Palomares precolombino

Milagro Meleán

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Cada poeta lleva en el corazón el corazón de quien escucha.
Como tú, he palpado esta tierra;
Y, paciente, la vida se ha buscado en mis ojos.

Andrée Chedid

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Solar

La Palabra invoca; es el encuentro entre las fuerzas que precisan el milagro de la acción: un sembradío descubre la ebullición. Olor a hoja nueva: lo que el poema pida.

Existe en la poesía de Ramón Palomares (Venezuela, 1935 ​— 2016)​ una música que es invocación, atracción de fuerzas que proveen a la tierra de su fluidez necesaria, articulatoria. En la poesía precolombina, las voces se dirigen a una interacción con el cosmos, esperando una respuesta por medio de un diálogo «mágico» al Sol, la Lluvia, la Luna, la Tierra. Van al interior del canto donde confluye el pensamiento, imaginación y cuestiones del Ser. «¡Oh mi Dios!, haya abundancia de maíz; la tierna mata de maíz: / se estremece en ti, tiene fija en ti/ la vista hacia tus montañas, te adora». [1]

Palomares ahonda en la contemplación: su bondad. Canta y especula sobre la veracidad del canto, revela con su lenguaje aquella voz shamánica que atesora cada milímetro de todo lo que conforma nuestro entorno. A propósito del Sol, que para los precolombinos constituye la imagen de la existencia, Ramón Palomares se dirige al Astro en una casi celebración precolombina: «Ya vienes echando rosas, ya vienes abriendo oro, / ya te pusistes sobre los montes; / despertastes las colinas y las matas de malva». [2]

El sol produce visiones; avasalla. Recrea un posible lenguaje del movimiento, crea o destruye, pero si se precisa de esta desaparición; de alguna alternabilidad entre la luz y la oscuridad, es necesario el movimiento, esa imagen de circularidad que en la poesía ancestral se tejía en cantos conformados de estallidos; signos que se extinguen para luego renacer: «Solo un breve instante / ¿Acaso es verdad que se vive en la tierra?, ay / ¿acaso para siempre en la tierra? / Hasta las piedras finas se resquebrajan, / hasta el oro se destroza». [3]

¿Qué hay del hombre que protagoniza su lenguaje? El que se asoma a las palabras y descubre su encanto–abismo: «Agarré mi vara y volví los ojos: / No andaría más por los zanjones, / no olería más la carne de asar, / ni la lluvia». [4]  Es entonces la muerte el contraste de lo solar. En Palomares y en la poesía precolombina; la muerte es un mineral celeste que eclipsa:

a) lo terso en la piedra fina,

b) el oro y su potencia,

c) las andanzas en los zanjones,

d) el olor de la lluvia.

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Cosmovisión

Todo cuanto requerimos y logramos articular, es resultado del imaginario. El arte se nutre de ello. La poesía se construye conforme las palabras dan cuerpo a la voz. La contemplación también crea y da forma al entorno. La poesía es el enlace entre el mundo y su lenguaje:

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Y el habla de las gentes era un habla muy rica, de una gran musicalidad que tenía tanto de remi­niscencia indígena como de fuerza de un castella­no primitivo, algunas veces arcaico. De manera que allí había una musicalidad interesante, rica, atractiva, que necesariamente en las personas, co­mo es mi caso, dejó su impronta, su huella, su ele­mento [5]

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Palomares invita al poema y el poema acude; se viste de naturaleza, fronteras y clima, transita en las voces que pueblan ese entorno. Voces como un cuerpo, y el cuerpo las recibe. Un canto que se despoja de cualidades solemnes, y brilla con humildad: «Qué tejedor, / la hoja verde y firme su cuerda. / Otros hacen su casa de una fruta, / o mecen el rocío. / Y qué orgulloso el cielo de sus andamios verdes, / un corazón pequeño sale de su guarda». [6] En la poesía precolombina el entorno también es la fuente; es hallazgo –invocación–: «Ya va a relucir el día, / ya va a levantarse el alba: / libando están las variadas preciosas aves, / en la región de las flores». [7] El yo se desviste por ausente. Contemplación es el rastro de la creación. Un ver desde cerca hacia dentro (poesía), un silencio y una presencia más allá de lo que somos y más allá de lo que vemos (poeta), como un largo tránsito entre un yo desposeído y la palabra sobre la piel que intuyéndola se muestra como preciosas aves, como la hoja verde (poema).  

Vida y Muerte se congregan. La poesía les observa en el centro de su quietud o ventisca. El poema traslada ese vínculo posible entre lo vital y lo fatal. Lo hace «accesible» o tal vez tangible. Así la vida comunica sus procesos, entre estallidos que aterran y maravillan: amar cuando el otro contiene la vasija que buscamos; mirar el brillo o la niebla; recordar la música cuando esta se traga el águila o la cascada. Ese vínculo, antes señalado, se vuelve instrumento sonoro: es la voz más interior, esa que se conecta con el habla de los otros: «Por más que no me llamen los aires / estará el aroma vivo / y la alegría bordará la tierra. / Si no se conoce mi nombre / me llamo el viajero, / el que no alcanzara a ser la flor trinitaria. / Pero hoy te poseo, sol, / no menos que las espumas / o los peces ocultos». [8] En los precolombinos se mantiene la evocación; fiesta constante del recuerdo: «Empiezo a cantar yo Macuilxóchitl, / para dar placer al dador de la vida: ea, empiece el baile. / En la mansión de los muertos está también su morada: / su mano dirige el canto: mirad aquí vuestras flores: ea, / empiece el baile». [9] De ahí el goce y la celebración, devenir de circularidad y canto preciso ante el entorno que soslaya las apariciones; presencias nunca aisladas del tiempo, diálogo siempre con lo divino. La Muerte sin el atisbo de oscuridad.

El tránsito se descubre por su cualidad circular: «y ha vuelto a llover y dime qué sol ha venido y qué canción has oído y qué mariposa baja hasta la flor del patio / y duerme y / dame ese perfume que todo es un perfume y una esencia y una vaga brisa que llega y se mueve anda y desanda / y dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir / y si de ti todo se ha ido y todo está por llegar y todo está en viaje y todo es nuevo y vuelve / Adiós   Salud  Adiós». [10] Al leer a los precolombinos también escuchamos el eco de la voz que perece, todo enmarcado por un hermoso límite al final de la existencia: «Todo lo que florece en tu solo y en tu tronco, / la nobleza, el reino, el imperio, en medio de la llanura / está entretejido con tus flores… ¡al fin flores secas!» [11] Igualmente, se precisa el movimiento cíclico; es hablar del Tiempo cuyo baile repetitivo jamás olvida su rastro, no por ello pierde su bondad; se vuelve esperado porque comienza la nueva estación.

La poesía puede ser un punto de encuentro con aquello que somos o el lugar al que pertenecemos. El poema es un dispositivo verbal que nos muestra la concepción de ese contexto. Nos revela aquello que creíamos olvidado, lo obsequia nuevo. Es cosmos reunido en la frente de quien observa. El poeta precolombino sabía esto.

Palomares descubre al poema que orbita con los astros, luego desciende y pasea por una calle andina, por el acento de un paisano, un naranjo que ilumina y oscurece, el páramo del águila, el dialecto del pájaro.

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Telúrico

…sí puedo hablar de mi inclinación hacia la exaltación de la tierra, de la veta indígena, de esas reminiscencias y esos sentimientos que parecía po­der asumir en algunos momentos sin que necesa­riamente los estuviera clasificando. No necesaria­mente. Lo que hice lo realicé con un profundo respeto por la cultura precolombina, por la nostalgia de la imposibilidad de una comunicación más in­tensa con esa cultura indígena, por el sueño de las visiones de Tenochtitlán que nos aportó Bernal Dí­az del Castillo, por ejemplo, al describirnos la ciudad, las aguas, sus puentes, sus vías. Aquella ciu­dad esplendorosa que él describe en la Verdadera historia de la conquista de México. De manera que eso me inclinó hacia allá. [12]

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Referencias
[1] Xipe Tótec,  Canto de nuestro señor el desollado, bebedor de la sangre. Poesía Nahuatl
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[2] Ramón Palomares, Sol. En Paisano (1964)
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[3] Netzahualcóyotl, Solo un breve instante. Poema Nahuatl
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[4] Ramón Palomares,  Muerte, en Paisano
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[5] Ibíd., «SER FIEL A LO QUE UNO ES». En Papel Literario de El Nacional, Caracas 10 de enero de 1999. Pág. 2
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[6] Ibíd.,  Andamios verdes. En Vuelta a Casa
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[7] Canto del Atamalcualoyan, Poesía precolombina
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[8] Ramón Palomares, El viajero. (RAMÓN PALOMARES) En El Reino (1958)
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[9]  Victoria de los matlatzincas. (Poemas de carácter heroico de la poesía indígena de la altiplanicie
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[10] Ramón Palomares, Adiós. En Adios Escuque (1974)
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[11] Canto del Rey de los que vuelven, poesía precolombina
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[12] Ramón Palomares, «SER FIEL A LO QUE UNO ES».

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Milagro Meleán. Venezuela, 1994. Actualmente vive en el estado Zulia. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad del Zulia. En la Revista La Náusea (España) hay una selección de su poesía en la Antología Doce poetas femeninas del siglo XXI. En la Revista Poesía de la Universidad de Carabobo se ha publicado parte de sus poemas inéditos, igualmente en la Revista AWEN (III número y en ebook Horas de Extravío). Ha sido finalista en el concurso Rafael Cadenas y Hugo Fernández Oviol. Participó en el proyecto audiovisual La Casa Andrógina, que a su vez está vinculada con la Editorial Digital Independiente que lleva el mismo nombre.

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Jhonathan De Aguiar
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