Nada como un corazón para la cena

Violeta C. Rangel

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Reconozco que llegué tarde a la poesía. Algún libro suelto dentro de alguna colección de clásicos que coleccioné de joven: Luis Cernuda, de agradable recuerdo, o Bertolt Brecht, cómo no iba a gustarme siendo entonces un «militante revolucionario», o Antonio Machado, quien en mi ignorancia me pareció un cansino costumbrista, o el pasteloso romanticismo para progres de Mario Benedetti en canciones o poemas sueltos.

Un buen día comencé yo mismo a escribir poesía. La ignorancia es osada. Y en el escribir vino el anhelo de leer, y empecé a disfrutar de la poesía. Ahora mismo dicen (y digo yo también) que soy bastante mejor lector de poesía que poeta. Pero vayamos a la anécdota de la que debería partir esta reseña.

No fue hasta finales del siglo XX que compré el primer libro de poesía suelto, que no estuviese incluido en una de aquellas colecciones que aparecían semanalmente. Llevaba por título La posesión del humo (Ediciones Hiperión, 1997, reeditado por Baile del sol en 2015), y estaba escrito por Violeta C. Rangel. No lo compré al azar, fue por recomendación de una amiga periodista que militaba en el colectivo en defensa de los derechos de las prostitutas Hetaira. Recuerdo que quedé fascinado por el lenguaje directo y cotidiano, entre reflexivo y creador de imágenes, esas imágenes devastadoras que mostraban una realidad en la que también existía la poesía. Empaticé con Violeta y me creí todo de ella. Desde entonces siempre estuvo ahí. Dos de los poemas del libro fueron de los primeros en aparecer en mi ya nutrido blog Asamblea de palabras.

Y un día, más de veinte años después, hablando con Iván Vergara, el infatigable difusor de la poesía (Ultramarina Cartonera, Plataforma Chilango Andaluz…), me entero de que Ultramarina ha publicado un libro de poemas de Violeta C. Rángel, de que «ella» ha vuelto. Se incluyen en el mismo poemas ya publicados, pero también algunos otros que ven la luz por primera vez.

Al leer los primeros versos, extraídos del libro La posesión del humo, recordé mi primera lectura de los mismos, con cierto pudor recuerdo. Aquí están de nuevo esas imágenes. Y al avanzar las páginas comienzo a leer nuevos poemas, nuevos para mí, pero con el aroma inconfundible que nos dejó Violeta antes de su silencio.

¿Puede apreciarse algún cambio? ¿Tal vez los poemas sean menos reflexivos, más narrativos tal vez? No, aquí está de nuevo su esencia, ella en estado puro. Aparecen nuevos personajes poéticos a los que mirar, hay reflexión, hay imágenes, más pequeñas historias a las que asomarse. ¿Hay tal vez más mala ostia?, como si en vez de haber mejorado algo el entorno en el que escribió sus primeros textos todo hubiese ennegrecido, y aunque el papel pintado de las habitaciones de las putas haya sido cambiado por pinturas plásticas y vinilos, sus chulos, sus clientes, sus derechos… hubiesen quedado estancados en los finales de un siglo en el que todo nos parecía que caminaba hacia delante.

Nuevas generaciones, alejadas ya de ese lenguaje descarnado y casi marginal, tienen la oportunidad, no de soñar, porque con Violeta nunca hay sueños, de revivir para no olvidar esos rincones a los que nunca nos acercamos y que también exhalan poesía, aunque no queramos o no nos atrevamos a acercarnos a ella.

Al final del libro una sorpresa, tal vez un cierre definitivo. La verdad revelada de Violeta C. Rangel, de la mano de Ismael Cabezas, poeta gaditano que se asomó a los textos de Violeta en un artículo aparecido en la revista Vísperas en 2014 y ahora también reeditado.

Francisco Cenamor

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N a d a   c o m o   u n

c o r a z ó n   p a r a

l a   c e n a

V i o l e t a   C.  R a n g e l

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Explicaciones

Siempre me acabas preguntando que por qué
escribo de estas cosas,
que a quién quiero asustar.
Asustar no asusto a nadie, desde luego.
La peña ya viene asustada desde casa.

Que los tanques descarguen en Bagdad
cajitas de condones,
banderas de unicef, pelotas de nivea,
entradas pal Liceo, no sé, napalm en rama,
a quién carajo importa.

Que esa chica que hoy es Sherezade
se nos muera de terror
bajo el estruendo de los muros
no es, desde luego, asunto nuestro.

Y así nos va
y en eso estamos.

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DEJABAN en el muelle los pesqueros
su carga de delfines. Sentada en aquel muelle
lijaba mis morritos de pepona made in Nada.
No hablábamos de cárceles entonces.
No hablábamos de impuestos.

Al bajar del autobús
en el cruce de Peligros y Marina
eché de menos a otra puta, a un marinero
bebiéndose los puentes. Pero estaba tan solo La Palerma
pidiendo pa farlopa. A mi paso los gorriones
buscaban las palmeras, allá donde más tristes parecen
los tiovivos.
En El Barcas por diez pavos
te pones hasta el culo de escudella y de croquetas…,
¿qué, te apuntas?

Aquí estoy una vez más,
girando en los carritos del tiovivo,
dejándome la vida en las aceras.
Es entonces, Tonino, cuando me pregunto
¿si la paz, lo que otros llaman paz,
puede ser esto?

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TÚ y yo a lo nuestro, corazón.
Si le birlas un minuto a tanto muermo,
si cantas una línea en esta timba
algo has ganado. Mira bien.
¿Que hay que apoquinar?
Pues claro, ¿por qué no?
¿Es que no pagas mucho más
por esos plastas que te dictan
lo que bebes y lo que no debes hacer,
chutándose tu sangre, royéndote los huesos?

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EL tema era Madrid,
Madrid, toda esa peña
dispuesta a socorrerte, a descubrirte,
a envenenarte, a darte cal, a darte arena.
Aquel viejo podrido en el andén,
capaz de encalamarte, si se tercia,
hasta sus piños,
por dos copas de ginebra.
Los camareros desmochados del Gijón,
las chinches de Carretas,
el rey, chaval, toda esa peña.

Oye, nena, ¡aquí hay que mamar o, en fin,
date por muerta!
¡Madrid, Madrid, qué flipe de ciudad,
cuántas porteras!

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poética final

Si no sientes que tus pies
levantan el polvo de todos los caminos,
si no sabes que te hundes y contigo el mundo,
si no muerdes, si no escuchas
el rasgar de las termitas,
si te escondes, si corres al aplauso de los gilis,
si al pasar por las puertas
agachas la cabeza o pides caramelos o disculpas,
si ya en el matadero te resignas
y no te cagas cien mil veces en sus muertos,

para qué coño escribes
a quién quieres servir,
a quién pretendes engañar.

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V.

Violeta C. Rangel es una poeta nacida en Sevilla en 1968, aunque posteriormente se afincó en Barcelona. Su primer libro, La posesión del humo (Hiperión, 1997 y Baile del Sol, 2013) supuso un hito en la poesía española de finales de siglo xx por su lenguaje nada complaciente y crudo, y también por ser una de las voces poéticas que no dudó en evidenciar la violencia de género. Tras La posesión del humo, Violeta C. Rangel publicó varias plaquettes, como Días de garrafa, Para nada o Four roses que finalmente fueron recogidas en su integridad en Cosecha roja (Baile del Sol, 2007). A la espera de la completa publicación de su obra, Nada como un corazón para la cena es una muestra de su poesía con piezas inéditas sin paliativos.

Francisco Cenamor. Leganés, 1965. Ha publicado los libros de poemas Amando nubes, Ángeles sin cielo, Asamblea de palabras, Casa de aire y Nada somos. En breve saldrán a la luz sus poemarios Asesinato y Emma, en un solo libro, en Amargord Ediciones. Edita el blog de poesía Asamblea de palabras. Imparte clases de teatro en centros públicos y privados.

La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezonala Mariana Zambrano
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