Penélope frente al reloj

Francisco Trejo

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Manecillas para volver de los destierros

Escuché que mi madre trabajó en una fábrica de relojes
cuando estaba embarazada de mi vida.
La imagino sonriente, con la generosidad
en las líneas de su mano,
porque dicen que volvía esbelta de dolor
por la orilla de la calle,
enjoyada de juventud, con sorpresas
para los que corrían descalzos en la casa
y se alegraban por cubrir
sus pies con cuero nuevo.
Así era la felicidad, así el amor
en algún lugar del país
donde nacen los pájaros
con el pico abierto y las alas ateridas.
Mi madre supo que era necesario
proteger los pies de los viajeros,
de los niños que, más tarde,
después del estornudo del tiempo,
de varias horas —tic, tac, toc—,
de varias muertes y lágrimas,
abandonaron la casa para irse a buscar,
por más de diez años,
la mitad de su rostro
que jamás iluminaron los espejos,
ni las estrellas del viaje a California.
Mamá trabajó en una fábrica de relojes
—cuentan los tíos cuando vuelven—:
tal vez intuía, en su soledad inmadura,
que estaba condenada a la espera
—a mirar el reloj y el calendario—
y que yo nacería
enfadado con el tiempo.

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Disfraz del extranjero

El nombre que tengo
jamás ha sido mío:
fue siempre de mi hermano
que nació sin vida
a los cinco meses
y creció, desde entonces,
como mata de ajenjo
en el corazón de mi madre.
Con su muerte
reconozco mi vacío
en todos los espejos:
a media luz, mi cara
con los rasgos misteriosos
de mi padre.
Mis amigos me observan
y piensan que este cuerpo,
como una olla
llena de melancolía,
soy yo, en la hora
de las discretas mutaciones:
«Es Francisco», dicen,
mientras ven
los marcados lunares
como un aspecto distintivo
de mi rostro.
Y como esas máculas
sobre la piel
hay otras manchas
que oscurecen de mí
lo más profundo.
Son mi cuerpo
y mi epidermis
el disfraz desajustado
de mi alma:
estoy detrás de él,
como detrás
de la muerte de mi hermano.

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Séptimo

Escribo a Dios
porque siento nostalgia de mi fe,
de mi corazón infantil
y de las cartas
que transformaron mi zozobra
en una frase para otro,
como se transforma la uva agria
en un trago de vino
para no estar seco en el cajón
de las memorias.
Y en estas líneas, Señor,
te pido disculpas
por desandar el mandamiento
de las sílabas opacas:
¡No robarás!
Todos somos ladrones
en diferentes medidas:
roban el hombre,
la bóveda celeste y las horas,
roban los animales,
las aguas
y las ráfagas de viento.
Somos, los vivos, aves de rapiña
y tomamos el mundo
con desdén,
como cuando arrancamos
la mala hierba del jardín
saturado de apariencias.
Pero diversas son las causas
de este delito
—tan natural
como cualquier alumbramiento—;
unas son brillantes,
otras oscuras
y blasfemas de la vida
igual que una soga en la garganta.
Y entre esas causas
está la de Teresa, la ladrona;
oh, Señor, el robo de mi madre
que no te cuento
para que sientas compasión
por ella,
porque no hay culpa
en sus ojos de mariposa
donde cabe absoluto el amor
como el porvenir en la panícula.
Dígase mañana que mi madre
entró en una tienda de zapatos
y robó un par
para los pies del hijo más pequeño,
mientras los otros dos
le llorábamos
por no ver cerca a nuestro padre
que dormía
en una isla de lotófagos.
¡Que alguien escriba, Dios,
el nombre de Teresa
a la mitad de tu cuaderno!
Ella no es la tela purísima,
pero teme tu ira
y te ama,
porque amar siempre ha sido
el más alto
mandamiento de la sangre.
Cúlpame a mí, Señor,
por estar vivo y escribir
este litigio
en defensa de todos los ladrones,
incluyéndote,
porque también robas
el aliento
y los colores de lo vivo
para que vengan otros
a cruzar, con o sin zapatos,
las veredas del mundo
que inicia en tu palabra.

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Carta con pájaros y espigas

 ¿Es que el mar te desvía, padre?
Es que eres el mar y no vienes, ningún viento te empuja
hacia mi cuerpo encristecido.
Te atormentas.
Lo dicen tus cartas —la forma de mostrar tu indómita marea,
tu azotar de costas y el rayo que te parte—,
todo aquello que intenta ser amor
y termina destruyendo nuestra casa.

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Principio exiliar

La poesía es lenta
en algunas ocasiones,
apenas un gusano que demora
sus alas
suspendido y mudo en el zarzal,
como la lengua de un hombre
en la horca
con el sonido disecado.
Debe madurar el tiempo
para que la boca
hable su dolor
como madura la pupa
antes de abrirse
y mostrar
los élitros plateados
de un coleóptero
que es primero de la tierra
y luego funda
su casa en el aire.
Basta el silencio, mientras tanto,
porque ya dice mucho
sobre la vida,
como un vuelo de moscas
sigiloso
sobre el cadáver de un colibrí
o un trébol erguido
en la banqueta
orinada por los ebrios.

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Cardenche para llorar algunos nombres

Hubo un día en que sentí la sed de todos los años de mi carne.

Y busqué un río. Y busqué otro nombre.

Con la boca seca invoqué a mis abuelos:
«Hipólito», «Julio», «Aguasangre», «Aguardiente».

La primera muerte de los míos
estuvo siempre en el alcohol, como un insecto conservado.

Fueron mis viejos los primeros en abrir
la botella de caudal que me quema la garganta.

Yo hice un poco de fuego con alcohol
para evaporar de mi voz los nombres que me duelen.

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Francisco Trejo. Ciudad de México, México, 1987. Estudió la licenciatura en Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), la especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX y la maestría en Literatura Mexicana Contemporánea, ambas en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Penélope frente al reloj (2019), Balada con dientes para dormir a las muñecas (2018), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018), Canción de la tijera en el ovillo (2017), Epigramas inscritos en el corazón de los hoteles (2017), El tábano canta en los hoteles (2015), La cobija de Ares (2013) y Rosaleda (2012) son sus libros publicados. Una muestra de su obra está incluida en la Antología general de la poesía mexicana. Poesía del México actual. De la segunda mitad del siglo XX a nuestros días (2014). Entre otros reconocimientos, obtuvo el VIII Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2012, el XIII Premio Internacional Bonaventuriano de Poesía 2017 y el VI Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2019.

La selección de textos del libro Penélope frente al reloj de Francisco Trejo fue remitida a nuestra redacción por Néstor Mendoza, miembro de POESIA.

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