Un mundo-galerada

Azahara Alonso

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Me dicen que necesito un narrador omnisciente. Sobre todo ahora que vivo del otro lado y habito con rutina de lavadora y ancla un lugar en el que ya no están –yo permanezco–. Cada inicio será una revuelta. Segmentos de duración: subo al cerro, consumo salitre, desprecio turistas, calculo perímetros y violento los indéxicos. Porque ahora, repito, vivo del otro lado del tiempo.

En la gran ciudad el único consuelo es gestar un tópico, no queda otra que perderse en sus bosques y mecer, merecer y remecer lo turbio de lo que brilla con letras arrugadas. De este lado ya no hay pudor, no importa que me vean escribir porque me he ganado cinco milímetros regulables –estanterías con espacio para todo–. De la gesta al gesto. O más bien al contrario. Compraré unas flores pero no más papeletas.

Nada bueno palpita dos veces.

Sospecho al narrador omnisciente que chasquea la lengua al fondo y se significa en la confusión de lo real con lo verdadero. Clínica y fertilidad, moneda de cambio para que todo continúe como si fuéramos nosotros quien nos abrazara, quien gimoteara agarrado a nuestro cuello otro tres del mes uno. Feliz año nuevo.

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Me despliego en el consumo de este aire y mi credo es la firmeza. Quiero ser un tiempo no medible: así es en las bobinas y el papel impresionado, porque lo que me interesa de los sueños es la disposición de la mañana. En ellos camino boca abajo.

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Miro a la gente a través de los reflejos en el escaparate de una lista de tiendas preescolar. Allí un héroe cabalga hacia el horizonte teórico, decidido deicida sobre el ritmo de la huella, polvo y triunfo en uno de tantos progresos, el primero del plan ce. Las radios vecinales dan la hora con su silbido ubicuo y tres veces insistente.

Tecnológico el engaño que no admite más mentiras porque es nítida la intimidad. Contra todo pronóstico, Madrid es la ciudad de las sirenas, un musgo obediente al orden del ensanche y los horarios de limpieza. Utiliza la terminología adecuada como si, en el lenguaje, cambiando las piezas se pudiera admitir el tablero. Napalm es una palabra preciosa.

Hasta aquí lo que puedo decir de la ética y la estética.

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Testimonio siempre en “a” minúscula una emoción a la espera de nada.

No pienso

en voz alta: pienso

por escrito.

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Soy producto del boca a boca cínico, hablo con la inercia de un holograma y me elevo cada vez que me llaman porque mi palabra preferida es el lenguaje.

Papá dice que hay un nombre inevitable. Dice que si tengo una hija debería llamarla Amor y yo me subo al barco, me atraco de antropónimos sintagmas y digo que deberían ser dos o tres para bautizarlas en el habla y hacerme justicia, progresión de ley.

Y pienso que la descendencia es un mal necesario para el bien supremo de nombrar cosas.

Descender para firmar, fundar un nuevo libro de familia con su dorado escudo del Estado.

Papá habla de Amor y ella no podría evitar asfixiarme desde abajo. Ahora lo comprendo: amor es voluntad de poder en lazo rosa, es armonía umbilical. Lo que ocurre es que, si descendiera, se llamaría Ácido.

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Me pregunto cómo se enfoca la mirada de un dios, y para esto hace falta una mayúscula paciencia. Desde el cerro elimino el asterisco pero no despejo la doble incógnita: dónde se oculta el Gran Espejo, cómo se orienta la escritura si el adjetivo ensucia por su naturaleza, de qué suburbios viene la etimología y cómo nos desarticula en el clasismo de la lengua.

Mi mirada era nítida. Retina educada en desafecto, en busca de una instancia de la que de ocho a cuatro le hablan, ahora sí tan minúscula como sola. Su túnica negra dibujaba un límite confeso, el pelo era amarillo y ocultaba el gesto ajeno a los ojos, fluía el ave de una mano sin extremo, porque ni con ellos podría contar nadie la justicia repartida en las astillas. El mío no llegó a providencia blanca y túnica, era semejanza humana en planta, alzado y perfil que se escabullía descifrando un concepto que funciona por acumulación y rescate.

¿Cómo es posible que, de todos los dioses que hemos inventado, no comparezca ni uno solo?

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Probablemente adherida a una baldosa y sin movimiento de caballo, mi trazo es enunciación de problemas periféricos. No caben más libros si no dejo salir algunas palabras para las que no encuentro cebo ni carnada. Tres, dos, uno.

Estamos en el aire. Aplausos.

¿Puedo saludar?

Que sueñes en la cama, oración ambigua en cada una de las cuatro esquinitas. Sustrato desiderativo y papel vergé donde hacer casa y ocurrencias: de todos los mundos solo puedo habitar dos insuficientes pero aprobados. No hay problema, soy un sujeto paciente. Entonces –dos puntos y una duda autobiográfica– jamás podré describir una voz sin sinestesia.

Buenas noches. De nuevo, aplausos.

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El enemigo del optimista es un escéptico. Urbanidad de lazo rojo en superficies superpuestas, las columnas –dórica, jónica, corintia, dórica, jónica, corintia– del conocimiento inútil y la incapacidad abotonada de la detención en un solo objeto: desde el diecisiete sabemos que no hay meditación sin metafísica.

El gesto ante la cámara es la más clara autobiografía y los claroscuros del lenguaje funcionan como lianas. ¿Dónde están los cocodrilos?

Esto es: esto es. Aquí alegremente se nombran cosas. Pero circulen, ya no hay nada que ser. Atémonos a mástiles o metáforas mientras sigan sonando sirenas sin pánico en su estigma de homonimia, prado definitivamente verde donde pasta el don de la ubicuidad. Nada que ver aquí, nos dicen, decimos desde lo mayestático y seguimos, elegantes, nombrando cosas en este tour por el casco antiguo del lenguaje, donde aún quedan trozos de muralla.

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Puedo imaginar un mundo corregido, lleno de tachones, notas al margen de toda duda. Un mundo-galerada que se quedase así, en prueba y revisión, sin posibilidad de llegar limpio a nosotros como un texto sin rratas.

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animal sospechoso / suelto / en horario laboral
pregunta cómo son los años escindidos en lugares
qué opina el cuerpo
¿cómo si
distintos
solos aquí?
la sospecha es el contorno / ganado al espacio / placita
pacífica preciosa
un cuerpo nuevo numerario obtiene la suya
pertenece a este que rota
el deseo de sitio
luego no hay
descubrimiento
y desde esa altura no anticipa

¿podría decir este viaje del disfrute?

la respuesta se retuerce:
¿cuántos son los muertos que le corresponden? / ¿cuántos los vivos? /
¿cuánto pulso porvenir?

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A.

Azahara Alonso. Oviedo, 1988. Es licenciada en Filosofía, autora del libro de aforismos Bajas presiones (Trea, 2016), del poemario Gestar un tópico (RIL, 2020) y de la novela Gozo (Siruela, 2023). Ha sido coordinadora en la escuela de escritura Hotel Kafka y gestora cultural en la Fundación Centro de Poesía José Hierro. Corrige, escribe crítica literaria e imparte clases de escritura.

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