Ojiva

Néstor Mendoza

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La ojiva o el arco ojival es un invento de los arquitectos persas que utilizaron los europeos para aligerar, elevar y llenar de luz sus edificaciones; protagonista del estilo gótico. Consiste en dos arcos de círculo que se enfrentan generando un apuntamiento superior. Ojiva designa también la parte delantera de un proyectil. He aquí la paradoja que toca al poeta Néstor Mendoza al construir su Ojiva como un extenso poema de veintiuna estrofas, organizado en forma decreciente, es decir, como una bomba de tiempo: va del texto XXI al I. Ojiva es un gerundio, ineludible. Ojiva es una ciudad del siglo XXI donde lo apremiante es amenaza que sucede y lo fulminante se prolonga. Es la verdad de la que no podemos escapar (pensando en Gottfried Keller).

Ojiva tiene la fuerza de la gravedad. En asombro de que choque o se desborde este «huevo sideral» metálico o líquido, pasamos de la excepción a un todo que resiste, a un tribunal del horror con «diversos ritmos» y de larga duración. Néstor Mendoza nos traslada del asombro a la estoicidad, a la evidencia del declive (físico, mental y emocional) que nos atañe desde todas las geografías, exhortándonos de un modo impactante, pues calibra la trágica eficacia de la muerte. Ojiva es la escritura del desastre, cuyo entendimiento no es otra cosa que «la locura regulada» (en palabras de Schelling).

Geraldine Gutiérrez-Wienken

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xx

¿Y si todo era una maniobra o un ensayo,
incluso un error? ¿Y si la ojiva llegó
equivocadamente, una estación antes
de lo previsto, hasta nuestros huesos?
Allí viene el huevo, el ovoide, la ojiva.
Allí viene con su forma líquida o sólida.
Su punta no permite sospecha
entre los paseantes; por eso miran
compasivamente el descenso, casi
amorosamente, la caída y el quebranto.
La mujer ve la caída, en su silla, que
se dobla; está sentada y en su silla
despacha cigarros y ofrece llamadas,
comunicación, contacto de oreja con
oreja en ese aparato mil veces usado
y amarrado con hilo o nailon o cuerda
para que la voz no se vaya, sea robada.
La mujer sentada, preferiblemente joven
y morena, delgada; así debe ser, delgada,
cabello lacio, camisa pegada, ajustada
debe tenerla así, como su pantalón,
no propiamente jean sino tela flexible,
pegado, leggins que delinee piernas
y que enseñe la flacura, con estampados
o simplemente oscuro; y arriba, el pelo
o cabello, recogido, con peineta,
con moñera. Qué hermosa su pobreza.

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xvi

Quienes veían el descenso de la ojiva
de pronto recordaron todo lo vivido
y todo lo que no pudieron vivir; fue tanta
la impresión y tan claras las imágenes
de los recuerdos que con toda seguridad
reconstruyeron viejas escenas de tactos
y roces entre la maleza, diríase que fotogramas
de una película en blanco y negro, con la
exactitud de quien recuerda los episodios
de burlas adolescentes o rechazos en pistas
de baile. Eso no se olvida, tampoco
el impacto y la detonación.
La olla podía ser la llaga y dentro
de ella se cocía rápido la pobreza.
La olla que dentro lleva agua
y algunos retazos de verduras, puntas
de yuca, pedazos irregulares de ahuyama,
tomates mallugados, que se pidieron o se
robaron; no importa pues importa
solo el hervido rápido, el hueso que
dentro se calienta solo sin carne
para todos los que alrededor están,
los que esperan una parte de esta
cocción en plena avenida, a la luz del
día, mi día, tu día, este día en que todo
es posible, incluso comer sin ventanas;
comer a la intemperie que nos une
en su completo desgano. Y de nuevo
la olla apaleada, tan usada, que se va
oscureciendo de tanta ceniza adherida
a su cuerpo plateado, ahora negro,
por siempre negro de tanto arder.
La luz, la luz, te ruegan tus hijos que
confunden al redentor con desaparición.
Se fue la luz: tan ausente estaba de las paredes
internas de las guaridas, establecimientos
donde las personas suelen esperar pacientemente
la huida hacia otros planos menos corporales,
justo después de la huida de la luz, no la luz de ojiva,
esa no, sino la otra luz que se genera para
que no haya necesidad de nuevas devociones con velones,
cirios y otras maneras de ahuyentar lo oscuro.
Ese cuerpo no debía irse así, esos cuerpos pequeños,
crecidos, neonatos, sexagenarios, pobres cuerpos,
enrojecidos, blanqueados, verdosos, no amados.

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xiv

La simpleza de la punta, alargada en el ápice
y más ancha y abarcadora, gorda, en la cola.
No precisamente un triángulo, pero sí una
superficie cónica, casi cónica vista con estos
pobres ojos humanos, cansados, aletargados
de tanto mirar el desespero de los que buscan
un refugio inútil para sobrevivir: una hoja
de plátano, un techo de zinc, una laja que cubra.
Así dicen que era la ojiva. No hay consenso.
La veían con el hechizo de verse desnudos
por primera vez; la veían y de esa forma reían
o lloraban por el posible redentor o asesino.
Una cabeza de huevo, más bien, una parte
del cuerpo y no el cuerpo entero era lo que se
venía encima, destructiva. Así era. Punta metálica,
ahora sí, era visible. No había duda. El terror
tenía punta y era metálica. Lo demás, no se sabe.
Si el miedo llegaba al cuerpo debía ser de metal
como la punta del huevo. Todo de hierro, la punta
de hierro. Cabeza bélica, de combate o de guerra,
la ojiva bajaba cielo abajo. Tripulada de muerte,
también podía ser líquida, bañándonos o inundándonos
de todo su centro viscoso. Entonces no era metálica.

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xii

Qué mano accionó el misil, desde dónde despegó
y por qué decidió tomar la dirección que ahora tiene.
De qué zona viene, quién giró la palanca o quién
decidió que debíamos ser blancos del aborrecimiento.
El huevo traza una parábola, va girando y con sus vueltas
intimida y aunque parezca contradictorio estimula;
es un péndulo que con monótono pero sostenido
movimiento afianza en los hombres una obediencia,
sumisa al fin, feudal en definitiva. De izquierda a derecha
se mueve y no se detiene, nada retiene su ritmo
que condena, que poco a poco causa un hondo sueño,
como de golpe en la nuca, en la cabeza, no del huevo,
sino en la nuestra, nuestra pobre cabeza que solo mira
el cielo en espera del trueno o de la salvación.
Agítanse las sombras al golpe de la ojiva,
con el estruendo que enluta barrancos y montañas,
y en la noche capitalina anuncia una breve luz
que ilumina las avenidas sin faroles o demarcaciones.
Atrás quedan las viviendas, los amigos,
las deudas no honradas; atrás quedan algunas
prendas y cajas que solo esperan cubrirse de polvo
para volverlas irreconocibles si por algún motivo
deseáramos volver, aunque sea mentalmente.

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Néstor Mendoza. Mariara, Venezuela, 1985. Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Ha publicado, hasta ahora, dos poemarios: Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; y Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas» 2016. Su trabajo poético figura en algunas selecciones dentro y fuera de su país natal, entre ellas, Destinos portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente (Vallejo & Co., Lima, 2015); Tiempos grotescos (revista Ritmo, UNAM, México, 2015); Nuevo país de las letras (Banesco, Caracas, 2016), Lyrikaus Venezuela. Nochbleibtuns das Haus (Hochroth Heidelberg, Alemania, 2018) y Antología de poesía iberoamericana actual (ExLibric, Málaga, 2018). Forma parte del consejo de redacción de la revista Poesía, de Ediciones «Letra Muerta», de Poemashumanos.com y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano.

La imagen que ilustra este post es un fotograma del filme Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964) de Stanley Kubrick.

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