Nosotros & RPS

César Panza

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Lo que fui dando me iba haciendo

Pedro Luis Hernández

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Debo decir que la primera persona del plural no la usaré como un recurso mayestático: de verdad procuro hablar por no pocos lectores de RPS, vinculados sea por la arbitrariedad de las generaciones, por la condición de venezolanos, o sea por la confluencia en Carabobo.

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Se ha dicho que la poesía de RPS comunica la infranqueable soledad de la persona. Pero nosotros los leíamos entre varios, en voz alta para unos y otros, en autobuses, residencias estudiantiles, jardines del campus, pasillos de facultad, licorerías, aulas de clase: el desconcierto y la fascinación era común, nos religaba.

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También se ha dicho que el objeto de sus poemas era la caída originaria, el castigo existencial, la inevitabilidad de la muerte. Pero nos sentíamos, realmente, más vivos al leerlo, pujantes, liberados por sus destiladas hechuras verbales: los suyos eran ejercicios atípicos del lenguaje, prácticas de respiración, contorsiones verbales extrañas pero hermosas; sin las connotaciones conservadoras y estetizantes de ese adjetivo, pues nos daban algo más que goce, nos daban aliento y amparo en épocas de lengua cimarroneada a su propia suerte mientras era asediada, devaluada o desvalida si pretendía alguna forma de autonomía.

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Lo sentíamos a RPS como un tesoro de la poesía carabobeña, una singularidad local que retaba tanto a las universalidades autorales como a las representaciones metropolitanas o a las espontaneidades folklóricas. Mientras, de repente, descubríamos un epígrafe suyo en el poema de un zuliano. Escuchábamos que en la escuela de letras de la ULA era recomendado por catedráticos, que en Coro también lo leían, en Lara, en Táchira, en Oriente, en Trujillo, en los valles altos de Miranda.

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Y es que ahí estaban esos enigmáticos textos sobre los que volvíamos una y otra vez, que nos leíamos sin solemnidad ni protocolo, a veces riendo como frente a un chiste, a veces serios como tras una plegaria: lo leíamos más bien experimentando con las múltiples formas de pausar ante los cortes y encabalgamientos que nos insinuaban que el poeta maniobraba duramente con lo sonoro y lo silencioso de las palabras, que tensionaba a sus ritmos y melodías, en función de la recreación o recuperación de un sentido que se había ocultado entre los usos comunes del habla, poniendo en jaque a la comprensión intelectual, para llamar al juego a las otras facultades implicadas por el lenguaje, sean instintivas o emocionales.

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Honestamente, no sabíamos exactamente cómo lo hacía, pero lo hacía, algo sucedía, nos afectaba: RPS operaba poniéndonos en relación con el paisaje, con las cosas, con la memoria y, sobre todo, ¿cómo no?, con el cuerpo. Es decir, poniéndonos en relación con nosotros mismos, a solas o  en conjunto. Insisto, no era deleite literario lo que nos ocupaba, ni entretenimiento erudito: era participación de una experiencia siempre sorprendida, abismada y, por ende, una lección de vida ante la común condición humana dentro del incomprensible, inestable y siempre tornadizo mundo. Lo desconocido dentro de lo desconocido, recursivamente.

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Pero lo que nos unía también nos separaba. Probablemente sí, todos éramos adictos a «Reclamo», que había llegado a nuestras manos como algo subversivo y peligroso, que circulaba como una sustancia que requería iniciación a la sensibilidad, depuración de prejuicios y preparación para un trabajo. Pero luego nos dividíamos según quien tuviese acceso a qué libro de tirajes cortos, rarezas porque no fueron reimpresos, préstamos de bibliotecas, a veces transcripciones a mano. Aquellos, los luminosos y dulces activistas de la poesía repetían, fotocopiaban y repartían, «lo posible es ser caballo / pero no dragón / no puedo ser dragón / el cielo no me pertenece». Por otra parte, estaban los nocturnos, realengos y lúbricos que decían: «había olor a orines / mal lavados / que con el perfume se mezclaban // yo era ese hombre». Más allá los rurales y montunos recitando: «eres verde / planta / y yo / no soy el color de los pasos del ganado» ó «si pudiese levantar un poco el cuerpo/ mostrar este contento a los campos». Estaban los que conocían «Px» y no compartían ni el quebranto ni el llanto, pero se lo leían, oportunistas, a las estudiantes de medicina.  A veces eran los que tenían un «Para morirnos de otro sueño» deslomado y no lo admitían para que no se lo pidiesen prestado. Yo, por mi parte, era de los abrumados por «Solonbra», en tanto sentía que había logrado enunciar mis propias dudas y conflictos, y darle contextura a esos asuntos más personales que yo no podía enunciar por mí mismo:

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qué parte de mi cuerpo
es mayor que mi alma
si pudiera aprender si saber
fuese importante
si en esta pequeñez
de ser hombre

pero no existe lectura
más allá de mi condición
de vivo

y por ahora es preferible
cerrar mi boca
que si Dios lo quisiera así
del mismo modo
tendría la respuesta [1]

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No pasaría mucho tiempo para que se reimprimiera la antología de Monte Ávila Editores, luego «25 poemas» pero, sobre todo, como una inflexión, aparecería «Rosae Rosarum» para demoler todo aquello que creíamos sobre los alcances y posibilidades efectivas de la poesía de RPS. No solo experimentamos la actualización de sus fronteras creativas, sino que también puso en una nueva perspectiva a toda su obra: no importaba sobre qué vehículo específico montase su tren expresivo, las formas que tomase, el tema, el vocabulario definido y su registro vocálico asociado, el asunto de la poesía de RPS es el cuerpo como punto de recepción y emisión de señales, impulsos e impresiones, el cuerpo como mínima entidad capaz de afectar y ser afectada, allí desde el lugar donde cualquier distinción entre sujeto y objeto es borrada porque explota sobre la intuición de que no hay, naturalmente, ni interiores ni exteriores, como ha apuntado VMP: «el trabajo poético de Reynaldo Pérez Só, (…) es una puerta que siempre está batiéndose, dejando ver un espacio luminoso que pocos han alcanzado en poesía» [2]

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Ahora bien, la ofrenda que RPS prodigó a nosotros no solo fue su escritura poética. Esto viene al caso porque quizás sea el envés de su dar; algo que sería más bien una petición, una exigencia por la lectura consciente y activa. Primero, los números de la revista POESIA que dirigió, la revista como instrumento de actualización y divulgación sobre la poesía y la teoría poética regional y del mundo todo, y más aún, la revista como institución de formación y tradición para la poesía venezolana. Segundo, «Fragmentos de un taller» que, si bien luce y presenta como un ars, no es más que un dispositivo articulador para la crítica y la praxis cultural. Sobre este punto ya RR ha dicho lo justo: «el fragmento ejemplifica una metapoesía que devela, denuncia y postula una ética en la construcción del poema (…) nos abre claves de ese pensar [dialógico] que no es solamente una estética sino una posición filosófica crítica con nosotros mismos, la sociedad y la cultura.» [3] Juntando este libro con sus entrevistas, más otras piezas reflexivas sobre la ética y la poesía, la lectura y la traducción, las trayectorias históricas de la poesía venezolana y la endofobia que la ha impregnado para limitar su capacidad de expansión y movimiento, RPS nos ha servido no pocas ideas para excitar la conciencia que toda escritura debe tener de sí, en relación consigo misma y con las condiciones concretas en las que se engendra.

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En torno a la personalidad de RPS escuchamos muchas historias, toda una mitografía pintoresca pero incongruente: era el maestro y místico, el tirano de los talleres, el políglota ermitaño, el médico rural, el hombre que viajaba a Caracas caminando por la autopista, entre otras cosas. Jamás y nunca se nos ocurrió que tendríamos la oportunidad de conocer más que al poeta, al humano; descubrir al fin cómo él mismo leía sus textos en lectura públicas; escucharlo discurrir sobre sus viajes, ser interrogados y examinados como pacientes suyos para luego guardar sus récipes como si de poemas manuscritos se tratasen, disfrutar su generosidad como ductor de talleres integrales de lectura, traducción y escritura de poesía para no solo gozar de su atención sobre los bosquejos propios escucharlo señalar los hallazgos y debilidades, sino también para poder observarlo trabajar in situ, instaurar el orden de sus textos, dudar de los acabados, corregirlos y ensayar nuevas posibilidades según la pauta que marcase el trabajo conjunto, es decir, presenciar cómo se convertía en uno de nosotros. La brecha generacional, o la diferencia de edades, se hizo lo de menos precisamente porque su relación con nosotros nos habilitó a redescubrir la juventud propia, esto es: la fascinación y sorpresa constante por todo aquello que nos rodea, alimentando la curiosidad y apertura por lo dado que a ratos amenazaba con abandonarnos.

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Preciso decir unas últimas palabras sobre un punto abierto en cuanto a la importancia de los trabajos y los días del poeta RPS, sobre el que convergen las tres dimensiones expuestas. Estoy seguro que convenimos que cualquier discusión sobre la esencia del hombre, hoy, sirve como vía de escape del desasosiego que provocan las aporías de la actualidad sociopolítica mundial. Pero, por alguna razón, no dejamos de preguntarnos qué somos, de qué somos capaces. De hecho, Baruc de Spinoza, esa anomalía holandesa en el que se ciñeron las sabidurías estoicas y sefarditas, enunció a caballo entre el ladino materno y el latín renacentista una poderosa fórmula sobre la que RPS también parece haber reparado por cuenta propia: «Nadie ha determinado por ahora lo que puede el cuerpo» [4]. Incerteza que alcanza mayor gravedad puesta en relación con la capacidad de hablar, pues se dice que aquello que constituye la naturaleza humana es precisamente la facultad de lenguaje, no la lengua actual, ni la de nuestros antepasados, sino una potencialidad seminal, infantil y trans-individual, facultad que testimonia de una «pobreza instintiva del animal humano, su carácter indefinido, la constante desorientación que lo distingue.» [5]

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Sospecho que toda la poesía de RPS, según este breve levantamiento de sus trazas, de cómo ha dinamizado la vida de nosotros sus lectores, reside en una venturosa pesquisa, lúdica pero juiciosa, sobre las potencias del cuerpo y su relación con esa genérica facultad de lenguaje, ese poder-decir / poder-afectar que no se resuelve en las palabras por sí mismas, sino que se hace valer como tal en cada enunciación particular del inconmensurable abanico de experiencias vitales que constituyen no solo su trayecto vital particular sino también el de sus predecesores y sucesores, en relación; como si la gracia de un talento específico hubiese habilitado al poeta homenajeado a dar cuenta, con símbolos especiales y diagramas raros, del continuo de desconcierto y desambientación que provocaría una revelación teológica, o mejor dicho, la historia natural.

 

Naguanagua, principios de junio de 2022

 

 

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Notas
[1] «kuala parte del mi puerpo / es mas grande ke la mi alma/ si pudiera enbezar si saber / fuera koza grande/ si nesta chikes de ser onbre // ma non existe meldado ayende la mi kondision / de bibo // y por agora es preferible / ke si Dio kisieralo ansi / ansina mezmo / tenria la respuesta». Reynaldo Pérez Só, Solonbra, Ediciones POESIA, pp. 15 – 16. Valencia, año 1998
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[2] Víctor Manuel Pinto, Los movimientos de la rosa, Revista POESIA 154, p.92. Valencia, año 2011.
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[3] Robert Rincón, Fragmentos para una crítica cultural, Revista POESIA, Edición17: https://poesia.uc.edu.ve/fragmentos-para-una-critica-cultural-reynaldo-perez-so/
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[4] Baruc de Spinoza, Ética III, escolio b) a la prop. 2, trad. Vidal Peña
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[5] Paolo Virno, Cuando el verbo se hace carne, lenguaje y naturaleza humana. Editorial Cactus/ Ediciones Tinta limón, p.172. Buenos Aires, año 2004

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César Panza. Valencia, Venezuela, 1987. Poeta, docente, editor y traductor. Licenciado en Matemáticas por la Universidad de Carabobo, Panza se desempeña como miembro del consejo de redacción de POESIA. Realizó la traducción de Canciones (1962-1970) de Bob Dylan (Fundarte, 2017). Ha publicado Mercancías (Fundación Editorial El perro y la rana, 2018).

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Este texto fue leído el día 10 de junio del 2022, en el Museo de Arte de Valencia, durante el bautizo del libro «Solo», en el marco de la 17ª FILVEN Carabobo, evento donde el poeta Reynaldo Pérez Só fue uno de los escritores homenajeados.
La obra que ilustra este post fue realizada por el artista mexicano Carlos Salazar
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