Poesía, erotismo y crimen

Daniel Arella

 

Asfixiado entre la vanidad actual de los escritores en las redes sociales, sus comentarios, sus fotos, sus publicaciones, su agonizante propaganda, sus cruces, sus likes, sus prótesis y la soledad prohibida de mi mandato último. Antes me deleitaba en esas promiscuas solicitudes, pero tal vez mi enfermedad por el lenguaje me ha enseñado el néctar de la poesía: lo innombrable siempre asediado por mis muertes líquidas, en fila, ríos postergados ascendiendo en el porvenir de una angustia pura, heroica, animal.

No se trata simplemente de transgredir con la masiva criminalidad la otra sedienta potencia que te destruye y te revive entre los escombros de un lenguaje intermitente. La potencia es anterior al lenguaje, desde adentro lo revienta agrietando el santo fluido que devora la purificación del habla. No puedo detenerme en lo que he leído, cuando después de tanta resurrección estoy tan puro que la fragilidad de lo que escribo fortifica el espíritu que me devuelve a la batalla insostenible.

Del silencio traspasa al paladar en arco su confusión de solícitas flores hacia abajo en el vientre del arrobo capaz de asesinar pureza quedas tú, tatuada en lo profundo. Un imaginal perverso, de rayas en la antesala, vistió la falda rasgada en el bosque, sus hojas cocidas a mis rodillas, todavía vuelvo a esa erección de oruga que padecimos en nuestro nido espontáneo.

Violencia pura el verbo ha demostrado que soy el amo del silencio.

El amo de mis inútiles perfecciones que tu males en el filo, bestia apaciguada por la brutal coincidencia, eres más bella que esta masacre. El lenguaje me ha embrutecido, he sangrado el color de su reflejo que en las manos hunde o sólo he ganado el espacio de otra conciencia con respecto a él, pero me enervo con sólo traspasar en el pensamiento derramado en cada una de estas celdas: (llave, diría, fulgor y Mesías), (ubre, diría, nube y odres), (cable, diría, carmíneos sables), (aurora, diría, entrada imposible), (alma, diría, adiós y ausencia). Rapaces, ángeles, ríos, nombrar, quedar con la r exhalada en los confines del ayuno.

Desde que la voz ha perdido su brillo, su humanidad, digamos, su intensidad, he estado más cerca de la voz de los otros, de lo que los demás dicen, insisten. Me he quedado atónito con repensar el lenguaje, la corporeidad de esos enlaces comunicativos, del absurdo de esas reincorporaciones, de esos seres que se avecinan en lo inconcluso. Antes de escribir relampaguea el panal de la voluptuosidad. Leche la luz cascada sonora inmanifiesta. Tu boca sella la inmensidad. La miel subyace siempre, volcán invertido: plenitud insuperable, adivino con cada fuga la omnipresencia triunfal, por cada hueco un sol se derrite petrificando el coral virgen. Ya no me masturbo, el sexo pide a mi ser su fondo insuperable: amarme perdido en la construcción desierta. La imaginación ahora se martiriza con cada palabra, protuberancia de esa superficie que efluvia su sistema sensorial, puedo morir siendo mantra vibrando ausencia, la cuerda dorada, glotis, túnel fluvial, acorde ensangrentado. Volviste a crecer de los peces el fulgor pineal. La erección une aquello disperso que sin embargo fue.

Hablo del erotismo oculto dentro de los cuerpos puros, no celestes ni inviolados, sino de las bestias líquidas que hinchan los nombres extasiados.

Hablo de la lluvia profunda que crece de los cuerpos.

Me reviento con el silencio que puja en la salida abyecta. Cruzo olímpico el estertor que mana para profundizar mi miel. Siento el cuerpo que el río carece con el lenguaje desnudo de mi placer. No soportaré reventar extasiado el peso de lo invisible, pero de cada orilla que imanta mi sed, me reitero en supremo vigor cuando me exiges el orgasmo cuarto. Sé de la transparencia herida congelada de semen por mi furor. Sé de tus manos promiscuas coleccionando mis muertes, hundiendo las redes carnívoras. Ya no quedan pesares, este destino blanco de pronunciarme en tu nombre, de padecer este cuerpo sentado frente a la destrucción del lenguaje.

Creo que nunca como ahora he pensado en el lenguaje,  lo he visto ajeno como si lo tuviese tan cerca que lo olvidara. Desde que padecí la disfonía desgarradora han tomado otra realidad las palabras, es difícil de comprenderlo, incluso para mí. Pero he inventado otro cuerpo para no desaparecer, para que me veas intacto pronunciar el abismo. El lenguaje es carne que se hunde en lo invisible que padezco. La escritura verdadera es la escultura de esa masa informe que es un volumen táctil parecido a los sueños que quedan en la vigilia esponjando las cosas que percibimos. Digamos, ciego toco el porvenir de eso que se forma allí, pero el lenguaje sólo aproxima y sufre de su estigma total. La ausencia es el propio lenguaje inmenso cubriendo la omnipresencia desaparecida hacia dentro, en la muerte sonora que me devuelve el rigor de orgasmar tu latido. Meto las manos en la presencia coagulada y cierro los ojos en cada costura que dice y dice aquello que voluptuoso tortura el animal más bello. No deseo delirar, ni automatizar el genio, ni mallarmear la codicia, pero mis dedos se han acostumbrado a asesinar la literatura con cada hora que pasa en mi existencia.

Soy un silencio masacrado por el espíritu del lenguaje, pero no he llegado hasta aquí sino luego de sufrir la inclemencia de tu cuerpo, de sostener maniaco tu sexo en todos sus flancos. Regresé de ser un dios a la tumba humana de las palabras, la que flota entre los nudillos de mis imágenes nupciales, acontecidas, la voluminosa presencia que dilata mi misterio. Tengo que inventar un lenguaje para desaparecer en tu cuerpo, porque con cada pausa que los ojos ahondan en la cicatriz de la dicha, brota el ser de las palabras vociferando piedad. Es por eso que soy un erótico, antes del lenguaje y la poesía estarán para siempre nuestras obras maestras en el bosque, en los moteles, en las azoteas, en los salones abandonados, Amalia.

Es allí en la incandescencia de lo nuestro fulminante donde la poesía perdona mis crímenes con la literatura.

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Daniel Arella. 
Caracas, Venezuela, 1988. Poeta, Licenciado en Letras mención Lengua y literatura Hispanoamericana y Venezolana por la Universidad de Los Andes. Actualmente cursa la Maestría de filosofía por la misma casa de estudios.  Ha publicado el poemario Al fondo de la transparencia (Editorial el perro y la rana, 2012); El loco de Ejido (plaquette Colección de poesía naciente venezolana Ojos de videotape lospoetasdelcinco editora, Santiago de Chile, diciembre, 2013). En el 2015 recibió el XIX Premio Iberoamericano de Poesía por Concurso «Ciro Mendía» (Casa Municipal de la Cultura del Municipio de Caldas Departamento de Antioquia, Colombia) con su poemario Anatomía del grito. Poemas, cuentos y ensayos suyos han sido publicados en varias páginas webs y revistas digitales nacionales como internacionales: Cantera, Revista Casaviento, El Club de la Serpiente, Gente emergente, poetassigloveimtiuno Letralia, Afinidades electivas, Katharsis, La tribu de Frida, La ira de Orfeo, Cráneo de Pangea,  Poesía, Insilio, entre otras. El andrógino ebrio en el Haitón (Nuevos Clásicos Editorial, Bolivia, 2017) es su libro más reciente.

Poesía, erotismo y crimen fue remitido a nuestra redacción directamente por su autor, Daniel Arella, miembro del consejo de redacción en POESIA. La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra El jardín de las delicias del artista holandés Jheronimus Bosch (el Bosco).

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