Ramón Palomares

Palomares, su poesía, su entorno

 

 

Sobre Sardio

En realidad la gente del grupo Sardio tenía una gran sensibilidad y si bien estaba al día en relación con las corrientes europeas y norteamericanas, también estaba en la otra tónica de la apertura y la búsqueda. Pero la idea de la apertura en ellos era dominante. Pienso que la poesía que se hacía en la generación anterior estaba de­terminada por un cierto conceptualismo sin referir, en verdad no lo deseo, nombres. Había sí, para entonces, una reacción frente a ese conceptualismo, una poética más sensual, afectiva, donde la idea del mensaje y la transcendencia fuera minimizada. Se trataba de apartar la poesía del sentido lógico, inteligente y llevarla a otros derroteros de la fabulación, imaginación, de lo más puro del lenguaje. En lo que la palabra pueda tener como carga de nostalgia, de remembranza, y, por supuesto, de sorpresa.

Una poesía diferente

En este sentido podríamos hablar sobre una cosa, inclusive bas­tante radical, distinta, respecto a unos poemas publicados en El Papel Literario en 1955, incluidos en la Antología, por ejemplo «Presente» un poema de 1955 con un lenguaje, no sé, que está en el mismo espíritu de Paisano, sin serlo específicamente, un poco audaz. Existía un intento de diferenciación en el curso de la per­sonalidad poética y también en la idea de lo que es una genera­ción disímil. Todo fue en 1955 con unos textos no publicados en libro ni en El Nacional pero sí en Élite, «La Extranjera», «Peque­ña Colina» y otros de El Nacional como «Haces noche» y que querían, tenían, procuraban una inclinación no europea de la poesía o, al menos, una perspectiva menos europea en el len­guaje y en el sentido de la latinidad, una estética opuesta. Aun­que esta línea no se impone, pues yo la abandono y luego vengo a asumirla. En El Reino se asoma una línea más trascendente, más conceptual que son los primeros poemas que publico selecciona­dos bajo ese criterio, en el orden de lo clásico, de la cultura occidental. Sin embargo, lo otro no fue apartado, subestimado, desdeñado, sino que permanecería como algo subyacente que se mostraría abiertamente más tarde. En ese tiempo traté de hacer una poesía trascendente, inteligente, dentro de mis posibilidades. Bueno, las posibilidades de inteligencia que uno pueda tener. Luego me llamó al interés resolver la poesía, mi poesía, por caminos no tradicionales, como joven, en aquellos poemas que tomarían cuerpo en Paisano.

Un lenguaje que nos define

Mantenemos en nuestro continente un lenguaje particular que nos separa de las corrientes europeas y norteamericanas. Pero en la medida que haya una contribución, una particularización en un sentido proyectivo de una realidad que se está viviendo, en su proporción estaría sobre nuestro lenguaje una respuesta. Mientras seamos más auténticos, más nosotros, tengamos una forma de vivir donde nos impliquemos realmente, con una sensibilidad abierta a lo que nos ocurre nos distanciaremos de los universos euronorteamericanos, aunque ciertamente es así. Debemos introyectar las formas, los colores, el paisaje, la vida, el calor, el frío, lo que sea de nuestro clima. Es una distinción singular, y esta, pienso, es la que da un sentido a la cultura, una veta espiritual que conlleva una cultura. Bueno, casi entramos en la antropología.

Es una actitud que ya conocemos, la actitud de abrirse al máximo como sensibilidad al ámbito en que uno existe, es. Asumir de esa realidad, de su lenguaje lo que uno realmente es y, cómo tal, lo que se va a dar como poesía. Muchos poetas lo han vivido, experi­mentado. Es una propuesta definitiva, diría. Asumir lo propio que se existe, que se vive y que es el punto de partida de lo que se es y de lo que se puede hacer a diferencia de lo que otra gente consigue en la idea de lo exótico, mágico, lo maravilloso. Es posible que hablar de Escuque para algunos sea un contrasentido no poético. Pero allí se trata de abrir el compás para demostrar que sí es poético, que de hecho lo es, pues es lo máximo en lo que toca a la experiencia más honda que uno haya podido vivenciar.

Rodeado de poesía

La aproximación y jerarquización de la poesía, de lo que pueda significar como definición de mí mismo está en mi infancia, en mi padre que era un intelectual, en mi abuelo, una persona destacada en ese mismo nivel y amaba la poesía. Mis tíos y mi tía, quien parti­cularmente me crió que era maestra de escuela, entonces respetable profesión. En general todos en la casa se levantaron con esa idea nada corriente del respeto a la poesía, al arte. Ello fue definitivo para inclinarme con su peso hacia mi vocación, cuya balanza se dirigía al arte, la literatura. El ámbito familiar fue concluyente, pues nada proponía hacer de mí un hombre de poder u otra cosa ma­terial. Además con esa fortuna de crecer en un pequeño pueblo como Escuque, como habrá otros, había un respeto por esas cosas de la sensibilidad, una relación muy dinámica de sus habitantes, aunque la gente no escribiera se daba el culto al universo intelectual bajo estamentos organizados, no como hoy, en el orden de la vida, connatural de las pequeñas aldeas, lo que ofrecía una cierta armonía interior y el acercamiento a la poesía.

Las lecturas del joven poeta

Sobre todo mis lecturas eran africanas, basadas en libros de an­tropología que me llamaron bastante la atención. Ellas fueron una propuesta como maneras válidas de intentar una poética para uno como pueblo que no tiene una raíz tan definitivamente europea ni lógica, sin desdeñar tampoco el aporte del surrealismo. Claro, sin asumir la actitud surrealista que no es mi posición ni mi naturaleza, aunque encuentro en el surrealismo esa inmensa riqueza como concepción general, y riqueza para el quehacer del poema, el sueño, la sumersión en sí mismo. También aquellas lecturas precolombi­nas, la poesía de «La Casa del Canto», traducida por Miguel Ángel Asturias, textos mayas, aztecas, llenos de visualidad y sensibilidad de lo que es la luz, digo el mundo nuestro, nuestro territorio. En ellos se da una interrelación del ser y la naturaleza, una convivencia exquisita de ambos que como americano la podría encontrar en la poesía que mantuviese una raíz neta del contacto con ese paisaje, sin relación con el universo europeo. Aunque no fuera de hecho, la propuesta era interesante y, necesariamente, abría ventanas para ver las cosas en otra perspectiva. Era una búsqueda no sólo en la poesía maya, quechua o cualquiera de aquellos cantos precolombi­nos en general, sino que cubría la lírica africana que, un tanto lejos de la tradición greco-latina, nos ofrecía un planteamiento y una resolución diferente de las cosas. Más o menos, valga el ejemplo, lo que resultara de la pintura japonesa para los europeos, con lo que resolvieron muchos problemas de perspectiva y de otras técnicas que los orientales lograran por vías distintas.
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Los clásicos

He gustado de los clásicos y no exclusivamente por la propiedad, frescura, belleza, creación de modelos que implican, los más puros que representan la madurez del idioma. Leer La Celestina fue encon­trarse uno en un punto del pensamiento de la expansión idiomática, una experiencia única realmente del lenguaje. Lo mismo con el Cid, Berceo. Es en esos lenguajes donde se hallan resonancias nutricias, la cadencia que uno tiene adentro de sí. No se trata únicamente de poetas, también Cervantes. Se recuerda a Hita, Santillana… Vigori­zan el habla, imprescindibles para un joven escritor esa relación y la diferenciación de lo que ocurre con el lenguaje de las traducciones, que aunque importantes no tienen el eco de lo profundo del idioma materno, la matriz de la dulzura, lo amable. Me gusta especialmente el romancero.

Otras lecturas

El mundo de coplas y del folclor es enorme, no sé por qué tantos lo desdeñan, acá en América Latina. Libros como el de Oviedo y Baños, de una belleza singular del idioma, libros cultos del pasado siglo, que no han entrado en la literatura aunque no escritos en castellano, impresionantes como aquél de Ramón Páez sobre una expedición con el General José Antonio Páez, recorriendo las posi­ciones de cuando la Guerra, todo el Llano pues, los valles de Aragua. Está sí la presencia de Neruda con su Residencia en la Tierra y sus poe­mas de adolescencia, las propuestas sintácticas de Vallejo, su fuerza, su actitud en nada acomodaticia, original, particular, aquella distor­sión idiomática que le queda de maravilla. En Venezuela el Grupo Sardio, su gente, Adriano González León, Juan Sánchez Peláez y todos los que estábamos, Rómulo Aranguibel, Carlos Contramaes­tre. Particularmente la gente de los inicios y claro Vicente, Vicente Gerbasi. Ellos todos, un poco, en los esquemas que uno asumiera en la poesía.

Rulfo y Palomares

Realmente no es un lenguaje rulfiano, son los arquetipos de la búsqueda creadora, de la inteligencia del lenguaje. Algunos dicen que esos poemas tienen, por supuesto, similitudes, pero no hubo influencia, que por otra parte sería muy bella, aceptable. Me atreve­ría a decir que Rulfo estaría más cerca en Adiós Escuque que fuera escrito conociendo su obra. Diría que en Paisano existen resonancias de Asturias, del Asturias de «Hombres de Maíz», de su escritura, en las leyendas y personajes mágicos con el trasfondo indígena.

La música de la lengua

El lenguaje tiene una musicalidad propia, intrínseca, natural. A partir de él se puede crear un sentido musical, fluido que no se atenga a normativas, a la rigidez que imponen, porque lo molesto en todo caso es la rigidez. Me gusta que los versos, las estrofas sean flu­yentes, contando en mucho con la sintaxis del idioma natural. Existe una cadencia muy particular en el habla regional, donde se da un acendramiento de riqueza y afectividad, especialmente en la manera de decir, pronunciar, llenando de ternura la palabra. En mi caso esa fluidez la encontré en mi pueblo, pero no como búsqueda específica, sino que todo eso estaba en mí como alguien que se había sensibilizado en la escucha del vecino, los familiares. Un lenguaje que no existe hoy porque se ha masificado, estereotipado, viciado. En realidad ahora se oye mucho menos, aunque se siente todavía en la vecindad de Escuque, donde la gente habla muy bellamente, sobre todo la mayor, de cierta edad a quienes se le siente el sonido de su habla que remite a una música que de por sí llena lo que podría ser la métrica del verso.

La imaginación

Mi poesía tiene mucho de imaginación, soy, creo, bastante ima­ginativo, para crear situaciones, vivir situaciones imaginarias. Mu­cha fabulación como crear personajes como «El Jugador»  de Adiós Escuque o recrear al «Hijo Pródigo» en una relación un poco torcida del hijo que no es bien recibido, a quien todo se le convierte en destrucción y tragedia, o la de Adán y Eva en el Paraíso o el pecado. Recrear con imaginación, no partiendo de la idea, sino de la imagen. Una fabulación, creación de lo imaginario e invención. Me gusta, me interesa, es mi manera pues. Quizá algunas cosas estén dentro del folclor, la leyenda, etc., pero hay bastante de invención per­sonal, con una gran dosis en mayor o menor grado de una relación del subconsciente colectivo y un mundo de influencias y proyec­ciones ajenas aunque asumidas, si se quiere, inadvertidamente.

El poema, un hallazgo

El poema es una relación con el subconsciente, una relación con la profundidad, el inconsciente, con la liberación de esa zona y con la participación de esa zona, donde se da la fuerza que lo enrique­ce, sobre todo con el poema extenso. A medida que toque el in­consciente, el subconsciente y todo el ser uno puede purificarse. Bueno, no deja de ser esto un poco de retórica. Aunque siempre un poema, digo, es un bello encuentro con la vida de uno.

Abrirse al poema

Uno se abre a él, un abordar el otro, dado en Pessoa, Borges y en tantos grandes poetas. Asumir un tiempo distinto, que es una pro­puesta tentadora, vivir otro tiempo, que es imposible, pero es vivir lo imposible. Uno se crea su tiempo y espacio personales como inci­taciones poéticas, de la inteligencia y perspectivas que se asoman hacia una estructuración de un universo diferente. Es quizá aquí cuando la poesía nos muestra un camino de la felicidad, fuera de las tensiones del estrés, sin pauta al sufrimiento ni la melancolía o la amargura. Una manera de llegar a la plenitud, la libertad de crear un espacio y un tiempo para uno, una locura sublime, el manjar de la locura, indudablemente.

La inocencia

Existen poetas héroes, yo no he querido tomar al poema como instrumento de batalla, como lucha política, porque nunca ha esta­do en mi forma de ser. Una vez iba a publicar unos textos con seudó­nimo y llegó la policía y los incautó. Mi poesía se orientaba a lo no interesado sino como resultado de un proceso o de la espontaneidad y la bondad no comprometida, libre, pura. Ha sido mi manera de escribir, en general, a veces, no obstante uno está más interesado en crear un objeto poético, por ejemplo «Honras Fúnebres», solemne, poesía de trastienda, de inteligencia, con tres niveles de lectura, pero perdía mi inocencia, libertad, que siempre debe preservarse. Un rincón inocente para la plenitud, repito, felicidad.

La poesía y el tema obligado

Muchos de los poemas de «tema obligado» son un desafío, un trabajo muy grato. Pues cuando se trabaja con un poema extenso con dedicación y no sólo en el instante de la momentánea inspira­ción hay que desarrollarlo, mantenerlo en un plano de elevación. Es esto un desafío real de la inteligencia creadora y grato, por lo tanto, algo que uno va a conquistar. Una vez me hacía una entrevista Or­lando Araujo a propósito del libro Santiago de León de Caracas, yo le decía, que todo era como saber que en un bosque había una presa que uno iba a cazar, y entonces uno andaba en ese bosque hasta encontrar la presa. No era necesariamente que se tenía el tema y se iba a desarrollar como tal, lo cual no tiene mucha gracia. Totalmen­te ajeno al ensayo, sino que se encuentre la intuición y el asunto, pero en un encuentro espontáneo, como un bucear prolongado en el subconsciente, un encuentro en profundidad con lo que uno quiere realizar, aunque ni siquiera está definido, más bien se viene definiendo por sí solo. En verdad es un poco complejo. Pero los temas siempre han sido propuestos por mí, espontáneamente. De cualquier forma, el contacto con la naturaleza, una puesta de sol, el viento, otras cosas abren la percepción para la poesía por ser viven­cias. Todo es válido para el poema y, por otra parte, no puede haber limitaciones.

El poema y los versos medidos

La creación literaria a partir del ritmo y la medida no me satisfa­ce. Es la idea de lo que es mi gusto. Me parece un juego técnico don­de el artificio domina en el texto. No me satisface, repito, en nada componer un octosílabo, un soneto nada tiene para mí, ningún encanto. Quizá para otra gente exista ese encanto lo cual, sin em­bargo, es respetable. En mi caso no me atrae ese «desafío» del sone­to, esa especie de hazaña –pienso– física, muscular. Más me atraen aquellos poemas nacidos de un tema escogido, generalmente de manera espontánea, no de encargo, que son otra cosa. La métrica nunca me atrajo en lo absoluto. No me molesta, claro, cuando se de­senvuelve en el gran plan de altura como lo hicieran Quevedo, San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, en quien el verso cuando se quie­bra no se parte sino que continúa en una cadencia que conduce de inmediato al otro verso con una naturalidad y una fluidez mágica: «Salinas, cuando suena / la música extremada / por vuestra mano gobernada». Ahí las pausas, al término del verso casi ni se dan, sim­plemente eso, es un cambio muy sutil del sonido, entonces en cuan­to a mi deseo de proponer la musicalidad al poema se cifra más apuntando hacia la sintaxis del habla de la gente.

La poesía

En cuanto a los niveles de significación del poema, un poema puede alcanzar, y es bastante corriente, dos niveles. Uno inmediato, de la palabra, del discurso y, el otro, el nivel simbólico que es solamente atrapado por el lector inteligente, que de hecho efectúe una lectura a profundidad. Pero además uno puede llegar, con un cierto trabajo y una agudeza mayor a un tercer nivel más recóndito del poema, ¿no?, que requiere un artificio que en principio sorprende y es muy agradable, pero cansa con el tiempo, con el desarrollo del poema, porque se desvirtúa el sentido de la poesía. Por eso, traté en verdad de desechar ese orden de lo transcendente, pues en el fondo hay un sentido conceptual y es lo menos que deseo lograr: poemas conceptuales.

La escritura en el poeta

Para comenzar a escribir, entrar en el acto de la escritura me es difícil. Tengo que entrar poco a poco, luego puede transcurrir una hora o más. Cuando corto, no sé en qué lugar de fuerza esté el pen­samiento, algo me dice que corte simplemente. Quizá podría lograr algo deseable, pero existe un dictado mental por lo general o diná­mica que corta la situación. Después vendrá el proceso de componer lo que se ha hecho. Por ejemplo si voy a escribir prosa en muchas oportunidades se inicia por donde sea, por el principio, mitad e inclusive el final, luego todo se acomodará, pero lo importante es no dejar escapar la idea, el planteamiento, lo fundamental. Por lo general aprovecho el material o lo desecho. Para llegar a un poemario podría escribir hasta 200 ó 300 cuartillas y dejo 30, 40. Soy bastante estricto en la selección y corrección.

De cualquier forma, el momento de la escritura empieza a ron­darme, a rondarme con un asunto y este revuelo me va tensando, llenando, tocando, supongo que sea en mi inconsciencia, hasta que se me vienen muchos elementos. No es un acto muy inteligente, a veces, yo diría que es un tanto mecánico, porque la inteligencia se hizo, ya trabajó. Es tratar de volcar el asunto.

La tijera y Palomares

Nosotros los poetas somos unos diablos con las tijeras, cortar es nuestro oficio. Son asuntos de oído, donde termina o no perfecta­mente o terminar con cierta imperfección. Las tijeras son las armas milagrosas del poema.

Borro mucho, elimino, mi proceso de escribir conlleva esa corrección severa de los términos. Una frase puede pasar a una segun­da parte, tercera o inclusive desaparecer. La dinámica de la corrección puede llegar a la transformación de todo el período, un sentido de la organización que cambia lo realizado desde el principio, pero sin que la idea se transforme. Me confío mucho en los cambios. Casi no agrego sino elimino. Eliminar siempre es procedente, no agregar. Es muy grato el proceso, se corrige, se hala, se trastrueca. No es tensión, es un trabajo inteligente, donde la intuición y el impulso primero ya están presentes, está atrapado el pájaro. Mi último tra­bajo fue arduo, (Alegres Provincias) de años, el poema se representa como si se buscara a sí mismo, como si yo lo hubiera dejado ser lo que él quisiera ser. Fue con este poema que por primera vez tuve la sensación de su autonomía. No tenía idea dónde buscarlo, ni dónde estaba, pero se encontraba en el bosque y el poeta cazador iba a su caza o lo contrario. Un recorrer, andar a ciegas hasta toparse. En este instante se iniciaba una especie de lucha con el poema, de agrado, que se volvería objetivo.

La poesía venezolana

Aldo Pellegrini desde que realizara aquella famosa antología, Poesía Viva Latinoamericana, nuestra poesía fue catalogada entre las más ricas y espléndidas del continente con el desplazamiento desde el Cono Sur hacia las zonas tropicales, es decir, Venezuela, Colom­bia. Eran los años sesenta. Y creo que desde el ámbito bastante res­petable del poeta y su neutralidad su opinión es lo suficiente valiosa. Además existen otras publicaciones mexicanas, colombianas, inclu­so de Nueva York. Recuerdo una antología «Mirrors & Windows of Latinoamérica», en que hacen énfasis de lo distinto de nuestra poe­sía y donde Venezuela tiene una representación aceptable dentro del conjunto. La característica general como se la considera es por su diversidad y fecundidad en la medida de su conocimiento. Lo cual, pienso, es verdad. La poesía venezolana más que la narrativa ha sido de un tiempo acá, una manera sostenida de creación en el país, pero por la condición del país, parece no importar mucho.

La joven poesía en Venezuela

Hay una variedad de riqueza en la gente nueva. ¿Hasta qué punto pueden distanciarse de una perspectiva europea que tanto pesa en nuestra literatura y cultura, de ver, introyectar la realidad? Creo que existe un esfuerzo, un trabajo y que en cierto modo continúan la afirmación de Pellegrini.

Palomares

Trato de ser poeta al máximo, entendiendo como poeta una conducta lo más cotidiana posible, a vivir de la imaginación, alcan­zarla y vivirla el mayor tiempo posible, mantener una relación tam­bién en un territorio muy sencillo. Soy una persona un tanto margi­nal y el marginamiento es una actitud muy personal, pero se lo debe uno a la manera de ser de la sociedad, en parte, también al poder, al comportamiento de los vaivenes económicos. Entonces uno es en gran medida marginal. Y la marginalidad le permite a uno la posibili­dad de vivir a su modo, dentro de la gran facilidad que nos ha tocado, el tipo de trabajo que nos ofrece mantener una conducta indepen­diente, autónoma y tener una coherencia en el orden, diríamos, intelectual: dar clases, atender a los estudiantes… En fin, el trabajo universitario que nos deja vivir en forma amable y cónsona con lo que uno ha deseado y ha podido vivir, sinceramente. Vaya el recono­cimiento a la Universidad, por supuesto.

Por otra parte, los alrededores de Mérida, su paisaje, sus lugares dan a uno una relación intensa con la naturaleza. Uno vive sus pára­mos, sus ríos, sus paseos. Una cotidianidad que puede convertirse en una compañía, también, intensa, poética en cierto nivel, claro. Para mí es imprescindible vivir en el campo. La ciudad no es de mi agrado.

 

una voz en lo purísimo

Luis Alberto Crespo

Leo a Ramón Palomares desde siempre, desde lo más remoto donde sé de mí. Mucho antes de tener su amistad me acerqué a sus libros para mirar el mundo como él dice: con los ojos y los sentidos de lo purísimo, sintiendo el afuera lo mismo que una palpitación secre­ta, un estremecimiento oculto, una comunión con lo inalcanzable. Cuando avisté por primera vez su poesía descubrí que hacía tiempo, en lo más distante de la infancia y el primer deslumbramiento por todo lo perdido y lo invisible, guardaba, después del corazón, des­pués del suspiro, esas palabras –que él convierte en revelaciones de lo precioso- como un sello por dentro. Viéndome en sus libros com­prendí que el pequeño espacio del país, ese yermo Carora, esa espina en lo real y lo ilusorio, podían, apenas invocaba a Ramón Palomares, aspirar al absoluto. Y escribí con él en la sien y en el desierto, nombrándome en su lenguaje, persiguiendo la blancura última del poema suyo para atesorar lo ido. A medida que vivo regreso en su búsqueda para cruzar el mundo y estar y postergar lo atroz. Nadie como Ramón Palomares ha sabido acercar la pequeña y frágil ternura a lo eterno. Nadie como Ramón Palomares ha conseguido la imagen exacta que dé carnadura a lo imposible por decir, a lo inac­cesible por alcanzar. Su conducta frente a lo real y a lo imaginario existe en Novalis, en Perse, en Garcilaso o en los poetas del primer día de la creación. Su flor de eneldo, su yerba altísima, su casa en el aire y las voces de las cosas, conviven en ese fulgor incomparable.

alegres provincias
(nota de lectura)

Adhely Rivero

Cuando el Dragón no pudo más «Tasar el mar» se hizo a la llanura, al fragor de la selva y la montaña para reconstruir al universo los jardines de América, y arraigar en la memoria las provincias de occidente. «El soñador» en las visiones de Ramón Palo­mares, Venezuela 1935, nos ofrece una recreación poética en Alegres Provincias. Acercándonos al rumbo que llevó el Barón de Humboldt en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, 1916. Palomares en su legado conjuga la prosa y el verso para introducirnos a su invención, donde nos devela la gracia del creador «a través de los prodigiosos sortilegios de la palabra». Abrí los ojos, me encontré en pleno cielo: Un azul bajaba del paraíso / a vestir cuanto de oscuro había en nuestro universo».

«Yo el Dragón partiré al encuentro del mundo». Como una constela­ción recorre palmeras del trópico, las altas montañas de hermosas Ninfales que en sus grandes alas se llevan los ojos, nombrándonos en «una tristeza que no carece de dulzura». 

En Alegres Provincias, 1988la escritura no la sustenta un pre-texto literario sino un sentimiento que ha rozado el alma y va urdiendo en nombres y lugares hermosas imágenes de un universo nada extraño al poeta. Un teatro donde el firmamento es la metáfora y el decantamiento del lenguaje es conjuro en el poema: lo aparta de toda crónica y lo eleva al ámbito de la creación divina «Donde fuimos más antiguos que toda sombra y nos alimentamos del cielo».

El poemario es un largo viaje por la vértebra de una serpiente extendida a lo largo de nuestra cordillera, atravesando los llanos hasta reencontrarse con el mar, su lugar de origen, poseso del encantamiento de cada región.

Alegres… tiene resonancias líricas que nos acerca a la producción anterior del autor, específicamente Honras Fúnebres, 1966 y Santiago León de Caracas, 1967, quizás por su «proyección exterior y la capta­ción de la naturaleza» donde los mitos y lo real se confabulan con el habla indígena, leyendas que van asistidas por la sensibilidad musical de la poesía precolombina. «Si me dieran de beber de cuatro ríos sabría / al beberla donde fueron cogidas las aguas».

La inclusión de fragmentos de cartas introducen un carácter epistolar en ciertos textos, fragmentos de gran valor poético: «Voy dolido en el fondo de una barcaza / escucho entre las hojas y las raíces largas exclamaciones / Mi querido Wilhem… mi querido hermano / es una planta de drago, unas palmeras que alumbran ruinas / hondas». A lo largo del viaje Palomares acentúa la constante del paisaje, donde los ríos son el alma común de todos los moradores y potencia sagrada en la naturaleza. «Un río es el pasaje donde se han desvanecido todos los muertos / donde se alumbran todos los nacidos». Esta proyección del río es la conciencia que perpetúa la expedición a los orígenes del Nuevo Mundo.

algún pájaro avisa

Patricia Guzmán

Hambriento de un espacio donde extenderse. Con los ojos extraviados, idos, buscando el rayo, la rama de naranjo que le señale, le revele ese invisible adelante que llaman lugar. O el claro del bos­que, allí donde no siempre es posible entrar, allí donde los animal es-y los niños- miran sólo a lo abierto. Allí donde nada es signo, «como si vislumbrase un reino donde lo que significa y lo signifi­cado fuera uno y lo mismo»(1).

Y es que Ramón Palomares tiene demasiados sueños. Como el Dragón, quiere bordarlos en alguna selva, océano, tempestad, río… Desea intuir el instante, contener el aleteo infinito del pájaro que hiere el espacio, abre hendijas en el cielo, buscando el Absoluto.

Pero, cómo restituir esa transparencia, cómo escuchar la oscuri­dad-audible, cómo leer la carta cerrada que traslada aquel pájaro hueco, cómo ratificar que Escuque, ese aquí puntual en relación con el Todo y la Nada, el afuera y el adentro, es el Absoluto.

Sólo a través de la poesía. De una poesía que zurza el espacio de la caída, por indicación de Lezama. Pero zurcir con la voz. Con la santa voz interior que entendemos, únicamente, hurgando en nuestro fuero interno, o, mejor, dejándonos llenar por esas voces y fábulas «que luchaban por ascender de lo más profundo de mi pasado de niño solitario, niño encaramado en un árbol amigo contemplando difuminados caballos, unos pájaros, la distancia de cielos recargados, amorosos es cierto, pero también sombríos»(2).

De lo más hondo, de una capa de tierras mentales subyacentes en su sensibilidad, dice, brotan sus poemas. Porque la verdadera pala­bra, esa que se habla y no simulacro, gesto y no remedo, viene de abajo: la enterrada con los ojos abiertos, como la ha descrito Paz, asciende como canto para devolvernos el Absoluto, y, con él, nues­tro verdadero ser. La palabra oral, la palabra dicha, el vocablo en el habla, obsesio­nan a Palomares, porque tiene la certeza de que la modulación que particulariza a cada ser humano, viene impregnada de su ser. Porque tiene la certeza de una proximidad total entre la voz y el ser, la voz y el sentido del ser, la voz y la identidad del sentido.

De allí que Ramón Palomares para escribir Escuque o el Abso­luto, para advertirnos que «Ya voy a ser tierra», tuviera que rescatar -reinventar- una escritura natural: unida a la voz y al espíritu. «Su naturaleza no es gramatológica, no pertenece a la escritura ni a la lectura; su naturaleza es neumatológica, relativa al espíritu, es sagrada, próxima a la santa voz interior, a la voz que entendemos entrando en nosotros mismos»(3).

En la voz reside el verbo primero. La única palabra escrita ga­rante de espiritualidad es la palabra poética que evoca, antes que significar; que lastra el peso de su carga ontológica.

Quizá Ramón Palomares encontró la cuarta palabra que anun­ciaba Lezama. Ni la palabra simple (verbo que expresa), ni la palabra jeroglífica (verbo que oculta), ni la palabra simbólica (verbo que significa). Algo más que expresividad, ocultamiento y signo: una palabra que no se nombra, que asegura el cuerpo de la poesía, que nos aproxima al Absoluto. Esa palabra que se dibuja entre las larvas que sueltan la imagen y la metáfora. Esa palabra donde enraizan las analogías, que me permite ver en ésto, aquello. En Escuque, el Absoluto.

La cuarta palabra es la del pájaro que avisa «y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz»(4). La del pájaro que nos lleva al claro del bosque. La del pájaro que borra el mundo con el insistente vibrar de su ala, devolviéndonos al Absoluto. Ya ha dicho Palomares que se entretiene «leyendo textos de pájaros (…) sus plumas podrían con­fundirse con diminutas espadas, o (…) abren las alas al atardecer fingiendo miradas tenebrosas»(5).

Palomares ha entendido la urgencia de volver a cifrar el mundo. No basta con descifrarlo. Cifrar con la hondura de nuestra garganta, gritar roncamente como ese río en el cual el poeta entra. Quitán­dose la ropa, le abre la puerta, mira adentro de su casa y escucha qué dice y qué quiere. «Hasta que se oyó una voz durísimo / y salieron iglesias y calles de las nubes / y todos corrieron / y comenzó el río a decir que se iba a morir»(6).

Cifrar junto al pájaro de los siete colores, preguntarle «¿A quién le decís de querer?». Cifrar junto a la tortolita, para que vaya a «decíle a los cantores, decíle a los que corren su boca por las ciudades, decíles que me voy por la noche, por la medianoche me voy». Cifrar junto al borococo, meterse por su oscuridad, donde sus plumas silban, para volverse árbol entre relámpagos. Palomares, hecho árbol, provisto de la verticalidad salvadora, extiende los brazos hacia el cielo. La última rama, la punta de la última rama roza con el Absoluto. Así, la inmensidad del poeta, se funde en la inmensidad del espacio. Y Escuque deviene puntual. Ese lugar que digo y me salva.

Palomares: el lugar o la voz.

 

Notas
(1) Zambrano, María. Claros del Bosque, Seix Barral, Barcelona, 1977, p. 13
(2) Palomares, Ramón. «Poesía y Lenguaje», Papel Literario/ El Nacional, Caracas, 31 / Mayo/1987
(3) Derrida, Jacques. De la Grammatologie, Minuit, París, 1967, p. 29.
(4) Zambrano, María. Ob. cit., p. 11.
(5) Palomares, Ramón. Alegres Provincias, FUNDARTE, Caracas, 1988, p. 40.
(6) Palomares, Ramón. Poesía. Monte Avila, Caracas, 1985, p. 90.

 

 

 

EL TEJEDOR DE NUBES

Enrique Hernández-D’Jesús

 

 

El señor de las flores
anda por los caminos del viento
con los ojos agudos
en las casas pegadas en las nubes
en los árboles enjutados de amor
Bebe con las torcaces
y en el movimiento
al andar por los páramos
del pequeño sendero
con las mujeres
que le dieron en su infancia
el calor familiar
con las tías y la madrina
en la mudanza del silencio

Se acostaba en las piedras
que caían del cielo
………………..de allá arriba
donde da vueltas el gavilán
y el pecho
con lo más del corazón
……………….en la huerta
del sol
del gran tejedor y de
las damas
de rostros expectantes

Saludos precioso pájaro
preso en los astros
……….en la palabra
en las calles señaladas
en las macetas  del patio
goza con la lluvia
………de la florescencia
en las tejas de tulipanes
……………….canta
se monta en un caballo
y se entrevera
comiéndose las estrellas
con el ramo de naranjo
vivió la poesía
el equilibrio
……….de la palabra común
los modismos
de la gente del campo
los campesinos
………sembrados en su espíritu

Preguntó por los azulejos
y andaba de un lugar a otro
por las orillas de los pueblos
…………juntando
el habla fluida
donde las plumas del pajarito
silban en el incendio
entre el cabello de las jóvenes
……………….andinas
levanta la altura campestre
……….amable
……….con la lengua propia
sentado
en una mesa de juego
en las formas suaves
de la montaña
atardecida
con los ojos
llenos de luces
de neblina
del vuelo de las aves
de los diminutos pájaros

 

 

 

 

 

PALABRAS EN UN DESCANSO DE JINETES

Ramón Palomares

 

Levantarse y echar a volar rebasando la fuerza de estas bestias oscuras
en un descanso de jinetes.
Moscas y tábanos
ronronean en su siesta de flores.

Deja que te bendiga, brote florido; treparé al arbusto en su malanga de ojos redondos
y seré al reflejo del sol ese cuello donde revuelas en vida silenciosa.
Después me iré por esa inmensa arbolación
sacudiéndome su verde brillante
para verme al conjuro de tu aura
bamboleándome alrededor.
Contemplo esa ruptura en la piedra hartándose de tiempo,
y fresca en el agua, en su prestancia su felicidad, a tono con su condición de hija del cielo.
Y qué vecindarios: primero la humedad criando musgos de vida secreta;
de seguidas
una luz tamizada, recia y opulenta
y en su entorno la enredadera en grácil ascenso:
Alegría de volar y no darse nunca por vencido.
Alimenta éste ocio esa luz doble en la charca dorada
y allí renace, en un vértigo azul el gran lirio insurgente.

Volar, éste es el desafío, después, arriba,
en rápido escarceo
el cielo se encarga.
Y con todo y por todo esta inquietud
entre las ramas y al ras
lagarteando entre sus grietas y tersuras.
Y el encanto así, se deslíe para hacer
quebranto de unas aguas, vuelo de insectos, sonido encantado.
Así se arriba al sol y se permanece entre baraños
asistiendo a una maravilla cambiante, un teatro en oleadas y convertido en felicidad:
Lo nuevo siempre y siempre nuevo;
se va cantando por la orilla, por el cauce hechizado
en el atender y entender el cerebro otro
en la conciencia que dejamos para recuperarla y estar en los otros y Ser
en compañía de vivientes que recrean su claridad.
A gusto se es sol y con las mismas
esta frescura de un regazo protegido.
Andar, encontrarse, desaparecer.
Y levantarse levemente, dejar el suelo y ser más libre
en el domo donde beben las flores.

Hace fresco aquí bajo el dosel, la piedra impresa de la garra de un águila
alterna sol y fronda.
Ascender, intimar y escucharse,
el cauce es armonía.
El mediodía arremete con fuerza: anoche la lluvia asperjaba su claro alimento
y la hoja muerta va arrastrándose en el caldo meloso.
El fuego se detiene:
allí desangra plata, aquí dora un vuelo.
El fuego es amor el fuego es ternura y desciende a través de océanos sin fin
y es un encuentro siempre único, un encuentro a dos rostros,
para asumir y reflejarse en el padre sin fin
y hundirse así en la oscura corriente
del Gran Espejo Cegador.

Mérida 2005

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El poeta venezolano Ramón Palomares es considerado por la crítica como uno de los poetas más importantes de la poesía hispanoamericana. Es una referencia obligatoria al momento de leer y estudiar la cartografía de la tradición de la poesía venezolana. Su propuesta: la exaltación del lenguaje y la memoria del pueblo, del campesino, y su inserción en la expresión poética dentro de un clima donde vemos emerger el exotismo de nuestra flora y fauna conjugados con el espíritu del territorio que comprende su reino. La revista Poesía en su número 75/76, publicado en 1989,  rindió homenaje a su obra. Hoy, a un año de la partida de nuestro entrañable colaborador, el poeta Ramón Palomares, evocamos sus palabras y la de algunos poetas que, en ese entonces, profundizaron en su trabajo como un reconocimiento a la relevancia de su trayectoria.

Del número del 89 incluimos la entrevista Palomares, su poesía, su entorno realizada por Reynaldo Pérez Só y Pedro Velásquez Aparicio así como los textos de Crespo, Rivero y Guzmán. Agradecemos al poeta Enrique Hernández D’-Jesús por el envío de un fragmento del «El tejedor de nubes» así como por sus fotografías de Ramón Palomares. «Palabras en un descanso de jinetes» es el último texto remitido por el poeta a nuestra redacción y se encuentra publicado originalmente en la edición impresa número 155.

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