Parpadeo intertiempos

Reynaldo Jiménez

 

Los rostros inintencionales en las puntas de las alas de falena del ángel. Ojos en todas las partes del enhebrado escamoso del paraplumaje. Aun más atrás, a un costado, a la izquierda del campo de visión, casi inflorescencia, ancilar a la vez axial, el follaje cotidiano pero inmóvil del Paraíso bien podría estar subsistiendo a través de esas miradas búhicas por las hojas sugeridas y deberse, de igual modo, a sus intersticios de penumbra fresca, que los expulsados no reconocen pero ya inmemorialmente resienten.
……….Apenas actúan en su congoja drástica algo como la pérdida definitiva de la juventud, esa segunda inocencia. Colocados al alba de la tragedia, o sea ese paso-nunca-lo-suficientemente-en-falso, después de la inocencia: vestiduras de pieles livianas de animales seguramente cazados en bosques seculares de los que ni recuerdo oscuro queda, ni petrificación de una sustancia neta en la urdimbre acaso acalambrada de la memoria.
……….Porque nada recuerdan Adán ni Eva. Entran en ése su descenso inmemorial que habrá de quitarlos, en cuestión de segundos, del recuadro que enfoca, sostiene en suspensión, La Anunciación de Fra Angelico que destella desde una pared del Museo del Prado, en la misma y célebre sala que, entre otras, las piezas de El Bosco y tres de las cuatro Escenas de La historia de Nastagio degli Onesti, pintadas por Botticelli, tomadas de Boccaccio (y exploradas por Didi-Huberman en La Venus rajada).
……….Pero todavía y renovada, denodadamente todavía caminan, flotan sobre una superficie sin visos de suelo: ni consuelo ni desolación. Sempiterna primavera paradisíaca que un ¿querubín?, encendido el fiel naranja de su ropaje y algo de falena en las alas, espolvoreo de polen con dejo celeste, abre y descubre un retazo ínfimo de cielo en su difuminada cintura hacia las hojas, de las que emerge una y otra vez, efervescencia de surtidor, la mirada hacia Dentro, propicia a la bizquera concéntrica del ánima.

 

Visto solar con aureola invertida que dimana el cuello, situando la cabeza del subángel a manera de incrustación en la selva del retazo solar, en escorzo rarefacto y signos en ambos gestos de las manos, de un orden alfabetario a descifrar quizá muy lentamente, como en demora rayana en la inmateria, si es que algo así lograse conjugarnos esta especie de panilusión de su tangencia,
……….aunque, punto oscuro de indescifrable en el fraseo colorístico del mudo representar, teatrillo rupestre en el friso fibroso, en el tocar como al roce la textura, tramarla al toque de un destino entre la imagen, con vértigo basculante de quien degusta, alude al espectador mientras los protagonistas del cuadro dentro del cuadro lo ignoran, para siempre, en el detenimiento impar del anuncio que prosigue, aunque atmósfera aureolar por entero y larvariamente los envuelva,
……….y escuchen, escuchen, escuchen,
……….se puede suponer, en vibración de parche retiniano al oído secreto de la intuición, que se prende al ángel de la guarda, por una instancia de subsegundo miliar de este algún lado de la confianza, alelado de un goce diminuto como el miniado mismo, certeza paralela que aunque no desata tampoco ata, retenido al fin un gran temblor hasta aquí inadvertido en los repliegues de devociones insobornables de tan inconfesables, es decir sin confesión ni profesión definitiva de fe, aunque sí, también, parpadeo del dudar, nunca definitivo, no desde sino hacia un Medioevo ya añorándose,
……….entre el perfume que el pintor consignó destellos blancos de jazmines, brotes del destierro de perfume (porque se trata, también, de pintar en perfumes) y amarillos de las más frutas imprecisas, sus jaspes alucinatorios, en la medida en que semejan, de pronto, hasta siempre, las miradas luminosas de insectos nocturnos adentro de nosotros,
……….perfiles de plumajes que alumbrando persisten, detrás del velódromo del impacto retinal, no el rostro de los que además de resplandecer miran, no se sabe adónde, situándonos, casi a la altura de semejantes, ante tal perspectiva interdimensional, inferido así su visaje interior, invicto envés del revés del rostro, que no asume una cara, ni se consume en la reminiscencia, acaso, de su recuerdo de sí, devuelto quién al arcaico ondular inesperado en pleno corazón del teatro sacro de muñecas.
……….Y la expulsión directa, lo igualmente puro expulsor en el anuncio perpetuo de ese mirar adentro que embaraza los ritmos y destellos que los difunden, no entre sino auras adentro.
……….Y como quien tapa una vergüenza que puede ya no ser ni deberse a efectos del cuerpo que nos tocó o pudo tocar, aun a pesar, incluso, de la forma, del acto captable, de la catación palpable de este acto a que envía la pintura en cuanto tacto, en tanto imantación háptica, cuando uno, vario de momento, en efecto queda tomado, rendido, resignado al más craso, por dulce, desconcierto, Adán se cubre el ojo derecho y el izquierdo nada ve sino ese llanto seco, inherente pero suyo, mientras Eva encara, no se sabe si altiva, al espectador o su supuesto alterado.
……….Los labios en tensión, inquisitiva mujer ya ex-virgen ora y desde la claridad que le colorea la mejilla mira, suspicaz, nos atiende, de a poco, presta a nos su atención desinfinita.
……….Porque se alcanza, ella, al nivel suspenso de su mirada, Eva observa, desde lo incontestable del espejo, pasado por sintetizadores de mareo mediterráneo y de contiguo sol, al furtivo espectador, calado así, ofrece como la otra desnudez, debajo y dentro del vestido inseguro, hecho de piel de un animal, insistamos, paradisíaco aún, en este, diríase, aún, que precipita el paraíso de la última instancia en que la conciencia se disuelve en intuición, pues no se comprende ya si con retorno o reflujo, bicho, ella, la cual no se describe, como en instancias de una otra desnudez, emergencia supina del plano vegetal introyectando.

 

La Anunciación de Fra Angélico. Museo del Padro. Madrid, España.

 

Y en cuanto parte segura del ánima del fraile pintor deviene, una vez vista, la firma figurativa que perfila la manifestación, se dirige, aparente reojo que es otro foco, cuando y donde la pintura nos coloca al ras del ojo que no corresponde a una sola lente de aquel siempre viejo cristal con que se mire,
……….adonde no es posible eludir, salto del perrito-alma implicado, esa dulce comprensión a mitad del juego inacabable de atender que anima a ese tal y bien supuesto mirar, al cual va precisando, macerando en la propia galaxia de chispas de esplendor reminiscente de sus recorridos, los cuales proponen en el cuadro un arroparse en la suave desnudez, que sobreviene, desde atrás de la escena a la que por ósmosis torna envolvente, propicia se anima,
……….porque se atreve a la extensión intensa de la intimidad en el mirar, por fin, ensartado en ese ver, ese volver a ver, ilegibilizando a su vez, reponiendo la memoria de la aparición, porque si hay aquí algún esfuerzo de conversión éste reside en el hecho pictórico puesto en evidencia de su intrínseca mutación, la cual paradójica ocurre y concurre a flor de un flotar inmóvil, influyente como el aire, el cual es, de esa encarnación que, por efecto de destiempo típico de aconciencia paralela, difunde al interior del quién mientras incierto un despertar descendente, especie de contraparte de la suerte que pueda tener, o no, entre tantos coevos del entretanto aquel espíritu, si eterno ambiguo, en cuya polivalencia anida y recobra consistencia (paradisíaco-paradiscursivo) lo espiritual, sucede,
……….al fin, aleteo antes del leteo, deletéreo pues sucede,
……….vuelve a suceder, para seguir sucediendo, allende los limítrofes tajos de la premura de los juicios.

 

Así los pies de ambos desatados, y es al toque, el tacto a discreción del mago, eternos porque amantes, media esfera del símbolo cada cual, andrógino desangelado, tal sus brazos en contacto sostenidos por la rama que al envolverlos los invoca,
……….despedida acaso del jardín que, fuente de calor paradójico, se perpetúa bienvenida en el aún, donde los dos habrán de juntarse, labios de la sola herida, por el roce de las dos conciencias sensoriales, azuzando impensables bodas en suspensión por entre ese crecimiento absorbente hacia la gravedad,
……….todavía ese rizo grácil de ramitas no quebradizas parece querer retenerlos, último retén el abrazo indesatable que es natura tanto contranatura y cuya otra lengua siempre deletreándose nos habita y en tal retornar detona lo que no sería ya creencia ni se monta a ninguna esencia separable del perfume.
……….Se adivinan raíces inminentes a su paso y el gesto de las manos de ese ángel aparentemente segundón y en trasfondo secundario articula, como a la vista de un acuario solar, un arco de intraducible respuesta a las angustias que desde nunca habían surgido para siempre, ……….
en el acto inequívoco de la percatación interdimensional, ergo del hacer conciente, barrer para acá, a la manera de un trastorno, en realidad, como en inciertas tradiciones a contrapelo que, constata su constar, se desatan de sus fuentes, desborde prebúdico, desmesura que es la inocencia, cuando perdida encubre, de tal suerte, su incontable disolución,
……….aunque básicamente el hontanar reabre o traduce o subdivide su parábola aparente en tres aspectos, ineludibles al uno de cada cual: enfermedad, vejez y muerte.
……….O el arte de pintar esta incógnita actual sin salirse del capullo del llamado imaginario ni por evocación siquiera, muy al contrario, haciendo acto de presencia pictórica a través de una impregnación con no menos aparentes contradictores de la tríada anterior, mostrando, celebrando a ojos vistas: nacimiento, juventud y esperanza.

 

La susurrada advertencia de trasfondo, y no el frontispicio puesto a oscilar la escena principal, lo que hospeda ese vértigo de encajes intermundos, subdivididos por la parcela del testimonio del alma del devoto, presto al presente, que pinta reclinado, se puede todavía escuchar, hacia el estanque de una inquietud sin fronteras.
……….Se reclama en sordina de timbres que van desde los verdeos a los infrafogosos, y asumiendo gradientes táctiles inclina, también, la balanza de la mirada hacia la contemplación, o cuando menos a su reflejo armónico, la cual no queda airosa, es cierto, ante los merecimientos de una fe que se confirmara en la insípida repitencia del ritualismo, sustituto del proceso de rumia que implicara el plurifoco del devoto,
……….sino en el reavivamiento sensorio-sensual, vía los ilusionismos pictóricos, por apenas rozarlos el pseudoconcepto, la puesta en escena siendo de por sí una estancia, aun si breve, de tan breve que es la atención, unísona, en el paraíso de su propia idea encarnando, ante la vista, de todos, de ninguno, en eclosión de instancias en que los estratos dimensionales se intersectan,
……….se avivan para que surja desnuda la observancia de un silencio no menos hospitalario, aun si con un fuerte costado agreste, y otro abisal, después de parpadear un buen rato, alerta al movimiento que soterra en texturado velocidades meditantes, las que despierta el contemplar,
……….donde aun el jamás devoto, de prestarse, queda exento, en lo inmediato-immedible, antes del conteo del racconto, de cierta irrigación, inescrutable.

 

La emanación a larga distancia de la profesión de fe, aun para quien ignorase todo acerca del dogma que la propagara, fijándola a un estatuto u otro, opera, desde muy lejos, sin lastres verbales, como en la pintura rupestre: desde la más precisa anonimia que hace vibrar al corazón despegado de cualquier identidad,
……….si bien hacia una reminiscencia, en que algo, en el alguno de uno, se identifica pese a sí, se verifica en el sacudón amable, al borde imperceptible, de un recordatorio que no alude ni huele a desierto conocido.
……….Quizá el paraíso sea el olor del entre, un parpadeo del alma-valva.
……….Incluso en la captura simbólica del conjunto sígnico que propulsa esta figuración, la calidez de una anunciación y no de otra, o la diferencia que la radicaliza, en este caso, provenga esta conmovida contemplación que en una sola ráfaga de segundo, medio penal, disuelve, justo antes que la conciencia reconstruya su dominio, las prerrogativas de creer o no creer.
……….Quizá el propio verbo remastique sus fianzas.

 

Contemplar una escena pintada, incluso en la «reproducción técnica de la imagen», de pronto no coincide con las ofertas visuales de la semana, o del mes, o del año, para no decir del siglo, y varios siglos más,
……….se imponga escuchar quizá un esplendor que no ciegue, sino que ajuste la mirada a una irrigación fluyente de signos figurales a seguir en un vaivén de nacimientos sucesivos: el parto del descenso paradisíaco, el santo futuro en el nonato, el andrógino en el ángel,
……….los planos de la imagen removiendo una ternura que busca extorsionar, que hace de la representación una evidencia, la del aleteo interdimensional que se apercibe, relámpago de la aparición en plena escena.
……….Meditar, en el sentido de una contemplación incomparable (incluso con otra instancia de contemplación) abarca y revivifica el hecho premeditado de componer la imagen, pero ese salto lo propicia el furtivo gesto en que la mirada no se ve separada del signo en que reposa. ……….
Porque hay un descanso del ojo en la mirada y viceversa, y en ese coincidir se abre la forma al aura en que se envuelve. Ahí es el temblor del alma suscitada por la elocuencia de la imagen que remira sus formas, y es en esto que aún importa el espíritu animado por la fe, la cual el dogma apenas sutura, supura.
……….Ni la virgen ni los ángeles serían ya sujetos de debate sobre las cabezas bizantinas de alfiler. Serían, en el mejor de los casos, un indicio de jungla semántica, de sucesivas e inexplicables capas y capas de color y de ilusión. La magia del ilusionista pictórico no queda retenida en trampantojo sino que toca la retina traspasada.
……….También, esa cualidad de lámpara que sostienen ante la inquietada vista ciertas pinturas. Una luz en la transparencia no pintada pero que pasa a través de la materia que la precisa. El milagro estaba en el ojo pero el ojo estaba en el cuadro y no desde donde creía ver. Anunciación asimismo de que de pronto el ojo deviene unánime con la figura que lo observa desde el rincón menos especular, y sin embargo…

 

Por detrás de una columna que funge en otra proporción, en la medida improbable de una dimensión alterna —es decir alterna con ésta, la del que observa y quizá contempla, es decir se brinda en ese gesto una esperanza— las alas áuricas del ser anunciador involucran el encuentro entre la planta del origen y la planta arquitectónica, en la misma dirección de los rayos envolventes que despide la figura del ángel, sólo que en forma de tapiz de escamas doradas, en toda la gama que va del blanco-oro al negro-polilla.
……….Se intercalan los planos en idéntica medida al entrecruzamiento dimensional. La perspectiva no es apropiación técnica del realce de un punto de vista sino disolución del ojo en un espacio envolvente de otra realidad, aguzadamente fracturado, eso sí, por la diversidad casi caleidoscópica, si bien flotante y en calma,
……….calma que atraviesa no se sabe si de vértigo en esa aceptación de las disoluciones, en una reconversión de los signos visuales en alegría de un trance que no sofoca pues no busca convencer, afluye, pone en balanza sacramental el Paraíso Perdido por un lado y en el platillo par la esperanza de lo que vendrá.
……….En el ensamble de los tiempos, las cosas no encajan exactamente aun cuando manifiesten —o sean sus radiosas manifestaciones— la claridad que sobreviene a la transparencia, ahí donde los objetos contundentes de la vida encuentran expansión en la mirada que se va entregando al recorrido vincular, sin ya intentar detener el curso de los acontecimientos apenas explicables por la fe. ¿Pero a qué alude, en pleno vértigo actual, un término semejante?
……….Que la mirada sea un acto de fe se renovará, sin renuencias ni renuncia, con una constancia no menos inexplicable. Sustancia de los actos, el mirar se compromete en esa relación con sus ex-objetos, devenidos sujetos, en realidad alterna, con los que se impone una conversación que desplace centros y periferias.
……….No sería necesario profesar, tal el pintor, mientras sea necesaria esa suficiente fe como la que evidentemente, y más acá del dogma, lo ha animado a plasmar esta imagen a su vez animada, como para repercutir en la develación del estremecimiento con que puede, quiere afectar.

 

Quien contempla viene en trance de evidencia y la pintura vuélvese soporte de un vértigo conciente y habitado. Escalofrío al interior conmovido por la muestra de una aparición que vibra, emanada de la mano de otro hombre muerto hace siglos,
……….una trascendencia sensualizante de lo propiamente abisal se reúne, en un contacto conciliar de espolvoreo de alas de mariposa en simultáneas naturalezas, con la primavera de los albores, por cuyos detalles de rajadura de sombra filtra asimismo la promesa insobornable de cuáles y cuántos inviernos todavía en trance de advenir.
……….La cualidad androginal de los personajes refiere a la instancia limítrofe de una juventud que perdiéndose, junto a la candidez del mundo fatal, acaso la de la propia cultura de emanación, remitiendo a su vez a una pérdida anterior, la de la inocencia aborigen, aquella que la cultura no recupera sino como evocación conjural o contrahechizo, en algún estamento u otro, que dimana apenas a cierta altura, no menos alada por parpadeante, de la mirada.
……….Tal parpadeo no consigna sino la intermitencia deshipnótica en que algunos indicarían el poder de una imagen intrínseca, la cual, operando retinianamente, a nivel de superficies que la sola conciencia altera, abre una zona liberada del enfrascamiento nocional, pues aun cuando la parte aglutinante del dogma pueda mantener sus prerrogativas narratológicas, su específica confesión, su manto discursivo, incluso, las supervivencias de otros planos en continua emergencia abarcan y traspasan, desde dentro, a las figuras por igual libradas a su intrínseca cualidad de aparición.
……….Eso que impregna la entrevisión de la pintura devocional habla a las claras, aunque claramente nunca a los gritos, de una puesta en foco o meditación para la que el cuadro mismo funge de soporte, en ese acontecimiento más allá en que cifra la circulación galáctica de los signos figurales, volcados pero a la vez traspasados, en esa superficie legible en que titila su intermitencia, entre las formas aparentes de la imago,
……….la aparición mientras pasa por los distintos cuerpos sucesivos: María, el ángel principal, la paloma o Espíritu Santo, el otro mensajero querubínico, Adán y Eva y las florecillas y los pliegues y el día eterno que se anuncia en el reflejo solar de algunas hojas en la ventana ínfima de un claustro en perspectiva dentro de una construcción fuera de escala, cuyo techo en arcos representa el ritmo de la bóveda celeste, del mismo color algo índigo que envuelve o reviste a la por siempre virgen.

 

Toda aparición es porque anuncia, siendo ese anuncio, a veces con un cierto aire de advertencia al interior de la buena nueva, ilegible a los ojos que no comulguen con su veta específica de fe, pero que pictóricamente permite, a efectos de una más espontánea mirada, desligarse del dogma atingente en la intensidad paralela de una circulación envolvente del mirar mientras contempla, ahí donde todo se vincula en vez de estratificarse más y más, fuera de la rigidez impositiva de la propaganda religiosa.
……….Esto también lleva a revisar una vez más la condición etimológica posible del verbo contemplar: templar el instrumento perceptivo y percatante, investirlo de irradiación, entrar despiertos al cuadro como quien se interna cada vez más en el templo de su intimidad con las cosas, como en una libertad indesligable del misterio. El cual, como advirtiera, siglos después de Fra Angelico, el cubista Braque, «estalla con la luz del día». Tanta su evidencia que el pintor no ha reparado más que en ella: la luz que baña las superficies asimismo involucra, permea los trasfondos.
……….La representación aletea en pos de una impronta que no quedará retenida por la retina. No se trata de un impacto sino, al contrario, de una lentitud de rumia que no deja de poner en movimiento anímico, animar a figuras tan implicantes. En la imagen principal del retablo de La Anunciación del toscano Guido di Pietro da Mugello, oro y temple sobre tabla, pintado «hacia» 1426, nada, aparte de las cinco escenas de la predela, que la expanden, en el reparto iconográfico deja de alcanzar —acercar— tonos y timbres de la vida del ánima.
……….Textura de vaivenes cromáticos que, como en fiel miniado con fortuna premoderna, entonan la moción del recorrido y el ojo, liberado de hacerse depositario de la unidimensión, así como de sus aparentes escala y comprensión representacional, anteriores a la actualidad de la momentánea contemplación de la escena-mito, no se harta de mezclar, a su modo, direcciones y valores.
……….Al templar con: instante e infinito, aleteo y gravedad, pero en gradaciones cuya sutileza de mixtura anímico-simbólica rehúye, por lo mismo, a la aserción del juicio categórico. En tal sentido el pintor del temprano renacimiento se mantiene cerca de la magia. La colocación pictórica en tanto pensamiento mágico, transmutante.

 

Sólo se sabe, sin recurrencia a la fe —la cual se verifica en el tacto pictórico que sensoauralmente emana esta pintura— que supuestamente precisaría el argumento, sino por elocuencia de la imagen en su apelación visionaria a la mirada,
……….directo al ojo propiamente invisible de la intuición, sin posibilidad de reconocimiento o recompensa, que ante el anuncio no se agosta la sensación, recuperando en cada vuelta por la pequeña constelación de las figuras, vero diagrama en tanto soporte de la contemplación, la apelación renovadamente sensual en que la pintura traspasa sus figuraciones,
……….realzándolas para su meditación en el soporte, de manera que no pueda sino otorgar, consistencia sagrada, es decir sobrenaturaleza que se anima e involucra en aras de un reverbero de lo invisible, más acá de la retina, ampliación receptivo-percatante del sensorio, esa bendición inmediata, acaso dulcemente perturbadora: roce de pliegues, también, en intimidad numinosa.

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R.

Reynaldo Jiménez. Lima, Perú, 1959. Reside en Buenos Aires desde 1963. Publicó: Tatuajes (1981); Eléctrico y despojo (1984); Las miniaturas (1987), El libro de unos sonidos. 14 poetas del Perú (1988); Por los pasillos (1989); Ruido incidental/El té (1990), 600 puertas (1992); La curva del eco (1998, 2ª ed. 2008); La indefensión (2001, 2ª ed. 2010); Musgo (2001); Reflexión esponja (2001); Papeles insumisos de Néstor Perlongher (con Adrián Cangi, 2004); El libro de unos sonidos. 37 poetas peruanos (2005); Shakti (2005, antología traducida al portugués por Claudio Daniel), Sangrado (2005); Ganga (2006, antología); Plexo (2009); Esteparia (2012); El cóncavo. Imágenes irreductibles y superrealismos sudamericanos (2012.); El ignaro triunfo de la razón (antología de Gastón Fernández Carrera, 2013); Informe (2014); Nuca (2015); Piezas del tonto (2016); La inspiración es una sustancia, etc. (2016); Intervenires (2016); Filia índica (2017). Traducciones: Galaxias de Haroldo de Campos (2012, 2ª ed. 2013); Los poros floridos, Roza barroca y Moradas nómandes (2019). Josely Vianna Baptista (2001 y 2017); Catatau de Paulo Leminski (2014); Instanto y Palabra desorden de Arnaldo Antunes (con Ivana Vollaro, 2013 y 2014); El infierno de Wall Street de Sousândrade (2015); Espejo ardiente y otros poemas de César Moro (2016) entre otros. Fue incluido en diversas antologías: Medusario (1996, 2ª ed 2010, 3ª ed. 2016), Pulir huesos (2007) y Antología crítica de la poesía del lenguaje (2009) entre muchas otras. Junto a la pintora Gabriela Giusti, creó y condujo tsé-tsé (revista-libro y sello editorial) entre 1995 y 2008. Integró en los años 80 la «banda de artistas» El Invitado Sorpresa. Con Fernando Aldao grabó La indefensión (2002) y Ex (2012); participa en los cds colectivos Inventar la voz, nuevas tradiciones orales (2009) y Guatapu, voces poéticas de Latinoamérica (2016) entre otros. Participó en numerosos eventos performáticos y literarios, así como ha dictado talleres de escritura y conferencias en Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, España, Estados Unidos, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Alemania. Recientemente, La editorial madrileña Libros de la resistencia, publicó Ganga, dos libros que reúnen su poesía escrita entre 1987 y 2009.

La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezonala Mariana Zambrano
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Intertextualidad y traducción en Cuidados intensivos de Arturo Gutiérrez Plaza

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