Patricia Arredondo

Inéditos

 

 

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Un templo en el oído

Y calló todo. Pero incluso del silencio
surgió un nuevo principio, seña y transformación.
R. M. Rilke

 

i

La voz te está forzando a abrir la boca.
Al salir del agua, gritas
como si alguien te hubiera callado
por largo tiempo:
ruges, bramas, ladras.
Todos los sonidos son pequeños
en tu pecho.

 

ii

Aquí descubrirás el canto y llamarás a los hombres
por un nombre que desconocían antes de nacer.
Aquí olvidarás para qué cantas cuando nadie
escucha, si todos los idiomas son insuficientes.
Aquí siempre es una torre derrumbada. Aquí
tensarás una cuerda para dormir a las bestias:
arrullarás lo más atroz. Aquí tendrás miedo
de sufrir cuando tu hermano afile el cuchillo.
Aquí te volverás sorda al chillido de los cerdos;
cortarás el fruto del árbol y matarás a tus crías.
Pondrás lápidas sobre lo que amaste. Aquí
te convertirás en cama, mesa, daño, piedra.
Caerás para comprobar las leyes de la física,
conocerás la alegría como un sesgo, celebrarás
frente a los muertos. Aquí temerás al zumbido
de las abejas; tendrás dudas, amigos. Ahuyentarás
por temor a tus amantes, sentirás que te ahogas
porque sabrás ya lo que es el aire; en tu memoria
se quedarán rostros como sarcófagos antiguos.
Harás maletas, caminos; viajarás sin llegar nunca;
arrancarás la hierba, la llevarás con placer al plato.
Comprarás relojes para darle al tiempo un sitio;
examinarás las texturas de las frutas y las palabras:
te harás adicta a las más dulces y no querrás volver
a pronunciar ni a oír las que te sean más amargas.
Creerás en tu debilidad como una parte religiosa;
invocarás a los dioses, ayudarás y negarás ayuda.
Comerás sin piedad frente a mendigos y esclavos;
serás mezquina, las monedas se aferrarán a tu bolsa
porque aquí nadie merece más la vida que tú.
Crecerás lentamente, serás guiada por otras manos
en lo más confuso y habrá cosas que nunca podrás ver.
Sabrás lo que es la cólera, aunque digan que es propia
de los hombres. Oirás retumbar al cielo y a las máquinas.
Aquí verás cambiar infinitamente la forma de las nubes.
(Todo cae o vuelve al origen. Nada nos separa de la muerte
y solo lo que cambia se santifica). Querrás hallar un lugar
en el mundo, encontrarás una silla, y eso te será suficiente.

 

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Bazar

El olor de los kebabs
ahumaba la sangre de las codornices,
roja como jugo de granada;
los salmos chorreaban
de las barbas de los viejos,
con un gesto de dicha fuera del tiempo,
eran como niños babeando
en una ciudad muy nueva,
cuya memoria no estaba en ruinas.

Entonces todos los caminos
aún traían de vuelta, y el sol
lo mismo secaba el barro
que humedecía las telas.

Allí mezclados el sudor y la risa
con la sal, el té y las especias,
nadie se recordaba nómada.

Los perros esperaban a que les arrojaran,
echados, estoicos, entre sombra y fuego,
las vísceras de las gallinas y los corderos.

Al centro un joven daba vueltas
para hacer girar a la Tierra
y las mujeres se cubrían la mirada
del polvo que seguía migrando
con el viento y llevaba los restos
de las casas hacia algún paraíso
aun para los hombres desconocido.

 

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Love Song

Till human voices wake us, and we drown
T. S. Eliot

 

Después de descansar
como un par de pacientes anestesiados,
despertamos con el golpeteo
de las hojas de los árboles y la ventana.
Escucha ese sonido, dices,
aun cuando la mañana no ha comenzado
porque los gallos se extinguieron
y apenas se oye un ave
que grita apresurada a lo lejos,
sin saber hasta dónde llega su aviso.

Después del ave, la lluvia crece
y lo que se oye son piedras
rompiéndose contra el asfalto
que comienza a temblar, a llevar
aquel sonido al fondo de la ciudad
para emerger desde otro margen.

En unas horas tenemos que salir
aunque el sol no lo haga antes.
Ese sonido me hace saber
que por ahora estamos dentro,
y me cubro de nuevo hasta la cabeza
como un muerto que por mano propia
se cubre para acostumbrarse a su entierro.

Tú cierras los ojos y vuelves
a ser una sombra descansando
de sí misma; la noche te dejó
agotado de ser un animal
que bufa para morir con algo
de placer: esta tristeza
es más antigua que nosotros,
el lenguaje que la antecede también.

En unas horas tenemos que salir
pero aun hay tiempo para un sueño más,
para oír cómo el mundo se va levantando
sin nosotros. Allá está la guerra,
del otro lado; aquí hay dos
que reposan como si nunca fueran
a separarse, como si estuvieran
inmersos, no necesitaran oxígeno
y no les interesara llegar a ninguna orilla,
igual que esos cadáveres apilados en fosas
donde el día y la noche ya no se distinguen
a no ser que un sonido como el golpe
de una pala contra la tierra sea capaz
de cimbrarla o de abrirla como una noticia.

Para amar habría que tener la persistencia
de las madres que reclaman como perras hambrientas
la justicia; que levantan las piedras y el estiércol sin guantes,
que se acuestan con las manos y los ojos sangrando
y para quienes dormir, amanecer y estar de pie
significan algo distinto, para quienes tienen
que reaprender a diario cómo hacer cada cosa
y amarrarse antes que las agujetas, las entrañas,
pues es lo único que resta para no perder el juicio.

Algo recuperamos cuando volvemos a ser animales,
al ser bestias la violencia más vital regresa a nosotros:
el deseo de matar por hambre, pero también a todos
aquellos que sólo por divertirse nos hacen daño.

Esto es lo que pasa en cualquier país en guerra,
dijiste anoche y al sentir tu boca en la mía
recordé las lenguas mutiladas por los asesinos
y volví a besarte como un molusco de postal japonesa,
e iniciamos otro tipo de lucha que me hizo creer
que entonces el amor estaría afuera. A tu lado
me sentía todavía retozando como una puerca
que ha recordado de pronto el sentido de su vida,
y dormí con la tristeza del que está satisfecho
hasta que el ruido me hizo abrir los ojos de nuevo.

Aún con la lluvia y el sueño pegado a la nuca
regresé más tarde al mundo, donde el barrendero
apilaba las hojas arrancadas de los árboles
y el panadero sacaba del horno las charolas
e iba ordenándolas en los aparadores esperando,
a la par que la nota roja, al primer cliente del día.

 

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Macbeth

El olfato es violento
como el ruido. Las manos
absorben el olor de lo que tocan,
así también se conserva el aroma
de la comida en las vajillas
y los vasos. Todo lo que contiene
guarda la esencia de lo contenido,
e intentando que lo que he tocado
no toque lo que tocaré, me llevo
las manos a la boca como si fuese
a beber agua que recogí de un río,
en el que me he lavado
como una Macbeth que siente
que la sangre es una mancha
cuyo olor todos los olores
no podrían deshacer.
Si esta fresa tuviera olfato,
olería lo que ha sido cortado antes
en esta tabla, lo que ha cercenado
este cuchillo; olería la sangre
del perro que murió esta mañana
en mis manos, y tal vez me miraría
con desconfianza al saber
que una hora después con ellas
me llevé un trozo de pan a la boca.
De haber seguido vivo, el perro,
en cambio, hubiese disfrutado
ser acariciado con el olor de la comida;
no hubiese tenido que usar
el sentido que lo hacía perro
en el tufo de su propia sangre.
Pero como una perra que intenta seguir
un rastro para volver de donde vino,
olfateo de nuevo mis manos y sé
que por más que intente limpiarlo,
el aroma de la sangre tocará todo
lo que de ahora en adelante tocaré.

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Patricia Arredondo. Estado de México, 1988. Poeta, escritora y editora. Autora del cuento infantil Acércate (Tramuntana, 2014). Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2013-2014, 2014-2105) en el área de poesía. Poemas suyos han sido publicados en suplementos y revistas electrónicas e impresas como Cubo de Rubik, Fundación, Tierra Adentro,Oculta Lit,  entre otras. Ha presentado su trabajo en ferias del libro de México, España y Alemania. Colabora en la plataforma Liberoamérica y escribe asiduamente en patriciarredondov.blog

Los textos acá presentados de la poeta Patricia Arredondo fueron enviados a nuestra redacción por el Juan Romero Vinueza, nuestro corresponsal de POESIA en Ecuador.

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