Los caballos de la extinción

Tania Ganitsky

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La poesía propicia encuentros inesperados que dan cuenta de afinidades y sintonías que ocurren de forma secreta entre quien escribe y quien lee. Así fue mi encuentro con Tania Ganitsky: un domingo en la mañana, estaba leyendo por primera vez un libro suyo –Desastre lento (2019)– y, de repente, apareció un caballo que me convocó a participar en un ritual en torno al fuego. El caballo de Tania habla de un estado terminal del mundo donde la extinción y el adiós son los acontecimientos que la poesía nombra.

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Veo a los caballos enrarecerse alrededor de la hoguera. Como si recordaran una vida vieja en la que habrían amado junto al fuego. Estos caballos están en el umbral entre la vida y la muerte pero el fuego anima en ellos la intensidad del amor sucedido en otra vida que la escritura nombra y actualiza. El presente entonces es una distancia que galopa hacia adelante sin alcanzar nunca aquello hacia donde se dirige. Como dice Tania en su ensayo El fuego que quería recordar (2021): “En una vida amplificada y dinamitada por la escritura no hay presente, no hay un momento en que podamos decir: aquí/ahora dejo de recorrer la distancia entre el canto real y el imaginario” (19).

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Escribir es para Tania Ganitsky estar junto a una hoguera y escuchar la lengua inquieta e inquietante del fuego vivo que, de un momento a otro, puede apagarse:

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(…) el fuego entonces nos hizo callar y nos abrió los ojos dijo: “calla, mira cómo ardo”. Y respondimos en silencio, concentradas miramos las llamas hasta que vimos esas pequeñas criaturas saltar (salamandras). Esa mezcla entre callar y abrir los sentidos para conectar y entrar en contacto con lo que se tiene delante es lo que significa para mí la atención y es el núcleo de la poesía. Hay personas que se detienen en las cosas de esta manera y después van a escribir sobre ellas. Esto a mí me pasa solo mientras escribo, como si el mundo se trasladara a las palabras (con la distancia que esto implica) y el acto de escribir fuera mi manera de callar y de abrir los sentidos; no sé cómo más decirlo: la escritura y el fuego exigen el mismo de mí y me ofrecen una conexión o un contacto con lo otro, y conmigo misma, que no me pasa de ninguna manera. Pura respiración en el sentido del fuego, en el sentido antiguo: conciencia, percepción, emoción (14).

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Como los caballos de Tania que constituyen mi primer encuentro con su poesía, también el fuego que llega de otro tiempo es, él mismo, un caballo que salta para poner “otra vez en movimiento” la lengua ardiente del elemento que está entre la tierra y el cielo, la creación y la destrucción, lo primero y lo último.

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Esa lengua que relincha y pasta y crece aunque el mundo se extinga.

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Gina Saraceni | Bogotá 22-10-2022

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“Discretamente todo se va eclipsando” Tracy K. Smith

El pasado es un astronauta
que cae de cabeza en el vacío

La verdad es que
primero escribí
el pasado es un ángel / que cae de cabeza en el vacío,

lo corregí:
ya no un ángel
sino un astronauta
también anticuado
pero menos
lírico
un pasado nuevo

Me lo hizo ver José cuando puso
el grabado de un
astronauta flotando
en el Espacio
junto al poema

A veces uno hereda símbolos
según el género
literario
que toma tiempo
desnaturalizar

Aunque hay unos en el Antiguo
Testamento
nunca oí a mis parientes
judíos
hablar de ángeles

Pero de astronautas sí
hablaron mi bisabuelo
y mi abuelo
venían de la Unión Soviética
que también cayó
de cabeza en el vacío

El astronauta
sustituyó el ángel
y como sustitución del ángel
también era el pasado

el pasado es un astronauta
que cae de cabeza en el vacío

Cuando mi bisabuelo
cumplió 13 años
en Kamenets-Podolsk
después de su bar mitzváh
soñó
con salir disparado en un cohete
hacia el Espacio
en un pesado y bultoso traje
de astronauta
que no se parecía en nada
a los de los comunistas
y antisemitas
que lo desterrarían décadas
después
Despertó pensando
que era un insecto
intergaláctico
ancestro futurista de Kafka

Cuando mi abuelo
cumplió 13 años
en Kjotín
la noche después de su bar mitzvah
soñó
con salir disparado en un cohete
lejos de los comunistas
y antisemitas
hacia el Espacio
en un pesado y bultoso traje
de astronauta
Despertó creyendo que era parte de
un ejército onírico y mesiánico
que salvaría su pueblo

Cuando mi papá
cumplió 13 años
en Bogotá
después de su bar mitzvah
soñó
qué salía disparado en un cohete
hacia el Espacio
en un pesado y bultoso traje
de astronauta
Cuando despertó corrió
a abrir todos los regalos
que habían dejado
en el baúl del carro
después
de la fiesta
a ver si encontraba el disfraz
con el que había soñado
y cuando no lo encontró
lloró tanto que mi abuela
le encargó uno
a unos parientes
que emigraron a Nueva York
con parches de la NASA y todo

Mi bisabuela
mi abuela
y mi tía
jamás soñaron con viajar al Espacio
sino con hundirse en la tierra
Desde ahí
miraban el mundo
de arriba y  afuera
usando la base de los tallos
como telescopios

Mi mamá no soñó con ser astronauta
sino un rover
mecánico y frío
programada para amplificar una canción de cuna
una y otra vez
hasta dormir hijas y enemigos
en  Tierra Roja
y que no despertaran jamás
Falló

Desperté ingrávida y flotante
sin antes ni después
dentro de los sueños sangrientos
de mis antepasados

Sobreviví con su ternura
y su frialdad

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El primer poema del año habla
sobre lo que voy a tocar:
las hojas no nacidas de la begoña,
su cuerpo mientras sueña en un cuerpo distante
con imágenes que al día de hoy
no ha visto
y que al día de hoy no existen,
la lengua húmeda de un perro
que me despertará en las mañanas,
la madera ardiente que rozaré sin querer
al acomodar leña en fuegos por venir,
torsos de desconocidos en calles nuevamente atestadas,
las patas de una mosca posada en mi brazo
o, si tengo suerte, las de una mariposa,
páginas de cuadernos y libros con combinaciones
de palabras inesperadas y asombrosas,
el baboso cuerpo de insectos que hoy temo y evito.
Y tocaré la oscuridad de las personas luminosas
y de las oscuras,
sin discernir entre el don y el peligro.

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Deberle los poemas no escritos al tiempo
en que no se escribieron
a la imaginación que todavía no los imagina
a la memoria suplantada
por el olvido
al olvido suplantado por el dolor, etcétera.

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El sapo convaleciente dijo:
amé el sonido de la lluvia
la noche de la lluvia
la taquicardia de la lluvia
la bilis negra de la lluvia
los charcos.

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Los caballos no iban a vivir
tanto tiempo.
Pero encontraron ofrendas
en el sueño de los muertos.
Allí pastan, beben, agua y, a veces,
se acercan a las manos
cubiertas de panela
que brotan como flores dulces
a su alrededor.
Doblan el cuello y reciben la ternura
que también debió extinguirse
hace tiempo.

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T.

Tania Ganitsky es doctora en Filosofía y Literatura, profesora universitaria y coeditora del fanzine La trenza. En 2009 fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía Universitaria de la Universidad Externado de Colombia y en 2014 con el Premio Nacional de Poesía Obra Inédita. Es autora de los poemarios Dos cuerpos menos (2015), Cráter (2017), Desastre lento (2018), La suspensión de los objetos flotantes (2020), Rara (2021), de la antología de su obra titulada Por error (2021), así como del ensayo sobre creación poética El fuego que quería recordar (2022).

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Renzo Rivera

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