Llevar en sí el caos

 

Jean Orizet

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Es preciso llevar en sí el caos para ser capaz de
engendrar una estrella danzante.
Nietzsche

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Jean Orizet ha querido ubicar bajo la palabra iluminada y paradójica de Zaratustra («Es preciso llevar en sí el caos para ser capaz de engendrar una estrella danzante») lo que él discretamente llama su «primer balance poético»: en verdad, toda una suma que abarca catorce años (1960-1974) de creación fidelísima a los mandatos de una poesía que sabe ser, con la libertad de su belleza a menudo violenta y a menudo serenamente crispada, ese «oficio de extremo», como se exige René Char, donde las contradicciones se sostienen en una tensión deslumbrante o se disuelven en el oleaje arenoso del devenir y de la forma.

Lo que, ante todo, impresiona al entrar en contacto con esta poesía, cuando palpamos su decir áspero o sosegado, su tono solar o sombrío, sus asentimientos estoicos y sus exaltaciones dionisíacas, es ese rigor armado de coraje:

Rigor o coraje para afrontar al mundo o, mejor, para sumergirse en él, braceando entre sus distancias múltiples y huyentes, entre sus escorzos despiadados o jubilantes hasta llegar a fundir así, en el lenguaje menos complaciente, las experiencias más riesgosas y penetrantes.

Signado por una incesante vocación de viajero, errabundo que lucha en todas las latitudes por la universalidad y fraternidad de la poesía, llevando el equipaje de los vasos y las voces comunicantes, vendimiador vigilante de su obra (poema y viñedo) con la reconfortante «complicidad de la tierra», hijo pródigo que sabe abismarse, con los ojos colmados de paisajes, en la meditación bajo la luz y la soledad de una lámpara, Jean Orizet asume la poesía como aventura. Pero esta aventura no es la que se pervierte en el apresuramiento de los lamentables poemas-impresiones-de-viaje. Es, por ejemplo, el arrojo de esos «maxilares azulosos» de las montañas de Orizet que se rebelan contra la «elasticidad del tiempo» para recobrar, triunfantes, «su insondable lugar en el sol». Y es, por encima de todo, la decisión de quien encara el mundo y se erige en su intérprete, a sabiendas de que se trata de un mundo indecible.

Dos definiciones, distanciadas en el interior de esta obra, casi dos profesiones de fe:

Soy el intérprete de un mundo indecible
……………………… y
No soy más que el aprendiz
de un paisaje que todo lo sabe


podrían, tal vez, designar paradigmáticamente dos vertientes esenciales, dos situaciones de esta poética: por una parte, decir a pesar de todo y contra todo, agredir constructivamente con la estructura poemática a un mundo que sabemos reacio, irreductible al lenguaje; y, por otra parte, la connivencia salvadora del poema con el plano natural:

Y nuestra obra bien terminada
con la complicidad de la tierra

Tal vez, los alimentos terrestres que se renuevan acompañándolo desde su infancia transcurrida en Borgoña, sean los que nutren la dicción de Orizet de una fuerza natural, de un temple telúrico que sostendrá, abierta o tácitamente, aun aquellos poemas que indagan en la destrucción, en la mecanización y en la amenaza de un caos venidero y ya presente, alejado del origen y como elevado a segunda potencia.

En efecto, es el recurso a la naturaleza, entendida esta con toda su resonancia griega de principio o fondo unitario de donde emergen las cosas, o, también, sentida simple y hegelianamente como «lo que está ahí» y ha nacido por sí mismo, el impulso que transforma en cosmos poético el desbordante caos interior que atisbamos en el origen de este lenguaje.

Hay a menudo en los poemas de Orizet una tercera persona, personal e impersonal a la vez, que es el poeta y es nadie, el Super-Hombre y el uno-de-tantos, protagonista de un drama donde acontece, discontinuamente, el triunfo del poder como cuerpo poemático y, sino la derrota, la sumisión del ser al Ser, en el silencio «mullido y de fuego» generador del poema.

Se cumple este doble movimiento: imponerse al mundo, violentarlo si es preciso, mediante el desquiciamiento de la razón, la locura, el delirio, en la efusión de un apasionado subjetivismo donde conjeturamos raíces kierkegaardianas:

Falsificar el mundo: que mi locura
se vuelva su razón! Y mejor aún
que legitimen mi delirio
y la mascarada concluya!
Falsear la vida hasta el punto de engañarse
Falsear la muerte hasta el punto de ya no engañarse.

La otra posibilidad es aceptar el mundo, como el humilde aprendiz de un paisaje docto. Porque en el fondo, -ya el poeta nos lo ha dicho- el mundo es indecible, inapresable, no está hecho, está haciéndose según su savia que es devenir. Su hechura misma es esa sustancia elusiva que es el tiempo y, paradójicamente, su creador, su dueño y su sirviente, quien decide la mundanización del mundo, es el hombre, criatura hablante, animal rezumante de lenguaje.

Lo que yo busco, más que certidumbres,
son equivalencias, porque, a cada segundo,
.el mundo se separa.

Y se separa de sí mismo, porque en sí mismo está desgarrado de tiempo. Entonces, ¿cómo es posible el nombrar poético si somos conscientes de la separación, de la fractura como elemento constitutivo de un mundo que es errancia?

 «En poesía –ha escrito René Char- devenir es reconciliar. El poeta nos dice la verdad, la vive: y, al vivirla, deviene mentiroso. Paradoja de las Musas: justeza del poema.» [1]

Jean Orizet pertenece por entero a esta justeza. A lo largo de su obra, en sus momentos fulgurantes y en sus enfrentamientos terribles a la indolencia del tiempo, Orizet parece responder que ya no hay poesía posible que no sea la de un conocimiento y la de un amor paradójicos. ¿No son acaso este amor y este conocimiento no-racional la energía que permite, entre muchas otras aventuras del quehacer poético, tender alguna vez, con una astucia tan inocente como un juego de niños, una «silenciosa traba del tiempo»?

Para este primer acercamiento a la poesía de Jean Orizet que proponemos a los lectores de habla hispana, no hemos obedecido a una ordenación cronológica sino a cierta coherencia interior entre los límites de esta pequeña selección, mínima parte apenas de la edición original francesa que abarca la labor poética del autor desde 1960 hasta 1974 y que incluye los siguientes títulos principales:

En soi le chaos / Poésie 1960-1974 [2]

L´HORLOGE DE VIE (1960-1966)
MIROIR OBLIQUE (1967-1966)
SILENCIEUSE ENTRAVE AU TEMPS (1970-1971)
LES GRANDES BALEINES BLEUES (1972-1973)
AVENTURIERS 81974)

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E l   r e l o j   d e   v i d a

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Vivimos pegados al pecho de un reloj que, desamparado, mira terminar y comenzar el curso del sol. Pero ese reloj curvará el tiempo, ligará la tierra a nosotros; y eso es nuestro triunfo».
Rene Char

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El reloj de vida

 

Y mientras caminaba
una esfera se inscribía lentamente
sobre sus párpados de ópalo,
pero con tanta precisión
que el tiempo se deslizaba límpido
bajos sus pasos.

Cuando la tierra dejó de llevarlo,
quiso saber el por qué
de esta beatitud,
y echando una mirada hacia atrás,
El percibió, inscrito en un vasto círculo,
un reloj de vida que estaba como confundido
con el globo ardiente del sol.

El entraba ahora en el desierto;
si le pidiesen cuentas,
su esqueleto respondería por El:
tenía aún demasiado que hacer.

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Mundo indecible

 

Este silencio
mullido y de fuego
desciende sobre las laderas
así como se instala la muerte no temida:
Esplendorosamente.

Soy el intérprete de un mundo indecible.

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En la mañana del Génesis

 

En la mañana del Génesis, él estaba allí;
todavía no un hombre por completo;
un vapor, una nube tal vez,
pero estaba allí.

En la noche del Génesis, él estaba allí;
pero ya no era un hombre;
un sueño loco, un pensamiento demasiado ambicioso tal vez,
pero estaba allí.

Al día siguiente del Génesis, él estaba allí,
pero ya no estaba solo: a su alrededor
unas selvas la enmascaraban la tierra,
y el Hombre había aprendido a caminar.

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El mundo erizo

 

El mundo erizo
alarga sus antenas de vida
en todas las direcciones
y todos los arcanos sagrados

el mundo erizo
multiplica sus ojos en el extremo de sus extremidades
para explorar hasta la franja más tenue
de las criaturas del milagro

el mundo erizo
devora su peligroso saber
pero lo digiere apaciblemente
en el hueco de orbes no obstante glaucas

el mundo erizo
intenta encarnizadamente
alcanzar por encima de milenios
el rango que cree merecer

el mundo erizo
quiere sobrevivir a sus hermanos horribles
para estar presente
en su propia supervivencia.

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Pulsaciones

 

Ellos miraban latir
el pulso de la tierra, y, sin embargo,
las casas no eran más que cadáveres
bajo un alto ataúd de formol;
la corteza hibernaba débilmente.

Ellos miraban latir
el pulso de las cosas;
siempre habían dormitado así,
secretas, pero atentas
a su lancinante desesperanza,

Ellos que sentía oscuramente
la imposibilidad de capturar
para domesticarlas
todas esas ondas
de vida esencial.

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La muerte pasajera

 

Cuando los ojos se apagan
para la muerte pasajera,
otras mil miradas
desenmascaradas
se despiertan y observan,
atentas a la respiración.

¿Amigas o enemigas?

¿Sellarán la tumba
o borrarán la memoria de la tumba?

Testigos lúcidos de esta vida lenta,
¿no tendrán también la tentación
de abrir la jaula de los monstruos?

Moribundo apacible,
El hombre ignora los móviles de esas miradas
Hasta el momento del grito:

ese grito venido de más lejos
que toda angustia de ser.

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Paz entumecida

 

Y más allá de su insatisfacción trágica,
el Hombre contemplará,
en la vejez precoz de los árboles
y en la obligada inmovilidad de los estanques,
la imagen de una paz entumecida, tal vez,
pero atenta a toda promesa de ventura.

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T ú   t e   t r a n s f o r m a s   e n   t o d o

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Tú te transformas en todo.
Rilke

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Ayer tu sonrisa sonaba clara
y yo la bebía como un vino joven.
Ahora, más entregada aún,
sonríes casi gravemente
con los ojos entreabiertos.

una explosión al fondo de mi pecho
vuelve a abrirlos

La belleza calma de tu rostro
me fulmina.

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Eres tú en el andén de la estación
vestida de brezo y de estanque
agua que yo esperaba apenas

Eres tú en ciudad cálida
iluminada de trigo, de maleza, de tormenta
incalificable estación

Eres tú, noche ya borrosa,
bella como la muerte violenta
o consciente agonía de una ola
muerta en nuestros labios

Eres tú la invasora y vital fragilidad.

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Tú aplastas, amor mío,
la piedra salvaje y ardiente de los acantilados
nutriendo su sol con tu cuerpo,
vivificando la frescura de su río,
derrotando los dedos del viento.

Si tu delgada desnudez
sabe suavizar la huella violenta del día
en una estela más delicada,
entonces, déjame una vez más ser el testigo
de tu inefable sonrisa cuando duermes.

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No me importó esa fragilidad
que van sumando los días.
Yo le daba otras leyes al tiempo.
Simplificaba, complicada la espera.
Para tu imagen, inventé más de un decorado
y tomé, una y otra vez, la medida de nuestras vidas.

¿Para qué el distanciamiento? La adaptación llega por sí misma.
Oigo el chasquido: un contacto, y todo está dicho.
He aquí el goce apresado de nuevo, perfecto en la primera mirada.

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Tu cálido latir ahueca las sábanas,
rompe la superficie,
se vuelve a descubrir de oro.

Aprisionar el aliento de tu placer,
beber la dulce queja,
suspender ese momento donde tu mirada se hunde.

Su vida ya se va decolorando
y nuestros cuerpos no son más que un río.

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§

T i e r r a   a d e n t r o

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Fecundidad de un rayo de luz
un monstruo diurno con la mirada clara
quisiera humanizar el espacio.

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Un cálido silencio es para ti este albergue
Donde se desnuda poco a poco la luz.

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Sobre la pupila de las estaciones
el viento se aleja hacia las colinas brumosas.
No soy más que el aprendiz
de un paisaje que todo lo sabe.

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Mal definida contra el paredón de la tormenta
su alta silueta de hierbas secas
intentó el esbozo de un pasadizo
deformado por la corteza indolente del tiempo.

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Vibrante
el arcoíris
Peligroso milagro en el alba del apocalipsis
y puente de sabiduría
hasta la fundición purificadora de los colores.

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Mirad el árbol muerto de la fiesta
que día a día se va desflecando
al hilo de las purificaciones ahogadas:
deriva y se diluye en un juego de niño.

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Esta blancura derrotada que la tempestad empuña
la veo nimbar la montaña
y erizarse luego como una zarza ardiente.
Pero el valle surge y hace que nos interroguemos
sobre lo que es preciso guardar, sobre lo que es preciso poder.

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Falsificar el mundo: y que mi locura
se vuelve su razón! Y mejor aún:
que legitimen mi delirio
y la mascarada concluya!
Falsear la vida hasta el punto de engañarse
Falsear la muerte hasta el punto de ya no engañarse.

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El pretendía soñar cada noche
su muerte violenta, pero cada mañana
hacía que los guardianes la armaran de paciencia
bajo los atesorados de las antecámaras.

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Notas:
[1] Sur la Poésie / GLM / 1967, pág. 26.
[2] Éditions saint-germain-des-prés, 1975

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La selección, presentación y traducción de los textos Jean Orizet fueron realizados por el poeta Alfredo Silva Estrada, preparada especialmente para la edición impresa n. 37-38 dedicada al poeta francés.

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