María Mercedes Carranza, partitura doliente

Néstor Mendoza

Libró una larga contienda con la sangre y la influencia de una obra excesivamente cercana. Por eso debía suceder un necesario crimen: matar la influencia del padre, su padre, Eduardo Carranza, y con este acto edificar una tradición propia y no cien por ciento heredada. A lo mejor, con estas intenciones, María Mercedes Carranza estaría ofreciendo su propio inicio y no el testamento de su progenitor. A lo mejor, sigo insistiendo, eso fue lo que la poeta bogotana ofreció en Vainas y otros poemas (1972), su primer libro y su primera daga al pecho paterno. Torció el cuello a una obra que, por cercana, pudo haberla convertido en una especie de albacea a tiempo completo, con cielos perennemente azules y mancebos inmateriales, relecturas constantes de Garcilaso y con sus oídos atentos a la música paterna, única melodía posible y por eso tiránica.

María Mercedes Carranza fue matando la influencia del padre no desde ese empeño malcriado de oponerse sin justificaciones o con la coraza hueca y chata de la rebeldía sin causa. El crimen sucedió, aunque parezca dudoso decirlo, por segmentos temporales: a lo largo y extenso de una obra poética condensada en 5 libros y en aquel esfuerzo antológico y crítico titulado Carranza por Carranza, en el cual la poeta analiza una obra no como hija sino como lectora atenta y no pocas veces exigente.

Y entonces, nos preguntamos, cómo habría sido la evolución de su obra si la poeta no hubiese suspendido su tránsito de vida antes de llegar a los 60 años. Es absurdo, o quizás improductivo, hacerse este tipo de preguntas. No añaden ni clarifican; no hay suficiente hilo para terminar el tejido de ese manto inconcluso que toda obra representa. Leyéndola en un solo tomo, ahora mismo, poema tras poema, del primero al último, sin dar saltos de página, uno se percata de las constantes temáticas, de las temperaturas, de las elevaciones y declives. Presenciamos una caminata cronológica en línea recta, donde es posible sentir la transición de una firme rebeldía que se extiende y busca maneras sosegadas, pero nunca complacientes, de la creación. En este empeño encontramos coincidencias con el poeta polaco Adam Zagajewski: «Porque me temo que un estilo elevado desprovisto de un sentido del humor lleno de indulgencia para con nuestro mundo ridículo e imperfecto se asemejaría a las canteras de la Carrara toscana, de donde ya se ha extraído todo el mármol y sólo queda la blancura».

Con María Mercedes Carranza leemos la partitura de su intimidad, que pocas veces se omite y que busca su propio cuerpo, su visión de las cosas más comunes y cotidianas, personales, sudorosas de experiencia. Sin rodeos, o con los giros necesarios, la voz de la poeta siempre comunica. Ella busca interlocutores. Ella piensa en voz alta y su escritura no es restringida ni tácita. Ella busca paredes altas, pintadas de blanco, perceptibles, como gran pizarra, para su diálogo con nosotros (como en el poema «Mon semblable»). Su misma naturaleza confesional nos acerca a su perfume. Ella, albatros solitario, aparece en antologías de su país, mayoritariamente constituidas por voces masculinas (excesivamente constituidas por voces masculinas). De vez en cuando la leemos en semblanzas de cercanos amigos y poetas, anecdotarios, en colecciones recientes (como las del Instituto Caro y Cuervo), en palabras y poemas que se comparten vía correo electrónico o se leen en viejas revistas, como recordatorio, y casi siempre como obituario: «María Mercedes se salió de la fiesta, con un portazo como siempre, y yo sigo buscándola. Fue este último viernes, hacia el amanecer. Tenía 58 años, una hija, cuatro o cinco libros de poemas, un pasado repleto de cicatrices y fantasmas, deudas y amoríos pendientes» («María Mercedes», texto homenaje de Miguel Méndez Camacho).

Un tema se impone en su obra: la experiencia (maneras de vivir y de concebir la poesía). Quienes nos acercamos desde otras instancias geográficas, notamos la presencia de su ciudad, Bogotá, y todas sus maneras de manifestarse en emociones, variaciones climáticas y gentilicio («Nadie mira a nadie de frente,/de norte a sur la desconfianza, el recelo/entre sonrisas y cuidadas cortesías»). El matiz grisáceo del cielo, el frío en constante aparición, la súbita lluvia que llega por cuadras, la bienvenida del sol en determinados momentos del día, el brazo montañoso que ayuda a ubicarnos de manera más efectiva que las brújulas, la caminata de las personas y la personalidad que se resguarda en abrigos durante el día y la noche, con el deseo de mostrar pieles en contadas ocasiones calurosas, así como bares repletos, con muy poco espacio para caminar y para bailar.

María Mercedes Carranza, con especial premeditación, nos anunciaba en los títulos de sus libros una parte considerable de su alma y de sus padecimientos. Y, desde luego, sus terrores, miedos y desamores. Era capaz de saludar a la soledad, de hacer notar la descomposición (la propia y la de su entorno), la ausencia y la compañía en habitaciones, con sus respectivas dosis de tactos y de espejos en los cuales veía pasar los amores y despechos. Uno podía percatarse de las recomendaciones a su hija, Melibea, en aquel poema efectivo y afectivo «Conversación con mi hija»; y de la hermosa empatía con los personajes de la cultura greco-latina: «Quiero que Ulises me haga el amor/y en la cama me cuente/cómo eran los vestidos de Helena/y si Paris fue como lo pinta Rubens». Carranza alternaba sus roles de poeta, madre, gerente, amante, ciudadana y bogotana con la misma disposición y firmeza social. No para ejemplificar o ser ella misma un modelo de rectitud ante los demás, sino como una manera, bastante personal, de estar en un entorno que se inclina a la incomprensión o al señalamiento. Todo buen poema ha de tener un fragmento psicótico, dubitativo, que avanza y que a veces retrocede. Esto lo encontramos en varios poemas de la autora: poemas ironizados, temerosos y desafiantes. En Carranza vemos casi la misma concepción que tenía Hermann Hesse respecto a los poetas del pasado siglo, capaces de resurgir de cada desfiguración y de salir purificados de cualquier infierno.

 

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Bogotá, 1982

Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;
estas calles son el laberinto donde he de andar y desandar
todos los pasos que al final serán mi vida.
Grises las paredes, los árboles
y de los habitantes el aire de la frente a los pies.
A lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno,
un verde Patinir de laguna o río,
y tras los cerros tal vez puede verse el sol.
La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia
pero también la costumbre irremplazable y el viento.

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Poemas del desamor

Ahora en la hora del desamor
Y sin la rosada levedad que da el deseo
Flotan sus pasos y sus gestos.

Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,
Aquellas palabras que no fueron posibles,
Las preguntas que sólo zumbaron como moscas
Y sus ojos, frío pedazo de carne azul.
Días perdidos en oficios de la imaginación,
Como las cartas mentales al amanecer
O el recuerdo preciso y casi cierto
De encuentros en duermevela que fueron con nadie.
Los sueños, siempre los sueños.

¡Qué sucia es la luz de esta hora,
Qué turbia la memoria de lo poco que queda

Y qué mezquino el inminente olvido!

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Una rosa para Dylan Thomas

«Murió tan extraña y trágicamente
como había vivido, preso de un caos
de palabras y pasiones sin freno… no
consiguió ser grande, pero fracasó
genialmente….»
D.T.

Se dice: «no quiero salvarme»
y sus palabras tienen la insolencia
del que decide que todo está perdido.
Como guiado por una certeza deslumbrante
camina sin eludir su abismo;
de nada le sirven ya los engaños
para sobrevivir una o dos mañana más:
conocer otro cuerpo entre las sábanas destendidas
y derretirse pálido sobre él
o reencontrarse con las palabras
y hacerlas decir para mentirse
o ser el otro por el tiempo que dura
la lucidez del alcohol en la sangre.
En la oscuridad apretada de su corazón
allí donde todo llega ya sin piel, voz, ni fecha
decide jugar a ser su propio héroe:
nada tocará sus pasiones y sus sueños;
no envejecerá entre cuatro paredes
dócil a las prohibiciones y a los ritos.
Ni el poder ni el dinero ni la gloria
merecen un instante de la inocencia que lo consume;
no cortará la cuerda que lleva atada al cuello.
Le bastó la dosis exacta de alcohol
para morir como mueren los grandes:

por un sueño que sólo ellos se atreven a soñar.

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Conversación con mi hija

Muchas cosas pasarán sobre tu cuerpo
lluvia, deseos, labios, tiempo
gastarán tu piel y por dentro tu alma.
A menudo tendrás que saludar
a la fe, a la esperanza,a la caridad.
Son cuestiones inevitables,
usa la cortesía y santas pascuas.
Te acosarán a respuestas blanco sobre negro
y viva la civilización, te gritarán
y cuando entiendas por fin que el mundo
es redondo habrás perdido para siempre.

Sobre tus hombros la llevarás,
a la civilización te digo,
vestida de gringa, o de sueca o de japonesa:
esta dama lee a Platón,
se bendice la axilas con desodorantes,
toma coca cola y no permite
que la saluden con el sombrero puesto.
Usa siempre la cortesía y
no se te olvide, hija
lavarte los dientes todas las mañanas
y apagar la luz antes de dormir.

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Néstor Mendoza. Mariara, Venezuela, 1985. Poeta, ensayista y promotor cultural. Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Realizó estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana. Ha publicado los libros Andamios (2012) y Pasajero (2015). En el 2011, recibió el IV Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo». Sus poemas han sido incluidos en varias antologías de poesía venezolana. Forma parte del comité de redacción de la revista Poesía y del comité organizador de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). Integra el equipo de colaboradores de la revista Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma.

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