Poesía, identidad y lengua natal

Eugenio Montejo

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El 3 de agosto de 1998 se conmemoraron cinco siglos de la venida de Cristóbal Colón a nuestra tierra. Podemos poner, por tanto, fecha precisa a la llegada de la lengua castellana a esta parte del continente que conforma la actual Venezuela, puesto que en esa misma lengua el Almirante se aprestó a bautizarla tan pronto la viera. La llamó, como sabemos, la Tierra de gracia. La lengua en que escribió estas palabras contaba para la época una antigüedad de quinientos años, exactamente la misma antigüedad que ahora tiene entre nosotros. Nos atrevemos a decir, de acuerdo con esto, que hoy la sentimos nuestra con el mismo grado de legitimidad que entonces la sentían suya los misioneros llegados a enseñarla. En el curso de esos cinco siglos, la antigua lengua traída por las carabelas se enriqueció al contacto con las lenguas indígenas, con las venidas de África y con todas las otras, occidentales o no, habladas por quienes llegaron a vivir a nuestro suelo. La variedad del castellano resultante la identificamos hoy como propia, al punto de que podemos diferenciarla hasta en el menor matiz de la forma como se expresan otros pueblos hispanohablantes.

Mucho de cuanto nos define –y mucho de lo que por nosotros mismos nos es difícil definir–, circula por su cauce. ¿Qué lengua es en verdad esta que hablamos? Digamos, para hacer honor a la memoria del valeroso Almirante, que hablamos, que tratamos de hablar una lengua de gracia. Es verdad que todo pueblo al reconocerse en sus voces acaso tienda a declarar algo semejante respecto de su lengua, fatua mezquindad sería no admitirlo. Sin embargo, añadamos también en nuestro descargo que si esta fue la tierra de gracia que contempló el Almirante en las inmediaciones del Orinoco, de gracia al fin y al cabo ha de ser la lengua que ahora la nombre, al menos para nosotros sus hablantes, para quienes guarda la representación más inmediata de la memoria social y los venerados registros de cuanto nos atañe. Quienes a lo largo de estos cinco siglos llegaron a hablarla, quienes nacieron y murieron con ella, podemos decir que no se han ido del todo: están vivos y a cada instante reaparecen en el espesor de sus tonalidades y en la afectiva gama que la singulariza.

El Almirante Colón fue el primero en nombrar nuestra tierra y también el primero de los europeos en retener en su memoria una de las palabras aquí nacidas. En la relación que pocos días después de haber llegado a tierra firme, en el tercero de sus viajes, escribe desde La Española a los reyes católicos menciona a Paria, el nombre del lugar de su encuentro con nuestros indígenas. No fue esta, por cierto, una simple mención para salir del paso o del párrafo. La exaltada admiración que le produjo aquel río formidable, circundado por una feracidad incontenible, imprimió en su ánimo un sentimiento legítimo, puesto que años más tarde, en el borrador de uno de sus testamentos, rememora la vieja voz caribe cuando escribe: «De Paria no me acuerdo sin que llore». Se trata de una de las más hermosas y espontáneas expresiones que hasta el presente haya inspirado nuestra geografía, tanto más significativa por deberse al egregio navegante. Y tiene de peculiar, además, que ella documenta el dato de la primera nostalgia que en un hijo de Europa despierta la tierra americana.

La concepción de la lengua como signo básico de la identidad colectiva no puede decirse que sea nueva. Los románticos alemanes, tal vez influidos por las investigaciones que en el campo de la filosofía del lenguaje cumpliera Guillermo de Humboldt, vieron en ella el fundamental rasgo de cohesión de un determinado pueblo. La moderna sociolingüística, por su parte, tiende a confirmar este valor decisivo, a la vez que resalta, como otra de sus características, que la lengua, a fin de cuentas, es la que modela a la sociedad que la emplea. «Hablar –ha escrito Peter Burke–, constituye una forma de hacer». El filósofo Jacques Derrida llega a afirmar a su vez que «la lengua usa a quienes la hablan, en lugar de ser estos quienes se sirven de ella. Somos los sirvientes antes que los amos de nuestras metáforas», Se trata de una afirmación que en cierta forma había anticipado José Martí al observar que «el lenguaje no es el caballo del pensamiento sino su jinete».

Si damos crédito a estos y otros autorizados autores, hemos de convenir en que durante los quinientos años que esta lengua ya cuenta en nuestro suelo, a la vez que ha asimilado considerables adaptaciones en su contacto con las lenguas indígenas, también ha ido modelando a quienes de ella se han servido. Quienes aquí nacimos hemos sido creados a imagen y semejanza de sus palabras y del acento con que en esta tierra suenan esas palabras. Por ello sin duda nunca será bastante la atención que le dispensemos al momento de indagar quiénes somos, cuáles son las valoraciones que más nos importan, cómo, en fin, se reflejan en ella las relaciones de poder.

Resulta difícil llamar la atención acerca del valor de la lengua como signo de identidad sin referirse a la poesía, sobre todo si consideramos que esta es un centro privilegiado donde la relación entre ambas nociones encuentra su lugar. Ese centro que se procura representar en el poema tiene de paradójico, como observó Octavio Paz, el hecho de ser el fruto de una pluralidad de autores. Paz añade de seguidas que «el verdadero autor de un poema no es ni el poeta, ni el lector, sino el lenguaje». Como se ve, de nuevo nos topamos con el poder autónomo y creador de la lengua. Y en verdad, quien esté familiarizado con la práctica de la escritura poética no precisa compartir la opinión de Derrida para convenir en la manifiesta autonomía del lenguaje. En efecto, en algún venturoso momento habrá sentido cómo las palabras preceden al pensamiento y lo ordenan con una exactitud de otro modo inalcanzable. Es la posesión del espíritu del vate de que habla el Ion platónico, o bien la ansiada inspiración de los románticos. Y es sobre todo el lenguaje en ejercicio de su poder autónomo, desencadenado por sí mismo en un determinado hablante.

Si hemos de analizar la relación de nuestra poesía con la lengua que nos acompaña desde hace quinientos años, lo primero digno de mencionar es la significativa ampliación del léxico para dar cuenta de la flora, la fauna y todas las nuevas cosas de este Nuevo Mundo. En su Oda a la agricultura de la zona tórrida, Andrés Bello incorpora apropiadamente a principios del siglo XIX términos indígenas tales como jícara, yuca, ananás, parcha, maíz, patata, etc., y al hablar de los árboles se refiere a «la sombra maternal de los bucares». Menciona así mismo otras voces, como banano, que son de origen africano.

A lo largo de todo el siglo XIX pervive en nuestra poesía la oposición, no del todo deliberada, entre quienes emplean un léxico en buena pacte artificial, recomendado por el prestigio de algunos autores en boga para entonces, pero sin correspondencia con nuestro paisaje ni nuestra historia, y aquellos que incipientemente comienzan a nombrar en sus obras los elementos de la realidad americana. Es verdad que al momento de verificar cualquier hallazgo poético no bastará solo con el censo de las voces nativas, pues el empleo de estas, como de todas, ha de justificarse en el poema mediante una honda necesidad expresiva. No obstante ello, el solo intento de valerse de los vocablos que nombran nuestro paisaje, que menciona árboles y lugares por todos reconocibles, tiene que ver forzosamente con la relación entre identidad y lenguaje.

Con todo, la vacilación respecto al uso de algunos términos va a perdurar en el ánimo de no pocos poetas hasta la generación de 1918, que de manera resuelta se propone asumir los nombres de las cosa que nos son familiares como medio para afincarse aún más en la tierra que pertenecemos. Un poema de Fernando Paz Castillo, titulado Hostilidad, viene a ser ilustrativo de la incertidumbre que comentamos. En esa breve composición se destacan la fuerza y naturalidad que Ia palabra olivo –según se lee en el poema– alcanza en la voz de Antonio Machado, o la que la palabra chopo adquiere en la voz de Juan Ramón Jiménez, en tanto que al nombrar los urapes y los ceibos, según confiesa el poeta venezolano: «Siento que se me apagan las palabras. La voz se me vuelve hostil y no encuentra el camino del cielo». ¿Están más cerca del edén los olivos y los chopos que nuestros tropicales urapes y ceibos? Si recordamos que Colón percibió los indicios del paraíso por aquí mismo, no lo están. Pero digamos más bien que cada árbol está tan cerca del paraíso como puede, que, en todo caso  la naturaleza no es competitiva. No corresponde al ser de un árbol el transformarse en algo distinto de su esencia; tampoco es parte de su naturaleza la preocupación por el primer o último lugar. Pero volviendo al recelo que expresa el poema de Paz Castillo, su escritura representa un paso de avance en la conquista de la naturalidad con que, al escribir un poema, se han de emplear  nuestras voces. Se trata de un fecundo aporte que tanto él como los demás miembros de su generación legaron a sus continuadores. Al cabo de los años, árboles como apamate, el samán, el bucare y otras reconocidas referencias de nuestra flora pasan a convertirse en símbolos de  comunión mística con la naturaleza, sobre todo cuando su presencia es asociada a la luz del atardecer, la luz privilegiada por aquella generación de contemplativos poetas de inicios del siglo XX.

La conquista verbal de este grupo de creadores va a encontrar luego seguimiento en las obras de poetas posteriores, como es el caso de Vicente Gerbasi, en quien ya no se percibe vacilación alguna en materia de léxico. En tiempos más cercanos, obras poéticas como la de Ramón Palomares, por ejemplo, tienen su raíz en las diferencias no solo léxicas sino morfológicas y de entonación que son propias de la región originaria del poeta, la región de los andes trujillanos.

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Al mencionar ahora la entonación nos acercamos a uno de los rasgos más determinantes cuando tratamos de precisar los atributos lingüísticos de la identidad colectiva. «Es un hecho de lingüística general –escribió Ángel Rosenblat–, que toda población nueva adquiere la lengua conquistadora con su propia entonación. La población indígena y mestiza de los siglos XVI y XVII habló sin duda el español con la tonada peculiar de sus antepasados indios (…) Creo que puede afirmarse que en la tonada de Margarita persiste algo de la vieja entonación guaiquerí, y que en el canto de Maracaibo sobrevive la entonación guajira».

Se sabe que la entonación diverge de una región a otra, presenta diferencias que consciente o inconscientemente se acatan como en general se suelen acatar los usos lingüísticos. El intento de rehusarlos adrede supone por parte del hablante el riesgo de que pueda condenarse a la afectación. En nuestros días, el predominio de los medios radiales y televisivos en la vida contemporánea tiende a propagar una tonada estándar, una especie de acento neutro, más o menos equidistante de las entonaciones que circulan por el país.

Todo eso tiene que ver con un importante asunto de nuestra cultura, al cual, infortunadamente se le presta menor atención de la debida. Repárese en el ridículo que terminan por hacer algunos locutores cuyo grado de inseguridad respecto de la pronunciación los lleva a impostar la voz ya imitar entonaciones extranjeras. En tales casos huyen de su propia voz, que es como huir de su propio centro, y quedan a merced de la enajenación y el capricho. No por nada escribió con su reconocida perspicacia Ángel Rosenblat en 1958: «La afectación y la vulgaridad son los dos polos extremos de la dicción radial; y a veces se combinan los dos en un mismo locutor». En nuestros días, más de cuatro décadas después de haber sido escritas estas palabras, hay motivos para suponer que el descuido de la pronunciación tanto en la televisión como en la radio lastimosamente ha aumentado. En tal trance, solo una persuasiva corrección que reitere la responsabilidad social del locutor podría abrir caminos para devolverle el adueñamiento y la confianza en su propia habla.

Por determinante y central en nuestra vida afectiva, el tema de la entonación se relaciona estrechamente con la poesía. Más importante aún que la selección del léxico constituye el punto de acceso a la voz poética puesto que esta tiende a configurarse a partir de su más hondo acento. «Yo escribo como mi madre hablaba», solía decir el poeta Juan Ramón Jiménez, acaso para subrayar la importancia de la lengua materna en la creación poética. Se trata, en verdad, nada menos que de la primera cadencia de que tenga registro nuestra memoria, del primer ritmo marcado por el corazón de la madre cuando con ella formábamos un solo cuerpo. Se trata, en fin, de una entonación que nos determina mediante raíces demasiado profundas. ¿Podría acaso el intento poético prescindir de la manera más válida y natural con que cuenta el hombre para decir las cosas?

Hoy es posible comprobar que la lengua llegada hace cinco siglos echó raíces en este suelo, adaptándose a nuestro paisaje para sobrevivir y robustecerse. De seguro que si ahora pudiesen oírla los primeros navegantes que con ella vinieron, si pudiesen escucharla escucharla tal como nosotros a diario la hablamos, poco podrían comprender al primer intento. Aunque sus estructuras escasamente han variado, contiene muchas nuevas palabras, indígenas unas, foráneas otras, que han sido incorporadas a lo largo del tiempo. Vocablos como butaca, por ejemplo, indispensable a la hora de nombrar los más disputados palcos teatrales de las capitales hispanoamericanas, proviene del nombre de una vieja silla que usaban los indios cumanagotos. Sin embargo, más que las nuevas voces, sería la tonada, la entonación, el acento con que ahora la hablamos lo que más sorprendería al antiguo hispanohablante. No hemos de caer en la tentación narcisista de suponerla más apta, más correcta o más hermosa que otras entonaciones que en diferentes regiones tiene el castellano hablado en América. Es simplemente la nuestra, la que nos identifica, la que hablaron nuestros mayores y seguramente hablarán nuestros descendientes.

Es sabido que, de modo general, el habla de las sierras tiende a ocultar las vocales y a acentuar el consonantismo, en tanto que en las tierras llanas y costeras prevalecen las vocales, y nosotros no escapamos a esa tendencia. Pero más allá de tales distinciones, la peculiar entonación en que nos reconocemos es la que caracteriza a la lengua que hemos recreado durante cinco siglos. La lectura del mundo adquiere para nosotros un grado de mayor compenetración cuando nos llega a través de esta tonada. Podríamos decir que mediante ella los elementos invisibles de nuestro lugar logran hacérsenos visibles. ¿No será acaso el verdadero tono de nuestra tierra, su particular acento, el que a través de esta entonación se nos impone?

Si ahora convenimos en citar un poema en que podamos reconocernos, hecho por todos y por nadie, es decir, un poema que se deba a esa indefinible pluralidad de autores que menciona Octavio Paz y que al mismo tiempo dialogue con la vastedad de nuestra geografía, optaríamos por una copla popular, una de esas breves creaciones anónimas a las que se le podría atribuir a nuestro ver el rango expresivo de un depurado hai-ku. Me refiero a la copla de la tinaja, que todos conocemos. Dice así:

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Mañana cuando me vaya,
¿quién se acordará de mí?
Solamente la tinaja
por l’agua que le bebí.

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Esta copla está construida con la difícil sencillez de la palabra auténtica. Al releerla despacio vemos que, contra la costumbre, sus cuatro octosílabos no se refieren a una pena amorosa, ni forman tampoco un requiebro dicho a una mujer, como es la más extendida tradición proveniente de Andalucía. El anónimo coplero se confronta con la infinitud de la llanura donde, como solemos decir, se encuentra íngrimo y solo. Ante esa infinitud el sentimiento espacial y la desolación lo llevan a preguntarse por un momento quién podrá recordarlo una vez que se haya ausentado definitivamente. Pues bien, para no responderse a sí mismo que nadie en definitiva va a recordarlo, que el polvo de la inmensa sabana borra toda huella y toda memoria, algo compasivamente se dice a sí mismo que tal vez sea la tinaja, puesto que si esta antes le calmó la sed, le podrá calmar también la herida de la memoria.

¿Qué coplero solitario inventaría estas palabras? Su autor, algún desolado baquiano de nuestra vasta llanura, de seguro no sospechaba que en ese instante hablaba una lengua de gracia. Basho, el gran maestro japonés del hai-ku, quizá habría celebrado su copla. Y la habrían celebrado también, de llegar a conocerla, los misioneros y los aventureros que de Europa llegaron a compartir nuestro territorio. Son apenas 32 sílabas de anónimo arte verbal, pero son también algo más que arte. ¿Por qué digo ahora que son algo más que arte? Voy a responder y a terminar con estas palabras escritas por Joseph Brodsky: «La poesía no es exactamente un arte, porque si lo que distingue a un hombre del resto de lo creado es su capacidad de hablar, la poesía, que es la forma suprema de la elocuencia humana, es nuestro fin antropológico genético».

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El ensayo «Poesía, identidad y lengua natal» de Eugenio Montejo se encuentra publicado en Tiempo Universitario, edición especial de la IV Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, pág. 18, julio de 2002. La imagen que ilustra este post es una composición a partir de una fotografía cortesía del diario El Carabobeño y de un petroglifo encontrado en Vigirima, Carabobo, Venezuela.

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