Parapente

Carlos Vicente Castro

 

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Vuelo 734 de Volaris

Si algún pasajero equivocó este viaje
se encuentra en toda libertad de bajar,
repite tres veces una voz grave y mecánica
en el avión con los motores encendidos,
el combustible cargado.
De otro modo –aclara– nos acompañará
a destino hasta el final.
¿Y si fuera yo de quien hablan?
A mi lado no hay nadie, solo enfrente
un joven de cachucha roja
con un libro en la mano.
¿Y si ningún pasajero debiera
haber tomado este vuelo?

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Metamorfosis

Me encuentro sin encontrarme en la casa de campo
de mis padres. Los sobrinos esperan a romper
la piñata de Superman repleta de Pelón Pelo Rico,
paletas De la Rosa o chocolates M&M.
Los músculos me duelen por la resaca, pero no tanto
como a Superman en cuanto desayunemos.
Pobre Superman: su tragedia nos traerá dulces a todos,
reiremos de su desgracia, nos empujaremos unos a otros
por el generoso regalo que nos ha dado al caer vencido
como un dios destazado entre muecas de felicidad
para formar parte del mundo en el bote de basura.

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Selfies

No me agradan los adictos a tomarse selfies,
siempre fotos de sí mismos como si necesitaran
verse todo el tiempo con diferente paisaje.
No creo en su enamoramiento personal,
ni que dure, ni que importe, ni tampoco creo
en su carisma de platos rotos. Algún día despertarán
engullidos por su propio yo, atascados en el mismo
rostro aunque se trasladen al fin del mundo.
Algún día todas las selfies juntas, una sobre otra
no serán más que una sola selfie infinita
que documenta el deterioro.

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Hay un yo lírico encerrado en todo esto

Persiste en la derrota y en el triunfo,
se deja acariciar por extraños y muestra los colmillos
ante la crítica más severa, ante los modosos reseñistas.
No le agradan las fastuosas revistas de moda,
aunque le encanta ganar algunos pesos si se los ofrecen
con cortesía. Hay un yo lírico escondido en todo esto
que hace de las suyas en contra del poema inacabado,
de la estructura fragmentaria y de la hemodiálisis
a la que se someten los versos de laboratorio.
Hay un yo lírico encerrado en todo esto, a veces
persigue al joven de la pizza, a la niña de los volantes,
al carnicero que lo mira con desprecio,
afilando su cuchillo prosódico.
Hay un yo lírico encerrado en todo esto:
alguien sospecha de sus motivos ocultos,
las pistas que va dejando
tras de sus crímenes.

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Considerado

Una raqueta para matar mosquitos
reposa inerte sobre la cama.
Ya me han picado dos
y no quiero electrocutarlos,
ni a los que vienen.
No, porque su vida es corta,
porque mi sangre
está en ellos
y ahora viaja.

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Una tórtola de plumas grises

El domingo pasado, en la casa vacía,
escuché pequeños ruidos provenientes del pasillo.
Resultó ser una tortolita de plumas grises
que había entrado por la cocina y hacía lo imposible
para atravesar el vidrio empañado del comedor.
Cuando la encontré, tiritaba, escondida
en uno de los pliegues de la cortina beige.
Al inicio no me atrevía a atraparla:
el miedo de tocar algo tan vulnerable
me hacía desistir, hasta que la tuve
inmóvil entre las hebras de plástico de una escoba,
la tomé con mi mano izquierda y,
sintiendo su pequeño cuerpo latir en mi puño,
salí al jardín y la arrojé: voló huyendo
para volver seguramente a estrellarse
contra otra ventana.

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Casas vecinas

Apenas si he visto dos o tres veces
a mis vecinos de al lado.
Ignoro cuántos son, no siempre
aparecen las mismas caras.
Si estudiantes o una familia.
Ayer un hípster de espléndida barba
insistente nos miró desde su cochera
—a mis hermanos, a mí—
y de pronto fue engullido
por la puerta hambrienta de su casa.
Esa misma que, solitaria e inundada,
un día lloró de agotamiento
a través de los muros.
Salté a la azotea, desahogué su canal
de tierra y hojas secas —aunque
el daño ya estaba hecho.

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 Yo he hablado con Dios

Contrario a lo que cualquiera creería, no ha sido
porque soy buena persona. Dios me habló,
me dijo que soy una basura en el medio de la calle,
una brisa pasajera y molesta en su pequeño diario
donde escribe las faltas de los millones que entretienen
su carencia de amor. No he querido ser irrespetuoso
porque Él siempre tiene la razón. Y no es ironía, o la ironía
viene después: yo podré desgranarme los cabellos
argumentando en contra, flagelarme, echar reparos
y sin embargo al final, si deseo un dormir tranquilo,
la sonrisa de mis padres a la hora de la cena, el aprecio
de mis hermanos y sobrinos los domingos de parque,
no hay de otra: he de aceptar esta culpa como los débiles,
mostrar mansedumbre, aunque por dentro, muy oculto
detrás de una arteria oscura, piense en cómo salir de esta.

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Emergencia

Si una hoja como la de la bugambilia
que ahora mismo
está fijada en mi mente
cayera, el caos contenido
se desbordaría a niveles inimaginables.
Es como si un hilo de araña sostuviera
esta conurbación entera.
Pienso en una salida, solo espero la señal
que me permita estar a salvo
de la transparencia.

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Carlos Vicente Castro
(Zapopan, México, 1975) es autor de Carcoma (Écrits des Forges y Paraíso Perdido), Apócrifos + Circo + Un edificio en construcción (Mantis Editores y Secretaría de Cultura de Jalisco) y Late night show (disponible en Poesía Mexa). Los poemas de Castro fueron enviados a nuestra redacción por Juan Romero Vinueza, corresponsal de POESIA.

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La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Marco Saraceni
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