Los ríos profundos de José María Arguedas

Willy Gómez Migliaro

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Las cien flores de la quinua que sembré en las
cumbres hierven al sol en colores (…) En esta fría
tierra, siembro quinua de cien colores, de cien clases,
de semilla poderosa. Los cien colores son también mi
alma, mis infaltables ojos.

José María Arguedas

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Algunas significaciones del habla. Algunas presencias del sujeto partido en los Ríos profundos. Algunas superficies quemadas de la ficción se cierran sobre mí. Algunas disposiciones míticas parten la oración contra ti. El significante de la semilla se abre. Algunas ensoñaciones de pasamanos entre las piedras. Todo ello en los manantiales de un pasado por escribir o construir. Los desadaptados se abren en una prisión del porvenir. Es un niño. Un manantial del pasado se va de futuro y vuelve a través de un cuerpo que ya no ocupa. Se toca violentamente para sacarse a sus hermanos. Hoy toca una fantasmagoría, mañana otra amenaza real –dice. El crío de los indios aprende a golpear un corazón. En ti conocí la soledad desde las ventanas de mi padre muy lejos. Desde la máscara amarilla de yeso volteé mi cuerpo para nadie. El culpable anuncia la distancia. Este hombre sin Dios es la gravedad del perro y su cola. El acto del rechazo involucraba la verdadera objeción del indio que escribió agua. La forma caída del escenario de los Andes redujo palabra de limpieza en el sonido de los huaynos y en esa otra danza indignante entre la fijación del siguiente cuerpo que le robaron. Adonde la ficción contiene, un levantamiento repasa sus elementos nunca vistos. Si crecía un brazo el otro era curva de río. Su forma hecha era la calandria, la materialidad o producción del sonido, casi nada realmente si la ciencia prosperaba. Ninguna ciencia del futuro volvía del nacimiento del relato que conocemos. Los refugios de la trampa, involuntaria a toda comunicación, acechaban a pesar de las ensoñaciones. Y se ha escrito un interior defensor, y puede que esto haya servido a ciertos etnógrafos para mostrarnos una dimensión en el lugar, en el escape del destino, en la quebrada de iniciación de las fiestas del maíz o en la casa sustraída para el drama. Su entrega sin forma de habla insistía en un final en la imagen del auto que se iba de Puquio a Abancay. El personaje descentralizado construyó un puñal de la ternura para con las cosas. Algunos estudiosos han escrito un deseo. Tú lo llamaste el Ángel de Ocongate. El autor de País de Jauja extendió las maravillas de un juicio oral sin prisa. Es una referencialidad, querido, de un “monstruo cargado de ilusiones”. Doble ficción. No hay más que una fuerza de la tristeza: el niño es llevado del poyo de una casa a las riberas del río. El mundo enojado de su sexo fue agua, incluso la diferencia de marcar los nudos de un enredo mayor, constituyeron la idealización de la novela. Mis hermanos –dijo. Entonces la dejadez de la violencia al acecho, la trasformación de su sexo de vizcacha y la búsqueda del refugio de los zorros. La huida y el acto de levantar la mirada y signar calandrias en el tunal de espinas. La calandria tan cerca de sus límites. Y allí la plasticidad y el triunfo de caer en otro crecimiento. La caída azul sin fondo. Ninguna detención, ninguna contención del despertar sol o firmamento al recibir afuera golpe de pala, lavado de ropa, tú todavía estás creciendo, de venir para acá te salvas, de ser brillo o nada ya que escriba el agua o el nudo si es tu deseo y este que arrastra suficientes secretos. No a la cocina del extranjero agotado y la ayuda de levantar carne de res, maíz seco, manzanas y todo mejorará pronto. Era de nuevo él. En el establo el becerro hambriento, separado de su madre. Ahora tú y la mirada. Mira indio o cómo se dice la violencia una parte de robo, no de tu nacer, mira mi pene es el reflector de tu madre. Esta es tu madre, sombra de pared y de piedra azul. Yo soy montaña y gracia de la palabra que nos devora. El hombre del sonido sobrepasa al hombre que golpea tu corazón. Sentidos de lo sobrenatural en expansión de lecturas o retiradas de fábula en su recién nacida marca de no saber hablar. Cambiaba el tiempo de la sorpresa y la maravilla: el niño, su lenguaje y su estar. Cambiaba un destierro de la imagen natural: el hombre, su lenguaje y su no estar. Los refugios de quien nos dice agua son estructuras y de nuevo el monstruo entrega mente. Llena el canto del paisaje y la significación del cuerpo. Da vergüenza el cuerpo. El relato o la vida, el fuego o el tiempo de la ceniza ante la pureza se advirtió una tumba, un futuro de ser restituido. Habría que contarnos una materia geológica ante las nostalgias. Seguro al esconder fue el elemento metafórico ya no de Los ríos profundos sombra del enfrentamiento al monstruo mágico y su ingreso a Abancay. Él entraba con el viejo en las sucesiones de la salida de una movilización permanente en el amor. Acomodo de ciudad y trastorno de no ver el espejo y su maravilla o el episodio del ayllu y ahí no saberse de nadie, aunque la preferencia del movimiento es la vida de la sal. Muchas mujeres tardaban en tu mirar de inocencia recuperada llamar grillo, canto de cámara en la originaria de altura a la memoria de los cuentos. País de hielo. Sal de todos. Sal de mí. País en el acto. Vueltas de escuela. Sal de la luz. Sal & ardor. Todo pide maldad cuando uno escribe –dices. Hay un cambio, ahora, en la desidia del temor y el entusiasmo del recuerdo y sus montajes. Ya en la salinera llamas de cosmovisión y contra todo el juicio político del monstruo de las audiciones y su tensión de la memoria. Amor a la vizcacha si se proyectaban los significados a la cosa inversa del tono poético que tocaba la incorporación de un texto, al final, asunto del miedo por el recuerdo y ese impulso sobresale en el trompo, objeto de madera que baila traídas de viento con una soga delgada, traídas de un presente y su imposición de experiencia pasada que debía bailar aire libre. Aunque tú hablabas de una confrontación de la piedra pulida en el relato de artefactos por entrega. Tú hablabas de un objeto de resistencia y memoria. Tú hablabas del juguete del espacio que llamaban zumbayllo: “contacto visual con el espacio mítico del pasado andino”. La danza era obligada en el objeto de la primera fijación, aunque no fueron sino ruinas: Toqué las piedras con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca […] El muro parecía vivo, sobre la palma de mis manos llameaba la juntura de las piedras que había tocado (Arguedas: 1985, p. 11). Hablabas, entonces, de una restitución entre elementos míticos, y en ella había un arcano, un lugar lejano y una regresión. Hablabas insectos alados de intensión afuera sin pertenencia de intensión adentro casi mensaje que no restablece la indefinición del relator. Y como orden del tiempo la recreación que cementeria el elemento purificador ante justicia de evitar el fuego de cosa que baila el trompo del fuego de piedra dando vuelta al regreso de estrella de baile arriba constelada ya muerta. Y ese fue el primer fin de intervenir otro cuerpo. La degradación más adelante. El deseo de lo visible y lo palpable en Ernesto. Luego un parentesco y las ansiedades de cuarenta cholos que resisten el hielo. Cuarenta cholos la sal. El camino muerto de la memoria no cesaba con la continuidad de establecer la idea del pájaro por donde iba el camino del padre. El protagonista, por ratos, capturaba un lenguaje futuro de la necesidad voraz de otro paisaje. Ahí el siguiente objeto de ejecución de historia: la música. Algunos etnógrafos transformaron venidas del charango y el violín en la determinación de endulzar una subjetividad de toda anterior vida y discurso de nostalgia. El monstruo pasivo y constante de las apariciones partía un solo sonido de huidas y reflejos de lagunas y el puente de espejos. Toda cierta complejidad del abandono solar acompañaba al mito, después, a la inconsciencia. Entre ambas, gravedad de rayo condicionando el proyecto de violencia que cernía Andahuaylas ante otros movimientos de reforma agraria relacionadas al orden natural expreso en la desenvoltura de un río. De ahí la poética hacia los entusiasmos de voces frente al colorido arcoíris y el sueño de adivinar y procesar el horizonte de los pueblos afuera y fiestas que escondían un futuro de sobra familiar. Al referirse como media muerte, la sucesión del porvenir de dar vida a las funciones de cámara, alzaban el sueño vivido. Todo en el espacio de la ficción contenía al toro de la fiesta de sangre y al gallo navajero. En un incidente en el coso las juntas del compadrazgo dejaron a un hombre demostrar sus tajaduras en la arena. Toda intervención del mito, cuando la música era un sólido de realidad, era un devenir silencio. Y casi siempre rodaba el elemento metafórico de Ernesto en la bacanal de chicherías donde merecer el amor uno podía cristalizar el templo. Las ideas continuas como modelos en distintos poemas no hablaron sino de una vuelta a la locura de las huérfanas, primero, en el ojo del sexo que dejaba lenguaje del retraso y el deseo del beso humano, de mitades de montañas y los caminos que el padre no trajo sino en un cuarto de entrada doble de luz si el cuerpo de una supuesta madre se ha roto por el hijo antes de la llegada del que traerá otras cavernas para su juego de los compartimientos del sexo en los arranques. La “opa”, la zonza, la loca tomaba para sí las representaciones de un desfile del viento de otro pueblo, aunque la forzaron al empuje de ver la repugnancia. Estudio del fantasma en las singularidades de la significación de la mujer y el motín decantando de la esperanza. El niño Ernesto y la mujer de las ausencias, pero a la vez de las succiones amargas de un porvenir. Doble del valle y la importancia de crecer si algún día los relatos continúan. La “opa” es la noviecita, ahí está, ella no es la madrastra si tengo la naturaleza de morir a donde fui feliz y se ganaron los juicios y a dónde irán entonces –decía. Irradia el pasado de boca arrastrándose en el recurso de la potencia creadora. Vuelta de la actuación de fuera a las políticas públicas. El desenfreno. Hombre de media vuelta en la escritura, incluso, hasta repetir el manifiesto de transformar los refractos como centro de la propia fuerza de narrar. El centro de la inmediación o la forma sumergida antes de las reparaciones de un error. La deriva de atracción y la experiencia mística de un creer elegido en su no ser compuesto. La alegría de un motivo del elegido en el desierto obligado de un interior de cosas al llegar a la ciudad del Cusco y más allá Paucartambo donde Tú ves, como niño, algunas cosas que los mayores no vemos. La armonía de Dios existe en la tierra (Arguedas: 1985, p. 15). De ahí esa relación del paraíso perdido que no resuelve el presente de integración sino el mandamiento y sus condicionamientos de algo más cercano a uno. La justicia que construye el mandamiento del amor en Los ríos profundos replica valor del oro bajo tierra todavía. En un mundo fantasmal las montañas, los cerros y los valles son principios de justicia. El pago es principio de justicia con la tierra. El oro es la limpia del animal sagrado que guarda el hombre en un largo peregrinar. Si otro rompe un orden purificador, no hay justicia. Un principio de justicia en el narrador no es sino empleo dialógico del lenguaje y toda materialización deviene en espectáculo de espacios negativos, por ejemplo, Abancay, vuelta a redefinir. El personaje del futuro en la novela permanece al habla de madre internación en las esperanzas. Que se vaya el mal, dice, el agua del mal se parte en la integración. Oposiciones continuas de cosmos en la misma estructura en los volcamientos de la novela. La dialéctica y los contrastes. Entrelaza, también, el renacimiento constante de creencias. Sórdido en la claridad nuestro novelista se precipita en sus quebradas o en las luces de la brutalidad, el mal olor, la tierra sucia y el sexo inconfesable, como es la violación de la opa y las masturbaciones. La permanencia de las inseguridades del niño Ernesto se llena de sapos, y estos son diablos en el avance de otro mito de la segregación de los que están del otro lado. Y ahí el campo o extensión del orden natural del fantasma y su posición frente a la destrucción: me arrancan el árbol de cedrón. La naturaleza expectante de llevar al grillo o de ayudar al animal a las proximidades del bebedero o salvación en un acto de trasferir su propia lengua que se hace sagrada. Ese arrebato por la naturaleza suple un personaje indefinido por una aparición de las idealizaciones. Del cumplimiento que obliga su exilio a las condiciones de martirio, nuestro narrador levanta su espejo de indio y desata el nudo de angustia en la fijación casi religiosa del objeto con que el indio cierra su condición fatalista. Y es él en el desamparo el que abraza las supersticiones, la muerte y la vuelta de visiones. El sueño del pongo embarrado de mierda es un Arguedas que trajo a la mosca chirinka tan azul como su caída de muerte. Nada más falso y hermoso que una ficción en la subjetividad. Nada más incendio de ande roto en la contemplación que la inocencia de Ernesto. La vida de belleza inconfundible de un retrato del Perú hacia el testimonio de seguir hablando nada irresuelto las significaciones de un vuelo de esperanza. Nada más una poética.

 

De Manantiales (2021)

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W.

Willy Gómez Migliaro nació en Lima, Perú, el 13 de agosto de 1968. Ganador del premio hispanoamericano de poesía Festival de la Lira 2015. Ha dirigido las revistas de poesía Polvo enamorado (1990-1992) y Tokapus (1993-1996). Ha publicado los libros de poesía Etérea (2002), Nada como los campos (2003) y La breve eternidad de Raymundo Nóvak (2005), todos bajo el sello Hipocampo Editores; Moridor (Pakarina Ediciones, 2010), Construcción civil (Paracaídas Editores, 2013), Nuevas Batallas (Arteidea Editores, 2013), Pintura roja (Paracaídas Editores, 2016), Lírico puro (Hipocampo Editores, 2017), Construcción civil (De La Lira Ediciones. Cuenca, Ecuador, junio 2017), Nuevas Batallas, reedición en México (Mantis Editores, 2017), Lírico puro reedición en Chile (Editorial Deriva, 2018), Moridor & otros poemas reedición en México y Chile (Ediciones Cinosargo & Mantra Edixiones, 2019), Manantiales (Editorial Ícata, 2021). Entre los libros de investigación ha sido compilador del libro OPEMPE, relatos orales asháninka y nomatsiguenga (Editorial AndesBook, 2009) y Cholos, 13 poetas peruanos nacidos entre el 70 y el 90 (Catafixia, 2014). Actualmente es profesor de literatura, escritura creativa, asesor literario y dirige talleres de poesía.

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Felipe Ezeiza.

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