Principia

Elisa Díaz Castelo

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Apocalipsis

No creo en el apocalipsis pero ya casi no veo pájaros. Se habrán hecho ceniza. No creo en el apocalipsis, pero la tierra terminará de mala manera: crecerá el sol moribundo hasta alcanzarla. Hipertrofiado, más luminoso que nunca, devorará uno a uno los planetas. Quizá se adelantó y está pasando. Hace tanto calor que se evaporan los edificios, las paredes terminan hechas aire. Se volatilizan las palabras, duran poco las sílabas. Vivimos el mal gris, la media muerte. Mi abuela con la suya hizo lo mismo, la regaló a la flama y se volvió cenizas. Duró poco su corazón, su sangre roja. Se evaporaron sus ojos. Lo que toca el fuego pronto se convierte.

De pequeña me gustaba atravesar la flama de una vela con el dedo. No me dolía. Mi abuela me encontró y ordenó que la apagara. Pero al final le dio su cuerpo. Al final todos quedarán hechos polvo. Se expandirá el sol embravecido, nos lamerá con sus mil lenguas. Cuando llegue a la tierra, nosotros estaremos muertos. Pero no importa. Nuestro planeta no podrá huir: su órbita es demasiado constante. Estará atado a su cercanía. Así acabó mi abuela a mis espaldas, en un cuarto de acero y luego era de polvo. Caeremos en el cuerpo furioso del sol, se acabarán los miércoles, seremos sólo una forma de consumirnos. Como siempre.  Me asomo por la ventana, el sol se desdibuja. Vivo el color rojo. Entonces no habrán colores, sólo luz.

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La cuarta dimensión

No olvidaré la melodía empolvada

que cada hora nos sobresaltaba

en casa de la abuela. El reloj, en la pared,

era una cigarra de bisutería, aleaciones.

Puntual y estridulante, cada hora

echaba al aire sus notas húmedas

que hacían doler los huesos, las encías.

Y su canción lenta comenzaba a moverse,

moribunda mascota, siempre

amenazaba con acabar pero seguía

y no sé qué era más triste

querer que terminara o temer

que acabara de golpe y se desvaneciera.

Por ella aprendí que el paso del tiempo

es una cuestión fúnebre y cada hora

es digna en despedidas y añoranzas.

Sin embargo, sólo a ese ritmo explícito

tomaba cuerpo la casa,

se manifestaba, llena al fin de algo,

aunque fuera de ruido, tocada

por las esquinas rectas del tiempo.

Cuando salíamos los domingos,

imaginaba el reloj

avisándole a nadie que ya es hora,

redundante, y la casa, más sola por estar ahí

tan plenamente, existiendo más

en la orilla de cada hora,

como existe la arena cuando el mar se retira,

afincando los segundos en las sillas de terciopelo,

en las deslavadas flores de la colcha,

cada vez más marchitas,

en los cuadros que ya nadie miraba.

Quería volver a casa, siempre, para que no pasara

sus principios sola, colmada por el ruido, infinita,

habitada sólo por el tiempo, como quedará el universo

con su maquinaria de luz, sus nubes tecnicolor,

cuando hayamos muerto

todos y no haya nadie que lo reconozca y mire,

que lo cuente y traduzca

a números y esquemas. Seguirá, inmune,

con sus engranajes y órbitas, con los años larguísimos

de los planetas externos, se quedará prendido,

deforme en su belleza, feral e imperturbable.

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Geometría descriptiva

Desdoblemos la primera ecuación: una tarde, embocadura,

sus tres dimensiones en el papel, disecadas

en la hendidura del lápiz, su punta de ceniza.

Un día añejo de descritas líneas,

un día de polvo y viento, tráfico y slogans, como todos,

un poliedro de platónica solidez. Es cuestión de nombrar

sus pasillos tan rectos, cuestión de numerar las aulas olvidadas,

la curva tenue de la sangre bajo la piel, la nervadura del árbol.

Era agosto: la luz angulaba en la ventana, la recuerdo

cristalizada e hiriente centelleando en el reloj que usaba,

siempre, en la derecha. Era agosto:

un nudo de luz, una moneda de cobre

en la escalinata de piedra, en la fuente.

 

 

La primera premisa es el espacio, sus tres dimensiones

perseveran: el suéter rojo que olvidó un día,

el salón, vacío en los veranos, el edificio

extenso y huesudo bajo el sol

como el cadáver de un animal.

 

 

Qué plenitud la de los puntos, su alegría

de apenas existir, la línea con su rectitud envidiable

y el robusto cuadrado, cada cara diáfana en el papel.

 

 

Quiero romper de estas dos dimensiones

la tercera, frotar una con otra hasta que ardan,

sólo eso, revestir cierta tarde de ceniza,

someterla a sus sombras, darle

la vuelta al tiempo, anular

los círculos.

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Elisa Díaz Castelo. Ciudad de México, 1986. Poeta y traductora. Ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020 por El reino de lo no lineal, del Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 por Principia y del Premio Bellas Artes de Traducción Literaria 2019 por Cielo nocturno con heridas de fuego, de Ocean Vuong. Ha sido becaria del FONCA (Jóvenes Creadores), de la Fundación Para las Letras Mexicanas y de la Fulbright. Su último libro, Proyecto Manhattan, se publicó en Ediciones Antílope en 2021 y Principia acaba de ser reeditado por Ediciones Elefanta.

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Javier Miranda

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