REVELACIÓN

William Carlos Williams

 

Este texto pertenece al libro Selected Essays de William Carlos Williams, publicado por la editorial New Directions de New York. Se reúnen allí escritos redactados entre 1920 y 1954. Mediante su lectura podemos seguir el itinerario interior del poeta, sus búsquedas, sus tanteos, sus relaciones con la poesía y los poetas de su tiempo. Pero en realidad lo que aparece más nítido es la incansable batalla de Williams por conservar intacto el corazón central de la poesía en medio de un mundo lleno de peligros.  No fueron muchos los que lo acompañaron en esa empresa. A veces los mejores de su generación, como Eliot y Pound, lo dejaron solo, ya sea para internarse en otra selva, como Pound, o para buscar el camino más corto, como él dice de Eliot. Williams prefirió el obstinado y lúcido trabajo de «erigir una masa, un conglomerado que quizás contenga pocas joyas», ya que se proponía más bien un esfuerzo de acumulación. «No estamos metiendo la rosa, la rosa singular, dentro del pequeño florero de cristal en la ventana -estamos cavando un hueco para el árbol», decía. Hoy se puede apreciar la dimensión de su verdad. En gran parte, gracias a su obra, la poesía norteamericana ha conseguido un lenguaje, una forma y un tono. Hay muchos y excelentes poetas jóvenes que siguen sus huellas.

H.G.

 

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El propósito de la escritura es revelar. No es enseñar, ni hacer publicidad, ni vender, ni aun comunicar (porque para eso se necesitan dos) sino revelar, para lo cual no se necesita más que el hombre mismo. Ni siquiera, después de todo, inventar, salvo que para revelar hay que revelar algo y no nada  –aunque eso sería mejor.

¿Revelar qué? Lo que está adentro de uno mismo. Por esta razón la idea del «fluir de la conciencia», fue tan acertada y lo será de nuevo dentro de diez años, más o menos: reveló… Dios sabe qué reveló, pero al menos esa idea estaba bien encaminada. Hizo a un lado la «composición», tan vacía como la «perspectiva» en la pintura. Fue a la base del problema para permitir que saliera algo, aunque no sabía bien qué –en ello consistió su debilidad– precisamente en no saber qué. Pero apuntaba bien, su objetivo era la revelación, sin abandono, sin impostura; quería abrir el pellejo.

La «filosofía de la escritura» se podría decir. Patético. Todo el mundo escribe para revelar su alma, ¿qué es eso? Hoy las almas están a cinco centavos la docena. Aún los idiotas tienen un alma cuyo valor, para alguien, se mide en efectivo, para alguien de importancia. Adivina quién… Hasta los monstruos… por un valor efectivo. ¿No es así? Usted no quiere decir… ¿O realmente quiere decir? Es probable.

La cosa es que en la cabeza hay un relámpago que calcula, usted sabe. Es lo que hizo que Shakespeare pareciera un intelectual. Funcionó. Mírelo funcionar, la escritura solo consiste en eso (si trabaja). Suéltelo. Déjelo en un códice en la página. Eso es escritura, revelación… no tiene que ser demasiado compacto. Pero habitualmente, cuando está mejor, desarrolla las más complicadas fórmulas en unos pocos segundos y las trascribe: la mente corriendo a toda velocidad para tocar y descifrar: Ponga una situación, una propuesta en la boca de entrada y véala salir por el otro extremo –con una forma «hermosa». ¿Lo no racional, diremos? Lo que revela, quizás lo que Randall Jarrell llama la manera «romántica» por oposición a la manera clásica, el salto hacia la respuesta y no el trabajo lapidario.

En realidad, es el cerebro profundo quien está haciendo su trabajo. Arriba y abajo, minando las venas más hondas y no solamente las interrelaciones de las superficies conscientes. O mejor, la superficie consciente en tanto se relaciona con la mente más profunda, adelante y atrás, a la velocidad del relámpago, gobernada por las profundidades. Lo que está «adentro» hace el trabajo, y «trabajo» es lo que hace dando respuestas. Muchas veces da respuestas inoportunas.

Tome los diarios o una novela vendible o una obra de teatro. No revelan nada porque solo le dicen lo que usted ya sabe –si no no la reconocería. Esta sería una propuesta demasiado costosa. Le dicen «le dimos la clave del asesinato» que usted ya había cometido cincuenta veces en su propia conciencia. ¿Es eso revelador? Sería tonto pensarlo. O le dicen en historias de «misterio» la misma cosa, (tiene que ser la misma para conformar a presidentes y taquígrafos) cosas en absoluto reveladoras, los discursos de Churchill y Stalin y toda la charlatanería de la mente consciente, el pensamiento preparado, el concepto ya ensayado.

Imagine un sermón proselitista. Uno de esos para «conmoverlo» y que intenta ser una revelación. Y bien, la única razón por la que se conmovió es que usted no estaba ahí. No lo estaba mirando. Estaba dirigido a usted. Usted no se daba cuenta pero él lo estaba mirando. Lo tenía apuntado. Estaba (a su manera) asechándolo a usted y cuando usted lo miró, pum! estaba atrapado. Nada se ha revelado, más bien se ha velado todo –con el propósito de atrapado, idiota!

Pero la revelación, cuando lo advierte a usted, gira la cabeza –en dirección opuesta. No se puede cazar mediante la decepción. La diferencia entre el que revela y los demás es que aquél se revela a SI MISMO, no a usted.

Así el nacimiento de todas las criaturas, cualquiera sea su tipo, resulta ser una revelación. Pero desde el momento en que se la bautiza, circuncisa o adoctrina por otros medios, introduciéndola en una secta o clan, se la separa de las demás de su generación y ya no hay revelación. Puede, más tarde, desafiar a sus opresores y preservar lo que queda de su pecado primero u «original» enfrentándolos a ellos hasta donde pueda, pero esa será su medida.

Debemos reconocer, por supuesto, que el ataque de los «intereses» sobrevendrá. Pero parece bastante bien comprobado que cuando el niño, por circunstancias fortuitas, logra eludir a los adultos –imperfectamente armados– que lo rodean, deseosos de torcer el tallo a su antojo, cuando, digo, por algún accidente, logra preservar no dañada alguna región extraña de la primera revelación escondida en su secreto corazón, entonces allí vivirá y florecerá hermosamente. Gracias a esos estados, él se convertirá en el agente de descubrimientos mayormente perdidos en las profundidades subyacentes del cerebro donde ha sido dañado. La historia de cada uno en realidad consiste en que ha gastado su infancia en un intento desenfrenado por rescatar para sí mismo lo que puede de su primera revelación. Cada niño hará todo lo posible, si se lo deja decentemente solo, (bajo el cuidado del adulto) para liberarse en secreto, para vivir su vida.

El ataque vendrá, se intentará «educar» al pobre niño; pero nada resulta más detestable que oír decir al adulto: si pudiera tomar a los niños antes de los seis años, ¿es así?, ¿o más chico? No le importaría lo que después sucediera. A mi parecer no hay nada que revele más la degradación esencial, el hambre básica de mente adulta que implica esta afirmación tan común. Ella surge de las revelaciones desperdiciadas que hemos conocido y perdido en la temprana infancia.

Somos como las almejas, que cierran sus valvas ante un ataque directo pero que no pueden protegerse contra el gusano que perfora el caparazón más resistente. También nosotros llegamos a deformarnos como ellas que, desovadas entre piedras, no pueden sino crecer ahí.

De repente hay una revolución! Inmediatamente, sin que cambiemos dentro de nosotros, tomamos esa forma, (nuestras mentes toman la forma de la revolución), quizás se nos deforma dentro de ese molde (o el opuesto). No hay revelación allí. Más que liberados, como señalé hace años en el caso de los puritanos, nos encontramos rodeados de peligros y nos reducimos para poder sobrevivir en el orden nuevo. Sobrevivir significa todo para nosotros, tanto como para la almeja que está en el barro o una mujer antes de la invención de los anticonceptivos, o antes del permiso para usados. Los anticonceptivos han cambiado totalmente el concepto de la mujer. Han permitido una revelación que le era propia. Antes se la consideraba como esencialmente modesta, retraída, la vasija más débil, pero todo ello era una opinión falsa inducida enteramente por el temor del embarazo. En consecuencia se la redujo ideológicamente para poder colocarla en una caja angosta, de donde solo las muy fuertes y arriesgadas podían escapar. Así, y por eso, hemos, tenido la historia de los Abelardos y Eloísas, los Pablos y Franciscas, los Rorneos y Julietas, toda una genealogía literaria que hay que desechar.

No estoy argumentando en favor de la inmoralidad, más bien lo contrario. Estoy hablando de la necesidad de revelación para que podamos lograr una moralidad. En resumen, para llegar a los valores reales que importan al hombre y que a menudo yacen enterrados en sus mentes. Sólo aflojando las riendas, liberándose el niño del padre y de la madre y la mujer de la opresión de la maternidad –puede producirse ese aflojamiento que permita la penetración profunda del pensamiento en nuestras mentes y la obtención de revelaciones que restauren significados y valores en nuestras vidas privadas de alimento.

Proust cavó hacia atrás, en sí mismo, buscando algo, algo, ojo con lo que digo, algo perdido. Estaba perdido y él no logró, definitivamente no logró encontrarlo, así como tampoco lo había encontrado Rousseau en sus  confesiones. Los dos son moralistas; nos dicen, no te comportes como yo, o Swann o Thal. Están diciendo, lo que cualquier hombre cuerdo tiene que decir: ¡No mutilen la época! El temor nos deformó y les revelamos las profundidades de nuestra deformidad. No nos gusta nuestra deformidad. ¡Miren lo que hubiera podido ser!

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El ensayo «Revelación» de William Carlos Williams es una traducción de Hugo Gola y William Rowe y se encuentra publicado en el n° 30 de Poesía (1976: pp. 20-24).

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