lápidas inclinadas
por el brillo de una imposible carrocería, creímos ser estruendos en el retrovisor,
creímos ser inmunes a todo impulso lacerante del viento. Y huimos, huimos del entierro
y de las cenizas. Nada queda, avanzamos desgarrando sombras,
frágiles raíces separadas del mundo.

La urna está colgada al filo de las riendas.

iii

¿Y qué si se repite, si se traiciona, si conmueve los pasos de otra tierra?
¿Y qué si amanece golpeado contra el pavimento?
Al retroceder levantamos los ojos,
nos mezclamos a la espina del cerro, un pájaro se alza y ríe.

¿Quién soy para callarlo?

 

iv

James Dean yace escondido en la raíz del volante.
Contemplo el encanto del río. Es mejor quitarse la chaqueta roja,
irse aunque nadie sepa lo que llevo
en la palabra enmarañada al brillo de un sol canela,
aunque comience el entierro, los dedos de Leticia, y vea
un hueco en la esperanza del ahogado, de Héctor,
del éxodo familiar en el patrimonio del diablo.

 

v

La curva del diablo acaricia la mejilla infantil de Rogelio, lo llama a tomar el golpe del estribo, a resistir la doctrina de San Cárcel como todo un hombre. Él jamás podrá llevar las riendas incrustadas al metal de sus rodillas. Jamás podrá besar la mejilla de su padre. Jamás podrá ser un padre. Jamás podrá levantar la carta, la sentencia de su esclavitud. Jamás podrá sentir la ausencia del mar en sus pulmones. Jamás podrá levantarse.

Arrastraremos su cuerpo y le daremos el nombre de Muriente.

El cementerio se inclina como la catorce. Invicta levanto mis manos, grito mi apodo vacío.

 

-Dean acelera y lo recogen en la autopista,                                        -Me habría ido, señora,
cree que su hogar es una grieta,                                             pero encontré a Pedro llorando
dice que está manchado, con asco.                                     en la esquina, dicen que su rostro
-La cara de mi madre desapareció,                              fue arrancado del cielo, y allá cantaba.
lloré, arranqué las páginas,                                         -Leticia eleva su mano, se despide dos
oré por su abismo. Hizo frío                                           tres años antes del choque. Sonaban
y no pude regresar,                                                            los muertos en la mente del Padre.
partí hace mucho tiempo.                                               -Mi hijo, mi niña, la ingrata versión
-Héctor volvió nadando,                                                                de mi sangre, ven y toca el
la pluma de la infancia                                                                     labio seco de tu hermana,
los condena al mismo destino.                                                                           es pálido como
-Las riendas gastadas                                                                                                 tu rostro.
de mi urna se rompen, Maritza sonríe y comprende que no habrá otra muriente en el poblado.

 

Amigos,                             nos espera
la curva      diablo
del

 

vi

La página caerá como una lágrima lapidaria sobre la grama,
como un niño empujado del caballo, insignificante bajo el sol.
Es aquí cuando usted escucha las voces, los alaridos de un tiempo pasado plegado al cuerpo y a su carga. Aquí han vibrado las piedras como aullidos en el agua del pozo.
-El alias degollado                                      -Yo cabalgo los campos del Padre
por el eco del cerro                                         y un sol clemente despierta a mis hermanas.
me delata. La página fallece                             Ellas pierden el volante
como la gota de Madre al saber                           sin oír el remoto murmullo
que su hijo se quedó solo en la hoja                        del barranco.
separada, en la calle ciega donde niños                   Todo ha caído,
sin ánimo descienden por la maceta del                      hasta el brillo del infante,
basural, ciudad del silencio desmoronada en                  él pronto partirá
mis pasos, hermanos ilustres que arremangan                  encantado
la mancha de luz y destraban su manuscrito                        en la curva
recorrido. Yo, Muriente, busco mi realeza entre                   del demonio que
los ruidos, espero el regreso de un hombre sin                   clama victoria,
saber que los hombres de mi pueblo jamás                       en la voz del Padre
vuelven del fuego ni del hambre. Una lágrima               que recuerda nuestra
de Madre procesada en el tribunal del trece.                carretera condenada
No sé qué ocurrió, solo vislumbré                               al delirio, al mal,
mi nostalgia eterna y decidí                                       al sangrado de
cabalgar como un                                                   ese hijo sin destino,
………………………………h                                      sin temor
………………………………… o                             y
……………………………………..m                  sin
………………………………………….b           r
………………………………………………r    e
……………………………………………………. t
……………………………………………………….o
…………………………………………………………r
…………………………………………………………..n
…………………………………………………………… o

 

vii

 ¿Por qué un hombre se siente invencible al marchar reemplazado por monturas?
¿Quizá el viento lacerante desgarra su rostro y sus pupilas?,
¿quizá el reojo del sol destrona el cuero, disolviéndolo del hueso?
Se ha escuchado el bramido de Leticia bajo tierra, bajo el puente,
su escape inocente grabado en el joven que ha visto nacer como un sol
la memoria del bastardo. El ritmo se reescribe y se derroca
como la palabra acelerada de Montoya, torcida de paz
frente al habitual mutismo del Derecho, frente a las voces
asonantes de la Católica guarnecida en el brillo de San Cárcel.
La cadencia deshilvana los artículos del infierno,
heredan principios quebrados en la hondura del asfalto y
me cuestiono, ¿cuál será nuestro camino?,
¿cuál será nuestra histeria de fúnebres balanzas llevadas hacia el camposanto?
No sé si quiero vivir en el pasado del lenguaje.
En verdad, no aspiro a condenar la vida, limitarla al símbolo.
No anhelo tocar el matiz disuelto del origen.
Advierto, la hoja sucumbe al grito.
La tinta es una curva renunciada por las sombras.

 

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:

Rogelio Aguirre. San Cristóbal, Venezuela, 1997. Poeta, estudiante de Derecho de la Universidad Católica del Táchira. Su poema Little Bastard obtuvo una mención honorífica en el II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Algunos de sus textos han sido publicados en la revista Insilio y en Amanecimos sobre la palabra, antología de poesía joven y reciente venezolana (2017).

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