Lydda frente al espejo de nos (otras)

 

Por María Alejandra Rendón

 

«El lenguaje, la palabra, es una forma más de poder,
una de las muchas que nos ha estado prohibida»
 Victoria Sau

 

La mujer en la literatura es un tema tan vasto como la propia literatura. La mujer conforma la literatura como conforma desde siempre la cultura. Sin embargo, operan en el seno de la sociedad, códigos axiológicos que trazan una frontera entre los contenidos que tradicionalmente son asumidos como masculinos y otros como femeninos.  La creación poética es síntesis social y, por tanto, sucumbe ante este atávico juicio que  le atribuye a la poesía hecha por mujeres, singulares y determinados rasgos que la inferiorizan, dado que se la ve y estudia como una categoría específica, ignorando su  profunda significación propositiva , que si bien enfrenta una realidad diferenciada, en términos de género, lo hace a su vez con un sistema que históricamente la oprime y la invisibiliza.

Recorrer el panorama nacional de la creación poética hecha por mujeres, obliga a valorar una tradición extensa, aunque fragmentada, de escritura femenina específica y marginada por la tradición. Aunque la mujer ha participado activamente en los espacios de la creación poética, la legitimación de su alcance, la aceptación de su discurso lírico, ha sido resultante de una firme y continua pugna. Al rerspecto nos dice Boersner: «La propuesta de estudiar la relación entre modernidad y escritura femenina en Venezuela no resulta novedosa, por el contrario, es uno de los temas que más ha emergido en la búsqueda de lo que podríamos llamar la literatura femenina en nuestro país».

El caso de María Calcaño es significativo y de rasgos peculiares, «Esta valiente zuliana cultivó la alegría de ser mujer, tematizó la entrega al otro, se rió de los estereotipos machistas y convirtió el erotismo en la fuente más rica de su trabajo poético». (Russoto, 1995: 158). Este tipo de atrevimientos en medio de una frondosidad discursiva lo vemos aparecer más adelante en poetas como Lydda Franco Farías.

Por consiguiente, pese a las pertinentes investigaciones literarias desde la perspectiva de género, que no son pocas, sobre todo en los últimos 40 años, seguirá siendo este tema una fuente inagotable de conocimiento y motivo para la investigación, dado que su vigencia se expresa en la lógica de dominio patriarcal que todas las formas de opresión reproducen metabólicamente.

Situarse en una visión contemporánea de la producción poética de las mujeres venezolanas, exige reconocer un dominio creciente de orden discursivo, por cuanto patentan nuevas y diversas formas de expresión del «yo» lírico,  anuncian y describen de manera formidable y con el forjamiento de signos autónomos, otra mirada de mundo que comienza, además, a realizar cuestionamientos y a proponer también desde la estética del poema, donde se cultiva un diálogo de temática diversa, pero dirigido a construir una identidad femenina.

Es necesario advertir que en el siglo XX se sitúa el inicio de una tradición poética femenina. Según Gackstetter (2003), «En definitiva, desde Calcaño hasta hoy, las poetas venezolanas de la segunda mitad del siglo veinte no viven vidas de desesperación quieta, sino que empiezan a gritar a la sociedad que las reprime. Como insurgentes, usan uno de los mismos discursos del poder social; la poesía, para ampliar sus voces». Sin embargo, se trató de un reducido número de voces que lograron ocupar un lugar en ese ya iniciado y todavía incipiente aparato de divulgación literaria, que apenas contaba con pequeñas imprentas, algunas revistas y diarios de circulación nacional. En los grupos o generaciones todavía no aparece la figura femenina. Las escritoras, desde la periferia, van forjando sus propios referentes, pese a los escasos abordajes críticos.

Las últimas cuatro décadas también dan cuenta de una agitada y muy extensa lista de nuestras escritoras. Existe, desde luego, un impulso irrefrenable en ubicar obras realmente significativas en  autoras como Margarita Belandria, Sonia Chocrón, Ida Gramcko, Esdras Parra, Elizabeth Schön, Ana Teresa Torres, Miyó Vestrini, Ana Enriqueta Terán y Lydda Franco Farías.  Esta última, a diferencia de las demás, se aparta, no ligera, sino profundamente, de lo hasta ese momento conocido y escrito por las mujeres. Introduce una estética particular, despojada de elementos tipificadores y asume un tono más comprometido con la batalla política. «Lydda Franco fue una mujer para la guerra. Primero la guerra política, la de los años sesenta, asumida con la moderación y el bajo perfil del soldado realmente comprometido» (Mandrillo, 2005, IX).

La poesía de Lydda, a la luz de la crítica actual, constituye un referente de dimensiones importantes y complejas, difíciles de estudiar bajo la mirada tradicional de la crítica literaria. La poeta introduce, en su discurso,  un sujeto nuevo, un ser colectivo. Habla a partir del «yo» de la mujer, como entidad individual y otras veces colectiva, pero no desde su limitado universo emocional y espiritual, sino desde convicciones más profundas desde donde invoca los signos del cuerpo, la perplejidad de la máscara, la aguda paradoja, el desparpajo, lo extremo, lo posible, lo virtual, rasgos que enriquecen su tono siempre saludable en la sintaxis y en los tonos:

polilla sin algo que se sostenga
el esqueleto de la conversa
en la antesala queda
inocente decorado de una bellaza inmóvil
en la intimidad de este aposento
la que perdió el dominio de cauce.

 De, Bolero a medio luz, 1994.

La poesía de Lydda se expresa a través de un tono desafiante. Su palabra poética nos muestra su intimidad, su interioridad reflexiva, existencial; deja ver su preocupación por representar las contradicciones sociales y pone de manifiesto, por ejemplo,  un fuerte compromiso con el feminismo, aunque la propia Lydda no se nombrara a sí misma feminista, manteniendo siempre una visión suficientemente amplia y sin deformaciones. La mujer, en plena y legítima lucha por la conquista de sus espacios históricos, es un tema evocado permanentemente por la autora.

La insignificante
se dispone a mal vivir
a ser golpeada
la que siembra y nada recoge
la sin linaje
organiza el día en todos sus detalles
que no falte el pan ni el agua
el retozo en la cama
la que no estorba
el marido que ve el fútbol
que llega borracho los fines de semana
a los hijos que a veces son peores
que la guillotina o los hornos crematorios
la válvula de escape
la que en la multitud no es nadie
la que no es nadie nunca
la sin derecho a cansarse
la caída en el cumplimiento del deber.

 De Una, 2002.

Un hermoso pasaje, en la nota crítica que hiciera Cósimo Mandrillo en la Antología poética de Lydda que editara Monte Ávila Editores, nos describe este compromiso: «Lydda aguantaba la peor parte de la guerra: la difícil clandestinidad urbana, la inevitable marginación que ella produce y la más digna de las pobrezas. Esta guerra, la de Lydda, no terminó con la llamada pacificación, sólo cambió de tono y de escenario,  se mudo a su poesía; dudo que exista una poesía tan aguerrida, tan peleona como la suya. Su obra fue política hasta el último verso, escrito, seguramente,  horas o minutos antes de su muerte».

La voz de Lydda emerge del ocultamiento, haciendo del poema un instrumento de liberación para sí y para los demás, una verdadera herramienta de agitación.  El carácter de su poesía se apropia de su temperamento personal. Así lo expresa el lenguaje directo que se apoya en la ironía, el humor y la descripción. La  militancia política no la hace descuidar la escritura poética, ni siquiera en su obra inicial Poemas circunstanciales podemos hablar de una poesía política, confinándola a su asociación más inmediada, dado que Lydda, como dice Enrique Arenas, «ha inventado sus propios ritos lúdicos y escriturales, para no dejarse apresar por las ritualidades ideológicas, expresivas, sociales o políticas». Desde una lucidez infinita transmite ternura, pasión desbocada por la vida y una sensibilidad social que la distingue, por cuanto mediatiza al mundo a través de la palabra poética sin acentuar desmesuradamente su discurso político. Si existiese, nos termina diciendo Mandrillo, una categoría, bien podría afirmarse que la poesía de Lydda es una poesía de  protesta. Pero una protesta llevada al límite de la madurez estética; que ha trabajado minuciosamente sus métodos (…). Se trata, en fin, de una obra poética que a la par que subvierte la visión canónica de la realidad, se subvierte a sí misma, se mira cambiar, crecer, madurar en un proceso constante y sin límite definido».

(…)
Si he dejado de creer en líderes
si la dialéctica se pudre en las cabezas de todos ellos
(y en la mía por supuesto)
si la unidad es un sofisma
si el partido deviene tertulia de burócratas y afines

(…)
si hasta aquí me trajo el río
entonces tendré que contradecir al río
y seguir aferrada a mis convicciones
aun en contra de mi pequeñez.

La obra de Lydda  es una «radiografía existencial» diría el maestro Enrique Arenas, que supera la habitual alienación a la rutina, develando las tenciones sostenidas en cada minuto y sobreponiéndose a la carga efímera de los instantes y de la razón. David Figueroa nos dice refiriéndose a esto que «Franco se vale a veces de la ironía para aliviarse del hastío, del cansancio de los compromisos y oficios  inherentes a la imagen de una ama de casa común y corriente. La poeta vierte sobre la labor doméstica el ingenio de sus palabras y logra deconstruir  el ejercicio   lógico  de ese hecho familiar,  para producir un realismo mágico  que la coloca más allá de la monotonía».

¿estás oyendo cama el edicto de mi pereza?
voy a desayunarme la claraboya de la mañana
voy a atragantarme periódico con tus crónicas violentas
voy a tener noticias del mundo hasta la ingesta
de par en par ventanas
muéstrenme lo que sin mí despierta
sacúdete ropa inmunda los dobleces
espanta con lejías la penumbra
soliviántate plancha
aplasta en un desliz las pérfidas arrugas
a volar escoba sin bruja que respire el polvo
dancen muebles al ritmo que los aviente
púlete piso en redención de no empañado espejo
arde sin paz cocina del infierno
tápate olla impúdica
cuece a la sazón luego evapórate
suenen cubiertos en estampida muda
a fregarse platos les llegó su hora
la carta por favor
quiero probar el albedrío
niños culpables
aúllenle a la luna
no estoy de humor para lidiar con monstruos
que no amor que no
la señora hoy decidió estar indispuesta
la señota hoy decidió estar dispuesta
………………..muy dispuesta.

De Una , 2002.

A pesar de su prominente trabajo como poeta y escritora, que deja un vasto número de obras, no ha sido acuciosamente estudiada. Hay cierta paradoja en la gran aceptación de su obra en la comunidad lectora y la incipiente crítica en torno a su vasto y fructífero trabajo poético, entre los que destacan: Poemas circunstanciales (1965); Las armas blancas (1969); Summarius (1985); Una (1985); A / Leve (1991); Recordar a los dormidos (1994); Bolero a media luz (1994); Descalabros en obertura mientras ejercito mi coartada (1994); Estantes (1994) y Aracné (2000).

La vigencia de la escritura de Lydda Franco Farías siempre estará presente en la lucha por la equidad, por la conquista de espacios para la vida, por la reivindicación de la mujer como sujeto de transformación, pero sobre todo su fe en la humanidad.

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María Alejandra Rendón. Valencia, Venezuela,  1986. Poeta, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención Lengua y Literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, casa de estudios donde cursa la maestría de Literatura Venezolana. Ha participado en diferentes concursos y festivales nacionales e internacionales de poesía. Ha publicado en varias revistas y portales digitales nacionales e internacionales. Su obra comprende los libros: Sótanos (2005); Otros altares (2007); Aunque no diga lo correcto (2017) y Razón doméstica, este último galardonado con el premio único de la Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016.

La fotografía que ilustra este post es una escena de El divino Narciso. Juego Áureo, intervenida digitalmente por el equipo de POESIA. 

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