Los ensayos de un poeta

Rafael Arráiz Lucca

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No puede decirse que constituye una regla, pero sí es cierto que muchos de los grandes poetas han acometido el ensayo. Incluso, podría afirmarse que los poetas mayores, que son lectores voraces y van tallando una concepción del mundo, en algún momento de sus vidas sienten el llamado de la escritura ensayística. Eugenio Montejo no fue la excepción.

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Su primer libro de ensayos, La ventana oblicua, fue publicado en 1974 y recoge trabajos escritos entre 1966 y esta fecha. El segundo, El taller blanco, fue editado en 1983 y contiene textos de la década siguiente. Entre uno y otro salió de la imprenta El cuaderno de Blas Coll (1981) que, si bien se trata de la primera insurgencia de uno de sus heterónimos, y en consecuencia constituye un texto de ficción, no por ello deja de trazar reflexiones ensayísticas. Lo mismo ocurre con Guitarra del horizonte (1986) de otro de sus heterónimos, Sergio Sandoval, cuyas coplas son glosadas con anotaciones de singular densidad que, sin duda, forman parte del corpus ensayístico del autor.

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No recuerdo haber leído en años recientes ensayos de nuestro ortónimo (que en su caso es pseudónimo), pero sí escuché hace unos meses, en una sesión extraordinaria de la Academia Venezolana de la Lengua, la lectura de una conferencia suya sobre la poesía de Francisco Pimentel (Job Pim) donde, además del elogio emocionado de la obra del juglar humorista, Montejo reflexionaba sobre la poesía política. Este tema venía acosándolo, como a todo ser sensible que padece la Venezuela de nuestros tiempos, y buscaba respuestas en la obra de otros bardos venezolanos de anteriores generaciones que hubiesen sido tocados por similar urgencia. Allí estaba, en un anaquel de su biblioteca, Pimentel con una carta en la mano. Este ensayo leído en la Academia certifica que esa veta no se había agotado para Montejo, ya que nos constaba que Blas Coll no había dejado de ensayar.

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Los ensayos recogidos en La ventana oblicua son devocionales. Lecturas de las obras de Bousquet, Válery, Novalis, Benn, Supervielle, Dávila Andrade, Drummond de Andrade, Rimbaud, Espriú, Machado, Ungaretti, Cernuda, Kafka, Cassou, Jung y dos venezolanos, Ramos Sucre y Sánchez Peláez, trazan un mapa completo de los autores que influyeron en él hasta la fecha, cuando contaba treinta y cinco años. Entre todos estos textos destaca uno centrado en la reflexión sobre la naturaleza de la poesía, y no sobre autor alguno. Se titula “Tornillos viejos en la máquina del poema”. Escrito en 1969, contiene ya todos los elementos de la Ars Poetica que Montejo desarrollará en las próximas décadas. Quien entonces escribe, apenas ha publicado un libro, Elegos (1967), y cuenta treinta y un años. Aquel joven, por cierto, ya ha asumido el pseudónimo que le acompañará toda la vida. Eugenio Hernández Álvarez quedará en el olvido, en los recodos de la sorpresa de los trámites ciudadanos y jurídicos: la cédula de identidad, un documento notariado. El nacimiento del pseudónimo lo relata Francisco Rivera en un ensayo luminoso sobre El cuaderno de Blas Coll (Rivera, 1983:72). Allí, refiere Rivera, que el origen es escolar, ya que el estudiante de bachillerato Hernández Álvarez se ve obligado a escoger un pseudónimo literario para el periódico mural, a instancias de sus profesores. Como vemos, sí la pseudonimia tocó su puerta en la adolescencia, la heteronimia le sobrevendrá en lo que Jung llamaba “la crisis de la mitad de la vida”, pero este tema pessoano y fascinante es harina de otro costal.

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Volvamos al ensayo programático y previsor. Dice: “La nostalgia de ese pasado en que lo sobrenatural imponía de un modo tan fuerte su sello sobre los hombres, los días, las cosas, todo ello bastaría para explicarnos el sentido de desolación radical que domina la poética de los últimos tiempos.” (Montejo, 1974:61). Líneas más abajo, el poeta explica el mundo al que ha llegado y las dificultades severas que éste conlleva para la poesía. Dice: “El mundo al que hemos venido, tiene la impronta de esa mutilación. La agitación espiritual que lo gobierna, proviene del esfuerzo realizado a nivel del pensamiento por suplantar el vacío que queda al ocaso del antiguo universo. El curso de los tiempos, en una inversión total de sus orientaciones, reserva ahora el término herético para quienes afirman la existencia de una espiritualidad superior” (Montejo, 1974:62). Como vemos, desde muy joven nuestro autor abrigaba la conciencia de haber llegado al mundo en un tiempo de transición: los dioses habían muerto, la vida sagrada pasaba por el mayor desprestigio, la voz poética no hallaba auditorio ni sentido, y quienes la cultivaban formaban parte de la herejía. Años después, en entrevista sostenida conmigo, en 1986, afinaba todavía más la reflexión. Afirmaba: “Lo he repetido en otras oportunidades: la poesía es la última religión que nos queda. Cuando digo poesía, digo arte en general, creación artística. No sé cómo, por ejemplo, se pueda pintar algo válido sin tener un arraigo religioso… Gran parte del malestar del hombre contemporáneo se origina, a mi ver, en el hecho de pertenecer a un mundo modelado por una religión de la pobreza (Cristo es el más pobre y humilde de los hombres) y, comprobar, sin embargo, que no hay civilización más propensa al lucro que la nuestra. Esto produce sentimientos autopunitivos y conductas esquizoides. Habría que asumir por  entero la búsqueda de la humildad o bien, si no se puede, desenterrar el culto de los dioses del oro, el culto de Mammon, para acercarnos a la armonía.” (Arráiz Lucca, 1989:145)

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Fotografía: Vasco Szinetar

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Toda la obra poética de Montejo se sustenta sobre esta tarea esbozada tempranamente: buscarle sentido sagrado a la existencia, hacer de la poesía la expresión príncipe de la vida espiritual. Y en el fragor de la labor, encontrar las claves ocultas en la naturaleza, en las estructuras perfectas de Dios que al poeta le toca decodificar. En otras palabras, hallar el Alfabeto del mundo, título de su primera antología poética, publicada en 1987.

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En El taller blanco Montejo añade nombres al catálogo de sus devociones. Pellicer, Cavafy, Biel, otra vez Machado, Blaga y, de nuevo, dos venezolanos: Gerbasi y Ramos Sucre, el recurrente. Ignoro por qué no incluyó en esta selección de ensayos el hermoso prólogo a la Antología Poética de Fernando Paz Castillo. La obra y vida de éste poeta fue siempre objeto de culto para Montejo. En El taller blanco, al igual que en el libro anterior, privilegia la reflexión sobre la naturaleza de la poesía. “Poesía en un tiempo sin poesía” es una vuelta de tuerca sobre el mismo tema. Esta vez, el autor advierte que a la desaparición de los dioses se suma la pérdida de la ciudad. Así, el poeta montejiano será un ser sin espacio, un exiliado perpetuo, un equivocado en el tiempo de su advenimiento. Dice: “Hoy sabemos que hemos llegado no sólo después de los dioses, como se ha repetido, sino también después de las ciudades.” (Montejo, 1983: 16)

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A  contrapelo de su visión abiertamente nostálgica y pesimista sobre el futuro de la poesía en un mundo desalmado, nuestro autor se deja llevar en las alas del entusiasmo en el texto celebratorio que le da título al libro. Dispuesto a reflexionar sobre la anatomía de los talleres literarios y, después de confesar que no se formó en ninguno, recuerda la panadería de su padre, donde palpó por primera vez la tarea del creador y la atmósfera de lo sagrado. En aquella experiencia infantil-juvenil se decantó el proceso creador: el pan amasado, luego cubierto y protegido, a la espera de ser horneado y, finalmente, el fuego que lo corporiza. El mismo itinerario de un poema. Aquel fue su taller literario y, también, su espacio sagrado, pero perdido, ya que sólo sobrevive en su memoria, ausente totalmente de su cotidianidad. Paraíso perdido de la infancia. Zona sagrada.

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En el mismo texto, por otra parte, ha dicho: “Sólo en la soledad alcanzamos a vislumbrar la parte de nosotros que es intransferible, y acaso ésta sea la única que paradójicamente merece comunicarse a los otros.” (Montejo, 1983:66) El ensayista establece claros linderos entre las etapas del proceso: una puede ser colectiva, la del taller literario donde se somete a lectura el texto y se escucha la voz de los compañeros de viaje; la otra, en la soledad indispensable del creador. En su caso particular, a altas horas de la noche, como los panaderos, como su padre, cuando el ruido y la canalla del mundo han cesado.

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En la segunda edición de El cuaderno de Blas Coll, de 1983, el autor del heterónimo incluye un buen número de páginas que no están en la primera edición de 1981. Se trata de nuevos papeles de Coll, “hallados posteriormente por su creador”. Lo mismo ocurre con la tercera edición (1998), con la cuarta (2005) y, en la quinta (2006), se suma La caza del relámpago de Lino Cervantes, un discípulo de Coll y nuevo heterónimo, que se presenta como coda editorial del libro de su maestro.

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El cuaderno de Blas Coll es una obra híbrida. Evidentemente es narrativa, es poética y ensayística, pero también lo es dramatúrgica, ya que el heterónimo Coll es tratado como un personaje, con biografía, anatomía e historia. Naturalmente, no siempre es la voz de su creador. Más aún, Montejo se siente lejos de muchas de sus creencias, y esto sólo puede ocurrir cuando se trabaja un heterónimo, nunca sucede con un pseudónimo. Tampoco se trata de un Alter Ego, como Maqroll El gaviero de Álvaro Mutis. Don Blas Coll ejercía el oficio de tipógrafo en un pueblo llamado Puerto Malo, era politeísta y se empeñaba en reducir las palabras de la lengua castellana a dos sílabas, seducido por la obsesión económica, que consideraba indispensable para la salud del lenguaje. Por ello, creía que los poetas eran los mineros de la lengua y no los académicos. El cuaderno de Blas Coll es un libro único en el conjunto de la literatura venezolana. Merece un ensayo exclusivo, tal como lo adelantó Francisco Rivera (el más completo y profundo exégeta de su obra) en el momento de su aparición.

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Las glosas de Sergio Sandoval a sus coplas son apuntes reflexivos punzantes, lúcidos, tanto como la introducción que Montejo acuña antes de los poemas de su otro heterónimo, Tomás Linden, en su único poemario El hacha de seda, de 1995. Sandoval, a su vez, fue contertulio de Coll en su taller de tipografía y conoció a Eduardo Polo, otro heterónimo, autor de unas rimas infantiles intituladas Chamario (2004). Pero, si sigo por este camino comenzaría el capítulo de los heterónimos montejianos, asunto distinto y análogo, a la vez, al tema que ocupó estas líneas. La valoración de la obra completa de nuestro poeta, incluyendo la de todos sus heterónimos (Coll, Sandoval, Linden, Polo y Cervantes, los cuatro últimos conocidos como los colígrafos, en homenaje a su maestro) es un desafío placentero que abrigo entre mis planes. Por lo pronto, quedan en sus manos estos apuntes en homenaje a su vida y obra. Esta última, sin la menor duda, una joya capital de nuestra escritura. Única y brillante, como los más codiciados diamantes.

 

 

 

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Bibliografía:
ARRÁIZ LUCCA, Rafael. Grabados.
……….Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1989
MONTEJO, Eugenio. La ventana oblicua
……….Universidad de Carabobo, Caracas, 1974
……………El taller blanco.
……….Fundarte, Caracas, 1983
…………..El cuaderno de Blas Coll.
……….Fundarte, Caracas, 1981.
………….El cuaderno de Blas Coll.
……….Alfadil Ediciones, Caracas, 1983.
………….El cuaderno de Blas Coll
……….Bid & co. Editor, Caracas, 2006
RIVERA, Francisco. Ulises y el laberinto.
……….Fundarte, Caracas, 1983.

 

 

 

 

 R.

Rafael Arráiz Lucca. Caracas, Venezuela, 1959. Abogado y doctor en Historia por la Universidad Católica Andrés Bello, es profesor titular de la Universidad Metropolitana (Caracas). Individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. Ensayista y poeta, en su larga trayectoria ha sido jefe de redacción de la revista Imagen (1985-1989), subdirector de la Galería de Arte Nacional (1989), presidente de Monte Ávila Editores Latinoamericana (1989-1994), director general del Consejo Nacional de la Cultura (1994-1995) y presidente de la Fundación para la Cultura Urbana (2000-2010). Desde 1997 hasta 2010, Arráiz Lucca escribió semanalmente una columna de opinión en el diario El Nacional. Ejerció como investigador en el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA); visiting fellow en la Universidad de Warwick (1996) y titular de la cátedra Andrés Bello del Saint Antony’s College de la Universidad de Oxford (1999-2000). Fue decano-director del Centro de Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri de la Universidad Metropolitana (2006-2010). Ha recibido, entre otros, el Premio de Poesía de Fundarte (1987), el Premio Municipal de Poesía de Caracas (1993), el Premio Monseñor Pellín al mejor articulista de opinión del año (1999) y el Premio Henrique Otero Vizcarrondo del diario El Nacional al mejor artículo de opinión del año (2001). En 2007, el Gobierno de España le otorgó la Orden de Isabel La Católica.

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Número conmemorativo del vigésimo aniversario de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC).
La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por el artista venezolano Yonel Hernández

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