Poetas de la tiniebla & los espíritus: Elías D. Curiel, Rafael J. Álvarez & César Seco

Anthony Alvarado

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Desde hace un tiempo intuyo en tres poetas falconianos una filiación oscura, un hilo conductor en la poesía que los entrelaza dentro de una tendencia hacia el misterio, la sombra y los fantasmas familiares. Este tejido se inicia con Elías David Curiel, pasa por Rafael José Álvarez y se vuelve fulgor en César Seco. Sabido es que el ser humano tiene la tendencia a vislumbrar más allá de lo desconocido, de creer en la vida más allá de la muerte, de sostener el aliento ante sus temores, y que esta sensación ha sido extrapolada y reinterpretada a través de la tradición oral y la literatura.

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El lenguaje decantado, la frase envuelta en retruécanos, los giros barrocos, el uso de neologismos o de términos entresacados de la tradición grecolatina, el manejo justo del verso, la adjetivación precisa, el adentrarse en la tiniebla sin temor o en él, colmar la palabra con la presencia familiar, adoptar el uso de referentes de la cultura clásica, son características que trataremos de visualizar en la escritura poética de estos autores.

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No hay duda de que Elías David Curiel (1871-1924) se erige como faro de la literatura en Falcón-Venezuela. Ha sido considerado por Enrique Arenas, González Palencia, Álvarez o César Seco como un oráculo. Es necesariamente un poeta desde el cual surgen voces consolidadas en la literatura de Falcón que entienden el uso del verbo como respiración vital. Ejemplarizando un poco, Enrique Arenas presenta así su obra:

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Nunca en la poesía venezolana de 1870 hasta 1920, se había alcanzado un tan alto nivel de captación de lo poético desde esa complejidad y densidad simbólicas, desde ese juego de múltiples códigos, que se entremiran y entrehablan como se aborda en los textos poéticos del poeta falconiano (Arenas; 2003:37).

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Sustancialmente, Curiel inaugura un estilo poético, no especialmente en la forma, sino en contenido. Es un precursor dotado del verbo conciso, pleno de intuiciones líricas que destacan el complejo mundo interior que poseyó. En él se encuentran en lucha el eclecticismo religioso de su generación y sus dudas e indecisiones se erigen en fantasmas ancestrales y familiares que asoman en su discurso.

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La supervivencia de amados difuntos
que miro, me hablan y tocan. Qué puntos
suspensivos puestos sobre el alma (Curiel; 2003: 173).

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Si bien fue formado en un ambiente donde la religión fue férrea urgencia, aunado al sincretismo que sembró la inconsistencia y complejizó su espíritu, hay que tener en cuenta que la filosofía positivista de finales del siglo XIX y principios del XX impregna el entorno cultural de entonces. La ciencia, la búsqueda de la objetividad, se vislumbran en ciertos aspectos de su escritura, la desconfianza en el ser después de la muerte, del cuerpo corrompido por la descomposición molecular le hacen disentir de algo más allá de la vida:

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No supervive su alma en la fosa,
donde su arcilla carnal, reposa,
ni es su morada ninguna estrella;
porque no ausente, sino invisible,
desde su plano suprasensible,
sigue tu huella (Curiel; 2003: 244).

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Tal como lo presenta Beatriz Hernández Santana, para Curiel “… la presencia de los ancestros es importante. En su poesía expresa una búsqueda, haciéndose preguntas sobre su origen” (Hernández; 2008: 26). Y esta indagación la lleva a cabo desde el interior de sí mismo, en pugna con sus demonios. Ese ahondar lo lleva al margen de la locura, en las tinieblas del inconsciente se tuerce su cordura:

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Entonces alguien dijo que me volvieran loco.
Caotizó mis ideas una emoción extraña,
como un temblor sísmico que mueve una montaña:
y escucho incohesivas voces (Curiel; 2003: 186).

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Este aletear sobre la sombra, el reiterado escudriñar lo sombrío, se manifiesta de manera sustancial a lo largo de su poesía, y esa lobreguez heredera del mejor Edgar Alan Poe, se transmuta en lírica como un rico entramado metafórico, que no podría expresar sino mediante una actitud hermética, bastante cercana a la sentencia oracular de los mitos griegos. Esa semiosis infinita produce cierta angustia al lector o al crítico, ya que el intrincado manejo de su poesía requiere/exige un bagaje cultural y filosófico sumamente vasto. Pródigo en imágenes y símbolos que se bifurcan en toda su obra. Ejemplo de ello es su canto “Aben – Almulek”, donde la épica traza su designio sobre el héroe Aben, como en una especie de viaje iniciático.

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Dirá el poeta: “Con cenizas de muertos fue amasada mi vida” (Curiel; 2003: 307), y este axioma probará desde su origen el “mal de luna” que será su distinción frente a la conservadora ciudad de Coro de entre siglos. Estará signado por lo ancestral, el peso de la tradición (que logra romper estructuralmente desde la sintaxis y las formas poéticas que forja) lo empuja por distintas direcciones buscando entre las religiones cristiana, la hebrea, los mitos griegos, las religiones orientales, un atisbo de esa fe incierta que lo induce al descalabro de su sique:

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Neurótica posesa
de los ubicuos seres de ultratumba,
Cuya nerviosa contextura es blanco
de los hostiles gestos de la turba (Curiel; 2003:270).

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Si en Curiel los fantasmas familiares son lastres (incómodos) que se presentan en la alucinación, no buscados y solo presentidos desde el temor y en la sombra; en Rafael José Álvarez (Coro, 1938-2004) son visita agradable, ejercicio de la memoria y discurso para sobrellevar la ausencia. Juan Eduardo Cirlot expresa que la oscuridad posee dos vertientes de expresión: la oscuridad “dirigente o inspirada” y la “dirigida” (artificiosa). Para definir que “en el segundo caso, poesía es meramente una forma de escritura y de comunicación”, mientras que para el primer caso “es la recepción de un mensaje”, “que actúa a través de las fuerzas verbales, de la imagen, o del principio hermético en que el autor se sitúa al empezar a escribir, es decir, a inscribir su alma” (Cirlot; 1996: 114).

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Quizás se encuentre en la oscuridad dirigente la poética de Álvarez, quien asume un diálogo desde la opacidad fantasmal con sus ancestros, oscuridad que le viene de ese contacto persistente, receptivo del lenguaje cotidiano de sus fantasmas familiares, y es en el curso de toda su poesía hasta llegar a “Trina y otras memorias”, donde el poeta fragua, por medio de su difunta abuela, una comunicación con los otros, desde el recuerdo de la infancia y su espacio ya extinto o a punto de perderse:

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La vi caminar hacia unos alfabetos
cercados de gramíneas.
Justo allí mis hermanos sollozaban.
A distancia
el movimiento de sus labios
comenzaba a llover
sobre unos meses tristes (Álvarez; 2001: 12).

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En símbolos, como la lluvia trasunta el sentimiento de tristeza que colma su congoja. Esta entidad que permanece en la memoria le indica con detalle las circunstancias de una infancia pasada, como en un espejo que filtra en su fondo argento escenas que se vislumbran en la lóbrega ceniza de los muertos. En “Sagrarios”, la ciudad es parte de la poética del desagravio, en ella se desliza la remembranza de los antepasados con cierto hálito de fantasía o realismo mágico:

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El sueño de la abuela
era un charco en el patio de la casa
donde iban
a pescar los muchachos

Antes de la lluvia
la anciana hablaba de flores oscuras
y de pájaros ahogados
en la gran boca del espejo (Álvarez; 1978: 20).

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Como se puede apreciar, la tiniebla y sus aparecidos son destellos de espacios y personajes, son cantos no para la tristeza o la nostalgia, sino para la exaltación de estas cotidianidades que permanecen en el espíritu del poeta, como enjundiosa charla familiar que se extiende en el tiempo mientras la vida permanezca. Calma y plenitud en los versos, sin angustia ni velos sombríos. Como testigo sentimental del paso de parientes que se quedan gravitando en la memoria:

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La sala donde mamá Trina asistió mi nacimiento se volvió un tramo de calle. Los nuevos dueños habían derrumbado la pared frontal y puesto en su lugar –después bastante replegado– un muro de concreto con su portón de hierro. “Pobre Trina”, dijo Flor María, mi madre, suspirando. La casa estaba sola. Pero no. Un pájaro rabilargo parloteaba oculto en la maleza. Con el tiempo, unos lusitanos convirtieron en almacén de frisos el viejo soliloquio de las dos mujeres (Álvarez; 2001: 5).

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Como sostiene Seco en el prólogo a la antología de 2007, Álvarez deja su impronta poética en todo lo que escribió, desde el ensayo, la crónica y hasta en sus trabajos periodísticos (Seco; 2007:14). Además, en concordancia con Cirlot, apunta que en la casa, el espacio familiar de la memoria “ha presentido que es ella la que ha estado dictándole” (Seco: 2007: 13). Y esta cualidad parece ser concedida a ciertas sensibilidades que logran purificar su lenguaje desde la tiniebla para entablar relaciones de armonía con su entorno, en el discurso memorístico. Para reafirmar esta idea, seguimos con Seco, quien anota: “En la mitología particular del coriano son frecuentes apariciones y encantos, difuntos y demonios, habitantes de la casa. La ruina, la intemperie, la desolación, en Álvarez, es otra… (2007: 13).

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La muerte ladra hacia bruñidos fondos
sobre lechos de inmóviles osarios.
Pastan sus habitantes solitarios
como bestias bajo árboles redondos (Álvarez; 2007: 21).

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Y de pronto

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La trama de los sueños al retorno
irrumpe a establecer su oscuranía.
Basilisco a la vez procura el día
acechar con sus élitros en torno (Álvarez; 2007: 23).

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Y más adelante

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Un día habló de los espejos
y por la noche
alternaba
con un pequeño
demonio (Álvarez; 2007: 40).

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Igualmente, la investigadora Josefina Da Costa Gómez comenta que “la lectura de la obra poética de Álvarez nos ofrece, pues, la persistencia, la convivencia con seres del pasado, con fantasmas que se hacen presentes a través de un tono narrativo y constantes temáticas”. Más adelante resalta ese contar “acerca de la abuela, los muertos cercanos, los antepasados, que fungen muchas veces como anunciadores involucrados con la vida cotidiana de la casa familiar y sus inmediaciones” (Da Costa Gómez; 2007 :18).

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Esta preeminencia lúcida del diálogo con los otros, este acercamiento buscado a propósito, es de tal relevancia para el concurso de los seres en lo fraternal, en el afecto hacia los parientes desde los hechos narrados en el verbo enunciado por los vivos, que para Álvarez es vital sostener en su obra, como homenaje a su genealogía, sus tradiciones, su personal respeto por las ánimas. Solo en medio de su lenguaje hallan reposo, que es la vida que le otorgan las palabras a sus fantasmas familiares.

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Los que se dicen muertos
cubren toda la casa
con la vibración
de las cigarras.
Se acuerdan de nosotros
según el árbol
que los celebra
en la opaca mañana.
Ellos han vuelto
de puerta en puerta
como un resplandor viejo,
como una llovizna
de vestiduras olvidadas.
Ellos interrumpen la ceremonia
del viento en el caujaro,
instalan sus animales
en la lengua de los ebrios,
en los oscuros ramajes.
Los que se dicen muertos
tocan furtivamente
la cuerda con un pájaro:
esa que se extiende en el patio
donde madre y hermanas
hablan a las sábanas (Álvarez; 2007:101).

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César Seco (Coro, 1958), con una formación clásica que se vislumbra desde su primer libro (El laurel y la piedra), se torna destino de esta búsqueda de las tinieblas y las presencias inescrutables, confina y sintetiza el recorrido desde Curiel y Álvarez, como si de una trilogía de la sombra se tratase, cumple su ciclo en franca afirmación de lo que en representación de la oscuridad ilumina el ser. Y es que en el atisbo de la enfermedad (su condición de epiléptico que no niega), lo induce a comprender los mecanismos de cierre y apertura de la conciencia, abrir los ojos y cerrarlos de pronto, con el golpe al piso, son estados del ser que permiten a cierta sensibilidad hallar el sentido armónico de los contrarios. En Seco lo “oscuro ilumina”, y esto lo ha podido entender el poeta en el curso de una vida signada por los enfrentamientos familiares, la calle, los alucinógenos, el alcohol, pero al mismo tiempo la fe en Dios, la búsqueda de religiones orientales, la lectura del Tao, de los budistas, de la conciliación del pasado con su presente. Es en este trance donde el alma se vuelve receptora del lenguaje cósmico, en “la afirmación decidida de una espiritualidad que no sabe de capitulaciones y que va en pos de un estado de pureza o, mejor aún, de inocencia, atravesando un camino lleno de explosiones orgánicas” (Ramírez; 2007: XIII).

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Doy luz
como quien trae al mundo
carne y cielo (Seco: 2007).

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Y esto que confirma la presencia de la mirada escrutadora del poeta en medio de la tiniebla y donde encuentra sus fantasmas familiares:

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En la sombra todo es con sólo ver.
El árbol, lo sabes, es polvo.
La luna se da vuelta para mirarnos.
Lo está diciendo en lo alto oscuro.
Unas manos tocan mi cuerpo.
Les doy mi risa y mi temblor.
Pedí estar desnuda para ellas.
Se bañan en mí y con el agua se dispersan.
Han venido por mi cifra.
Son las manos de todos y no los veo (Seco; 2007: 14).

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Luna y noche, símbolos de la tiniebla, son elementos recurrentes en la poética de Seco, signan esa ofrenda permanente de lo nocturno, ese vocablo que se sumerge en la sombra con el auspicio de mitos, de otras voces que terminan siendo la suya, o la que yace en el pasado, calles que se vuelven locuaces, encuentran un medio de alcanzar voz desde la poesía, y en esta memoria distinta pueden resucitar en el canto a la noche. En su “Transpoética” (2009), considerará ese ir y venir hacia el todo:

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La abrimos y aparece otra por la que ya hemos pasado o estamos a punto de hacerlo. La atravesamos y nos deja ver que el afuera está adentro y, lo creamos o no: venimos de vuelta, de espaldas a esto o de frente a lo otro, a lo que no vemos aún, cuando entrando ya hemos salido por la misma puerta. Y de pronto, atinamos, una vez estuvimos aquí sin ciertamente estarlo, detenidos, escrutados por el misterio de esto. Y las puertas se abren. Y las puertas se cierran. Y en mitad de la noche el día despierta (Seco; 2009: 129).

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Esta conciencia de la enfermedad, del rayo inquieto que perturba la tiniebla, del estrépito y del tronar de mandíbulas en mitad del reino de lo que ilumina y alcanza el portal del resplandor, “va más allá de lo sobresaliente, para ubicarse en el rango de lo esencial” (Jiménez; 20014: 10). Situado en medio de la luz y la oscuridad, el poeta consigue este equilibrio con cierta dificultad, pero con la convicción de alcanzar en su verbo el sentido de trascendencia:

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En el aire caminaba. En
la fila, ella, la sombra
repentinamente me seguía. Su
siempre duro golpe me
tumbaba, y todo oscuro
era allá donde mi lengua
mordía en la caída (Seco; 2009: 36).

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Y solo unas líneas más adelante:

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Una sombra habla. Camina por otra acera. Se cae.
Se vuelve polvo con el golpe.
Otros labios lo conversan (Seco; 2009: 37).

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Al respecto, apunta Johan Gotera que el árbol “plantado en la noche recibe el infinito” (2005: 141), pero ¿acaso esta correspondencia no puede ser suscrita al mismo poeta?, en su diario acontecer su percepción se agudiza y recibe la iluminación cósmica, “donde lo finito y lo infinito celebran su mutua destrucción, donde el ser sale del tiempo y se eleva como un árbol para rasgar el cielo” (Gotera; 2005: 145).

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La iluminación de las tinieblas, la tiniebla iluminada, la sombra de la luz, el silencio que habla, son oxímoron que alcanzan su mejor nitidez en la poesía de César Seco, quien desde su palabra consigue sostener ese diálogo entre la luz y la sombra, entre los vivos y los muertos. Que no acaba de perseguir ese puente invisible pero tan presente de nuestra condición espiritual.

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Bibliografía consultada:
Álvarez, Rafael J. Antología poética. Editorial El Perro y la Rana. Caracas, 2007. 191 pp.
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-Sagrarios. Editorial E Cayuco de Papel. Maracaibo, 1978. 51 pp.
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-Consagraciones. CONAC – Incudef. 1993. 140 pp.
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-Trina y otras memorias. Ediciones Poesía. Valencia, 2001. 100 pp.
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Cirlot, Juan E. Confidencias literarias. Huerga y Fierro Editores. Madrid, 1996. 169 pp.
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Curiel, Elías D. Ebriedad de nube. Ateneo de Coro. Coro, 2003. 467 pp.
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Da Costa Gómez, Josefina. La escritura de lo fantasmal. La poesía de Rafael José Álvarez. Monteávila Editores Latinoamericana. 2007. 164 pp.
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Gotera, Johan. Severo Sarduy: alcances de una novelística y otros ensayos. Monteávila Editores Latinoamericana. Caracas, 2005. 155 pp.
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Hernández Santana, Beatriz. Dos poetas, dos ciudades y un imaginario maldito. Coro, 2008. 48 pp.
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León, José Javier. La noche definitiva. Fundación para la cultura y las artes. Caracas, 2021. 186 pp.
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Seco, César. Antología poética. Monteávila Editores Latinoamericana. Caracas, 2007. 246 pp.
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-Transpoética. Fundación Editorial El Perro y La Rana. Caracas, 2009. 154 pp.

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A.

Anthony Alvarado. Paraguaná,Venezuela, 1982. Poeta, escritor y docente universitario. Se ha desempeñado en el teatro y la edición a través del grupo Tiquiba y la Fundación Literaria León Bienvenido Weffer. Ha publicado Piedras sobre la Cruz (coautoría), Antología de la cueva (coautoría), Harakiri a traición. Poemas suyos aparecen en la selección Nuevas Voces (editado por el Instituto de Cultura de Falcón), Me Urbe (antología binacional Chile-Venezuela). Además posee una extensa publicación de artículos y ensayos publicados en la prensa falconiana y revistas de la región. Actualmente cursa la maestría en Literatura Hispanoamericana de la Unefm.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Alba Izaguirre

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