Magias de Ana Enriqueta Terán

Eugenio Montejo

 

Fue Felipe Herrera Vial, el noble y generoso Felipe, quien por primera vez me habló de Ana Enriqueta Terán. Debió de ser a comienzos de los sesenta, recién reabierta la Universidad, cuando la recuperación de la democracia contagiaba el ánimo común de un entusiasmo desbordante. En Valencia, además, se advertían despuntes de otros cambios no menos significativos. Aún estaba patente la huella de la celebración del cuatricentenario de la urbe, y el empeño industrialista, para bien o para mal, comenzaba a afirmarse. Se vivía entonces, pues, quizá más que en otras ciudades, bajo un signo de ruptura. La vieja burguesía agraria, que solía por las tardes, al regreso de sus campos y haciendas, escuchar a Caruso o tocar el piano, a cuyas familias no era extraña la lectura de poesía, iniciaba su despedida. En su lugar advendría otra más compenetrada con las fábricas, la prisa, la prescindencia de modales. A Felipe le correspondió ser testigo de ambas épocas, y como tal avivó siempre en su ciudad la lumbre de la poesía hasta su muerte, en 1995. El número inicial de Cuadernos Cabriales, la colección poética que dirigió durante muchos años, había sido precisamente un libro de Ana Enriqueta Terán, Testimonio, que vio la luz en 1954. Llegada la ocasión, Felipe me llevaría a conocer a Ana Enriqueta, como varias décadas antes había hecho que se conocieran también aquí en Valencia los poetas Otto de Sola y Vicente Gerbasi. Tras este primer encuentro ocurrirían muchos otros, junto a José María Beotegui, su esposo, y al grupo de comunes amigos de aquel tiempo. No dirán que hablo de «las nieves de antaño», porque en esta vieja Valencia de sol árabe no ha nevado nunca. Cuando se evoca el tiempo ido, la única nieve de los trópicos es la nieve sónica de la cigarra, una nieve que no pertenece a la vista ni al tacto, sino al oído, y que quizá resulte igualmente apacible y minuciosa… Las cigarras de antaño.

Ana Enriqueta era entonces, siempre lo ha sido, una viva presencia de verdad y belleza. Sin proponérselo demasiado, con sólo dejarse llevar por su voz y su ser, ocupaba el centro de nuestras tertulias con una naturalidad que apenas cabría explicar mediante dones mágicos. Nos complacía escucharla decir poemas propios y ajenos, de autores antiguos y modernos, o bien recitar de memoria algunos de los Salmos. Al referirme a sus dones mágicos, trato de resumir sus atributos de habla, tono, cultura, fineza y maneras con que ella ritualiza espontáneamente la gracia de la amistad y la poesía. Conocedora del arte clasicista, Ana Enriqueta había hecho de Garcilaso un emblema verbal, sobre todo en sus primeros libros. Por el río de la lengua se había adentrado con cabal adueñamiento, de modo que desde temprano pudo relacionar sin equívocos lo antiguo con lo nuevo, gustar por igual de Manrique y de Lorca. Así lo han reconocido quienes, como Juan Liscano, se han acercado con lucidez crítica a su obra. Sobre su poesía escribió Liscano: «Lo fundamental en Ana Enriqueta Terán es la pureza, la calidad de su lenguaje, que siendo en todo momento compuesto, logra transmitir, no obstante, un fervor de intimidad rico en matices y sorpresas. Su obra toda tiene una calidad arquitectónica excepcional en nuestro medio.» En la época en que la conocí, sin embargo, en vez del verso medido de sus primeros libros, se valía de un verso libre, de entonación salmódica y efectos corales, que más tarde publicaría y que se adapta muy bien a su dicción poética: «La poetisa cuenta hasta cien y se retira»…

Creo que fue a través de la figura de Ana Enriqueta como, andando los días, llegué a recrear otros retratos espirituales con que imaginé a la expresionista alemana Else Lasker-Schüler, tan admirada por Teófilo Tortolero, y a la rusa Ana Ajmátova, dos grandes magas, dos voces mayores de la poesía de nuestro tiempo. A ellas, como a Ana Enriqueta, habría que leerlas sin atenernos a los valores de nuestro tiempo, apuntando a otra época distinta, de antes o después, pero menos desacralizada, una época donde la palabra ocupe plenamente entre los hombres su lugar, su preferente lugar.

Llevada por cierta tentación reveroniana, Ana Enriqueta ha optado siempre por prolongados retiros en apartados lugares de nuestra geografía. Vivió muchos años frente al mar de Morrocoy, en tiempos en que los parajes de Golfo Triste no habían sido aún tomados por el turismo. Hasta allá fuimos muchas veces con Felipe Herrera Vial, Ángel Ramos-Giugni, Braulio Salazar y otros amigos. Más tarde se refugió por otra década en Margarita, también antes de la conversión de la isla en zona franca del comercio multitudinario, y luego se radicó en la población trujillana de Jajó, cerca de sus montañas nativas. Llevaba casi treinta años sin verla, no obstante haber seguido atento las entregas de sus nuevos títulos y comprobado el creciente influjo de su poesía en las más recientes generaciones. En 1995, en la feria mexicana del libro celebrada en Guadalajara, volví a encontrarla junto a José María, a quien los años le han acentuado el aspecto de un capitán de trasatlánticos. Nos correspondió participar en una lectura de poemas que, precisamente en homenaje a Juan Liscano, formaba parte de la programación del concurrido evento. Como treinta años antes en Valencia, la presencia de Ana, su fina orfebrería del instante, manifestaba una forma humana intransitiva, de linaje propio, cuya distinción innata nada tiene que ver con la impostada aristocracia del dinero. En alguna página del Quijote, con socarronería y cierta mordacidad, el muy terrestre Sancho le precisa a su señor que sólo existen en verdad dos linajes, «y éstos son, como decía una agüela mía, el tener y el no tener». Tiene razón el rústico y fiel escudero, pero también es verdad que entre ambos linajes, hay otros que por momentos se dibujan en la persona de algún místico, algún bohemio y, por supuesto, algún poeta. En fin, volví a encontrarme con Ana no hace mucho, en la ciudad de Trujillo, poco antes de que decidiera regresar, tras un breve pasaje por Morrocoy, a residenciarse de nuevo aquí en Valencia, que ha de encontrar ahora más poblada y fabril, menos solariega, aunque siempre recorrida por sus vientos ultramarinos.

No es posible componer una imagen de Ana Enriqueta sin hacer especial mención de su casa, sin referirse al arreglo íntimo del espacio de sus magias, que con distintas adaptaciones según el lugar donde se encuentre resulta siempre la misma casa, la que ella parece llevar consigo por donde va, la casa, en fin, donde ella, a través de la presencia de sus objetos, también nos habla. Se trata de un tema que debemos separar del común aderezo escenográfico de las viviendas, destinado a mostrar lujos o vanidades; la casa de Ana es un centro de concreción espiritual, ámbito de la memoria, recreado de dentro hacia fuera, y no a la inversa. Y es sobre todo un tema del que su poesía ha sabido nutrirse, como lo expresa este poema:

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Se ataba esta casa plena de recursos seculares: se hace el pan.
Se hacen manteles, sábanas. La mesa servida. Se ocultan fechas,
Malas horas, ciertas plantas. Pesadumbre:
fogón con rescoldos de días anteriores: banderas, banderas.
Se ausculta el cielo: hombres que conversan debajo de los árboles;
Se tiñen las botas del primogénito con hojas de acanto.
Se alaba esta casa visitada por la humildad.

Y coronada de buenos deseos.

De Libro de los oficios

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He hablado a lo largo de esta página de magia en el sentido que Novalis daba al término: «El mago es poeta», escribe el gran romántico alemán, y añade en otro de sus fragmentos: «Toda experiencia es magia y sólo puede explicarse mágicamente». En un tiempo como el nuestro, enfático y precipitado, tan distraído por el cálculo material, cuyo gusto resulta a menudo igualado por raseros de trivial ligereza, la presencia de Ana Enriqueta Terán, su palabra, su obra, constituyen una impagable dádiva de poesía y finura. Al fin y al cabo, quien se acerca al gusto y a la práctica del arte, de la música, la pintura, la poesía, lo hace, como afirmaban los sabios chinos de la antigüedad, «para colaborar con el cielo». En la obra de Ana Enriqueta, en su presencia y sus magias, se hace visible ese sentimiento de urbanidad cósmica que ella sabe transmitir con exquisita gracia.

 

Magias de Ana Enriqueta Terán se publicó originalmente en Tiempo Universitario (Universidad de Carabobo), el 25 de febrero de 2002.
La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Fabio Rincones.
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