Marcelo Rioseco, un escritor de máscaras y muchas voces

Santiago Elordi

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La valorada voz propia en poesía es una conquista ambivalente. En nuestro país los poetas más reconocidos sin duda alcanzaron su voz propia: Mistral, Neruda, Huidobro, De Rokha, Teillier. En el olimpo del yo poético encontramos a Virgilio, Dante, Whitman, la misma Emily Dickinson con su voz indistinguible. ¿Valen más los poetas con voz propia que los que no la alcanzan? ¿Por qué? ¿Se trata de un condicionamiento cultural? ¿Y qué ocurre con poetas como Robert Browning? ¿Y los heterónimos de Pessoa? Poetas que disuelven el yo poético en una multiplicidad de máscaras y voces.

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En Chile comprobamos que hay poco y nada en esta tradición. Algunas excepciones contadas con la mano. Por ejemplo, Nicanor Parra cuando se pone la máscara del Cristo de Elqui, las delirantes intertextualidades de Rodrigo Lira, o la anacrónica poética de Paulo de Jolly con su hablante Luis XIV en la corte de Versalles.

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Marcelo Rioseco pertenece claramente a ese grupo de poetas sin una voz unitaria. Reviso su trayectoria. Cuando en Chile la poesía coloquial o antipoesía se imponía en el panorama creativo nacional, Rioseco era un joven ingeniero de 27 años que irrumpía en la escena ganando, en 1994, el Premio “Revista de Libros”, organizado por el diario El Mercurio. Lo hacía con un extenso poema metafísico titulado Ludovicos o la Aristocracia del Universo (1995), que se desarrolla en la mejor tradición del poema largo hispanoamericano. Ludovicos cuenta y canta el viaje vertiginoso de un héroe homónimo cuya desenfadada voz, lúdica y aérea, estaba muy a contrapelo de la poesía lírica que se escribía en Chile en ese momento. Al gran Nicanor Parra, jurado del premio, me consta, se le pararon los pelos ante la propuesta de Rioseco, pero en buena lid terminó rindiéndose por su definitiva calidad creativa.

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No pasó mucho tiempo y Rioseco sorprendió con un giro, casi un salto mortal, abandonando la escritura de poemas. Cincos años pasaron y Rioseco publicó El cazador y otros relatos (1999), un conjunto de cuentos fantásticos ambientados en Concepción, su ciudad natal, y en diversos lugares del mundo. Lugares reales o ficciones, estos cuentos nos llevaban muy lejos de ese primer Ludovicos con el cual lo habíamos conocido en 1995. Una década después, casi en la dirección opuesta, publica Espejos de enemigos (2010), un conjunto de poemas sobre el tema del arte, el campo literario y el poder, muy distinto a su anterior Ludovicos, estructurado a partir del modelo de los llamados “Espejos de príncipes” del Renacimiento italiano. Algunos elementos sí se repetían: el humor, el juego, y esta vez, una profunda ironía.

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Un par de años después, ya radicado en Norman, Oklahoma, Estados Unidos, sorprende con 2323 Stratford Ave. (2012) y La vida doméstica (2016), dos poemarios con intencional registro de tono menor sobre experiencias cotidianas. Un año después de 2323 Stratford Ave., aparece American Visa (2013), tal vez la primera novela épica tragicómica latinoamericana que narra el desajuste cultural que vive su antihéroe, un estudiante chileno de clase media, desencantado con las promesas del tío Sam.

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Este ha sido el recorrido creativo de Rioseco, sin una voz ni registro unitario, tampoco con temas recurrentes, es decir, sin una poética reconocible. A su inclasificable trayectoria creativa se suman varios ensayos literarios, por ejemplo, un estudio sobre la obra experimental La nueva novela de Juan Luis Martínez, y casi en las antípodas, un par de libros coeditados sobre la poesía lárica de Jorge Teillier y otro más sobre el poeta chileno Eduardo Anguita. También Rioseco es traductor de poetas de lengua inglesa, y de los más variados signos, de Pound a Silvia Plath, de John Berryman a Marianne Moore.

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Se trata de un escritor enmascarado, con una multiplicidad de intereses y exploraciones, desde luego más curvo que lineal. A tal extremo que, si su nombre no apareciera en la portada de sus libros, podríamos pensar que estos libros fueron escritos por distintos escritores como en el juego más radical de los heterónimos.

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¿Qué hace posible esta apuesta de Rioseco? ¿Dónde está su valor si lo hay? Una escritura polivocal, multitemática, no tiene un valor intrínseco, bien puede convertirse en una fórmula literaria vacía sin contenido renovador. La validez de un escritor de esta naturaleza camaleónica, es a condición de que su juego nos devele la rica multiplicidad de la conciencia humana. Una aventura de travestismo creativo que entre otras cosas exige revisar algunos condicionamientos culturales, por ejemplo, el del poeta poseedor de un yo o supravisión aparentemente coherente.

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Es más bien la actitud de un poeta estudioso, casi científico, movido por la curiosidad de la diversidad de la realidad humana, infiel al culto del autor que interpreta el mundo desde sus ideas o concepciones del mundo. Se trata de una creación de pensamiento fractal que puede incluso crear libros distintos e irreconocibles entre sí, en alternancia de voces, formas y estructuras diversas. Pienso en los dramaturgos griegos. Sófocles que escribió más de cien obras, y donde fue cada uno de sus personajes enfrentados entre sí. Es la alternativa al canon que entiende la ficción como espejo de un mundo unitario. Al fin de cuentas el creador a imagen antropocéntrica de un Dios.

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En esta dirección ha demostrado Rioseco su operación creativa. Es la diversidad de una escritura donde cada una de las máscaras que se ha puesto logra la máxima posibilidad de tensión expresiva. Con perspectiva temporal, temática, jugando con la tradición sobre los cantos de sirena de la vanguardia. Ahí la validez de su operación que consigue un escritor fiel a la búsqueda de sí mismo. Algo así describe la trayectoria de Rioseco como si permanentemente nos estuviese diciendo, “por dónde todos van, yo no voy, y no me importa”.

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En este sentido, creo que Rioseco representa hoy una expresión de libertad creativa en nuestra lengua. Hace pocos meses, en plena pandemia planetaria, volvió a desplegar este juego de máscaras con su último libro de poesía, Olivia en los suburbios (Valparaíso Ediciones. España, 2020). Se trata de una colección apenas ordenada por un ánimo de sosegado desencanto, donde esta vez, por primera vez, el hablante ya no es un heterónimo sino pareciera ser el mismo Rioseco. Son más de sesenta poemas, como si se hubiesen ido juntando con el tiempo en cajones, y sin mucho apuro ni convencimiento, un día se deciden publicar. Poemas de visiones subjetivas, perplejas del mundo, desde recuerdos perdidos en la memoria, la casa de la infancia en Concepción, lugares a los que no se puede regresar, amores perdidos, ganados, hasta el presente en un suburbio del Midwest americano, donde vive en compañía de una gata, Olivia.

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Son autorretratos atravesados por una honda perplejidad, y la aceptación de un desarraigo constante, y contados con la entereza de aceptar las cosas como son, y no como debiesen ser. Son poemas donde un lenguaje preciso está al servicio de las emociones, que transmiten un sosiego sin esperanza.

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Algunos ejemplos de este libro: “Demasiado tiempo”, un poema que arranca suspendido, en el tono sosegado de Jorge Teillier, pero sin la nostalgia ante la pérdida de una edad dorada, en un compás sin espera.

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Demasiado tiempo

………………………………..A Álvaro Durán

Tienes razón,
Lo mejor siempre está ausente
Y la vida debe vivirse como si en verdad ocurriera,
Sin fatigarse demasiado;
si es posible
con cierta alegría.
Bien lo sabes-
Nadie ha sido
naturalmente infeliz.
Demasiado tiempo
Se pasa en un mismo lugar
Perseverando en contra
Enamorado de una soledad que no es tuya ni mía ni de nadie.
Pero quizás para eso sean estos días sin sosiego;
Para caminar sin ser visto
Cuando los árboles recién florecen
y aprender un idioma que ya no nos servirá de nada.
También podemos soñar con los amigos muertos
Y saludarlos cuando los vemos pasar
bajo un sol que se deshoja
morosamente
como un niño aprendiendo a llorar.
Tienes razón, la vida debe vivirse
Como si en verdad ocurriera-
En las ciudades se apagan las luces
y los niños olvidan las estaciones.

 

Los poemas de Olivia en los suburbios demuestran que las emociones humanas no son muchas, y que las experiencias individuales pueden ser arquetípicas, como en el poema “Un sol con muchas sombras”, donde con una ternura irónica se hace esta vieja pregunta: “¿quién conoce realmente el corazón de su padre?”. Aquí un fragmento del poema:

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Mi padre lleva años de estar muerto
Pero el otro día nomás
Se me metió en un sueño como si nada.
“Para dónde vas”, me preguntó.
y ¿que iba a saber a dónde iba
si yo también estaba en el sueño
y los dos íbamos caminando juntos”.
“Estamos aquí, papá, esperando”, le dije
¿Esperando qué?, preguntó él
y su voz era dura como un palo seco
“A que Dios también nos recoja”, le respondí
y me puse a caminar en el sueño
mientras mamá me miraba alejarme
y yo dimensionaba el tamaño de su cariño
que era como un sol con muchas sombras.

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A continuación dos poemas de Olivia en los suburbios que reflexionan sobre la experiencia de la escritura. Es un monólogo que refleja lo posible e imposible del arte ante la experiencia. En ese desajuste o intervalo escribe Rioseco:

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Atrapado en la espesura de la esperma

El poema que tienes que escribir
está atrapado en la espesura de la esperma
donde fue concebido hace miles de años
y hasta allá has de ir
para traerlo de vuelta
a este averiado mundo.
El poema que tienes que escribir
-como un auto demasiado usado-
Puede fallar en cualquier momento.
A los poemas los rigen
tanto los principios de la armonía
como el pantanoso barro
que arrastran los malos ríos.

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Con un cuchillo en la mano

Tratas de escribir
sin haber peleado
nunca
contra
los infamados de la perrera
ni haber estado nunca
verdaderamente anestesiado
por la derrota,
dando vueltas como loco
en tu jaula de 2×2
con un cuchillo en la mano
y veinte poemas mal escritos
sobre el escritorio.
El arte es un incendio
¡Ya está!
una paliza,
un viaje al descampado
una forma de comprender cierto misterio
(si es que hay tal misterio)
¿Qué más se puede agregar?
Nada.

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Los poemas de este libro nos vuelven a recordar que la poesía no necesariamente progresa. Nos demuestran que la poesía no es ejercicio de la inteligencia, subsidiaria de ninguna teoría, que en el monumental edificio de la tradición aún es posible poner un ladrillo a condición de que la técnica y los conocimientos estén en relación a la experiencia, que los poemas aún pueden ser memorizados como una canción, y que esto depende de un lenguaje atento a una respiración. Los cánones poéticos son intentos sistemáticos por atrapar el mar con una cuchara. Las culturas dominantes mutan, a veces se desploman, drásticamente; si algo permanece es la materia poética de la compleja emocionalidad humana, observada y descrita sin categorías ni prejuicios, desde la desnuda experiencia como lo demuestra Marcelo Rioseco.

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Cierro esta presentación de Olivia en los suburbios con un poema cercano a un escepticismo de filosofía estoica. Es un poema sobre el tiempo inasible, la evanescente existencia, y toda ilusoria ansia de trascendencia.

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Nada nos obliga a perdurar

Cómo sabremos lo que ha de perdurar,
Cómo sabremos lo que debe permanecer
y lo que debe ser arrasado para siempre
sin sentir que se ha cometido un error.
Cómo saber cuál es el momento exacto
para retirarse y no exhibir un deplorable final.
Pero no sabemos, pues en realidad, no deseamos saber.
Como la desordenada maleza que crece
en un jardín perfectamente ordenado;
un día podemos ser arrancados
con un golpe de azada y terminar en el vertedero
o podemos agarrarnos desesperadamente
a una tierra estéril y carente de toda forma de amor.
Nada nos indica el fracaso
Tampoco nada nos indica a perdurar.

 

 

Difícil agregar algo más con un poema así de definitivo. Mejor dejarlo suspendido, temblando… Y tirar los dados a que en cien, doscientos, mil años más, cuando nadie de nosotros esté, alguien lo volverá a leer.

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S.

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Santiago Elordi (1960), es un escritor chileno polifacético y bastante inclasificable. Ha tenido una vida errante, y además del oficio de escritor ha sido traductor, nochero de hotel, minero, documentalista y diplomático. En 1990 fundó Noreste, un periódico de noticias inventadas que bajo el lema «La Vida Peligrosa» fue un referente cultural para toda una generación durante la represora dictadura militar en Chile. En 1997 obtuvo una beca de residencia en Nueva York, y allí estableció una estrecha relación con poetas y artistas de diversas tendencias. En 2005, realizó junto a la pintora Kate Macdonald un viaje de cuatro mil kilómetros por el estado de Mato Grosso, Brasil, siguiendo la ruta del explorador Percy Fawcett, quien se perdió en su expedición. Este viaje ha quedado registrado en el documental Punto Z. En 2010 fundó VPS (www.facebook.com), un colectivo de intervenciones públicas. Tanto la poesía de Santiago Elordi, la narrativa, los documentales y su arte más social, demuestran con énfasis la no frontera de los géneros, explorando la posibilidad del arte como forma de vida. Actualmente vive en un pequeño pueblo del Mediterráneo español.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Euro Montero
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