Martín Adán

 

Crítica & poemas

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Sentencia a Martín Adán

Sucede que Ud. nunca salió de Barranco; fue Barranco que se alejó de su cotidiana manera de morir, de esa extraña pasión por el  aislamiento, de esa desgarradora palabra que Estuardo Ñúñez la signa como «estética del grito». Le veo, ebrio de brisa y de mar, apenas con veinte años sobre los hombros y ya ha dado el campanazo: La Casa de cartón (1928). ¿Verdad que la disciplina deja sus frutos? Quizá Ud. no llegó a ser un alumno excelente en materias de la ciencia pero tampoco le faltó agallas para interpretar las fórmulas de la angustia por sobrevivir. Estoy seguro que con Ud. se inicia el llamado «boom» de la novela en nuestro continente. Seguro que después encontró que la poesía era su fuerte. Y no se equivocó; esto sin pretender olvidar su erudito estudio De lo barroco en el Perú. Lo curioso está, mi entrañable Martín Adán o Rafael Benavides de la Fuente (Lima, 1908), que Ud. no acepta mi desafío y le cuento que casi ya no estoy en este mundo para insistirlo con mi petitorio. Sí, porque una entrevista es un desafío a todo fuego. Un enfrentamiento amigal y un goce inexplicable por alternar sugerencias, supuestos teóricos y sobre todo, poner en el tapete de la escritura lo vivido en circunstancias que la vida es sólo vida y nada más.

Bueno, allá Ud., pero tenga presente que le paso el dato para que no se asombre cuando llegue el momento. Yo no juego a dos cartas. Un día de estos me decido a cruzar esos bronces verticales que lo vigilan, inmutables, a toda hora. El día menos pensado burlaré la vigilancia que le han tendido y creáme, hablaremos de poesía, de poesía y sólo de poesía ¿le parece? No es una novedad que Ud. haya tenido ciertas comodidades cuando pequeño y que luego perdiera a sus padres. Menos aún, que se haya criado entre unas tías solteronas, de quienes se burla constantemente en su novela. Mientras, siga Ud. en ese cuarto donde según me dicen hace años no sale ni para sentir la fragancia de la noche. Siga Ud. huyendo de toda forma humana y dándole esa luz divida y absoluta agonía a su poesía, «esa angustia desoladora, pero exquisita en su forma» como afirma Augusto Tamayo Vargas. Ahora las dudas están aclaradas: ni Vallejo, ni Abril, ni Moro, ni Eguren. Ud., mi buen Martín, es Adán y ni un punto más. Claro que discuto esa oscura y difícil manera de escribir. Y pienso en Góngora cuando era el ángel de las tinieblas. Y salto de emoción escéptico y a un Proust abismado en su orfandad, o a un  Darío cristalino y soledoso. Conste que mis palabras no pretenden hacerle un prólogo a su vida. Luis Alberto Sánchez está para ello. De José Carlos Mariátegui ni pensar, ya lo hizo. Le diré algo más: si escribo sobre Ud. es por el singular coraje que señala a las nuevas generaciones. Ud. vive la poesía y la vive en el sentido más desgarrador. Ha logrado su objetivo: que el mundo exterior no se posesione de Ud. sino muy por el contrario, es Ud. quien tiene entre manos, la inocencia, la rabia y la soledad del hombre de este siglo atómico.

No imagina Ud. la emoción tremenda que me invadió cuando logré leer completamente La mano desasida y me atreví a seleccionar tres fragmentos e incluirlos en la antología Opera de piedra (Poemas a Machu Picchu), 1981, que no sé por qué secreto palpitante está unido a la tricromanía exacta, fervorosa y magnífica de Manuel Domingo Pantigoso. Con esta obra, Ud. es todo un caso; es, si se quiere, el mismo Machu Picchu petrificado, con sus incógnitas y sobreentendidos. Sin llegar a la profanación, no deja de disimular su egocentrismo, su exasperación, su reto. Lo terreno y lo divino confluyen en estas ruinas que despiertan el grito humilde pero desgarrado. Ud. pretende crear un puente sin comienzo y sin final, porque ese puente es Ud. mismo y donde Machu Picchu se consume en un monólogo prolongado. Bien, le advierto: no volveré a escribirle tan públicamente. Acepté mi desafío o vuelvo si es preciso desde el infierno para conversar con Ud. ¿Qué dice?

Jesús Cabel

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Narciso al leteo

El poema Narciso al Leteo de Martín Adán, ha recibido diversas formulaciones, tal como lo indica Ricardo Silva-Santisteban en su reciente edición de la obra poética del autor (Lima, Edubanco, 1980, Ed., pról. y ns. de R.S-S.). Para Silva-Santisteban existen hasta tres versiones del citado poema (pp. 174-175) que fueron publicadas, respectivamente, en Palabra, N° 1, Lima, septiembre de 1936, p. 9; La Prensa, Lima, 21 de marzo de 1943, p. 8, bajo el título de Poema de la rosa, en el cual se acoplan los textos Narciso al Leteo y Parábola; y en la antología de Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy y Javier Sologuren La poesía contemporánea del Perú, I (Lima, Editorial Cultura Antártica, 1946, p. 79). De esta antología procede el texto que adopta el editor en 1980 (p. 59). Curiosamente, aparece aquí una cuarta versión (p. 91) que no recibe la correspondiente anotación bibliográfica de parte de Silva-Santisteban. Dicha composición poética y la de 1946 destacan notablemente frente a los otros casos de 1936 y 1943. Una comparación entre ambos textos nos permitirá deslindar actitudes diferentes ante un similar desarrollo conceptual.

A)…… En vano y uno el agua bulle:
………. de nada Amor se llama dueño,
………. si lo que es todo, todo huye
………. y siempre queda el sueño al sueño.

………. ¡Mano que atenta a lo que fluye,
………. cristalizada en el empeño
………. de contener lo que concluye
………. donde ella es, río en el leño!

………. Narciso, ciego, desespera,
………. y puede ser el agua entera
………. y arder los mares en la mano.

………. Mas lo que aún pasa le ha transido,
………. la sutileza del olvido,
………. la faz eterna de lo en vano.

………………..    (En: Narciso al Leteo y otras poemas, p. 59).

B)…… En vano y uno el agua bulle;
………. De nada Amor se llama dueño;
………. Que lo que es todo, todo huye,
………. Y siempre queda el sueño al sueño.

………. ¡Mano que atenta a lo que fluye,
………. Cristalizada en un empeño,
………. De contener lo que concluye
………. Donde ella es . . . río en el leño! . . .

………. ¡Narciso, ciego, desespera;
………. Y puede ser el agua entera
………. Y arder los mares de la mano! . . .

………. ¡Ah, lo que aún pasa le ha transido . . .
………. La sutileza del olvido,
………. Faz infinita de lo en vano!

…………………..(En: Travesía de extramares, p. 91).

El Leteo, río del olvido en la mitología grecolatina, simboliza la inanidad de lo existente. Fluidez, inestabilidad, perenne es lo que encuentra Narciso en su aproximación al agua. Amante de su propio e inasible reflejo, encierra en sí la desesperación frente al doble vacío de lo sin sustento y del no recuerdo de su volición inicial. En los dos poemas las ideas de totalidad y permanencia se conjugan con las de vaciedad, fugacidad e inutilidad.
En (A) tenemos una actitud meditativa, sosegada, que podría ser una referencia, una inclinación sobre sí mismo. En cambio (B) está más orientado hacia lo emotivo. El ritmo, enriquecido por la presencia de suspenciones y el incremento del énfasis exclamativo, manifiesta una tensión entre pausa e intensidad tonal. De otro lado, si (A) presenta caracteres narrativos, (B), a su vez, opta por el phatos dramático. Esto último tiene una relación estrecha con el hecho que en el texto segundo el «yo» aparece distanciado con respecto al objeto; mientras que tal distancia ha sido reducida tratándose de (A). Puede observarse que (B) es más concluyente en sus apreciaciones. Por ejemplo, el verso 3°, poseedor de un sentido condicional en (A), ha sido transformado para concederle un sentido afirmativo en (B). Finalmente, la línea que cierra la secuencia versal tiene un cambio sustancia: faz eterna/faz infinita. Esto significa pasar de un plano pertinente a lo temporal, hacia un nivel propio de lo espacial. Particularmente, preferimos «faz infinita» por la razón de que asume, paradójicamente, un valor de concreación relativo a lo incorpóreo. De otra parte, al suprimir (B) el artículo «la» en este verso final asigna, como consecuencia, un sentido de aposición en el verso 14 relativo al que lo procede. Con ello se consigue incrementar las connotaciones de la frase «sutileza del olvido».

Eduardo Hopkins

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Martín Adán: La palabra desasida

Recién comenzaba a publicar sus primeras composiciones, en 1928, y ya José Carlos Mariátegui lo diferenciaba de otros restauradores de las formas tradicionales y clásicas (que conforman, a mediados de los años 20, lo que Guillermo de Torre denomina la «vuelta al orden» después de la «aventura» vanguardista), subrayando su esencia innovadora, vanguardista, «revolucionara», a pesar de su aparente «propósito reaccionario». En lugar de sonetos, Martín Adán plasmaba antisonetos[1].
Ahora, con la mayor parte de la obra de Martín Adán publicada, podríamos generalizar esa observación aguda. Y llamar anti-literatura a la literatura entera — prosa y verso — de Martín Adán. Todos los géneros o formas estallan al ingresar a sus páginas, conservando apenas algunos rasgos reconocibles en la corteza del texto. Martín Adán deshace todo porque no puede asir nada; su mano, perpetuamente «desasida», no alza a apresar ni la realidad ni la literatura, entregándonos únicamente los despojos de su búsqueda. El soneto y demás conminaciones estróficas regulares abrigan un meollo dislocado, disonante. La epístola en «Escrito a ciegas» o el canto celebratorio en «La mano desasida» se hallan minados porque el Yo, el Tú, la Cosa, la Palabra, etc., ignoran sus señas de identidad. El homenaje en «Mi Diario» o el diario íntimo en «Diario de Poeta» contradicen el marco anecdótico o biográfico que el lector espera. Los recursos narrativos emergen disgregados en «La casa de cartón», dificultando el estatuto de la trama los personajes, etc. Este amplio racimo de frutos «revolucionarios» verdaderamente geniales sitúa a Marín Adán entre los grandes poetas contemporáneos del idioma. Su obra lleva al extremo, por un lado, la condición inefable de la poesía, registrad desde los mitos de la Antigüedad (p. ej.: la mano desasida de Apolo tras Dafne); por otro, la desintegración de la forma, propia del arte de nuestro tiempo.

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Alturas de Martín Adán

Insistamos algo más en la «La mano desasida», ese poema capital que recién nos llega íntegro en la edición de Ricardo Silva-Santisteban (Lima, Edubanco). La discrepancia con «Alturas de Machu Picchu», el extraordinario himno y evangelio de Neruda (modelo de Canto hispanoamericano, revisitado por «Piedra de Sol» de Octavio Paz), es radical. Mientras que Neruda afirma, gozoso, hundir su mano y penetrar —asir— «lo más genital de lo terrestre», erigiéndose en portavoz del amor americano, Martín Adán dinamita desde adentro toda posibilidad de Canto. Propiamente no se celebra a sí mismo, a lo Whitman, ni a Machi Picchu, a lo Neruda o Alberto Hidalgo; Martín Adán y la Piedra, la Conciencia y la Cosa, el Individuo y la Especia, el Presente y el Origen, la Soledad y el Absoluto, el Creador (Dios y el Poeta) y la Creación.
«Ningún daño te causará Neruda» (p. 214), le dice M. Adán a Machu Picchu, considerando al poeta chileno como un visitante superficial. Las Alturas auténticas, «la altura y la distancia» (p. 183), reclamarán vivir «solo y desolado . . . absurdo y sublime» (p. 223), distanciándose de sí mismo (del primate Martín al hombre Adán, esté en trance de envestirse Poeta), rompiendo con todas las ataduras familiares, laborales, culturales, etc., para procurar —infructuosamente— ser a plenitud. Es decir, asumir la soledad y el misterio, negándose a que los exhume un Bingham, o los consagre la Academia y la Antología.
Proceso de ruptura al que ha sabido entregarse M. Adán con una autenticidad total, siendo uno de los pocos escritores hondamente ejemplares de nuestras letras, al lado de Vallejo y Arguedas, Eguren y Vargas Llosa, César Moro y Javier Heraud. Cada uno representa un ideal diferente de escritor, asumido a cabalidad. el de M. Adán es tal vez, el más literario (o anti-literario) de todos: literalmente, dejar al hombre (Rafael de la Fuente Benavides) para acoger al poeta.

 [1] Mariátegui, «El anti-soneto», en: Amauta, N° 17; Lima, septiembre de 1928.

Ricardo González Vigil

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§

s e l e c c i ó n

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El ensueño

¿Todo era tan duro?
¿No se puede ir más alla?
¿Está la piedra, Machu Picchu,
Entre lo que está entre mí y lo de arriba y lo de detrás?
¿Todo es la verdad del turista?
Todo . . . ¿qué será?
Acumulando la palabra,
Yo hice mi prisión y mi libertad,
Pero si saco un dedo de tu muro,
Me vuelvo material y mortal.
Sí, la Muerte está allí, con su materia,
Para hacerme no ser, para hacerme apestar . . .

¡Cuando tu corazón esté maduro . . .!
Lo dice al Turista, y no me engaño,
Tú eres la piedra y yo quien la soporta,
Nada más, sino un árbol y otro árbol.
Pero el principio es un aluvión,
El que de todo y todo es el amargo,
La Vida es esto: llegar a comprenderte,
Cerrar los ojos y abrir las manos.
Cuando Tú seas verdaderamente,
Y estés de ti debajo, corriendo con el Río,
Cuando la escollera súbita
Y el geólogo amarillo . . .

Todas las apariencias
En torno de uno mismo,
Cuando mi nada consista
Y yo sea, en rigor de virtud, mi enemigo
¿Cuándo, cuándo, cuándo? . . .
¿Cuándo, Dios Mío? . . .

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«¡Por qué no estás, Dios Mío!», y Rubén toca al piano
Con el sino, no más, que Beethoven, tan muerto . . .
Rubén había muerto de una muerte de cierto,
y Beethoven vivía . . . cualquier . . . como otro humano.

Y son uno, no más, uno solo el Humano,
Con el pelo que crece, de cadáver de incierto
Y así eterno de ahora . . . y uno remira al tuerto
Uno mismo, sí, yo, empuñada otra mano.

Pero Dios está aquí porque estoy y me muero,
Aquí donde me chanto el sombrero, agarrado
Por la garra infinita del ya puedo y no quiero . . .

¡Que así es ser! ¡No es asá . . . el viejo a la ventana
Ni el geranio que rompe el aire del guisado,
Ni el músico que entiendo, ni la nueva mañana! . . .

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Si no apetezco más que ser, ¿ por qué me angustias, Ser?
¿Cómo será mi vida si tú yerras?
¿Cómo será mi mano ante la rosa . . . ?
¿Cómo mi cuerpo allá sobre la piedra? . . .

¡Sí, cuanta soledad está en la compañía! . . .
¡Cuanto verso de Dios se queda solo!
¡Ay, qué solo estamos los humanos,
Todos, todos . . .!

Lo que va de ti a mí,
Las tremendas distancias peculiares
Son, sin duda,
Lo que pone frente a frente y diente y diente
A unos y otros animales!

Yo soy un animal en el verano,
Yo sé del animal por que él me sabe.
Lo que no sé es si soy un animal
O alguna sombra que me atrae.

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¡Yo buscando, yo buscándome, yo, como mil cazadores
Un conejo de blanco por entre varias tierras,
Por entre varias floras y por donde tú yerras,
Yo Mismo, bajo cielos de otros dioses y colores! . . .

¡Que no soy sino humano, yo Mismo, de terrores!
¡Que me hiciste tú mismo de perros y perras! . . .
¡Y de un cielo de azul inútil en que encierras!
¡Y de una puerta o noche de llave de temores! . . .

¿Cuánto seré yo mismo el que soy, sin cuidado,
Porque se está un lado, Mi Ser, al otro lado,
Dos lados de uno solo, sin pregunta o respuesta?

¿Cuándo no buscaré mi búsqueda, Ser Mío?
¿Cuándo huiré por mi suelo como el dios, como el río? . . .
¿Cuándo me pararé como el ciego en la fiesta?

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Yo sé. Ya los asfaltos relumbran. Así era.
Y tú eras con tu cuerpo. Y tú ibas, Alma Mía,
Cargada de tu cuerpo sin saber todavía,
A no sé dónde . . . allá donde es la vez primera.

Y no es, Alma Mía. Nunca será quimera.
Tú serás de dos manos con toda tu alegría
Contenida en dos manos sin saber qué se haría . . .
Que la Vida es así como lo que se fuera.

Cargada de tu cuerpo, como soy yo el macho,
El macho que me soy a dios inteligente,
Cualquiera . . . y que no soy sino un brío y un cacho.

¡Así soy, Alma Mía, porque soy! ¡Es exacto!
¡Así, Alma Mía, así, como es lo diferente!
¡Como mi pensamiento y la mano del acto!

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Tan simple como el ser . . . yo vi caer la casa,
Vi morir la Familia, vi el Aire en sí suspenso . . .
Es así: no es asá como me muero y pienso.
Es simple como el ver . . . no el mirar por la gasa.

¡Porque la Vida es innúmera la escasa,
Y está detrás del velo o del vidrio lo inmenso,
Preso en una medida de mi puño de intenso,
Bajo un párpado lívido que no cae ni pasa!

Y la Casa está aquí con la Familia dentro
Tragándose la sopa, sin temer del encuentro,
Con un árbol delante, de raíz y de ave.

Y lo hizo otro obrero, de la tierra o del lecho.
Y yo simple, Amor Mío, como tu ante el hecho,
Distraído en lo absurdo de una letra divina . . .

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Dios es un adjetivo. Yo soy El, y lo ignoro.
Y con dientes limpísimos ríe Puta si digo
Que yo, como mi sombra, sin cesar me persigo.
Y Puta ríe más, hasta molar de oro.

Y Puta me amonesta, con su intenso decoro,
Después . . . «Así es vivir. Tú tienes enemigo.
Es tarde. Vamos ya». Y yo siempre la sigo
Como un perro, estúpido, fiel . . . pero yo lloro.

Y fornico después como mis religiones
—¿qué religión no es bruta?— y despierto mañana
A todas mis razones y a todas mis funciones.

¡Yo mi dios, Alma Mía, yo, bulto de pecado! . . .
¿Adónde dios que me haga recto dios, recta gana? . . .
¿Adónde moriré de veras . . . sin pasado?

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Los textos críticos y poemas fueron tomados de nuestra edición impresa n° 60/62 (1984) dedicada al poeta peruano.

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