Los umbrales de una casa

Una poética de tránsito en cinco voces de la poesía venezolana

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Eleonora Arenas

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Dichoso ser que no anhela ni la tierra ni el cielo, pero sí lo que
entre ellos dos habita… ese intermedio poblado de ingrávidas maravillas,
nombres colmadores de tránsito

Enriqueta Arvelo Larriva


Entrará el día y cambiará de casa

La noche nos transfiere A la vulnerada intimidad Tálamo nunca vacío
Donde la memoria quema sus rencores

Lydda Franco Farías

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La casa, sus adentros:

Para habitar una casa, es necesario soñar en ella, expresa Gastón Bachelard en su libro La poética del espacio (1986). Soñarla no solo es imaginarla, recrearla, sino asumir poéticamente sus entrañas e íntimamente sus velos; reconocernos en sus temblores, sus misterios, y que en esa búsqueda de unidad con lo revelado ocurra el hallazgo momentáneo de un cuerpo secreto que susurre, lata, nos geste, nos haga también morada, pasadizo, proyección en la estadía de un vientre que nos expulsa y nos acoge, nos atraviesa y ama, nos escribe.

Es la casa uno de los espacios más privilegiados del ser y uno de los espacios recorridos ardorosamente por la feminidad, esta última inherente, al acto poético, al acto creador; pues toda escritura, todo acto y oficio de escribir, se convierte, para decirlo con Rilke, en un «gestar y luego alumbrar». Ese estado, ese trance, es cuerpo en el umbral, vislumbre mientras se habita y se espera. El mundo es entonces continuidad temblorosa de mujer, de habitar esa feminidad transparente en un vientre enorme lleno de pálpitos y sobresaltos, aguardando siempre que recurramos al llamado de un eterno resplandor, al parto del mundo del poema que también es una casa:

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La casa necesita mis dos manos,
yo debo sostener su cal como mis huesos,
su sal como mis gozos,
su fábula en la noche
y el sol ardiendo en mitad de su cuerpo.
Deben dolerme las cortinas y gaviotas
muertas en el vuelo.
Debo atender su réplica del universo,
la memoria del campo en los floreros,
la unánime vigilia de la mesa,
la almohada y su igualdad de pájaros dispersos.

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En este texto de la poeta Luz Machado, volcar la mirada hacia lo hondo es socavar la casa, desvestirla mientras se reconoce en los más mínimos velos de su brillantez oscura, cuerpo-objetos-casa conjugados en el misterio de lo directo, esa realidad colocada y vista desde su profunda luminaria y atravesada por el alma que, «bajo un sol radioso», hace temblar las significaciones. La casa halla ese cuerpo, piel del lenguaje revelado, del verbo resplandeciendo en su morada, hogar de la creación misma en el alma de la poeta. Un texto que parece vislumbrar toda una poética en ese trance de habitar los abismos del vivir y del soñar dolorosa y abiertamente los espacios; pues no solo es ocupar, engendrar y alumbrar la morada sino que debe atenderse a su réplica del universo, a su complicada infinidad y afinidad del detalle con el todo y viceversa, debe dolernos, conmovernos. Es la espera, la meditación en medio del doloroso parto y el minucioso cuidado de lo engendrado y lo que aún está por engendrarse. En esa bella y extraordinaria afirmación de la poeta Lydda Franco de «pujar las perspectivas», o, digamos, pujar las estancias del ser.

La casa en Luz Machado es orilla desbordada, a ratos sosiego de poseerla y entregarse a ella; un texto que supone verdaderamente lo que es el acto creador y una mirada de ser en la certeza; es aguzar los sentidos y el desbordamiento hacia el detalle, la exigencia de lo callado, desde su palabra, respirando. La casa es, para Luz, la poesía misma y sus escurridizas y profundas instancias del hallar y de hallarse:

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La mujer está sola
y habla sola.
Salen por las ventanas
de la casa por dentro
sus cabellos, sus ojos
sus palabras
y nadie mira esa soledad
solo ella ve alejarse
el tiempo
entre ellos,
como pájaros imponderables,
brillos oscuros
nacidos de espaciales socavones,
profundas luminarias,
desde donde otro sol
cubierto
la trajera,
iluminada.

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En ese reino del espejo y del umbral, se yerguen en toda su feminidad las voces de las poetas que han vibrado en los latidos de una casa, vislumbrando una morada y un decir aún más interior, volcando la mirada hacia esa hondura. Es la luz de la mujer que se refracta en su escritura, agoniza y ama dentro y fuera de su recogimiento, e irrumpe lo más duro de sí y de su condición frente a los dictados del domus, pero, sobre todo, habitando y deshabitando la memoria, inaugurando nuevas posibilidades del ser y de ser en el lenguaje que palpita en sus ocultos resplandores.

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La belleza posible a través de los umbrales

Los textos de Machado, como viaje iniciático al universo de la casa, me permiten tomar dos senderos hacia otras puertas, al pie de otros umbrales y cuerpos de la misma: uno es la revelación de los objetos cotidianos, y otro la poética de calicanto interior, que no es darles vida animada o un chisporroteo de movilidad a lo primero ni un inventario de mampostería a lo segundo; es acercarse a todos ellos, intimar en su centro, con su frágil pulpa, adherirse a los mismos como si fuesen únicamente nuestros amuletos, las únicas palabras temblorosas y visibles para explorarnos y expresar un mundo interior. Es la simbiosis profunda de llevar hacia adentro ese afuera enorme en un acto sensual y dramático, que permite un diálogo de comunión sagrada, vital, entrañable, y que nos habla de esa casa expresada nuevamente por Bachelard, como uno de los «mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre».

Así, yergue entonces la voz de la ama de casa que resguarda, no en, ni desde, sino con su aposento a cuestas, donde hasta el jazmín del patio es otro reino; el hijo es casa de sol en la creciente, poema corto con todo el amor dentro; la mesa es propicia para todo un tratado poético sobre el oficio y el descanso, y las puertas limpias del sueño por los cuentos de la madre se tornan retratos deshablados, raíces por dentro. Todo se evapora y asperja hasta alcanzar temblando la otra orilla del aire; y lo redime hasta hacerlo resplandecer como única posibilidad de encuentro, gestación y alumbramiento de la palabra. Sostenemos, con Luz, los espacios que recorre, desde los cuartos, corredores, jardines y patios hasta sus agujas, llaves, la piel dormida de las medias, el camino recorrido en los zapatos, en un reino avasallante y elemental:

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En mis manos, como una astilla cósmica, una sola aguja
realiza los milagros más simples sin salir de casa

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Todo lo aparentemente prosaico y cotidiano es visto como dentro de una hermosa esfera, una vibrante y límpida gota de agua, pero también desde la mirada transmutada y atemporal, mirada presentida, de lo que aún no parece mostrarse a plenitud, pero que pulsa el llamado terrible y bello, más que de completarse en ella, de revelársenos tal cual, en una especie de plenitud agorera de la memoria atesorada en el transcurrir inmediato, detenido. Razón tiene la poeta Reyna Rivas al decir lo siguiente, en su libro Huéspedes de la memoria (1956): «un día la descubrí (la belleza) en el verdor de una naranja, en un haz de hojas secas y en un pájaro muerto que sangraba su eternidad sobre la acera. Por vez primera un objeto no necesitaba, para ser, otra corona que no fuera su propia realidad». Y esa realidad única, propia, es la que Luz Machado, en su mirar profundo, revela en los seres y enseres que la circundan, despojándolos de su oscuridad, penetrando otras.

En diversos textos de Reyna Rivas vemos e intuimos, por ejemplo, de forma parecida ese acto nostálgico, doloroso y celebratorio de las cosas de la casa, ritmadas con la honda musicalidad de la memoria y la palabra que se labra, palabra luz cuando se nombra.

La casa es lumbre y fábula, tesoro urdido, baúl donde se guardan los instantes recobrados. Poesía donde se redimen las diversas instancias evocadas, zurcida desde lo más hondo, que va encontrando sus rincones en cada elemento que la constituye, que la edifica como palabra piedra, pedestal, en una domesticidad iluminada a la orilla del tiempo. Mirar la casa es mirar su resplandor acompasando la revelación y los misterios. No solo son los monogramas del café, la conversa anochecida, la tertulia de lucero y olor a hierbabuena, la construcción de un mundo sencillo y elemental al borde de un sofá o de un patio, sino la creación, sueños y pálpitos de las historias del ser, los espacios en los que nos vamos reconociendo a través de los sentidos.

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La casa cantaba por la boca del patio. Se resumía allá el diálogo entre el cielo y la jaula. Junto con el perfume de los tamarindos se revelaban nuestras voces: —Vamos, vamos a la huerta. Raíz de toronjil, olor a toronjil, olor de hierbabuena y albahaca. Agujas y dedales perseguían con precisión de una puntada y trataban de apresar, en el afán de lo cotidiano: una alborada nueva: parábola del cañonazo y el lucero.

R. Rivas

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Por otro lado, está el trance hacia otros reinos inesperados de esa memoria de la cotidianidad, la de la infancia, la de la casa con figura de madre, una poética de corredores que permite movernos, deslizarnos hacia otras hablas o fablas de lo poético. En el poema «La casa sola», Luz Machado nos dice: «El largo corredor habrá de estar oscuro. Me lo dijo / mi madre. Y a ella lo advirtió la madre dos veces madre mía / mientras hojeaba un libro oloroso a resinas y con hojas como alas de libélulas crujientes y olorosas». Pero más adelante, el habla se convierte en extensión de la claridad. La dilatación de un corredor es habitado por el recorrido de la memoria y entre otras presencias, la de la figura concebidora de la madre. Mirar, temblar, aguzar: «En el silencio o en la soledad… las voces nocturnas moviendo… el agua suspensa del misterio». La escritura una vez más es candelabro en la tormenta de un diálogo nocturno con la envoltura del espacio que evoca nuevamente un gestar; luz que deviene en recuerdo de familia, de hereduras, la soledad y el silencio sonoros, el despojo doloroso.

Umbral en decepción y concepción. La poeta ve nacerse en la estrechez de una puerta que ha de abrir una madre y esa criatura en el espejo del acto creador, criatura que espera, atraviesa y es atravesada, viene hacia acá, hacia este lado, fulmina por completo los límites del tiempo y del espacio donde «la noche cortó su gavilla de cobre y la sangre, su fruto gemidor». En ese traspasar el umbral, el lector siente y participa de un cambio de atmósfera en la palabra viviente que se levanta frente a nosotros, tibia, luego ardiente, haciéndose partícipe de la suavidad con que yergue la luz sobre lo oscuro y el cuerpo de imágenes con que se puebla; el misterio es concebido en aromas, en rebaño, huella, en selva y fiebre. Esa fiebre con la cual la madre limpia las puertas del sueño mientras abre un cuento:

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la madre debe abrir las puertas.
La criatura-otra criatura-vendrá hacia acá y yo estaré despierta.

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Este recibimiento, en la estrechez de la casa que se dilata y alumbra, se hace insostenible, lejano, todo abierto, es una casa extendida, yerta esta vez en su propio descubrimiento, en hondo temblor de la poeta Antonia Palacios. Con Antonia transitamos aristas de polvo, vacíos y oquedades opalescentes, esos borrosos agujeros que han de llenarse, de preñarse nuevamente con la presencia de la madre o la memoria añorándose en cobijo, símbolo vital, concebidor y maternal; el espacio se puebla de latido de perros y el silencio-mudez habita ya antes de que lleguen las tinieblas y la muerte; entonces, en el umbral nuevamente de otra puerta «mi madre vestida de blanco, recibirá al mensajero».

Mientras en el poema «La casa por dentro» de Machado, se nos revela la magnificencia de una poética de la edificación y el desvelo, del cuidado y la especulación ardorosamente mística, mítica, metafísica y para decirlo con José Napoleón Oropeza, hasta «filosófica del descubrimiento», el recorrido en vilo por los espacios y enseres recreados y nombrados; en Antonia Palacios, asistimos a una poética del desplomo, del desmoronamiento, del desalojo, casi que el extrañamiento de la casa como territorio oscuro de la memoria y viceversa.

La casa invisible, transparente, fantasmal que solo ha de vivir, ha de alzar el tiempo, redimirse con la llegada de la muerte. Es la mirada devastada, el recorrido desde y hacia una región más desolada. Labrar aquí es literalmente intentar nutrir de nuevo los espacios de esa casa memorial, fecundar, en medio de lo estéril y lo frágil, algún leve resplandor, donde el asombro de lo irrecuperable es día encendido en medio de la oscuridad eterna de la noche, juego de espejos a la intemperie en una especie de laberinto espiritual. Y así nos dice en su libro Ese oscuro animal del sueño (1991): «Se derrumbó la casa, una casa transparente donde el día se encendía y temblaba por la noche una densa oscuridad […] Nada quedó de la casa, ni la luz en las paredes, ni en el patio el resplandor. Solo el silencio recorre el vasto vacío de palabras estériles con delgados filamentos que el viento disolverá».

Y es entonces región sin asidero, región suspensa, sin sitio, que no enraiza, no se siembra, no hay lugar en esa tierra baldía que pueda reunificarla, aun así la poeta busca redimirla, levantarla, ubicarla en la nada y el todo, abrirla completamente, expandir sus agujeros que reciben las palomas y las semillas de un claror de trasmundo, caídas desde el delantal de la madre y desdibujando sus límites como un soplido, raíz al viento. Casa y ser retornan a ese vasto vacío:

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No tengo donde sostener la casa. Toda tierra es deleznable, toda tierra se derrumba. Pienso una casa en el aire, una morada abierta por donde transite el viento. En sus grandes agujeros anidarán las palomas. Mi madre llenará los vacíos dejando caer semillas desde su delantal ligero.

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Siguiendo por estos umbrales y pasillos de la caída, el destierro y la hendija; en Casa o Lobo (1981), de la poeta Yolanda Pantin, los espacios de la casa también se descorren y se abren completamente en sus piedras; agita sus fantasmas en los márgenes del barro, se desbordan y desdibujan sus contornos, mejor dicho, se robustecen en esos labios para nombrar la casa como botija en algún sitio que nadie sabe. Sin embargo, todo ocurre desde su centro, su esencia de semilla tallada, de pájaro enraizado, de tapia, adobe y laja que implosionan, dialogan y se reconstruyen en esa escritura como cántaro moldeándose desde adentro; vientre de donde se exilia la mirada: «rincón, sitio de la tierra […] ni así tenemos casa […] Ni aún tenemos parte…», nos dice, y se torna un juego de doble llama, doble fuego, nada y todo es lo mismo siempre.

La casa es hendija, herida, zanja o para decirlo en la voz de la propia poeta «rajadura donde se filtra la voz que hace daño», «sola marca desde el vientre hasta lo hondo» pulposa de origen y partida, de eterna huida y retorno; la casa es viaje de placenta fija y errante, vuelo y raíz, tierra árida y fértil en la memoria, terrón y desgarro que se asume, «cantidad de vuelo por la piel». Se escribe entonces con las barreduras y el polvo, se sufre y se ama en medio del límite cerradoabierto. Todo se mira desde adentro y fuera de la casa por la voz de sus grietas, sus ranuras, «esas cuevas intranquilas, las movibles, profundas y sus vientres».

Así se es destierro en la permanencia: un asidero en el desplomo labra el pulso de un origen presente-futuro que va trazando el recuerdo, el dolor y la nostalgia hasta volverla completamente polvo:

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Le entran a uno deseos de irse entre los muros, la cal y el polvo siguiendo sus huellas hasta los hornos altísimos. Más nunca abrirán troneras de tantas aldabas en las puertas del patio. Uno siente por dentro golpe de pico y pala. 

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En este libro de la poeta Yolanda Pantin el adobe, los pilares, la cal y la construcción y destrucción interior de una casa se ensanchan y dilatan, y los seres que llegan, que regresan, son otros: juego de máscaras, alteridad, identidad perdida y encontrada. Hay un desconocimiento de sí mismo en tanto que acercamiento a la raíz, a lo que se era, de tanto espejearse y jugar con los espejos de la memoria, de tanto adherirse a esa casa por dentro para seguir buscando la mirada que socava y escarba hacia lo nimio, lo primigenio que la eleva, la sostiene y también la arrebata:

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Se nota que te acercas […] Te desprendes. Parecemos otros, de otros tiempos: del adobe, de los mismos pilares. De aquí a donde sea te buscas, escarbando. Arranco los pedazos de tierra, buscando, buscando.

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Y luego los silencios, «las rendijas del grueso del miedo», las puertas, las aldabas y los techos que van conformando un cosmos alucinado, terriblemente bello en la memoria y la restitud que el lector puede avizorar: una casa de hechizada lisonja, de tachadura que acaricia y susurra, roza la angustia, la devastación de un paisaje interior, un edén despoblado, árido, donde se habla en gritos y el alma se empina, esta vez no desde la niñez absorta de verse fuera de sí misma, sino también desde el abismo en esa «raya de fuego, el punto que resiste el vacío».

También palpita la mirada absorta de cada trozo de encantamiento que va cayendo, cayendo, y son terrones de bosques cotidianos, donde se juega a montura de palma, se da de beber a las bestias, se escucha a Dios moverse de sitio y mudar los espacios, al padre que sueña un lugar y a los delirios tras las trenzas maternales. Allí la voz del ser se nombra nuevamente en corredores, trasladándonos hacia un sitio resguardado por la pequeña memoria animal, un terror acongojado, un universo mítico en las fauces del poemafábula expresa en su travesía:

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Largos corredores me cercan. Oscura certeza de mirarme en el fondo. El último cuarto del pasillo donde una figura crece y multiplica. El de antes niño o sabio de palabra me cruza la cara con barro. Afuera es un vértigo con rigor de espejo. Me sobrevive el más cerca, el pequeño animal, lobo de siempre en el ojo que brilla. 

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En su libro A la orilla del tiempo (1959), la poeta Reyna Rivas escribe:

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En el corredor oíamos por las noches fábulas y cuentos:
—Había una vez un padre.

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De nuevo el corredor y las palabras avivando en su capacidad de síntesis el terror acongojado, la nostalgia del padre lejano, la conversa y la confabulación en los márgenes de la casa. Es así como en ese umbral se quiebran todos los tiempos y se intenta zurcir, dibujar, perfilar esa oscura certeza de ser abismo.

La casa, nuevamente de Pantin, retumba en la estatura quieta y temblorosa de la infancia: habla en soledad, en vértigo, en letanía y cuento de brujas, pero también en una atmósfera de sacralidad espectral y corteza oscura, mientras se yuxtaponen voces familiares, seres altivos, evanescentes, distantes y cercanos junto a la mirada transmutada de la niñez y la adusta contemplación de lo crecido.

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Las personas […] son ovillos de sí mismas recogidas del viento. Habitan las casas más profundas. Parece si vivieran un ruido de silencio.

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Unos versos anteceden a estos últimos, reaparece lentamente la casa con Dios y el miedo en sus corredores:

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Esta casa surge despacio en el agua de lluvia […] También Dios mudaba los escaparates en el cuarto de al lado, con murciélagos y todo […] Siempre, siempre había en los pasillos, en los corredores […] había en zaguán un miedo acongojado […] y uno en la puerta rogando de la lluvia por fuera de los muros, la cal y los espejos. 

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Pero ahora esos pasillos cobran forma de lanza o hazaña heroica, flecha. Extiende sus márgenes, nos conduce de nuevo a lastimados corredores donde la punta, aguja fantasmal, pinchazo de rueca, se inserta nuevamente en la presencia nombrada, nostálgica y dolorosa en el retorno hacia la madre:

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Cuelgan los helechos en las puntas heridas de los corredores. Regresamos, madre. De muro viejo a casa.

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Nuevamente la figura femenina y maternal, la presencia de una diosa femenina engrosa las vigas, da soplo a las orillas, las transforma, enaltece los rastros y las huellas, da vuelta en el zaguán, se reconoce en los rostros de la tarde, hace de nuevo. Nombra:

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Si tantos regresan, madre es que acaso los haces de tierra, de vientre […] Respiro por ti, por lo nuestro, por eso que dibujas y me pides que escriba y yo escribo casa o lobo, pequeño hijo, tomados de las manos.

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En ese viaje de casa a cuestas, de estarse fuera dentro, de ser ida que regresa, la poeta sacude los infiernos cotidianos. La casa es ya dolencia amada y vertiginosa es, en palabras de Hanni Ossott, «demasiado terrible, demasiado cercana». Cercanía desvelada para consagrarse nuevamente a la memoria habitada, para hacerse uno con ese espacio insomne, revestirse con sus moldes desmoronados, pero también ser huella indeleble o árbol aun en el exilio, pájaro pero hasta la tierra, eterna pertinencia.

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Calcarnos de tierra, de este molde. Tapia y adobe a no ceder. Quedarse siempre en esta orilla, la otra orilla, la inmutable. No deseo otro lugar, ni altura que no sea árbol. Pájaro hasta la tierra, costumbre, pertinencia. 

Y. Pantin

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Por esos intersticios insomnes, de cercanía desvelada, la poeta falconiana Lydda Franco Farías va trazando esa casa escritural del ser en la fantasmagoría, el hilo insomne de la vigilia y el aquelarre, donde el ser del poema anda y desanda, al atravesar múltiples umbrales que se desmoronan. Su embrujada letanía de voces aparecidas, de personajes que deambulan y pueblan los rincones en una escritura que se goza a sí misma en medio de lo sonambúlico y lo felonípero sobre todo en la memoria ritual y conjural de los espacios y los objetos de la casa, a ratos panteón, luego rumores recogidos en tinajas donde recordar alborota las tinieblas del patio:

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…se escuchaban en la casa tuntuneos
brusco malestar de puertas y ventanas
el techo resbalando
a golpe de medianoche
el escaparate su chirriar de maderas alacranadas
con letanías de misa negra la mecedora
… pasea por la garganta de los sábados
ojerizas sin porvenir en las trastiendas

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Esa realidad espectral, como una casa del descalabro, de vivos que sueñan a los dormidos, es la escucha profunda a sus gemidos; el dictado mediúmnico de sus puertas y ventanas para pasar y traspasar de un lado al otro, como la punzada riesgosa de una aguja que avizora las airadas reminiscencias, y es urdida la poeta a la casa con sus visiones habitadas, sus alucinaciones a medio vestir, entretejiéndolas.

Pero lo que es calco, orilla inmutable, pájaro hasta la tierra y pertinencia en Yolanda Pantin, en Recordar a los dormidos de Lydda Franco, es tiznadura, iluminada permanencia, infinidad del ser y del estar la piel, que es extensión de la casa-cosmos. «Ir y morir no sustituye», nos dice Lydda, «Mi casa por raíz», responde Yolanda. Es casa palabra en vilo, lenguaje que se ama abismado pero también vientre, origen que nos nombra. Somos topografía de lo que se queda y se va, guijarro, piedra, arcilla; soplo, para decirlo con Reyna Rivas. Y en ese juego de tiznadura y calco, la casa se vuelve oráculo. Y con la poeta Lydda llego, aunque nunca se llega, a esa casacuerpo y latido, umbral del ser de las palabras, la casa oráculo espejo, como ese poema de mujer sola de Machado, casa que nos refracta, deletrea, predice, conoce y escribe entrañablemente a la poeta que la alumbra y palpita, y que Lydda expresa en una dicción directa y extraordinaria, auténtica. Lydda busca mostrar la consagración poética de la mujer, la poeta en su recinto, la fusión de ser morada en el sueño sin rebuscamiento que perfila y nos sumerge en otro tálamo extenso, donde se quema por igual la memoria y el conjuro de la ama de casa, la dueña de sus aristas, la hechicera, la doncella fantasmal, la hendija dolorosa. En ese hábito del aquelarre, la danza de la soledad compartida entre feminidad y escritura, ese conjuro íntimo que habita entre los oficios del domus y del decir, del complejo reino del poetizar, aquello de servidumbre a la palabra y descanso en ella, de oficio cumplido como diría Luz Machado.

La casa medita entonces su feminidad y su humanidad a través de este breve puñado de voces, pálpitos en el umbral de la palabra acogida que nos resguarda, y donde cuerpo, casa y mujer pulsan una sola alma: «funcionan como muñecas rusas que revelan una infinitud de casas y mujeres, una dentro de la otra, la cotidianidad y la dueña de lo cotidiano, la domesticidad y la dueña de lo doméstico» (Abend Van Dalen, 2021). Convidándonos todas al acontecimiento de la vida y de la muerte, a los poderes inconmensurables de la poesía y al parto y nacimiento del poema que es palabra de mujer en la otra orilla, siempre, transmutada. Así Lydda Franco nos dice: «Esta casa conoce mis manías / mi hábito de leer a media noche / mis malas costumbres / y peores mañas / esta casa me conoce al caletre / esta casa es el oráculo».

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Bibliografía
Abend Van Dalen, Raquel. (5 de septiembre de 2021). La Casa: el lugar de lo siniestro.
Papel Literario. El Nacional. https://www.elnacional.com
Bachelard, Gastón. (1986).  La poética del espacio. Editorial Fondo de Cultura Económica. México.
Franco F., Lydda (1994). Recordar a los dormidos. Ediciones Ediluz, Maracaibo, Edo. Zulia.
Machado, Luz. (1980). Monte Ávila Editores C.A. Caracas, Venezuela.
Oropeza, José Napoleón. (2002). El habla secreta. Rostros y perfiles en la poesía venezolana del siglo XX.
Ediciones CONAC y Asociación de Escritores de Venezuela/Barinas. Barquisimeto, Edo. Lara. Valencia. Venezuela. 2002.
Ossott, Hanni. (1997). Del país de la pena. En Arráiz Lucca, Rafel. Antología de la poesía venezolana.
Tomo II.
Edit. Panapo. Caracas. Venezuela.
Palacio, Antonia. Ambos poemas en Arráiz Lucca, Rafel. Antología de la poesía venezolana.
Tomo I.
Edit. Panapo. Caracas. Venezuela. 1997.
Pantin, Yolanda. (2004). Poesía reunida. Otero Ediciones. 1981-2006
Rivas, Reyna. (2004). Obra Poética. Ediciones El Otro El mismo. Mérida, Venezuela.
Torres, Ana Teresa / Pantin, Yolanda. El hilo de la voz. Antología crítica de la poesía femenina venezolana del siglo XX.

 

 

 

 

E.

Eleonora Arenas. Maracaibo, Zulia, 1989. Es licenciada en Letras por la Universidad del Zulia (LUZ), donde trabaja actualmente. Poeta, ensayista y promotora de lectura. Creadora del ciclo de encuentros Ronda de la Luz en la Sala Infantil y Juvenil Amenodoro Urdaneta de la Biblioteca Pública del Estado Zulia María Calcaño, dirigido a padres y niños de la primera infancia.

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Felipe Ezeiza.

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