Paisaje con ruinas

Manuel Illanes

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Fragmentos

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Arenas movedizas

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-Recuerdo que la primera vez que vine a México, PP y yo salimos a dar una vuelta por el centro de la ciudad, el DF al que habíamos arribado un día antes… empezamos a recorrer las calles aledañas al metro Hidalgo -como siempre, atestadas de gente… conocer un país los primeros días es casi como tener una revelación (o algo así me imagino: el que habla es un escéptico rematado). Todo pareciera tener una luminosidad extraña, un fulgor que la costumbre no logra todavía gastar con su mordida… así, mientras caminábamos como zombies por las veredas, nos topamos de improviso, cara a cara, con la portada de enero de Alarma!, un periódico sensacionalista de la ciudad… ahí, expuestas como frutos de una impúdica cosecha, se mostraban las cabezas de algunos de los decapitados que había dejado recientemente la lucha narco en Acapulco. Reunidas una al lado de la otra, sobre la calle. Los párpados tiznados de sangre, abruptamente cerrados.

Nuestra brillante revelación adquirió, de un momento a otro, un tono negro, espeso.

No es que nunca hubiéramos escuchado hablar de la violencia que asola hace décadas a México. Cada cierto tiempo se colaba una noticia en los telediarios, o alguna nota en el periódico del domingo nos recordaba que en una tierra lejana, en las antípodas de Chile, la muerte realizaba sus ordalías día tras día. También en las conversaciones con amigos de acá, vía mail, podía entreverse su dificultad para expresar lo que estaba sucediendo. Pero nada de lo que habíamos leído o escuchado nos había preparado -siquiera remotamente- para ver una imagen como esa. Ese nivel de brutalidad, de sadismo, nos era desconocido. En el interior del periódico, además, figuraban fotografías de los restos de un desollado -más bien, de su cara- amontonados sobre el pavimento como si fueran una gran cagada de perro, abandonada por quién sabe qué motivo inapresable para nosotros.

Realmente esas imágenes nos sacudieron.

Fue en aquel instante que nos dimos cuenta -revelación interminable- que México era un campo de batalla, uno en el que los muertos y heridos no cesan nunca de contarse. Por montones. Una guerra en que los bandos rivales, las facciones son invisibles. Los cadáveres aparecen en todas partes, junto con las mantas o los carteles en que se declaran los motivos de los ajusticiamientos -en el mejor de los casos: por lo común, las personas simplemente desaparecen-, pero los culpables (de los que todos saben los nombres, pero nadie recuerda las caras) jamás son apresados. Como en Twin Peaks, el mal retorna una y otra vez a golpear a los desconcertados habitantes del país, que se encuentran indefensos frente a él. Y desgraciadamente no parece haber exorcismo lo suficientemente poderoso para aniquilarlo.

Recuerdo haber escrito por entonces (febrero del 2011) un poema, Los decapitados de Guerrero, refiriéndome a esas cabezas huérfanas.  Ahí decía: «Las cabezas son glifos / que los dioses jaguares arduamente esculpen /  sobre los arrecifes de las calles. / Estelas que traducen una violencia narco / que no es sino un descenso a ciegas / hacia las profundidades del Mictlán & la raza: / la muerte tiene muchos nombres, / todos ellos oscuros como siluetas en el espejo. / Es una jugadora de póker que se reserva / hasta el final los ases, las artimañas, / las máscaras que eluden con astucia / la red de la verdad.»

Por entonces, no sabía que volvería para quedarme en México. Por entonces, no tenía idea que en ese mismo estado de Guerrero existía un lugar llamado Ayotzinapa.

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¿De dónde viene este gran mal?, se pregunta el soldado Witt en La delgada línea roja de Terrence Malick, mientras contempla a sus compañeros de escuadrón invadir el campamento japonés que han bregado por tomar, y someter –masacrando- a los combatientes que aún resisten la embestida. ¿De dónde viene gran mal?, es lo que yo también me pregunto, al escuchar las noticias sobre asesinatos, desapariciones y fosas clandestinas halladas a lo largo de todo México. Más allá de que existe una respuesta al parecer obvia –al mismo tiempo que insuficiente- para esta interrogante, quiero dejar testimonio de una certeza: hay en la violencia que se manifiesta en este país, algo tan ominoso, tan sanguinario, tan atávico, que invalida con mucho cualquier esbozo de justificación o respuesta que remita meramente al «narco» o a la «corrupción». Por desgracia, México se ha convertido en el reino del mal: un espacio en que toda seguridad, toda protección –incluida la sagrada- ha sido transgredida por los esbirros de la muerte.

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– Creo que se puede extender la idea que W. Sebald desarrolla en su libro Historia natural de la destrucción -que refiere el proceso de arrasamiento por parte de la fuerza aérea aliada de las ciudades alemanas entre 1942 y 1945 a través de los bombardeos efectuados sobre ellas- a lo que enfrenta México en este momento histórico. Para Sebald existe una relación evidente entre los terribles resultados materiales que produjo la destrucción y la especie de olvido, de negación de la realidad que aquella inoculó en la conciencia de los sobrevivientes de la debacle del Tercer Reich. A pesar de las ruinas, del hedor, de los miles de cadáveres insepultos y enterrados bajo los escombros que tales bombardeos generaron, los alemanes rechazaron durante mucho tiempo afrontar los acontecimientos, o realizar cualquier ejercicio de reflexión y memoria para explicarse lo ocurrido -lo que puede explicarse, en parte, como lo menciona Sebald, por la negativa a considerarse «víctimas» luego de la revelación del holocausto judío. Mientras más violentas y traumáticas eran las imágenes derivadas de ese proceso, parecía haber una necesidad mayor de invisibilizar, de naturalizar la destrucción –cosa que se logró, en gran medida, mediante la implantación de un discurso triunfalista que redundaba acerca del «milagro de la reconstrucción alemana». Considero que muchas de las aristas del fenómeno que Sebald propone para la Alemania de posguerra encuentran en México un lugar privilegiado de aplicación: desde el no reconocimiento de la magnitud de lo que la guerra con el Narco significa –en términos de las polémicas acerca de la cantidad de muertos y desaparecidos o sobre la calidad de «Estado Fallido» que se ha intentado aplicar sin éxito (por la oposición del gobierno mexicano) a la situación legal del país- hasta la extensión de la amnesia, del olvido que los medios intentan reproducir de manera artificial respecto a estos hechos. Literalmente los mexicanos transitan entre muertos y enfrentamientos, balaceras y desaparecidos, y, aun así, parecen obviar esa realidad. A la escritura del desastre –como diría Maurice Blanchot-, se sobrepone una escritura del blanqueo.

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– Otro periodista asesinado. Otra mujer victimizada. Otro vendedor ambulante atropellado. Otra fosa descubierta. Otro hondureño secuestrado. Otro cadáver hallado en los canales de aguas negras. Otro hombre encajuelado. Otra manta expuesta. Otro sicario desollado. Otro travesti sometido a puñetazos. Otro preso apuñalado en el reclusorio. Otra cabeza abandonada sobre el pavimento. Otro oaxaqueño deportado. Otro enfrentamiento con los granaderos. Otra autodefensa neutralizada. Otra comunidad indígena con sus derechos vulnerados. Otra plantación de amapola descubierta –y quemada– y luego rehabilitada. Otra empresa agrícola que explota a menores y los hace trabajar hasta quince horas diarias. Otra chica de Guerrero obligada a putear en un prostíbulo. Otra fuga concertada. Otra transa millonaria.

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-Si Bernal Díaz del Castillo, el autor de Historia verdadera de la conquista de la Nueva España -quizás la crónica que documenta de manera más completa el proceso de aniquilamiento de Tenochtitlán por parte de los españoles- regresara de la tierra de los muertos, podría sorprenderse de muchas cosas al observar la nueva ciudad surgida de la antigua Temixtitán, pero jamás de la violencia que domina soterradamente la vida del centro y la periferia de la enorme metrópolis, que reconocería enseguida. Como si el sitio de Temixtitán se hubiera perpetuado después que el cronista se hundió en la sombra, y españoles y mexicas siguieran combatiendo sempiternamente entre los escombros, ahora vestidos con nuevos ropajes y usando nuevas armas. Como si la conquista de México nunca hubiera terminado (José Clemente Orozco dixit).

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– Sábado 8, visita a la exposición Los Teules de José Clemente Orozco, en el Museo Carrillo Gil. Había visto algunos de esos cuadros en enero del 2011, la primera vez que vine a México, pero en el contexto de una muestra mayor, que englobaba gran parte de la obra del pintor. Todavía recuerdo el impacto que me provocaron esas pinturas: una especie de trance negro, el de ver la violencia representada sin tapujos –ella que siempre es tan reservada en su impudicia, que cambia de máscara a voluntad. La crudeza de la guerra de conquista escenificada, exhibida en todo su esplendor de sacrificios, combates sin fin, agonía. Una danza de la muerte que parecía traspasar el pasado y proyectarse más allá de las paredes del Colegio de San Ildelfonso, engarzar con los enfrentamientos que, por aquellos días, convertían las calles de Acapulco en una morgue de cabezas y cuerpos ensangrentados. «La conquista de México no ha terminado» rezaba el cartel que acompañaba uno de los cuadros, como hablándole a los espectadores, recordándoles lo que sucedía a su alrededor. Ese mismo trance revivido el sábado 8, con filosa intensidad. La convicción de que los cuadros eran una ventana al corazón íntimo de México. Si es que tal cosa existe. Si es que el corazón íntimo de México no es una punta aguzada de pedernal. O un espejo de obsidiana que ya no ahúma. O un viejo incensario roto, quebrado, que alguien enterró antes que la palabra tiempo fuera pronunciada en cualquier idioma. O la cabeza desgajada de un caballo, que reposa entre escombros y cadáveres descompuestos –tal como en Los Teules IV, una pintura de la serie. El espanto vuelto lujuria, extensión imperial del rojo por todos los dominios.

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– Siempre me ha parecido un símbolo, no sólo de ese momento particular que fue la conquista, sino que también de la destemplada crudeza con que la violencia se manifiesta en México, una afirmación de Francisco López de Gómara, cronista español, en su libro Historia de la conquista de México. Hablando sobre la construcción de los bergantines, que sirvieron posteriormente para cercar por tierra y agua a Temixtitán, el cronista señala: «Los bergantines se calafatearon con estopa y algodón, y a falta de sebo y aceite, que pez ya dije cómo la hicieron, los brearon, según algunos, con saín de hombre; no que para esto los matasen, sino de lo que en tiempo de guerra mataran; inhumana cosa y ajena de españoles. Indios, que acostumbrados de sus sacrificios, son crueles, abrían el cuerpo muerto y le sacaban el saín.» Aunque Gómara no indica de dónde recogió los testimonios que fundamentan esta afirmación y, además, achaca exclusivamente la responsabilidad de tal acción a los indígenas, la imagen es demasiado sugestiva: para llevar adelante la conquista, la maquinaria de guerra española tuvo que recurrir a la grasa de los cuerpos de los combatientes enemigos muertos con el fin de impermeabilizar las naves, esenciales para el dominio de la ciudad lacustre. Como si el destino de esos muertos no tuviera ninguna importancia. Como si toda transgresión fuera válida y sólo de esta manera se hubiera podido dar fin a la guerra. Como si el orden surgido a partir de tal hecho se fundara sobre la carne misma de los desaparecidos.

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– En el libro XII de la Historia general de las cosas de Nueva España de Bernardino de Sahagún, los informantes indígenas relataron al franciscano los diversos presagios que supuestamente se sucedieron antes de la llegada de los españoles y la posterior destrucción de la ciudad. Toda una serie de acontecimientos -entre ellos el advenimiento de cometas, la quema del templo de Huitzilopochtli y la aparición de algunos extraños seres que, llevados ante Motecuzoma, terminaban por desaparecer- daba cuenta de la inminencia de la catástrofe. El mundo completo, de alguna forma, alterado en su misma esencia por el próximo arribo de los extranjeros, revelaba a los aterrados indígenas el avance del mal, su inevitabilidad. Cuán diferente este panorama -mítico o no, la cuestión no es esa- de la experiencia  presente de violencia y terror que se vive en México. Nada ha preparado a los ciudadanos para el actual orden de cosas, ninguna señal de la tierra o del cielo, ningún trastorno en la naturaleza. Por el contrario, el mundo exhibe una absoluta indiferencia frente a los sangrientos hechos cotidianos, que parecen completamente normalizados, asumidos como única y última realidad. Baudrillard hablaría de la transparencia del mal. Sólo que, en este caso, no existe tal transparencia: la violencia es exhibida en los medios de manera casi indecorosa, se la visualiza en todas partes, pero escindida de su sentido, como manifestación sin causa, exterioridad que carece de nombre y se refugia en lo informe, en la respuesta ramplona de «el Narco lo hizo» -aunque los límites entre Estado y cárteles sean cada vez más porosos y sus papeles intercambiables. Vislumbre pura del tzompantli.

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-¿Cuál de todas las lenguas en México expone de forma más completa la relación que existe entre la lengua considerada desde un punto de vista general y el mal? ¿La lengua de los periódicos, con su sintaxis de tetas y baleados? ¿La lengua de las televisoras, que enfatiza la idea de un país sereno como un plato de leche? ¿La lengua de las manifestaciones, de las consignas, de los lemas no por gastados menos certeros? ¿La lengua de las mantas que se hallan en el pavimento, colgando de puentes o al costado de cadáveres, plenas de errores ortográficos y amenazas contra todo el mundo, incluido Cristo Rey? ¿La lengua de las cabezas ensangrentadas, expuestas en el suelo hasta conformar densos arrecifes? ¿La lengua de los muertos sin número y sus aforismos intraducibles? ¿La lengua poética, que lucha por establecer los márgenes de una catástrofe inconmensurable? Sospecho que es del conjunto de ellas -y no de una en particular-, de la que surge la trama sin fin que implica decir el mal en un país como éste, entregado a una guerra continua contra fuerzas que supuestamente no tienen nombre ni rostro y que viven entre las penumbras de una ilegalidad que no es tal, sino todo lo contrario: la operación a plena luz de una maquinaria de muerte monstruosa.

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– Se hace difícil imaginar que los restos que se encuentran en las fosas diseminadas por todo México, apenas fragmentos, minúsculas astillas de huesos rescatadas del polvo por los forenses, formaron parte de hombres y mujeres con un nombre, una edad y un rostro definido, seres humanos plenos de temores y deseos como nosotros. Se hace difícil porque -creo- el crimen organizado se ha encargado de aniquilarlos de forma tal de hacer justamente irreconocible su humanidad. Al transformar los cuerpos en meras excrecencias que se distinguen a duras penas del paisaje, el Narco convierte la tragedia de las desapariciones en un acto irreal, algo que apenas puede ser creído, que lleva la marca de lo inverosímil. Cuánto de la malevolencia heredada del Tercer Reich hay en estas acciones, que hacen doblemente víctimas a los asesinados -puesto que se busca eliminar cualquier posibilidad de que el crimen se descubra al mismo tiempo que se borra la condición de seres humanos de los muertos, lo que afecta también la capacidad de recordarlos- es lo que me parece más terrible de esto.

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– Repetidas veces me he preguntado, en vista de la catástrofe que vive el país, el por qué no ha surgido entre los poetas, ensayistas y novelistas mexicanos, un cuestionamiento profundo acerca de las posibilidades que posee la lengua para expresar -y lidiar con- las situaciones abismales que plantea la guerra de baja intensidad que se desarrolla en México todos los días. No creo que incurra en una pregunta retórica si me interrogo por la real capacidad que tiene la palabra para siquiera decir lo que ocurre. Frente a la realidad de los asesinados, los desaparecidos, los desollados, los decapitados, los desmembrados, las fosas, la lengua no puede mantener un discurso encarnado en un tipo de expresión serena, hierática de ideas acerca del terror y la muerte, sino, al contrario, debe ser exigida hasta su fractura, hasta su estallido, pues sólo un idioma del balbuceo, un idioma hecho de cenizas y fragmentos se ajusta a la devastación que provoca esta guerra y puede interpelarla hasta obtener una sombría claridad -no es posible exigir más que eso-, compuesta con los collages delirantes de Abaddón. La lengua de Jeremías.

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– No olvidar jamás que el nopal sobre el que se posa el águila divina -signo escogido por Huitzilopohtli para indicar a los mexicas el sitio donde debía fundarse Tenochtitlán- ha crecido en el mismo carrizal donde el corazón de Cópil fue arrojado luego del sacrificio al que lo sometió el numen tutelar de los aztecas. No sólo eso: el nopal surgió directamente en el sitio donde la ofrenda cayó. Corazón que las tunas parecen imitar en forma y color cuando el verano alcanza su clímax. Corazón que puede ser también cabeza ensangrentada -que alguien siembra con delicadeza sobre el pavimento.

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– Sam Peckinpah ha construido una imagen de México como territorio donde impera una violencia sin límite, donde la muerte tiene señorío (parafraseando a Dylan Thomas), en algunas de sus películas más reconocidas como The Wild Bunch y Bring me the head…. Pocos cineastas han podido apropiarse del espíritu de un país, como Peckinpah lo ha hecho con México respecto a este punto capital. Y aunque reconozco que la imagen que el director exhibe es, en varios aspectos, tendenciosa -la mirada de un gringo loco, de un misántropo dominado por el whisky y sus propios demonios, la mirada de un odiador profesional-, que uno de sus principales largometrajes haya sido Bring me the head of Alfredo García (‹Tráiganme la cabeza de Alfredo García›) demuestra la profundidad de la observación de Peckinpah  para anticipar eventos que aún no tenían lugar en su época al nivel que los conocemos hoy día.

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– Codex México de Antoine D’Agata: la certeza de que esas fotografías donde se nos muestra la existencia cotidiana de drogadictos, alcohólicos, mendigos, prostitutas sobreviviendo en contextos arruinados, seres de todo tipo que viven en el margen y más allá, donde se nos exhiben escenas del crimen con los cuerpos escrupulosamente acomodados y pilas de cadáveres, donde se visibiliza la profundidad y peligro de la noche mexicana, encontramos una ventana hacia el corazón del México invisible, aquel dominado por la atávica miseria (nada ha cambiado; como decía Alejandro de Humboldt en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, redactado a principios del siglo XIX a raíz de su visita al país, «México es el país de la desigualdad. Quizá en ninguna parte la hay más espantosa en la distribución de caudales, civilización, cultivo de la tierra y población») y la violencia, por los enfrentamientos diarios de los que las televisoras se niegan a hablar, por una realidad supurante que no tiene nada que ver con la del México postal, limpio, plástico que vemos en los afiches de las paradas de camiones o del metrobús de Polanco o Santa Fe. El México del tonayan y del PVC, de la hediondez de las aguas negras y la putrefacción de los cuerpos, de la sangre secándose al sol o siendo diluida por la lluvia, de las fosas innumerables, el México de la todopoderosa miseria («Mientras que en México hormiguean de 20 a 30,000 desdichados cuya mayoría pasa las noches a la intemperie y en el día se tienden al sol, desnudos y envueltos en una manta de franela», dice de Humboldt), el México de los ritos y ordalías de la muerte es el que D’Agata ha ido retratando a lo largo de más de treinta años de trabajo en distintas tomas, que la exposición del Centro de la Imagen reúne por primera vez. Un paisaje con / en ruinas.

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Nican mopohua, motecpana, in quenin, yancuican, huey tlamahuicoltica, monexiti in cenquizca icapochtli, Sancta María, Dios inantzin / Abaten marinos a 8 integrantes del Cártel de Tláhuac –Entre los narcomenudistas está Felipe de Jesús Pérez, líder del grupo –También operaban en las delegaciones Milpa Alta, Xochimilco e Iztapalapa -Sicarios bajan a pasajeros de dos camiones y prenden fuego a los vehículos. / «Aquí se relata, se pone en orden, cómo, hace poco, de manera portentosa, se mostró la perfecta doncella, Santa María, madrecita de Dios.» / In huel ihquac in ipan xihuitl 1531, quin iuh iquezquilhuioc in metztli diciembre mochiuh / ¡Por Ojéis! Abate la marina al líder del Cártel de Tláhuac y a siete gatilleros / «Entonces en el año 2017, pasados algunos días del mes de julio, sucedió» / Auh in ye ahcitiuh in icpac tepetzintli in ye oquimottili ce cihuapilli oncan moquetzinohticac / Combaten marinos y narcos en Tláhuac –Tras el operativo en La Conchita, ruleteros, bici y mototaxistas desataron bloqueos; detienen a 16. / «Y cuando llegó a la cumbre del cerrito, contempló a una noble señora que allí estaba de pie» / Quimolhuili: tlaxiccaqui, noxocoyouh, Juanitzin, ¿campa in timohuica? / El grupo criminal vendía mariguana y cocaína en Ciudad Universitaria. Se le considera una escisión de la organización de los Beltrán Leyva. / «Le dijo ella: escucha, hijo mío, el más pequeño, Manolito, ¿a dónde vas?» / Huel nicnequi, cenca niquelehuia inic nican nechquechilizque noteocaltzin, in oncan nicnextiz, nicpantlacaz, nictemacaz in ixquich notetlacotlaliz, noteycnoittaliz, in notepalehuiliz, in notemanahuiliz / Uno de los cadáveres quedó a bordo del automóvil –La incursión se registró en una casa de La Conchita Zapotitlán –En el interior del inmueble había paquetes sobre una mesa. Tras la balacera, vehículos militares recorrían las calles de la demarcación –En las calles se localizaron casquillos de arma larga. / «Mucho quiero yo, mucho así lo deseo que aquí me levanten mi casita divina, donde mostraré, haré patente, entregaré a las gentes todo mi amor, mi mirada compasiva, mi ayuda, mi protección.» / Ca oncan niquincaquiliz, in inchoquiliz, in intlaocol, inic nicyectiliz, nicpahtiz in ixquich nepapan innetoliniliz, intonehuiz, inchichinaquiliz / 50 ejecuciones se le atribuyen a El Ojos entre 2012 y 2016 -30 desapariciones personas ligadas al Patrón de Tláhuac -$450000 diarios en ganancias por la venta de droga en CU, donde operaba. / «Allí en verdad oiré su llanto, su pesar, así lo enderezaré, remediaré todas sus varias necesidades, sus miserias, sus pesares.» / Quimolhuili: xitlèco, noxocoyauh, in icpac in tepetzintli, auh in canin otinechittac, ihuan onimitnànahuati; oncan tiquittaz onoc nepapan xochitl. Xictètequi, xicnechico, xiccentlali, niman xichualtemohui, nican nixpan xichualhuica / Eran narcomenudistas, no un cártel, asegura Mancera –Ahora vamos por toda la red que El Ojos tejió a su alrededor, advierte el Jefe de Gobierno. La SEP suspende clases del nivel básico en Tláhuac. / «Sube, tú el más pequeño de mis hijos, a la cumbre del cerrito y allí donde tú me viste y donde te di mi mandato, allí verás extendidas flores variadas. Córtalas, júntalas, ponlas todas juntas, baja en seguida, tráelas aquí delante de mí.» / Noxocoyouh, inin nepapan xochitl yèhuatl in tlaneltiliz, in nezcayotl in tic-huiquiliz in Obispo / La dependencia indicó que «durante el patrullaje en inmediaciones de la delegación Tláhuac el personal naval «fue atacado por presuntos infractores de la ley, por lo que se repelió, resultado del intercambio de disparos», lo que dejó un saldo de ocho personas abatidas. / «Hijo mío, el más pequeño, Manolito, estas variadas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo.» / Auh ca niman ic quihualcouh in iztac itilmà in oquicuixanotìcaca xochitl. Auh in yuh hualtepeuh in ixquich nepapan Caxtillan xochitl, neztiquiz in itlacoixiptlatzin iz cenquizca ichpochtli Santa María / «Felipe de Jesús no era delincuente, apoyaba a su gente. Atte. La Gente», se leyó en algunas cartulinas colgadas en La Conchita y La Nopalera. «Ayudó a mucha gente a poner su negocio, a polleros, a recauderías y tortillerías. También ponía dinero para las fiestas de los pueblos, apoyaba a los mayordomos y traía música o fuegos artificiales», recordó una vecina de la calle Guillermo Prieto. / «Y extendió luego su blanca tilma en cuyo hueco estaban las flores. Y al caer al suelo las variadas flores como las de Castilla, allí en su tilma quedó la señal, apareció la preciosa imagen de la en todo doncella Santa María.» / Auh huel cenmochi, iz cemaltepetl olin, in quihualmottiliaya, in quimahuicoaya in itlacoixiptlalitzin / Y es que a la hora de las traiciones El Ojos no se tentaba el corazón, según vecinos. «Pues así, si no te reportabas o te chingabas lana, iba y te ponía en la madre. Muy gacho. Se volvía loco. Los compas ya saben. Nadie se pasó con él por lo mismo. Mató a un policía en Canal de Chalco», dijo un mototaxista. / «Y todos a una, toda la ciudad se conmovió, cuando fue a contemplar, fue a maravillarse, de su preciosa imagen.»

Nican mopohua, motecpana… / Originario de la colonia Nopalera, el hombre de 48 años consolidó en los últimos 15 años su organización: distribuidores de cocaína y mariguana, sicarios, halcones, ruleteros, bici y mototaxistas que hacían recorrido por las carreteras federales a Morelos y Guerrero. / Auh huel cenmochi… /

«Y todos a una, toda la ciudad se conmovió, cuando fue a contemplar, fue a maravillarse, de su preciosa imagen.» /

«Y todos a una, toda la ciudad se conmovió…» /

«LA CIUDAD SE CONMOVIÓ.»

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Manuel Illanes. Santiago de Chile, Chile, 1979. Reside en Ciudad de México. Poeta, es licenciado en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile y actualmente realiza una maestría en Letras Mexicanas por la UNAM. Ha publicado algunos libros de poesía: Tarot de la carretera (2009), Crónica de Tollan (2012 y   2013)  y Memorias del inframundo ( 2016). Textos del poeta Illanes se encuentran en  la antología Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (2016).

Los textos que pertenecen al libro inédito Paisaje con ruinas fueron enviados por su autor a nuestra redacción para su publicación en la sección  poesía de nuestra edición web.

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