Llano y recorrido

Acercamientos a la poética de Igor Barreto

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Isabel Vega

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Los conflictos políticos de la década de los ochenta dieron cabida a nuevas promociones intelectuales y acogió a numerosas inquietudes literarias. Ejemplo de ello es el proyecto del  grupo Tráfico (1981) que pretendía conciliar tres elementos legitimadores de la fe en la cultura letrada como práctica de la modernidad, a saber: el rol del intelectual en la sociedad, el discurso crítico y la palabra poética. También es cierto que el centro de la discusión apuntaba hacia una propuesta en la que se replanteaba o se redefinía el papel de cada uno de esos elementos, lo cual es coherente, con el manifiesto de Tráfico en donde se cuestiona el ideal estético de la modernidad. El diálogo también estuvo orientado, inicialmente, hacia la autoevaluación y autoconfrontación de un grupo en medio de una sociedad donde la revisión y el sentido crítico no estaban a la orden del día. Esta actitud de replantearse el sentido y el porqué de su obra, la interpelación al intelectual de su tiempo y su propio trabajo es una característica que nos aproxima a los límites de la modernidad.

Ígor Barreto forma parte del grupo literario Tráfico (1981), junto con otros jóvenes que conmovieron con su propuesta urbana y tono conversacional el ambiente literario venezolano en la década de los 80. A propósito de Tráfico, su nombre es tomado expresamente del calor intenso y bullicioso de lo urbano, de la ciudad, del humo de las calles y avenidas, que irrumpe violentamente en el aletargado panorama literario venezolano, según Juan Carlos Santaella con una cantidad de proposiciones estéticas y culturales muy cercanas a lo que bien podríamos definir como un «realismo crítico» poético[1].

Por su parte, la crítica literaria ha coincidido en señalar a la lírica nacional de los años sesenta y setenta como una auténtica renovación que inscribe nuestra poesía en el contexto de la modernidad, sin embargo para el grupo Tráfico la sombra de estos años representó ausencias inquietantes. Por esta razón, el espíritu crítico animó la conformación del grupo aunado a su explícito afán de promover un proyecto estético coherente. Es así como Armando Rojas Guardia (1949), Miguel Márquez (1955), Rafael Castillo Zapata (1958), Ígor Barreto (1952), Alberto Márquez (1960) y Yolanda Pantin (1954), unidos por la amistad y por sus coincidencias en la apreciación de la poesía, integraron este grupo, el cual se formalizó con la publicación, en la revista Zona Franca de Juan Liscano; del «Sí Manifiesto» de Tráfico en agosto de 1981. Aunque esa experiencia grupal que no llegó más allá de 1984 y las trayectorias individuales se desarrollaron muy pronto, desde la publicación de su manifiesto, el grupo causó gran conmoción en los círculos literarios venezolanos, con la paródica expresión: «Venimos de la noche y hacia la calle vamos», producto del juego intertextual con el verso de «Mi padre el inmigrante» de Vicente Gerbasi en los 40: «Venimos de la noche y hacia la noche vamos».

La propuesta de Tráfico buscaba una nueva forma de hacer poesía alejado de la imperante poesía de nocturnidad. Esa fue la síntesis metafórica de la concepción poética del grupo:

«Con Tráfico salimos del esencialismo y, como hemos dicho, nos reconocemos en la historia. Estamos hartos de combinatorias infinitas de palabras que se frotan para arrancarse chispas que no pasan de ser un fuego fatuo. Repetimos: contra el signo, el craso signo icónico del texto, optamos por la voz, por la interlocución que pone a circular el poema en el circuito de un dialogo concreto, no con un lector sin rostro, sino con los hombres y mujeres (…) que han perdido la costumbre de escucharse a sí mismos en el vértice unánime de la voz del poeta». Sí, Manifiesto (1981).

Esto nos muestra como el verdadero ideal que dio vida a Tráfico fue apostar por una escritura en donde la calle se erigiese en categoría estética y donde la recuperación de lo cotidiano, entendida como memoria de la vida, fuesen las claves discursivas relevantes en el ejercicio poético de los miembros del grupo. De tal forma, que los signos e imágenes de la vida cotidiana que los poetas reelaboraron desde la intimidad y la memoria se presentaron en totalidad como construcciones estéticas de la vida pública donde lo anecdótico o lo situacional fueron formas de representación imaginaria a través de las cuales se interpretó y se le dio sentido a experiencias individuales y colectivas.

La poesía de Tráfico fue pluralista, diversa y multiforme bajo la configuración que cada escritor le otorgó a su quehacer poético. Por ejemplo: tanto Yolanda Pantin como Armando Rojas Guardia fundamentaron su poesía en la fragmentación de la subjetividad. En el caso de la poesía de Rojas Guardia, sujetos periféricos se incorporaron la poesía en un proceso de legitimación de la diferencia. Ígor Barreto, en cambio, buscó un nuevo arraigo distinto a la ciudad, optando por el refugio en el llano. Su voz se suma a la voz de otros poetas en el espacio literario venezolano como la de Luis Alberto Crespo quien explora otra geografía poética; comparten la misma desolación, pero a las aguas de ríos abundantes y lomos de los caimanes se oponen las rayas de la lagartija y la tierra de los cascajos de otros paisajes. A pesar de ello, la importancia del grupo Tráfico y su repercusión en el conexo de la poesía venezolana resulta de cómo cada uno de sus miembros apostó por una poesía de cara a la vida, de cómo en su discurso poético se materializó un imaginario estético que encarna las paradojas de la modernidad.

Poco después, el fin de los ochenta supondría de nuevo una transformación del panorama poético venezolano. Los estallidos sociales, la crisis económica y la violencia urbana en demasía afectarán a los escritores que se despegan de sus inquietudes iniciales para dar paso a nuevos referentes en los años noventa; porque esta generación no solo entendió la literatura, sino también la vida. En síntesis, lo que se pretendía con Tráfico no fue solo un problema estético, también fue un problema ético y a pesar de que el grupo se desintegró prematuramente, sus integrantes siguen explorando, aún hoy, el camino de la creación y compartiendo espacio en el amplio espectro de la poesía venezolana contemporánea.

Ciertamente, Ígor Barreto en su primer poemario bajo las ideas de Tráfico, ¿Y si el amor no llega?, publicado en 1983, desata la intimidad desde el plano cotidiano hilvanando su discurso a partir de lo circunstancial, de lo anecdótico, de lo trivial. Muchos de estos poemas, y tantos otros a lo largo de toda su obra, parten de una imagen fortuita que abandona lo meramente sensorial para invadir el terreno de lo afectivo y que llega a lo reflexivo, tal es el caso de poemas como «Meditando en la pescadería», cuyo título no puede ser más alusivo. Otra forma de asumir la cotidianidad como materia poética por parte de los miembros del grupo Tráfico se refleja en el tema de la muerte y se hace recurrente a lo largo de toda la obra barreteana, ejemplo de ello es el «Poema para un Cadillac negro», donde curiosamente, el yo poético, lejos de centrar su atención en el sentimiento de la muerte y de la pérdida de la madre, la desvía hacia el gastado automóvil que lleva el cuerpo sin vida. Un solo verso expresa al final del poema la conmoción que produce la pérdida:

Poema para un Cadillac negro

Este Cadillac, donde llevan a nuestra madre hasta su tumba,
qué maltrecho está.
Su carrocería
ya no refleja las luces de neón de la agencia,
el rostro complacido del dueño ofreciéndolo en treinta meses.
Una pareja
lo soñó cruzando en sobremarcha: una trompeta
brilla después de un aguacero, el corneteo de esta ciudad
que no los conoce, el relente de innumerables parabrisas.
Dentro de su cáscara,
Eric Clapton
o el Hendrix con la Banda de los Gitanos
pero nunca el cuerpo de nuestra madre. (¿Y si el amor no llega?, p. 474)[2]

Estos pocos versos sirven como ejemplo y justifican la premisa de que la poesía está en cualquier parte y, además, aluden al poder de la palabra para transformar la realidad y potenciar la creación[3], principios que no solo fundamentan la concepción poética del grupo Tráfico sino que identifican en totalidad la obra de Ígor Barreto.

En Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad (1986) la escritura de Ígor Barreto construye verbalmente imágenes de la soledad como legítimas expresiones del desamor. La voz poética, el instante detenido y el silencio contribuyen a construir la representación imaginaria del abandono. En «Esther» quedan plasmados en cinco versos un tiempo y el fin de una historia; la resignación y la casa vacía tienen nombre de mujer. Posteriormente, la ironía en sus diversas formas, y su vinculación con la parodia y el humor se convierte en un recurso de gran significación estética dentro de Tráfico, e Ígor Barreto por su parte ensaya una estrategia discursiva distinta a sus compañeros. La ironía se diluye entre el humor y la parodia que se perciben como desinteresados, pero que obedecen a una intención fundamentalmente lúdica. El poema «Oración a la Mona Lisa», reconstruye un objeto poético a partir de la obra de arte que ha perdido la aureola que la aísla como experiencia estética, gracias a la posibilidad de reproducción mecánica del arte. Otro rasgo importante que caracteriza la obra es la intertextualidad, además de ser usado como recurso estético, también constituye un procedimiento que revela la forma como los miembros del grupo Tráfico interpretan la historia y se insertan en ella. Con el poema «Amor a la patria» dedicado a Juan Antonio Pérez Bonalde, Ígor Barreto hace una alusión paródica al poema Vuelta a la Patria escrito en 1876 por este autor:

Cuando estoy lejos
me doy cuenta
que amo el desorden
y vuelvo (Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad, p. 500).

Esa forma de construir el poema muy cercano a un graffiti que pudiera ser leído en cualquier avenida caraqueña, se hace perfectamente coherente con la afectividad desbordada que nos distancia del concepto de civilización de las sociedades industrializadas, pero es gracias al uso de la intertextualidad que el poeta se apropia de las referencias culturales de amplio arraigo en el país que no solo tejen la trama de nuestro imaginario sentimental, sino que también contribuyen a revelar formas de autorrepresentación simbólica del ser venezolano.

Como ya lo hemos señalado, el ejercicio poético de Ígor Barreto se distanció de lo que fue Tráfico y de la dinámica que han seguido sus compañeros. No solo fue el primero en abandonar el grupo, sino que su poesía dio –y sigue dando– giros sorprendentes. Después de la experiencia de Tráfico, emprendió la huida y decidió apostar por el paisaje. Por ello, aquí, nos permitimos dirigir un pequeño vistazo hacia lo que ha sido su producción posterior al momento de Tráfico.

Para 1989 sorprende con el mayor punto de inflexión de su obra poética, Crónicas llanas. Donde el carácter narrativo de la mayoría de sus textos, muchos de ellos fechados para señalar el orden de los acontecimientos, y un sujeto poético que es testigo presencial de los hechos, dan cuenta por medio de la crónica como forma discursiva, de cómo el sujeto poético sale de la ciudad y se traslada al llano negando la alternativa política y la experiencia urbana. Con Crónicas llanas comienza a vislumbrarse la presunción de un paisaje que trae consigo la necesidad de representar un mundo olvidado, para celebrar al llano y a sus habitantes. Así mismo, el libro es esbozo de temas que van a ser recurrentes en su poesía posterior: el paisaje, el silencio y la muerte.

En su libro de 1993, (la) Tierranegra es casi una redundancia. La tierra como elemento primordial corresponde al color negro y es ella el lugar interior desde donde brota la poesía, como un espacio sin tocar por el tiempo, seco y sincero, «la pureza mayor, es la intemperie mayor» (Tierranegra, p. 121), leemos en «Carmelitas». Esta poesía de intemperie, donde el parecido de las garzas y el idioma que las señala describen indistintamente el vuelo y su semejanza con el castellano por los cielos de la Trinidad de Arauca en la escritura, trae consigo los recuerdos del pasado (infancia, familia, inmediatez de muchas vivencias colectivas) que salen a relucir desde lo más hondo de la tierra para convertirse en realidad histórica.  Pero pronto la intemperie y la respuesta desolada se hacen revelación de un yo meditabundo en medio de la quietud.

Carama, publicado en el año 2000, es un libro pensado como homenaje a San Fernando de Apure, la ciudad perdida. En la edición original, el libro abre con una vieja fotografía de personas reunidas escuchando misa a las puertas de la iglesia de un pueblo, imagen que anuncia el pasado evocando; La sociedad del Santo Sepulcro es responsable de la edición. En Carama, la muerte nunca ajena de la poesía barreteana se convierte en motivo de este largo poema narrativo que, reúne historias de extravíos, naufragios y  personajes fantasmales donde la voz textual es como el eco de una voz colectiva que construye un universo mágico. Su nombre corresponde a los árboles derribados por los ríos. Estos se entrelazan y sobresalen en los bajíos del cauce.

Soul of Apure y El llano ciego ambos publicados en el 2006 también son ediciones muy bien cuidadas. El primero de ellos, es su regreso al poema breve, los poemas iniciales se reducen a su mínima expresión, anotaciones, aforismos, trazos verbales que fragmentan el paisaje, lo interiorizan y adquiere un carácter metafísico. El segundo libro, El llano ciego es un texto multidiscursivo en el que coexisten textos poéticos, crítica y autocrítica, investigación, teoría poética; es decir, este conjunto muestra el producto artístico y también el proceso de indagación y formación intelectual del autor. Nuevamente, el poeta muestra sus armas en un proceso de autorreferencialidad frente a la presencia de un sujeto desterritorializado, que deambula entre el aquí y el allá y para quien la patria es un lugar de tránsito y el exilio es una categoría espiritual.

En 2010 se publica El duelo, conformado por testimonios, elegías, poemas en prosa y referencias culturales. El poemario es eso precisamente, un duelo, es la aflicción por la perdida. El motivo central del libro es el rapto de un caballo pura sangre en Apure, su descuartizamiento y la posterior venta de su carne en el mercado; pero su lectura esconde otra cara: la muerte de una figura tan arraigada en el imaginario colectivo venezolano,  como lo es la de un caballo, representa  la pérdida de lo glorificado, metáfora perfecta de un país en el que se devora y se engulle todo lo sagrado y/o lo arraigado en la tradición. Carreteras nocturnas también publicado en 2010, es su regreso a la ciudad. La descripción catastrófica del entorno nacional es enunciada mediante sueños, pero, evadiendo el sueño lo que queda es un paisaje lleno de oscuridad.

En 2012 se publica con título exacto: Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario). Este poemario nos teletransporta del calor al frío, de lo horizontal a lo vertical en un «viaje virtual» que nos lleva del llano a la cordillera del Himalaya gracias al uso Google Maps donde lo imaginario se hace real y pasamos de la mirada fija del computador al sentir la falta de respiración de por esas altitudes. Lo sugerente de sus versos escritos como sentencias que parecen ser enunciados por alguien que en realidad ha estado allí nos da la sensación de vacío y pérdida que es amplificada una vez más por el silencio.

Cierra su obra, El muro de Mandelshtam (2017), proyecto que surge en medio de una conversación aparentemente simple, pero que se graba en la mente del poeta hasta convertirse en una necesidad, «¿Quién sino un poeta, Igor, que se la pasa metido en ese mundo, puede hablar de la pobreza?» le preguntó el psicólogo Manuel Llorens[4], y a pesar que la pobreza es asunto que goza de manifestación variada en la literatura venezolana, la apuesta fue representar un nuevo universo que revelará lo que verdaderamente significa vivir bajo la línea de una pobreza multidimensional.

En suma, la obra de Ígor Barreto constituye quizá uno de los proyectos poéticos mejor pensados de la contemporaneidad en Venezuela. Su obra siempre en construcción y en relación con la crisis o imposibilidad de la representación del paisaje venezolano ha marcado el tránsito del paisaje geográfico cultural al paisaje político cultural[5], y muy a pesar de su larga producción poética, son pocos los estudios que avalan su trayectoria. Al cierre de sus páginas podemos decir que a manera de palimpsesto cada poemario de Ígor Barreto conserva las huellas de la escritura anterior en la misma superficie, pero su poesía reelaborada expresamente, da lugar siempre a una nueva forma de ver, sentir y hacer posible la poesía, detrás de cada lectura nos queda siempre la vista amplia, desde la horizontalidad del llano a la verticalidad de la montaña, nos reconcilia con lo antiguo, lo divino, y el terreno fragmentario y melancólico de lo que somos hoy, salta de tiempo en tiempo y se expande en su poética.

Además, su escritura, es compuesta, sí, en elementos que la integran, pero el ensamble es personalismo. Él mismo ha dicho, y no se equivoca, que intenta, viajando de lo local a lo universal, «sincerar una visión urbana de la naturaleza, donde temas como la memoria, el olvido, el juego de las representaciones dentro de una cultura comiencen a ser planteados como temas poetisables»[6]. Y efectivamente la voz de Ígor Barreto se hace eco de esa tensión.

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Referencias:
[1] Juan Carlos Santaella, Diez manifiestos literarios venezolanos, Caracas, Fundación La Casa De Bello, 1986. p. 8.
[2] Todos los poemas citados aquí son extraídos de la antología de Ígor Barreto, El campo / El ascensor. Poesía reunida, 1983-2013. Barcelona: Pre-Textos (2014) y corresponden a su paginación.
[3] Siguiendo las ideas de Rafael Castillo Zapata: «No se trata de una tribalización y –menos de una trivialización– del poema. El habla tribal recuperada lo es poéticamente y este modo de recuperación es el que propongo que llamemos, modalización, en el sentido lingüístico de modificar mediante ciertos operadores la asertividad de un enunciado.» («Palabras recuperadas. La poesía venezolana de los ochenta: rescate y transformación de las palabras de la tribu. El caso Tráfico»,  (1993),  197-205 p. 203)
[4] Hugo Prieto. Igor Barreto. Los valores de la pobreza están en cualquier estrato social,  Prodavinci. Recuperado de: http://prodavinci.com/2016/12/04/artes/igor-barreto-poeta-los-valores-de-la-pobreza-estan-en-cualquier-estrato-social-por-hugo-prieto/
[5] Diomedes Cordero. Presentación Mediodía en Venezuela. 12 poetas contemporáneos. 2016. Recuperado de:  ttp://www.elestilete.com/la-editorial/mezzogiorno-in-venezuela-12-poeti-contemporanei/
[6] Álvaro Valverde. Viaje a Barreto. [Reseña del libro El Campo/El Asesor. Poesía reunida, 1983-2013.] 2015. Recuperado de: http://www.pre-textos.com/prensa/wp-content/uploads/2015/02/mayorablogspotcomes-viaje-a-barreto-1.pdf

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Isabel Vega. Mérida, Venezuela, 1992. Licenciada en Letras mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana de la Universidad de Los Andes. Llano y recorrido forma parte del conjunto de capítulos que abordan aproximaciones teóricas a la obra del poeta venezolano Igor Barreto y que constituyen el trabajo especial de grado para optar al título de Licenciada en Letras por la Universidad de Los Andes.

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