Olivia en los suburbios

Marcelo Rioseco

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Olivia en los suburbios de Marcelo Rioseco

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Lugar común a estas alturas es la idea de que ciertos poetas no escriben más que un solo poema a lo largo de toda su vida. Decisión o fatalidad, ciertas poéticas crecen, se expanden o contraen girando siempre sobre un mismo centro gravitatorio. No es este el caso de Marcelo Rioseco. No sé si pueda afirmarse que son varios los poetas dentro del poeta; no, al menos, al modo programático de Pessoa, pero la diversidad de registros y tonos que encontramos en sus poemas componen un universo que, en los cinco títulos publicados a la fecha, parece contar con más de un sol. O quizás el eje del sistema es siempre el mismo, y lo que cambia son las formas, distancias y cadencias descritas por los diferentes cuerpos en traslación a su alrededor. Desde el uso de la máscara, el recurso del monólogo dramático, el intertexto como base de construcción y el artificio del lenguaje en primer plano —presentes en los primeros libros— hasta el poema narrativo de tono coloquial y dado a la anécdota de las últimas entregas, la poesía de Rioseco muta y abraza un amplio espectro de tonos e intensidades.

Los poemas aquí presentados son una muestra de la última publicación del poeta, Olivia en los suburbios (2020), en cuyo centro está la experiencia de habitar un espacio («Los matemáticos suburbios de América») y un lenguaje (el inglés) impropios. La no pertenencia geográfica que se explora a través de las palabras hace de la experiencia verbal misma otra forma de extrañamiento, expresada como sensibilidad concreta —interacción con la realidad material y cultural circundante— más que como experimentación formal. Marcelo Rioseco es un poeta chileno, pero su poesía es apátrida, como la de tantos escritores que a falta de un territorio al que llamar hogar, supieron asilarse en la patria de la lengua.

Micaela Paredes Barraza

 

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Suicidas junto al acantilado

Si supiéramos el momento exacto del fracaso.

Si supiéramos el momento exacto
cuando el abismo se abrirá bajo nuestros pies
y como un cielo negro y brumoso
nos engullirá como animales tristes,
demasiado cansados para pelear.
Si supiéramos anticipadamente
que el amor también se cubre de ceniza y odio
y arrastra su propia perdición
porque el amor como tantas otras cosas
también palidece y se seca.
Si pudiéramos borrar todas nuestras huellas
y dejar tan sólo las cosas que detienen el aliento,
una moneda lanzada al aire, ese gesto
gratuito y torpe con el cual evitamos
que nuestra vida se torciera antes de tiempo,
un beso, escorpiones rojos y desordenados.

Si al menos supiéramos que el fracaso
muchas veces nos hace peores,
que nunca aprendemos a resistir debidamente
porque la única lección que sabemos
es que el mejor perdón es no perdonar—
pero no sabemos nada y navegamos perdidos
como los suicidas junto al acantilado.

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Moscow – Idaho

En Moscow, Idaho, los mexicanos
recogen papas en las amarillas praderas
cuyos pastos de alacranes
los peina el áspero viento de la frontera.
Pero en Idaho no hay frontera
ni países, sólo la soledad de esos campesinos,
americanos que no comprenden bien el español
y son blancos y rubios como las espigas del trigo
que se levantan morosas entre los sembradíos.

En Moscow-Idaho, los mexicanos sueñan
con un caballo rojo
ardiendo bajo una lluvia de polvo ceniciento,
un caballo joven que galopa
por entre los pastizales y está loco
y alborozado en la inmensidad de este sueño azul.
México brilla entonces como un incendio
dibujado en los extensos cielos de Idaho.

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Los matemáticos suburbios de América

En las pantallas de televisión
(en perfectos y geométricos suburbios)
vemos día tras día el mismo programa:
un capataz perfectamente vestido
castiga a los desobedientes trabajadores.
Lo hace en nombre de la ley,
especialmente en nombre
de las grandes casas suburbiales
de la clase media americana.
Particularmente, en nombre de los hermosos
refrigeradores chinos de dos puertas.
Específicamente, en nombre del Super Bowl
y la dorada cerveza Budweiser Light.
Muy particularmente en nombre de las espaciosas
camionetas del sur de Estados Unidos
que son fuertes, veloces y deslumbrantes
como los finos caballos del siglo XIX.
Pero, por, sobre todo, lo hace en nombre
de sus empleadores, quienes, a esta hora,
descansan sin sobresaltos en los perfectos
y matemáticos suburbios de América.

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NPR Radio Program

A veces
me siento afuera de la casa
a ver las calles vacías
mientras recuerdo
que mi padre murió en abril.
En la cocina, Claudia
prepara una pasta
usando una receta siciliana,
en la casa de la otra esquina
suena una música de jazz
National Public Radio
–la conozco bien
porque yo mismo la escuchaba
cuando recién había llegado
a Oklahoma–;
ahora prefiero oírla
desde el patio de mi casa.
Los autos pasan delante de mí
morosamente
como huecos insectos negros,
pero yo permanezco allí
horas y horas
sentado
sin pensar en nada,
sin pensar que no pienso en nada
mientras flamencos rojos y azules
cruzan el cielo resquebrajando
inmensas nubes de vidrio
como si fueran monedas de falso metal.
La música sigue sonando,
flota en el aire, dulce y sinuosa,
la única que pueden aceptar
los perdedores
aquí, en Cleveland County,
en estas desoladas
y rojizas praderas de la muerte.

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Ante esta gran sala vacía

Al terminar la clase
(mientras los estudiantes se retiran)
–como un sacerdote que termina una misa
y permanece con la Biblia en la mano
ante una iglesia fría y desocupada–
cierro lentamente mi libro de texto.
Pienso que lo correcto debiera ser
inclinarme ante esta aula vacía
(sin estudiantes) y pedir perdón:
he infligido secretamente el daño.
La poesía le abre las puertas
a la muerte y a la luz por igual.
Nunca debemos olvidarlo—
pero lo olvidamos.

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Olivia en los suburbios, Olivia en el hogar

En los suburbios todas las casas son iguales
altas, cómodas y con enormes techos negros.
En sus amplios jardines y garajes para dos autos
nunca se ve a nadie, a veces un carro pasa
……y luego desaparece.
Estamos lejos de las iglesias de espigadas cúpulas
y sus limpias cruces de madera.
Los jueves pasa el camión de la basura,
y se lleva docenas de tarros repletos de botellas vacías.
En esos mullidos sillones de cuero sintético
se hunden mis vecinos como mansos niños
……frente a la muerte,
anestesiados con inyecciones de droga sintética
mientras las horas son cubos de hielo
que se diluyen en vasos de cristal chino.
No te imaginarías lo que hay detrás de esas paredes.
Si tan solo vieras toda esa perfección
tan bien arreglada, esas mangueras amarillas
desperdigadas por el suelo y el césped recién cortado.
La verías como esa tarde
……cuando los contornos del infierno
comenzaban a dibujarse
……en el tenue horizonte de Oklahoma,
y por una de las puertas del patio Olivia se escapó
y de un salto se trepó a un árbol
……y allí permaneció por horas
como un golpe de belleza y perfección estremeciendo
este estercolero de inmensas y espigadas flores azules.
El viento le sacudía el pelo,
……pues era otoño en los suburbios
y en septiembre las rugosas hojas de los árboles
……se queman solas—
los dioses nos dicen que los gatos son animales mágicos
que recorren el patio trasero de los manicomios.

Olivia en los suburbios, Olivia en el hogar.

Avizorando, allí en lo alto, como esa estrella
……que yo debía seguir
el perímetro de la cordura
……que traspasaba (inconscientemente)
como mis perversos vecinos,
……los jubilados de la tierna sonrisa,
el vendedor recién promovido, el estudiante solitario
o la muchacha drogadicta, esos que hacen
……tantas cosas prohibidas
en casas que siempre tienen las persianas echadas.

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Buenas noticias

Toda la semana
he estado viendo
pequeños peces de colores,
vuelan en círculos
alrededor de un agujero de fuego
abierto en medio del cielo.
Como una premonición
hecha de imágenes falsas
pienso en los dementes y los asesinos,
en gente peligrosa rodeada de luz y poder,
en las viejas revoluciones latinoamericanas
y los imprevisibles movimientos de Wall Street.
En todas estas cosas
como los malos regalos del mundo
que nadie quiere.
Los pequeños peces de colores no dicen nada,
sólo vuelan por el cielo
como si fueran una forma distinta del silencio,
un manto de luz aéreo y flexible
que inútilmente trata de tapar ese agujero
por donde saldrá (pienso)
la última llamarada del infierno.

Al final del día
(deben ser las 8 de la tarde)
–y por entre las luminosas estrellas de marzo–,
veo nuevamente
miles de pececitos rojos y amarillos
atravesando el cielo
y esta vez (pienso)
que el mundo
–tal como lo entendemos–
está a punto de desaparecer.

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Marcelo Rioseco. Concepción, 1967. Poeta y narrador chileno. Docente, académico e investigador. Ha publicado Ludovicos o la aristocracia del universo (Editorial Universitaria, 1995), libro con el cual ganó en 1994 el Primer Premio de Poesía «Revista de Libros», organizado por el diario El Mercurio en Santiago de Chile. Sus dos siguientes libros de poesía, Espejo de Enemigos (2010) y 2323 Stratford Ave. (2012), fueron publicados por Uqbar Editores. La vida doméstica (Cuarto Propio, 2016) es su cuarto libro de poesía.

 

Micaela Paredes Barraza (Santiago, Chile) estudió en la Pontificia Universidad Católica de Chile y obtuvo  una maestría de escritura creativa en NYU. Ha publicado con la Editorial Cerrojo dos libros: Nocturnal (2017) y Ceremonias de interior (2019), y es co-editora de la revista America invertida (Nueva York).

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Christian Vinck

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