Nove marzo duemilaventi

Trad. Gina Saraceni

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Nueve de marzo del dosmilveinte

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Mariangela Gualtieri

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Esto te quiero decir
nos teníamos que parar.
Lo sabíamos. Lo sentíamos todos
que era demasiado furioso
nuestro hacer. Estar dentro de las cosas.
Todos afuera de nosotros.
Agitar cada hora –hacerla rendir.

Nos teníamos que parar
y no lo lográbamos.
Teníamos que hacerlo juntos.
Desacelerar la carrera.
Pero no lo lográbamos.
No había esfuerzo humano
que nos pudiese detener.

Y dado que esto
era deseo tácito común
como un inconsciente querer–
quizás nuestra especie obedeció
desabrochando las cadenas que tienen blindada
nuestra semilla. Abiertas
las ranuras más secretas
y hacer entrar.
Quizás por eso después hubo un salto
de especie  –del murciélago a nosotros.
Algo en nosotros se quiso abrir de par en par.
Quizás, no sé.

Ahora estamos en casa

Es portentoso lo que sucede.
Y hay oro, creo, en este tiempo extraño.
Quizás hay dones.
Pepitas de oro para nosotros. Si nos ayudamos.
Hay un muy fuerte llamado
de la especie ahora y como especie ahora
tiene que pensarse cada uno. Un destino común
nos mantiene aquí. Lo sabíamos. Pero no demasiado.
O todos o ninguno.

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Es poderosa la tierra. Viva de verdad.
Yo la siento pensante de un pensamiento
que nosotros no conocemos.
¿Y lo que sucede? Consideremos
si no es ella la que mueve.
Si la ley que tiene bien guiado
el universo entero, si cuanto ocurre me pregunto
no sea plena expresión de esa ley
que nos gobierna también a nosotros –justo como
a cada estrella– a cada partícula de cosmos.

Si la materia oscura fuera este
mantenerse junto de todo en un ardor
de vida, con la barrendera muerte que llega
a equilibrar cada especie.
Mantenerla dentro de su medida, en su lugar,
guiada. No somos nosotros
los que hicieron el cielo.

Una voz imponente, sin palabra
nos dice ahora que nos quedemos en casa, como los niños
que hicieron una travesura, sin saber que hicieron,
y no tendrán besos, no serán abrazados.
Cada uno adentro de un frenazo
que nos devuelve hacia atrás, quizás a las lentitudes
de las antiguas antepasadas, de las madres.

Mirar más el cielo,
teñir de ocre un muerto. Hacer por primera vez
el pan. Mirar bien una cara. Cantar
en voz baja para que un niño se duerma. Por primera vez
apretar con la mano otra mano
sentir fuerte el acuerdo. Que estamos juntos.
Un solo organismo. Toda la especie
la llevamos en nosotros. Adentro nosotros la salvamos.

A ese apretón
de un palmo con palmo de alguien
a aquel simple acto que ahora nos es interdicto–
nosotros volveremos con una comprensión dilatada.
Estaremos aquí, más atentos creo. Más delicada
nuestra mano estará dentro del hacer de la vida.
Ahora lo sabemos qué triste es
estar lejos un metro.

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Nove marzo duemilaventi

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Questo ti voglio dire
ci dovevamo fermare.
Lo sapevamo. Lo sentivamo tutti
ch’era troppo furioso
il nostro fare. Stare dentro le cose.
Tutti fuori di noi.
Agitare ogni ora – farla fruttare.

Ci dovevamo fermare
e non ci riuscivamo.
Andava fatto insieme.
Rallentare la corsa.
Ma non ci riuscivamo.
Non c’era sforzo umano
che ci potesse bloccare.

E poiché questo
era desiderio tacito comune
come un inconscio volere –
forse la specie nostra ha ubbidito
slacciato le catene che tengono blindato
il nostro seme. Aperto
le fessure più segrete
e fatto entrare.
Forse per questo dopo c’è stato un salto
di specie – dal pipistrello a noi.
Qualcosa in noi ha voluto spalancare.
Forse, non so.

Adesso siamo a casa.

È portentoso quello che succede.
E c’è dell’oro, credo, in questo tempo strano.
Forse ci sono doni.
Pepite d’oro per noi. Se ci aiutiamo.
C’è un molto forte richiamo
della specie ora e come specie adesso
deve pensarsi ognuno. Un comune destino
ci tiene qui. Lo sapevamo. Ma non troppo bene.
O tutti quanti o nessuno.

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È potente la terra. Viva per davvero.
Io la sento pensante d’un pensiero
che noi non conosciamo.
E quello che succede? Consideriamo
se non sia lei che muove.
Se la legge che tiene ben guidato
l’universo intero, se quanto accade mi chiedo
non sia piena espressione di quella legge
che governa anche noi – proprio come
ogni stella – ogni particella di cosmo.

Se la materia oscura fosse questo
tenersi insieme di tutto in un ardore
di vita, con la spazzina morte che viene
a equilibrare ogni specie.
Tenerla dentro la misura sua, al posto suo,
guidata. Non siamo noi
che abbiamo fatto il cielo.

Una voce imponente, senza parola
ci dice ora di stare a casa, come bambini
che l’hanno fatta grossa, senza sapere cosa,
e non avranno baci, non saranno abbracciati.
Ognuno dentro una frenata
che ci riporta indietro, forse nelle lentezze
delle antiche antenate, delle madri.

Guardare di più il cielo,
tingere d’ocra un morto. Fare per la prima volta
il pane. Guardare bene una faccia. Cantare
piano piano perché un bambino dorma. Per la prima volta
stringere con la mano un’altra mano
sentire forte l’intesa. Che siamo insieme.
Un organismo solo. Tutta la specie
la portiamo in noi. Dentro noi la salviamo.

A quella stretta
di un palmo col palmo di qualcuno
a quel semplice atto che ci è interdetto ora –
noi torneremo con una comprensione dilatata.
Saremo qui, più attenti credo. Più delicata
la nostra mano starà dentro il fare della vita.
Adesso lo sappiamo quanto è triste
stare lontani un metro.

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Mariangela Gualtieri. Cesena, Romagna, 1951. Poeta, dramaturgo y escritora italiana. Es considerada como una de las más importantes creadoras italianas contemporáneas. Admiradora de Dante, Rebora, Amelia Rosselli y Dylan Thomas, la crítica ha estimado en destacar que en sus obras, tanto poéticas como teatrales, hay con frecuencia un énfasis en el aspecto de la «inadecuación de la palabra».  Se graduó en arquitectura en la Universidad de Venecia. En 1983 fundó, junto con Cesare Ronconi, el Teatro Valdoca. Entre sus libros publicados figuran Antenata (1992), Fuococentrale (1995), Nessuno ma tornano (1995), Sue Dimore (1996), Nei leonie nei lupi (1996), Parsifal (2000), Chioma (2001), Fuoco centrale e altrepoesie per il teatro (2003), Senza polvere senza peso (Einaudi, 2006), Sermone ai cuccioli della mia specie (L’arboreto Edizioni, 2006), Paesaggio con fratello rotto – Trilogia (Luca Sossella Editore, 2007), Racconti delle grandezze (Il Vicolo, 2008), Bestia di gioia (Einaudi, 2010), Caino (Einaudi, 2011), Le giovani parole (Einaudi, 2015) y Quando non morivo (Einaudi, 2019). Ha sido galardonada con múltiples premios y distinciones.

Gina Saraceni. Caracas, Venezuela, 1966. Poeta, profesora universitaria, licenciada en Letras Modernas por la Università degli Studi de Bologna, Italia, magíster en Literatura Latinoamericana y doctora en Letras por la Universidad Simón Bolívar en Caracas. Entre sus libros sobre estudios literarios se destacan:  La soberanía del defecto. Legado y pertenencia en la literatura latinoamericana contemporánea (2012), Escribir hacia atrás. Herencia, lengua, memoria (2008), En-obra. Antología de la poesía venezolana contemporánea (1983-2008). En 2012 ganó el XI Premio Transgenérico de la Fundación de la Sociedad de la Cultura Urbana con el poemario Casa de pisar duro y la Bienal de Coro Elías David Curiel mención Poesía 2001 por el libro Salobre. Obtuvo el premio Fernando Paz Castillo de estudios literarios por su ensayo Nicolás Federman y la derrota del deseo publicado en 1998 y del concurso de poesía Víctor José Cedillo con el libro Entre objetos respirando. Lugares abandonados. Antología personal (2018) es su libro más reciente.

 

La obra que ilustra este post es un detalle de una magnolia, serie la Dictadura del like, realizada por el artista venezolano Víctor Contreras Rivas.

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