Poesía y desempleo

Xitlalitl Rodríguez Mendoza

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el trabajo

En la compilación de entrevistas El oficio de escritor, Ezra Pound afirma: «Yo creo que el artista tiene que mantenerse en movimiento» [1] . En este sentido el artista, o el poeta, para el caso, es similar al tiburón, el cual debe moverse constantemente porque obtiene oxígeno del agua en movimiento, no así del agua estancada. Sin embargo, en el imaginario popular suele existir un humor que se recrea a partir de la supuesta inutilidad de los poetas —nunca de la poesía, eso sí. Baste recordar el meme donde se toma una escena del talk show de TV Azteca Cosas de la vida, en que se ve a una mujer llorando con la leyenda: «Mi hijo quiere ser poeta». El montaje se realiza a partir de un programa de televisión abierta dirigido a amas de casa de clase media baja. Es por esto que el hecho de que el hijo de una mujer pobre quiera ser poeta y no dedicarse a cualquier otro oficio donde haya una remuneración explícita por el trabajo constituye poco menos que una tragedia.

El chiste dejaría de funcionar si la poesía (capital cultural, ya que se realiza gracias a la acumulación de ciertos conocimientos específicos, y simbólico, porque ofrece cierto tipo de reconocimiento, en términos de Pierre Bourdieu) fuera directamente proporcional al dinero (capital económico). Es decir, que esto funcionara así: a mayor cantidad de poemas, mayor cantidad de dinero. Pero muchas veces es difícil incluso dimensionar la poesía como un producto cultural porque, además, la poesía tiene su fundamento en el ritmo y sabemos que la música tiene alcances pandémicos. En cambio, es mucho más sencillo cuando hablamos de un libro de poemas, ya que es la materialización de la poesía; éste tendrá un costo y ocupará un lugar en una estantería o la mesa de una librería, algo que no acarreará ninguna ganancia económica directa al poeta en cuestión, al menos no en la mayoría de los casos. Sucede diferente con los narradores, quienes son más proclives a obtener contratos con casas editoriales trasnacionales que venden libros al por mayor, lo cual está muy bien. ¿Pero la poesía es trabajo? El Diccionario del Español de México registra once acepciones de trabajo, de las cuales cito solamente las que creo pertinentes:

«1 Actividad física o intelectual que se realiza continuadamente para producir algo: trabajo manual, trabajo mecánico, trabajo mental». ¿Podría existir entonces un «trabajo poético»? Hablamos constantemente del trabajo poético (es decir, del conjunto y sus características, la poética, vaya) de tal o cual autor, así que sí, sí aplica.

«2 Actividad de esa clase con la que uno se gana la vida: tener trabajo, encontrar trabajo, un trabajo de velador, un trabajo de educadora». Ricardo Castillo tiene un poema que verifica un contexto en el que alguien trabaje de poeta, se llama «El poeta del jardín» y en él dice: «Hace tiempo se me ocurrió / que tenía la obligación / como poeta consciente de lo que su trabajo debe ser, / poner un escritorio público / cobrando sólo el papel». El poema tiene un final feliz o, al menos, alegre. Eso. Como cuando Meursault va sonriente hacia el final de El extranjero.

«6 Obra o producto que resulta de esa actividad: un trabajo de carpintería, un trabajo lingüístico». Un trabajo poético consistiría, en este sentido, cierta representación de la realidad por medio de metáforas, en aliteraciones y demás artilugios retóricos dispuestos para tal fin.

«7 Esfuerzo o energía que requiere una acción: ‹He puesto mucho trabajo en esta tierra›». «He puesto mucho trabajo en este poema» me suena casi tan natural como el contexto lingüístico elegido por el DEM para ejemplificar el uso de esta acepción.

«9 Operación de un instrumento, una máquina o una pieza: el trabajo de un motor, el trabajo de una viga». ¿Para qué sirve un poema? ¿Cuál es su trabajo?

Dejé para el final la tercera acepción de trabajo, porque viene a cuento con el tema que procura abordar este ensayo: «3 Lugar en donde se realiza esa actividad: ir al trabajo, salir del trabajo». Salvo algunas becas y residencias escasísimas en el mundo, a casi nadie le pagan por ir a escribir poesía a un escritorio público en un horario de oficina. Ya no digamos con prestaciones de ley: seguro social, vacaciones (eso prácticamente ya no existe, salvo algunas afortunadas excentricidades que no deberían serlo). Se entiende que la poesía se hace en todas partes. Se hace durante el trabajo e, incluso, a pesar del desempleo.

«A la poesía le es inherente la oscuridad. La poesía da testimonio de la presencia de lo ajeno que se custodia en ella», afirma el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Al ser la poesía, como las otras artes, una representación del mundo a partir del lenguaje o de las lagunas de éste, su función es cronometrar la frecuencia de nuestro contexto y esta es la manera más fiable de encender los focos rojos, las alarmas, de detenernos si es necesario y repensar el camino. La poesía nos muestra hacia dónde se extiende el abismo y la ruta del retroceso o del rodeo porque —a diferencia de la lógica neoliberal donde todo busca crecer y avanzar y consumir y acumular— la poesía es una rampa de frenado: memoria histórica, calco del error, melodía de las fallas.

En «Valor y mercado en la poesía actual», ensayo de Maricela Guerrero publicado en la revista Variopinto, en 2014, la poeta afirma:

La poesía es como el trabajo doméstico. Es el trabajo sucio que nadie quiere hacer. Es el trabajo vinculado a los colonizados, es el trabajo de esclavos, de negros, mujeres, indios, es el trabajo de las minorías sexuales. Es un trabajo que sólo se nota cuando no se realiza, es un trabajo estigmatizado y por tanto, infravalorado.

El desempleo es uno de los muchos estigmas que nos acompaña a quienes trabajamos con la lengua y la literatura, al menos en la realidad que creí conocer, en el México de principios de siglo, justo cuando apenas habíamos librado el terrible sino del fin del mundo que Nostradamus había confeccionado delicadamente para las generaciones venideras. Sería el año 2000 y el error del milenio nos perseguía como Kaonashi a Chihiro.

El año 2001 abrió las fauces de un nuevo orden simbólico, uno más violento e invasivo, impuesto por George W. Bush y su así llamada guerra contra el terrorismo. Ahora, veinte años después, el millonario Donald Trump escupe calumnias e insultos desde la Oficina Oval mientras la pandemia de Covid-19 ha cobrado la vida de decenas de miles de personas alrededor del mundo y ha dejado ver la voraz negligencia del capitalismo, el cual se ha negado durante décadas a brindar servicios de salud gratuitos y ha nutrido el enriquecimiento del uno por ciento a costa de recursos públicos.

En estos momentos, millones de personas estamos confinadas a trabajar a distancia, hiperconectadas dentro y fuera del horario laboral, trabajando más horas —horas no pagadas e incluso, para muchas personas, salarios recortados—. Y eso, en el caso de quienes tenemos el privilegio de mantener nuestro trabajo a distancia. Los millones que viven al día, siguen abarrotando estaciones de metro para llegar a su trabajo, enfrentan el riesgo directo del contagio. Así, según Ian Alan Paul [2] , la crisis del coronavirus servirá para dejar solamente dos tipos de sujeto, el «domesticado/conectado, que al estar confinado en su hogar es empujado a inventar nuevas formas de reconexión y de participar en una economía virtualizada». Y luego «tenemos al sujeto móvil/desechable, que sirve como el sistema circulatorio de la pandemia, un sujeto que se vuelve cada vez más vulnerable y precario en tanto es obligado a moverse a velocidades cada vez mayores». Y en ambos grupos, quienes antes eran vulnerables, ahora lo son más. Mujeres abusadas por sus patrones y colegas de trabajo dentro de un horario establecido, ahora lo son por sus maridos, hijos, padres y hermanos, quienes, en muchos casos, son también sus verdugos. Estas mujeres que antes hacían la doble jornada: la laboral remunerada y la del trabajo doméstico, ahora son exigidas también con los cuidados sanitarios de sus familias y violentadas por el encierro en el hogar.

Lo cierto es que, en medio de esta inestabilidad económica con proyecciones de pánico, la poesía encuentra el privilegio de verse representada en la divisa menos devaluada del pensamiento contemporáneo: el meme. ¿Acaso no es ésa la mínima expresión del lenguaje que nos catapulta directo a la función poética, de la mano con la imagen?, ¿no son los memes el epítome de la poesía visual? ¿Y por qué no sería de esta manera si la poesía jamás ha desaparecido ni con los mayores volantazos de la historia?

Así, la desaceleración, como la llama Ian Alan Paul o la psicodeflación, como la llama Franco Berardi, Bifo, nos confinan a detenernos. ¿Pero entonces no es el estancamiento la asfixia del poeta, esto es, de la persona, por lo tanto de cada individuo? El trabajo del poeta es revolver el agua, o lo que quede de esta, para respirar. Ofrezco disculpas por el exabrupto mesiánico, pero digamos que el fenómeno poético radica en patear el avispero como única forma para encontrar una salida y poeta es quien no halla una mejor opción que hacerlo.

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el desempleo

El desempleo limita las condiciones de vida de quien pierde el trabajo o no puede acceder a él: recursos para pagar renta, comida, servicios de salud, internet, luz, agua; también se pierden vínculos sociales y propósitos.

Por lo general, los escritores debemos subsistir desempeñando todo tipo de labores. Tenemos empleos, algunos duraderos y otros temporales, según la crisis económica que nos toque, pero todos nos dedicamos a cualquier otra cosa de manera paralela: dar clases o talleres de literatura, o bien desempeñarnos en tareas como traducción, periodismo, edición o publicidad. Sin contar las consabidas jornadas en casa. Hay algunos remanentes renacentistas que trabajan en hospitales, panaderías o que se dedican a la ingeniería, la psicología, la administración o en cualquier otro campo que, en principio, creeríamos que poco tiene que ver con la poesía. Unos poquísimos afortunados gozamos de las fundamentales becas estatales durante cierto periodo, antes de volver a la misma dinámica de multiplicar nuestras opciones para ganarnos la vida.

Sabemos que no se necesita un título universitario para leer literatura ni tampoco para escribir. Sin embargo, para escribir (y para todo, en suma) —ni mencionar la seguridad social, el derecho a educación gratuita de calidad para los niños o tiempo de descanso para las madres trabajadoras—, se necesita un empleo que pague la renta. Y para escribir se necesita leer, y para esto se necesita algo de tiempo y recursos, y ahora que pareciera que deberíamos tener más tiempo debido a la pandemia, las jornadas laborales crecen como si el trabajo y la productividad fueran el virus mismo.

En estos tiempos de cuarentena, cuando clamamos por un woolfiano cuarto propio que implique, según la historiadora india Tithi Bhattacharya, aislamiento físico, pero más solidaridad y cercanía social; con laptops en el regazo, apenas escribimos hechos bolita en un sillón, en rincones inimaginables de la madrugada, con el terror mirándonos del otro lado de la ventana, mientras el clasismo, el racismo y la xenofobia abren pasarela en los discursos de los mandatarios y en redes sociales.

Por fortuna, la poesía ha sobrevivido guerras, sistemas económicos y pestes. Ella se ha abierto paso y muchas veces se erige como el último bastión para entendernos dentro del mundo, para nombrarnos. El entorno del desempleo, tan desolado como puede llegar a ser, a veces puede verse transformado por ella. No siempre, desde luego, pero el gran triunfo de la poesía sobre el lenguaje es que en sus instancias hay anclajes que confeccionan nuestra identidad y nos ayudan a permanecer y transitar.

Ahora todo está cambiando. Todavía no sabemos qué pasará: si todo volverá a ser como antes o si los capitales nos confinarán a un encierro perpetuo como mercancía empaquetada que además paga su propio almacenaje. Probablemente, la idea de desempleo como la conocemos cambie y todo se precarice todavía más. Ojalá que me equivoque.

En su libro Paños menores, Gerardo Deniz cuenta cómo, después del naufragio profesional que sufrió al no poderse dedicar a la química, materia que tanto amó, llegó a la literatura:

Es verdad que desde temprano —aunque menos que los auténticos literatos— hice determinados intentos por escrito. Cosa curiosa, tales faenas, durante larguísimo tiempo, me convencían más y más de que no rodaba con mi camino. Sólo que escribir resulta tan, tan barato, que la persuasión de estar jugando a un juego sin puertas ni ventanas no me disuadió de seguir en ello, aunque con todas las dudas del mundo.

Deniz tiene razón porque escribir, leer, memorizar, digamos, tener poesía es barato, sobre todo si apelamos a sus mecanismos rítmicos y musicales en donde se desarrollan sus imágenes y sus búsquedas. En sus orígenes, la poesía respondía a los estímulos de la memoria, se inscribía, pues en la vida interior de quien la escuchaba.

Estas puertas y ventanas de las que habla Deniz, a veces abiertas, a veces no, han existido y seguirán existiendo. Con dudas nos acercamos a sus umbrales, nos asomamos en sus alféizares. La poesía, nos acerca porque se escribe y se replica por quienes usamos la lengua.

Podemos decir entonces que si la poesía es barata, se puede negociar con ella. Vuelvo al DEM para escarbar en las palabras y sus significados; allí dice que negociar se conjuga como amar y su primera acepción es: «Tratar, dos o más personas o agrupaciones, un asunto de interés común con el fin de llegar a un acuerdo que sea conveniente para ambas partes». La poesía es, pues, del interés común y funciona como la amalgama que nos mantiene unidos en esta distancia cada vez más quebradiza; ése es su trabajo: el hablarnos de nosotros, recordarnos.

 

 

 

Citas
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[1] AA. VV. «El oficio de escritor» (1986), Biblioteca Era, México. Traducción: José Luis González.
[2] Ian Alan Paul. «El reinicio corona» en Revista La Tempestad, 19 de marzo de 2020. Traducción: Nicolás Cabral.

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Xitlalitl Rodríguez Mendoza. México, 1982. Poeta y editora mexicana. Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara y maestra en Traducción por El Colegio de México y la Sorbonne Nouvelle-Paris 3. Autora de los libros Polvo lugar (La Zonámbula, 2007), Datsun (Punto de Partida, UNAM, 2009), Catnip (Col. La Ceibita, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012) y Apache y otros poemas de vehículos autoimpulsados (Mono, Conaculta, 2013) y Hotel Universo (Grafografxs, UAEMX, 2019), así como el libro de ensayos Poesía y desempleo en coautoría con Atahualpa Espinosa Magaña (Libros Soberanos, 2021). Con el libro Jaws [Tiburón] (Mantis/Conaculta, 2015) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2015. Actualmente forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

La imagen que ilustra este post  es un detalle de una obra  realizada por el artista venezolano Víctor Avellaneda.
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