Nocturno de las luciérnagas

 

Por Héctor Hernández Montecinos

 

Un prólogo, una introducción o unas palabras previas terminan siendo siempre las últimas palabras: un réquiem, un epitafio a un libro. El cadáver no descansa en paz porque esas finales sentencias son las primeras palabras de un nuevo universo que significan los ojos de quien lee ese libro por primera vez. Es una señal de muerte para los ojos vivos que lo leen; es una última señal de vida para el libro que está muerto. Las luciérnagas son esos ojos que revolotean entre las estrellas que son las palabras escritas.

Quizá un acercamiento como este a una obra literaria tenga justamente la escondida misión de ponerla en un contexto no literario, o tal vez, y mejor aún, extender esa noción de no literariedad a un campo de fuerza que convierta la forma de leer en una expresión en sí de la obra. O para decirlo con más precisión, el arranque de este libro tendría como una de sus inútiles finalidades ampliar la noción de lectura a un nivel que anule el detalle que significan los géneros literarios como los hemos venido conociendo hasta hoy y se pueda leer una obra desde su inicial desaparición.

Este interés por leer como un niño ciego cierto corpus literario necesita indagar en los procesos de la imaginación, que sería en este caso, el material cero de la escritura literaria y con lo cual podríamos trabajar desde un frente a frente con dichas obras. Así, no veríamos a la tradición como un canon, o una historiografía literaria emparentada con los poderes de turno, sino que al revés, desde el porvenir hasta un presente, como la influencia de las escrituras que vendrán, esto es, de cómo las podemos imaginar y cómo esas imágenes intervienen el hoy de nuestras propias obras. No es una metodología formal, ni programática, sino que una lectura impertinente y creadora que anule, aunque sea por un momento, la cómoda situación de cualquier escritura literaria y el lastre simbólico que significa el autor en ellas.

La obra literaria en vez de producir sentido, lo consume, se alimenta de él. Las palabras, los párrafos, los capítulos son hambrientos, mórbidos, enfermos. Necesitan que cada lector construya sentido para comérselo invisiblemente. Cada lectura es un banquete para la obra. De este modo, la obra literaria se alimenta de la experiencia de vida que le ocurre al lector. Paradojalmente, una mala lectura significa para la obra un festín miserable; y para el lector, un buen consumo.

Antes de la literatura está la voluntad de expresión, sin representación y pura intensidad de exteriorizarse. La escritura es previa a su adjetivización de literaria, pero en esa función gramatical debiéramos comenzar a preguntarnos cuáles son sus límites y la posibilidad de convertirse en un sustantivo común.

La escritura no es acerca de algo, es algo en sí misma, un proceso. Quizá este libro sea una novela sobre la literatura o un poema escrito en prosa. La literatura se apropia de las intensidades en la escritura y cuando las tiene para sí las convierte en metáfora de ese mismo proceso de apropiación que es la ficción.

La ficción es el producto por excelencia de la imaginación, de allí que siguiendo a Baudelaire sea un artefacto. La ficción como artefacto.

La literatura como objeto es la suma de las historias de la literatura. La noción de escritura literaria devuelve la idea de los procesos que implican el hecho literario. Su luz. Además, la historia siempre aparece como incompleta, como cada obra, y es en ese gesto donde lo interminable de la escritura literaria se opone a la finitud de la idea de lo histórico.

Europa representa la cima de la concepción de lo histórico. Es un gran monumento a la ruina, es decir, Europa se nos aparece como un sistema de ruinas útiles y funcionales, pero terminadas. Sin un porvenir más que seguir siendo ruinas de sus ruinas.

Latinoamérica es donde las ruinas se elevan, brillan, hablan. Eso sucede porque hemos aprendido a leerlas. Toda lengua muerta es una lengua por venir. La invención de la rueda de los tiempos. El fin de la historia comienza acá. Esa es su constante resurrección.

En un mundo sin literatura toda escritura sería literatura. Fuera de lo literario, es posible la conjunción tácita de sujeto y verdad. Quizá por eso Foucault trabajó mayormente con obras históricas, crónicas, cartas, pero casi nunca con poesía, porque en ese caso especial su noción de verdad se agotaba en sí misma. Se apagaba.

Todo sistema literario es un conjunto de flujos e intensidades. Es interesante cuando la ficción y la transgresión han sido tomadas como espacios de delirio, donde se produce un deseo anómalo. Incluso la locura viene a ser una hiperficción en un cuerpo que es bisagra entre naturaleza y cultura a la vez. El cuerpo representado en el sentido de que cualquier estrategia de verosimilitud se remite a recrear líneas, continuidades. En efecto, solo el humano distingue un adentro del cuerpo y un afuera. Se construye el puente entre lo semiótico y lo somático. La noche y el día.

La obra de arte siempre está incompleta. Siempre puede tener más elementos y siempre pudo tener menos. Crea una zona estética antojadiza y política. Su contingencia tiene que ver más con lo que dejó de expresar que con la afirmación de algo. Hoy, la política es de renuncia y no de compromiso. La política estética de una obra es su descomposición, y en una escritura literaria su propia ficcionalidad.

El contenido es ficcional y la forma, una forma de verdad. La literatura no tiene que verse en términos axiológicos. En la escritura su verdad es la propia imposibilidad de poner en escena la vida de quien escribe; en la literatura, es su propia (des)aparición, su propio tener que acabar en su misma exterioridad las condiciones de posibilidad que la originaron como obra literaria. Si escribo poesía es justamente para erradicar las condiciones que permitieron el paso de la escritura a la literatura.

Todo lo que hacemos como humanos es leer. La escritura es un proceso incesante, de allí que uno de sus flujos sea configurado como literario. En ese caso éste será un corte, una transgresión suplementaria a esa escritura total. Cada acto va a ser un interdicto en el contexto en que esté, en su panel de flujos de signos en continuidad, pues no hay que olvidar que la representación es doble: de sí misma y de una ausencia.

Toda escritura de sí mismo es vacía, no está dentro de ningún género nominativo. Lo importante es más bien su lectura, lectura de sí, hermenéutica del sujeto como una nueva forma del gnothi seauton.

La obra tiene la forma de la subjetividad, solo como proceso, nada tiene que ver con el autor quien debe convertirse en otro (espiritualidad del epimeleia), devenir otro, es decir, alterconciencia (otro-en-uno mismo).

La obra literaria será así ese momento de escritura, en donde la subjetivización proyecta (deseo) e introyecta (miedo) intensidades de representación quien escribe, de la obra literaria y del proceso mismo. De aquí que sea posible entrecruzar el deseo y el miedo como formas de poder, y la ley es un límite al poder. Es en este espacio estético, artístico donde la zona de ‘sensación de realidad’ se trastoca en su mayor magnitud y se hace ilegible como verdad. Tanto el uno mismo como el otro entran en juego de ficción, simulacro.

Lo más verdadero de cualquier escritura es que va a desaparecer. Solo dentro de la ficción su desaparición va a ser subsumida por la escritura de sí. Es lo que hace Juan Luis Martínez. Se convierte en Juan de Dios. Una autoría ficcional parte de la obra misma que configura. Es su punto más alto en la noche de la civilización.

El autor es ficcional, el lector también lo es. Se genera así una transformación en el lector. La obra desaparece de sus manos. Nunca estuvo.

El crítico contemporáneo debe jugar con la obra como funcionamiento, y ser parte de ella. En su configuración la participación del crítico (del lector o espectador) es parte de la obra misma. La falla del crítico es no reconocerlo, no verse, no leerse: perderse en la noche. La escritura sobre literatura tiene que pensarse como un gran vidrio. Trizado y con manchas. Dar cuenta de cómo nuevas ramificaciones se van configurando no para originar un nuevo árbol sino como reproducción de un hongo, semillas, brotes. No es convertir en mercancía las esporas, sino que es liberarlas en el bosque.

La función del crítico literario es un remanente dentro de las circulaciones del material cultural. No se necesitan de los críticos para publicar libros, ni para armar antologías ni para nada. Ni siquiera para que existan o se mantengan vivos los suplementos culturales. En última instancia, el crítico da cuenta de la existencia de tal o cual obra. No hace mucho más. Sin embargo, existe escritura sobre literatura, que no es crítica-fetiche, que pone en jaque la representación, se pregunta por la necesidad y el deseo e indaga en las posibilidades de suspender tales conceptos. Descomponer las estructuras. Desconfigurar toda historia.

Leer de noche, bajo las estrellas, frente a ese bosque. Las luciérnagas revolotean, las palabras brillan con la luz de esos ojos sobre ellas. Leer es iluminar lo que se lee. Una forma de regresar desde donde no hay colores ni cordilleras. Solo voces, a lo lejos. Alguien imagina esto. Alguien se pierde en la línea del horizonte. Alguien.

 

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Héctor Hernández Montecinos. Chile, 1979. Poeta, Licenciado en Letras Hispánicas en la Universidad Católica de Chile y Doctor en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte. Actualmente cursa otro doctorado en Literatura en la Universidad Católica de Chile. De su proyecto total en tres partes, Arquitectura de la Mentalidad, que supera las dos mil páginas, dos ya han sido publicadas, La Divina Revelación (2011) y Debajo de la Lengua (Santiago: Cuarto Propio, 2° ed. 2014). Ha sido merecedor de varias distinciones, entre las que destacan el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos y el Premio Pablo Neruda. Es el compilador de 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (2010) y Halo: 19 poetas nacidos en los 90 (2014). Ha aparecido recientemente en El Canon Abierto. Última poesía en español (2015) como uno de los 40 poetas más relevantes de la lengua española nacidos después de 1970.

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