Mery Yolanda Sánchez

Muestra poética

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Horizonte

Te hiciste arena para comenzar la casa cuando llegaron las alboradas de los pregoneros que traían lirios y cascos. En sus sacos un tanto de sal. Y se levantaron paredes por donde se deslizaban salamanquejas que aún no sabían chillar. Las espigas crecían en las pestañas de la mujer que duerme con el ruido del río. Ahora te alargas en los destellos que mueven los espejos, porque desde tu ombligo a las tinieblas, el miedo en las rodillas te hizo olvidar la inclinación de las ofrendas. Tocas el fuego que te regresa a la música de tu infancia. Es que te has ido tres veces para volver con el soplo de las mariposas que adornan el barrio.

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Cuadros

Guardas retratos de las sombras y en los sorbos de los bebedores, que se toman con afán la vida, curas tu herida, la más próxima al resplandor. Despacio, en el salto tres del calendario escuchas la madera y ves cómo un cabello tuyo tranca la ventana para asegurarse que no escape la cordura. Recibes el territorio del arco iris y tomas cada línea, cada sonido del viento para saberte cuidador del lugar que te pertenece. Ya no te importa quién vigila en la esquina y aunque los carniceros lleguen por ti sabrás cómo retrasar la salida. Llevas un puñado de canciones en el agua de tus ojos.

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Cascada

Eras la confusión y la magia, la marioneta y los dedos. De golpe la vida tartamudea y te inquietas por los mutilados, si sueñan en los trajes que alargan sus pasos, si sostienen el cosquilleo del lamento. Bailas con los lisiados y la imagen que guardan en el zapato que les estorba.

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El baile

Las cantaoras atraviesan la calle de la oscuridad y entierran los caballos del ruido. Y tú ahí, caído, en un asiento perpendicular a la pared ves pasar el cortejo de las navajas. Cae la tela que cubre un rostro, tal vez el mismo que vocaliza la marcha de las candelillas. Secas tu llanto con las prendas de los gritos en la coreografía de hombres alineados. Estás en la memoria del almendro, con bailadores en el lienzo, en la liviandad de niños descalzos que ríen y saltan sin temor a pisar un estruendo.

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Romería

Ves pasar las almas juntas, cerdos y jinetes de las nubes. Adelantada una mujer de cabello largo, cruda cebolla solitaria. La mechuda va sentada, dices, encima de un unicornio y tira del calzón a los expulsados. La misma que se detiene al margen de tu cama y te invita a un helado. Las flautas te llaman, suenan en las notas de ayer pero no puedes incorporarte. Tambaleas al bañarte y pones trampas para no hacer enjuagues en el agua profanada. Ya no buscas la puerta con las fechas de nacimiento de tus hermanos, ni distingues al del ojo quieto que te mira al otro lado de los juguetes que se balancean en tus vacilaciones. Sabes que un día serás leve y podrás viajar en un segundo para recuperar la edad de tus semillas.

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Señales particulares

Ocultas tus palabras en peces que penan en las frases del río. Avisan a incendio en las gotas de tus canciones que ruedan en la garganta de la ciudad. Los caballos de luces en las crines se han marchado, cansados, ya los hijos no se comen a sus padres para ver morir a sus madres. En eso pensabas cuando te saludó el hombre que escupe mariposas.

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Telares

Del olvido sabías, es una madeja de difícil comienzo. Se desenreda el cadejo, se hacen telas donde se amontonan y guardan historias de los cuartos fríos. Sabías que los mancos llevan con orgullo una llave de dos manos para asegurar la angustia.

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Separaciones

Piensas en los dedos de los cuerpos tibios, se entrelazan y te duelen de nuevo las garzas tristes. Oyes los cantos de las mujeres que se volvieron antiguas de tanto buscar. Ellas cruzan la plaza, con sus tetas en el suelo y las ganas apagadas en la caída del agua. Ya no lavan sus rostros para conservar el olor de sus hijos.

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De fácil aplicación

De ella te contaron que nunca supo por qué al salir de su casa se quitó el reloj. Llueven babosas en la piel. Que su tiempo fue el garrotazo que duró seis años de trece meses. Caen rayos y centellas en la radio. Te dijeron que al comienzo preguntó por utensilios y el comandante rió. Se sacude el río en las sombras del sol que cierra la selva. Que la llamaron con varios adjetivos hasta perder el equilibrio y que felicidad fue una pata de gallina en la torta de cumpleaños sobrados de los victimarios. Olvidaron decirte que en la última escena ella se soltó de los ataderos y al público no le gustó.

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En las arterias

Caminas en las cicatrices de las calles, en la región de habitantes que coleccionan escaleras para que la demencia no les entre por el ombligo. Se lavan los dientes y limpian los zapatos por si tienen que alcanzar la esperanza. Contigo ríen, en carcajadas, con la mano en la boca, para no perder el territorio que les devolvieron. Las muecas ahora lucen mejor. Hay un punto que se expande en el agua, un cirio del matorral que levanta la cabeza del día.

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Mery Yolanda Sánchez (Guamo, Tolima, Colombia, 1956). Ha publicado en poesía La ciudad que me habita, Ritual para las noches, Dios Sobra, estorba, la antología Un día maíz, Gradaciones y la selección Rostro de tierra. Su novela El Atajo recibió mención de Honor en el II concurso de Novela Breve de la Universidad Javeriana y fue publicada en 2014. Obtuvo mención de honor en el concurso El cuentista Inédito del Centro de Estudios Alejo Carpentier en 1987 y en 1994. Fue beneficiada con la Beca Nacional 1998 del Ministerio de Cultura por su proyecto Poesía en Escena. Ha orientado talleres de poesía para niños, jóvenes, población de internos en centros carcelarios y Habitantes de la calle. Realizó el proyecto Puente Experimento Piloto para el Comité de Derechos Humanos de la Personería de Bogotá. Ha sido jurado de concursos literarios en entidades estatales y privadas.

La imagen que ilustra este post fue realziada por la artista venezolana Sain-ma Rada 

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