Los poetas catalanes y la guerra

Toda guerra es estúpida, pero más estúpida es una guerra civil. Así, los españoles en 1936 debieron sentirla. Una guerra en principios, colonial, originada como invasión desde la colonia a la metrópolis, una especie de golpe de estado, que iría creciendo hasta arrollar en su maquinaria de muerte desde poetas de lengua castellana, harto conocidos por todos, hasta las voces más sobresalientes de los escritores de otras lenguas ibéricas. Por ello, Serra D’Or, en su número 319, realiza una encuesta especialmente para los que lograron vivir la Guerra, o sobrellevarla. La pregunta era: ¿Cómo la guerra contribuyó a su trabajo literario, para bien o para mal?

De los escritores incluidos por la revista, únicamente hemos hecho la traducción de los poetas, J. V. Foix, Joan Brossa, Joan Teixidor y Josep Palau i Fabre, de interés para nuestros lectores de Poesía.

Las versiones al castellano son de nuestro colaborador Alfonzo Martínez Benamú, quien ha tenido la gentileza de enviárnoslas.

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J.V. Foix

La guerra civil no refrescó mi obra. Me abrió el horizonte que me descubría lo que no había logrado vivir en las lecturas de otros tiempos. Hablábamos de ella en la redacción de «La Publicitat», órgano de «Acció Catalana», y escuchábamos con interés los oráculos de aquellos que, mejor enterados, anunciaban futuras desdichas. Días antes del golpe, uno de tantos transeúntes que, erguidos o encorvados, nos aseguraban que se acercaba una revolución, frotándose las manos, nos dijo, entre callado y chillón, que por allí había un amontonamiento de armas en obscuras covachas de las afueras de la ciudad y también, en los depósitos militares. Uno de los redactores, en tono humorístico como cuando reseñaba las sesiones municipales, observó: «Me pondré el sombrero al revés, me traerá suerte». Otro redactor, ya pesimista ya belicoso, opinó: «Es hora que el fuego que parece chisporrotear por los suburbios incendie cuerpos y almas». Y añadió: «Sin embargo, si es necesario preparen las maletas». Todos callamos, pluma en mano, nos miramos para descubrir si entre nosotros había alguien que tuviera alguna información secreta y convenimos, inclinándonos por el optimismo, que quizá habría un golpe revolucionario cuyos resultados eran desconocidos. Me pareció que ninguno de mis colegas pensara en la guerra. Uno nada más, abiertamente, me dijo al oído: «Foix, no se asuste: ya estamos en ella». Después de unos días, una voz ronca me telefoneó, que no me preocupara mucho por ir a la redacción. Según la voz, los tiempos no eran propicios para mis divagaciones literarias. Le respondí con palabras que deseaban ser optimistas y agregué que si sabía algo nuevo que me lo hiciera saber. Pasé tres o cuatro días en franca desorientación. Las voces desengañadas surgían ya fuera de la redacción. Me llegaban noticias de los amigos que quizá sabían más que los informadores no asalariados que sombreaban nuestra tarea profesional. Estalló la revolución y casi simultáneamente la contrarrevolución, con visos de guerra civil. En casa recordaba los hechos que mi madre me había contado y sus consecuencias: aquello que sucedió por ejemplo en Manresa durante la última guerra carlista. Me inquietaban las posibilidades de ser testigo de un hecho bélico que sobrepasara tantos hechos históricos como conociera por la lectura de libros de siglos pasados.

Todo llegó y todo sangraba. Mi madre, para entonces muy vieja, me dijo: «Fui a misa en el convento pero estaba cerrado. La oí estando afuera».

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Joan Brossa

Una guerra siempre es una guerra, y si se trata de una guerra civil con implicaciones sagradas y todo, como en los tiempos medievales, todavía peor. De hecho, mi obra nació en nuestra guerra. En el frente de Segre hice mis primeros trabajos literarios y en consecuencia, al regreso, me planteé –o comprendí– el alcance que tiene la obra de un escritor –poeta en mi caso. Por ese lado, me hizo bien. El mal fue la triste post-guerra, con toda clase de problemas –del cuerpo y del espíritu– por causa de la derrota de la República. Pero desde entonces me propuse a trabajar. Hay gente que, para crear, necesita de un estímulo externo… Mi impulso, obligatoriamente, tenía que venir de adentro. Y me parece que tiene que ser así. Por eso no creo mucho en los resultados de los premios. Mi dificultad era doble: escribir en catalán y la naturaleza de la obra que me proponía: la invención y la contemporaneidad. Pero una obra es un proceso, y los resultados se suceden como una cadena de causas y efectos. He observado que durante el franquismo eran muchos los escritores que hacían una obra «importante», pero la censura les impedía publicarlas. Ahora se ha demostrado, que una vez acabado (es un decir) el franquismo, y todos son los mismos y nada ha surgido de nuevo. Es lo que dijimos de ir de adentro hacia afuera. Las circunstancias no se pueden elegir, se dan las que se dan, ni han de ser obstáculos para realizar una obra creativa. De aquí viene, quizá, mi idea –que fue una necesidad– de obtener el máximo con lo mínimo. En esto me obligaron las circunstancias o, si se quiere, la miseria. Es curioso observar que, las desgracias son igual para cualquiera, unos aprenden de ellas, para otros, se les escurren. ¿A qué se debe esta capacidad de tener experiencia? Los ocultistas dirían que hay personas que han vivido más existencias, y por lo tanto, poseen un subconsciente con más estratos. La metáfora me parece válida, en tanto que nos hallamos frente a lo desconocido. La guerra también me centró: comprendí la eficacia de una divisa que me ha emocionado siempre y me ha ayudado a sobrevivir: trabajar, trabajar, trabajar, pero no identificarte nunca con el resultado del trabajo o, dicho de otra forma, saber mantenerte libre. Y reconocer también que esta actitud da los mismos resultados si se puede practicar en circunstancias más favorables.

Una definición de la humanidad dice que los hombres no somos otra cosa que trocitos de voluntad ante el tiempo. Sin embargo, los catalanes podrían agregarle «ante el mal tiempo…»

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Joan Teixidor

Para mal, todavía sigo sintiéndome víctima. Tienes veinte años y el oficio de escritor y se termina una guerra. Una de las consecuencias de aquellos años de vergüenza es que tu lengua, que no solo sirve para hablar y querer, sino también para escribir en verso o prosa, tiene que ser borrada del mapa. Te dicen que se debe cortar la mala yerba para que prospere en el sembrado esa otra lengua «compañera del Imperio». He recordado toda la vida, que eso me lo anunciaba un amigo que quería mucho y que aún lo quiero, la misma noche que las tropas de Franco ocupaban Barcelona. Venía del otro lado y me lo decía mientras caminábamos horas y horas por una Rambla desbaratada, llena de euforia y desolación. Le contesté, triste y airado, que no lo entendía y que yo no más quería el glorioso destino de aquella mala yerba que no muere en el campo, aunque se obstinen ciegamente en ahogarla. Han pasado los años y la buena yerba todavía me sirve para escribir estas palabras.

Para bien, la guerra significaba todo lo bueno que siempre hay en el dolor que se abate sobre uno, que nos hace madurar y crecer. Cuando parece que lo has perdido todo y con esta conciencia, se te hace más valioso y decisivo todo lo que estimas y te aguanta. Hemos perdido mucho tiempo, hemos escrito inútilmente. Los que hacemos este oficio no teníamos diarios, revistas ni libros en catalán. Este panorama puede parecer inimaginable para los que ahora comienzan a escribir. Pero eso lo tuvieron que soportar todos los que pertenecemos a una promoción literaria destrozada por la guerra. Aunque ahora pienso con orgullo que en algunos casos al menos –evoco, entre otros los nombres de Salvador Espriu y de Joan Vinyoli– el desquite fue suficiente. Afortunadamente para todos la buena yerba no ha muerto.

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Josep Palau i Fabre

Es casi imposible decir cómo habría sido mi obra sin la guerra civil. Puedo asegurar, en cambio, que la realidad que, a causa de ella me ha tocado vivir, difiere brutalmente de las perspectivas que traslucía y de los proyectos que me había trazado.

Me veía como un escritor trilingüe (catalán, castellano, francés), debido a mi formación, exclusivamente castellana durante seis años en el internado «Hermanos» y de la presencia de mi abuelo, francés en mi hogar. La figura de Ramón Llull, que, desde muy joven, me atrajo, abonaba esta posibilidad, únicamente planteada en el nivel estético y creativo.

Preveía que a los treinta años, a lo sumo, tendría publicado libros de poesía, cuentos, ensayos, novelas, y daba por descontado que tendría, además, unas cuantas obras de teatro, pues me consideraba, sobre todo, un poeta dramático.

En el momento de estallar el conflicto me encontraba en Ibiza donde había decidido establecerme, porque me parecía un paraíso.

La guerra convirtió el trilingüismo en (casi) monolingüismo y que tardase muchos años para publicar. El aprenent de poeta (aprendiz de poeta), me lo edito yo mismo, clandestinamente, cuando contaba con veintisiete años. El conjunto Poemas de l’Alquimista fue editado, también a escondidas, cuando para entonces tenía treinta y cinco.

Sobrevivir fue, en ciertos momentos, la única perspectiva que tenía por delante, tanto desde el punto de vista artístico como desde el punto de vista material.

Con mucho atraso retornaron algunas de las facultades que la guerra civil me robó o me embotó: el ensayo, el drama, la narrativa… Y, ahora, a veces me pregunto: mi obra, sin aquellos acontecimientos trágicos, sin las contrariedades de todo tipo que he experimentado, sin duda habría sido más fresca, ¿pero habría sido más densa?

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Los testimonios sobre la guerra de los cuatro poetas catalanes fueron tomados de la edición impresa de Poesía n.º 68.

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