Muestra poética

Santos López

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E l  l i b r o  d e  l a  t r i b u

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cenote madre

Hueco de encantación madre mía
Dime abajo cuántos yacen
Cuántos de mis hermanos
Lavados muertos aquí abajo
Cuántos han descendido buscándote

Cáliz madre qué dioses
Como ninguno dime
Qué dios insaciable
Cuánto nos traga
En olas de sangre bien guardadas
Como yo en sacrificio

Dime madre quiénes quién
Calló tu rumor
Te hizo aquí calmas aguas
Que no arropan y sí enfrían
Una mudez de limpios dientes

Adviérteme cuán grata es la quietud
Del espejo que no tiembla

Dime madre si el silencio
Es la corona mi corona
Una trepanación lúcida
Que hoy encanta me encanta
Como tu vientre
Dime eso madre dímelo.

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ix    (como animales)

Estos son mis animales, arrímalos
Para que salten en mi cara
Si es lo que soy. Algo disfrazado
De pelos por la noche. Arréalos
Contra el agua. Aquí llegan todos
El pájaro moreno, ya voy a beber
Ternera ve mi desangre, me desuellan
Buey clava los dientes, come pasto
No se aúlla, galopa, come viento
Caballo alza el vuelo y me traga
Y jorungo lo que bebe. Otro pozo contigo
Es mi bocado de tierra. Espéralos
No los silbes, son mis animales
Se empujan comidos en el patio
Saltan lo que quieres decir. Van
Ve mi desgracia como ando ¿Oíste?
Mi bocado de perro que entra, se raspa
Como espuma, oigo su baba. Arrímalos
Ponlos en esta cuerda que no pateen
Yo me enredo en el gagueo si les grito
Ellos lavan su brillo, amansándolo
Vean lo que salta, se sacude, aparece
Allí detrás. Va volando, voltea, míralo
Qué hermoso se desnuda. Pobrecito
Su piel está al revés como tu sueño
Pueden tocarla, no se eriza
Voltéate la boca hacia adentro
Pelambre sin cabeza, carne pura, cajón
Vamos, entierren las patas en mi cara
Tapa ese ojo, lámelo hijo de vaca
Ellos corren. Aquí están los animales, ellos
Los que empujan el patio. En la boca
Yo los quiebro. Estos son tus animales
Arrímalos, ya fueron desollados.

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L o s  b u s c a d o r e s  d e  a g u a

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jaguar de cabeza herida

Cuando niño yo era un jaguar y podía atravesar el día y la noche con un solo salto.
Yo era un jaguar resplandeciente en el pajonal.
Quienes me podían tocar, me veían las venas, los gruesos lunares.
Yo era un sólido negror con gotas de oro.
Yo jaguar era una invisible muerte que provocaba el delirio en las presas,
……….……….……….……….……….……….……….……….así danzaba, así comía.
Entretanto, el niño que en verdad era acrecentaba su reflejo.
Inexperto y hambriento, subía a los árboles, corría con mi familia,
……….……….……….……….……….……….……….……….……….me impacientaba.

Ya joven seguí siendo un jaguar, me hice más oscuro y secreto por las estrellas.
Viví en una cueva con demasiados cráneos, como una gran constelación.
Comprendí también que el mundo era un espejo.

(Después no volví a ser jaguar.
Y tal vez hoy ya no lo sea)

Pero sé, más allá de la vejez,
En algún lugar anda un jaguar con la cabeza herida, y me espera
……….……….……….……….……….……….para culminar juntos un viaje.
El viaje antes de la palabra que nos regresa a casa en silencio.

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glosa sufí de la contemplación

A la memoria de Albanashar Al-Wali

 

Nifarí fue un marinero, nació en Egipto a mediados del siglo XX y le gustaba
……….contemplar el mar.
Su contemplación era verdadera.

Nifarí y yo solíamos emprender largos viajes.
Ibamos de la tierra de altos fuegos y de la ley escrita a la tierra de infinitas aguas.
Una mañana caminamos por el malecón, y Nifarí me ordenó contemplar el mar.
Y vi primeramente que llegaban los barcos sobre el vaivén ligero y blando
……….de las aguas.

Paseamos un poco más.
Y Nifarí me ordenó contemplar el mar.
Y vi las embarcaciones que se hundían en el horizonte.
Y maderos y tablas flotaban.

Por la orilla continuamos hasta la medianoche.
Al llegar, Nifarí me ordenó contemplar el mar.
Y vi también que los maderos se sumergieron.

Ya no había más que andar.
Nos detuvimos y me dijo:
«Arriba el mar es un fulgor inefable, abajo el fondo es una espumosa tiniebla».

Nifarí murió en Caracas.
Desde aquí contempló el mar.

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adrasto
enseñanza del dolor

Midas, el más triste de los alquimistas, descubre a sus 70 años vida y esplendor.
Al acercarse a su final, alcanza a decir: «El veneno otoñal guarda su leche en el
……….corazón».

Adrasto descubre muy joven vida y esplendor.
Estaba marcado por el destino.
Pertenecía a la realeza de Frigia.
Creso lo había recogido en su reino, brindándole cariño como a su propio hijo.

Adrasto, nieto de Midas, matador de su propio hermano, y asesino de Atis,
……….hijo predilecto de Creso,
No se inmoló sobre la tumba de Atis para curar su culpa,
Sino que huyó con la esposa de éste.

Creso se consideraba el hombre más dichoso de la tierra,
Hasta que murió su hijo.
Solón, el divino ateniense, le había advertido:
«Creso, el hombre feliz es aquel que ha conocido todas las dichas posibles
–vida y splendor– y las ha conservado hasta su muerte.
En toda cosa, Creso, hay que considerar el final».

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E l  c i e l o  e n t r e  c e n i z a s

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cayenas moradas

Amor, todo aquello que está dentro de ti me llama:
Tu lisura de domingo entre cayenas moradas
Donde vuelas y revuelas sin aliento;
Tus piernas que se juntan en el agua, se mojan
Y custodian un breve espacio de orillas;
El sudario de tu corazón sube y baja en la tierra,

Come fuego, lame sal.

Y tus muertos, que casi me lloran
Con voces apilonadas en la ceniza del cielo.

Amo en ti ese fondo de tinieblas nutrido de aves en la medianoche.

Amor, cuantas veces eres, cuantas veces te amo.
Ahora, ven y abre tu pecho de pelusa negra,

Enséñame el temblor.

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cabeza fría

A veces pienso que un sueño me hizo tener la cabeza fría como un pez
……….para sumergirme en la profunda tiniebla.
(El asunto es que los babilonios soñaban exactamente igual)
A veces creo que Dios es el sustantivo infinito de mi salvación;
……….autor y autoridad de lado que como una proyección nos alcanza.
A veces algunas personas ocupan todo el día en lavarse la cara
……….con las dos manos, diciendo que una lava a la otra, y así completan el
……….refrán.
A veces tengo la cabeza fría como el espinazo de un pez, si quiero
……….llegar un poco más lejos que mis amigos, sin traspiés durante el día.
……….Y parece haber una secuencia: la muerte adviene con la caída.
Ellos dijeron: «No hay ni siquiera una sola palabra en el suelo».

Pero está escrito: cuando uno sale del agua, aquí en tierra, en la tiniebla
……….del hacedor, nuestra cabeza es el oráculo que habla.

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L a  B a r a t a

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aroma de piedra

Meto cuidadosamente la mano dentro de una piedra
……….para remover su aroma
……….y dejar un puñado de oro.

Piedra asoleada que es y no es

¿Y ahora qué?

¿Heredarás otro amor, un poco de esplendor redondo?
¿acaso el peso oscuro de mi límite?

La vida afuera es un doble luto, sin morada.

Corazón piedra de oro,
Voy hacia ti sin ver.

Todo brillo adentro es la cicatriz de un cielo.

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la comprehensión de khayyám

para Alejandro Sebastiani Verlezza

 

Somos una piedra, algo común y corriente,
Lavada tantas veces por la lluvia,
En algún charco, fuente o acueducto,
Lisa siempre en el fondo del río,
O desenterrada por una madre que escogimos
Y que luego no supimos amar cuando era vieja.

Somos esa piedra, eterna, llena de polvo,
Bañada como una flor de sangre en el vientre,
Una comprehensión ciega, dormida,
Que enterramos de nuevo.

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la  madre de oro

a Susanne Wenger, in memorian

La sangre se derrama,
El oro se derrama,
La voz se derrama
Y el agua se derrama
Sobre la estera;
Baña a la Madre
Que atardece en el bosque
Entre juncos,
Torsos de formas gigantes
Y árboles.
El entusiasmo
Es un perfume dulce,
Tal vez una serpiente suave
Que jadea sus intenciones.
El bosque es un nido
Ramificado en el alma
De las madres
Que como pájaros
Cantan su inocencia.
Y la Reina Madre,
La Madre de Oro,
Las reúne con su aliento

—Un río amarillo sin garganta—

Para hacer del mundo
Un vientre de luz.

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C a n t o  d e  l u z  n e g r a

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aviso

Una mañana de marzo de 1993, mientras tomaba un café en Chacao, Caracas, con el maestro Albanashar Al-Wali, quien vivía en la Calle Páez, le comenté mi intención de visitar al maestro Gilberto Antolínez para entregarle un ejemplar de mi poemario El Libro de la Tribu, cuyo poema genético estaba dedicado a él. Inmediatamente, Al-Wali me dijo que él quería acompañarme porque Antolínez era su gran amigo y hermano. Allí mismo me soltó que Antolínez era taoísta y si yo no conseguía que me recibiera, él podría llamarlo para convencerlo; sobre todo porque, según me dijo, Antolínez era muy huraño y no acostumbraba a recibir visitas.

Nos encontramos con Antolínez en su casa de Cochecito a la media mañana de un miércoles de ese marzo. Luego de los cordiales saludos entre estos dos maestros (un sufí y un taoísta) y sus ocurrencias, ignorando completamente mi presencia, Antolínez sugirió ir a almorzar a un restaurante chino cercano. Durante todo el almuerzo ellos se dedicaron a recordar anécdotas con gracia y buen humor, absortos, hablaban y se reían; yo sólo observaba.

De nuevo en su casa, tuve oportunidad de regalarle mi libro. Antolínez, muy lacónico, agradeció. Y como si recordara algo, repentinamente se apartó de nosotros y fue a hurgar entre sus papeles y sacó un cartapacio y lo puso en mis manos. Me dijo: «reescribe eso». Eran muchas hojas de papel escritas a mano con grafito; yo miré aquel manuscrito: era la misma letra, el mismo trazo, pero todo estaba hecho un caos. Y agregó: «mientras yo estaba en el Amazonas haciendo trabajo de campo en los pueblos indígenas, un amigo mío llamado Solórzano, me dio esa carpeta. Nunca supe qué hacer con ella. Ahora te dejo a ti esa tarea».

Lo que presento aquí es y no es de mi creación. Estructuré cinco cantos que organicé según la temática: el amor espiritual (Canto al amor escondido del amor), la experiencia de la ayahuasca como medicina del alma (Canto primitivo), el exilio esencial (Canto al exilio); un canto oscuro, enigmático y averbal (Canto de luz negra) y un canto sobre la vulnerabilidad del ser humano como víctima (Canto a las víctimas); solo dos poemas (Mandamiento y Katabasis) son de mi autoría. De mi arbitrio también son los títulos, la escogencia de los epígrafes y las dedicatorias, y algunos recursos como el uso del Ellos –para aludir a los ancestros, siguiendo algunos patrones del manuscrito– que me permitieron orquestar este libro que titulé Canto de luz negra.

Estos poemas no deberían llevar firma, yo soy tan solo un vehículo, un medio, solo transmito lo que me ha sido dado. Sirvo de instrumento

Los Chorros, Caracas, solsticio de verano 2017

 

 

Santos López. Mesa de Guanipa, Anzoátegui 1955. Poeta, editor, gerente cultural y periodista venezolano. Fue director-fundador de la Casa de la Poesía Pérez Bonalde (fundada en 1990). Ha publicado los poemarios: Otras costumbres (1980), Alguna luz, alguna ausencia (1981), Mas doliendo ya (1984), Entre regiones (1984), Soy el animal que creo (1987), El libro de la tribu (1992, 2014), Los buscadores de agua (1999), El cielo entre cenizas (2004), Le Ciel en cendres, edición bilingüe español-francés (2004), Soy el animal que creo. Antología (2004), I cercatore d’acqua, edición bilingüe español-italiano (2008), La Barata (2015), Azar de almendra (2016), Del fluir (Poesía escogida, 2016) y Canto de luz negra (2018). Ha sido reconocido con el Premio Municipal de Poesía de Caracas, en 1987 y en 2001. Mejor Libro de Poesía 2004, Banco del Libro de Caracas.

Esta muestra fue seleccionada por Alejandro Sebastiani Verlezza, compilador de este Especial Santos López.
La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra Lateral Budding From Axial Polyps del artista estadounidense Michael Nauert

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