Robert Hass

Trad. Beverly Pérez Rego

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A un lector

He visto a la memoria herirte.
No sentí nada sino envidia.
Habiendo dormido en prados húmedos,
No había desistido de desear.
Imagina enero y la playa
un cielo blanqueado, gaviotas. Y
mira hacia el mar: lo que no está allí
¿Está ahí, no es así?, el inmenso
pájaro de la primera luz
arqueado sobre las primeras aguas
allende nuestro palpar o intención
o la orilla razonable.

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Música tenue

Quizás necesites escribir un poema sobre la gracia.

Cuando todo lo roto está roto,
y todo lo muerto está muerto,
y el héroe se ha mirado al espejo con total desprecio,
y la heroína ha estudiado su rostro y sus defectos
sin remordimiento,  y el dolor que pensaban podría,
cual muestra de candor, liberarlos de sí mismos,
ha perdido su novedad y no los ha librado,
y han comenzado a pensar, gentiles y distantes,
viendo a los demás pasar sus días—
gustos y disgustos, razones, hábitos, temores—
que el amor propio es el único tallo de breña
en cada florecimiento humano, y al haber entendido,
por lo tanto, por qué habían tenido, toda su vida,
tanta furia por defenderla, y que nadie—
excepto algún santo casi inconcebible en su alberca
de pobreza y silencio— pueda alguna vez escapar de este violento, automático
compañero de vida, quizás entonces, luz ordinaria,
música tenue debajo de las cosas, aparece algo merodeando, como la gracia.
Como en la historia que un amigo me contó una vez
sobre cuando intentó suicidarse. Su chica lo había dejado.
Abejas en el corazón, luego escorpiones, gusanos y luego cenizas.
Trepó la viga del puente,
al lado de la bahía, una tarde azul, lúcida.
Y en el aire salado pensó en la palabra «mariscos»,
que había algo ligeramente ridículo en ella.
Nadie dice «terriscos». Pensó que degradaba la percha del arco iris
que él había rodado, brillando desde los acantilados, la perca de roca negra,
escamas como carbón pulido, en lechos de algas
a lo largo de la costa— y se dio cuenta de que el sentido de la palabra
era cangrejos, o mejillones, almejas. De lo contrario
los restaurantes podrían simplemente poner «pescado» en sus carteles,
y cuando despertó— había dormido durante horas, acurrucado en la viga
como un niño, el sol se ponía y se sintió un poco mejor, con miedo. Se puso la chaqueta
que había usado como almohada, trepó por la barandilla
con cuidado, y condujo a una casa vacía.
Había un par de sus bragas de color amarillo limón.
Colgando del picaporte. Las estudió. Lavadas muchas veces.
Un rojizo tenue en la entrepierna que lo enfermó
de rabia y dolor. Él sabía más o menos
donde estaba ella. Un piso en algún lugar de Russian Hill.
Acabarían de hacer el amor. Ella tendría lágrimas
en sus ojos y tocaría la mandíbula de él con gratitud. «Dios»,
ella diría, «eres tan bueno para mí». Luces parpadeantes,
una vista brumosa cuesta abajo hacia el puerto y la bahía.
«Estás triste», él diría. «Sí». «¿Estás pensando en Nick?»
«Sí», ella diría y lloraría. «Me esforcé tanto» —ahora sollozando,
«De verdad me esforcé mucho». Y luego la abrazaría por un rato—
tejidos guatemaltecos de su trabajo de campo en la pared—
y luego volverían a coger, y ella lloraría un poco más,
e iría a dormir.
…………………….Y él, él tocaría esa escena
una sola vez, una vez y media, diciéndose a sí mismo
que la llevaría a cuestas por mucho tiempo
y que no había nada que pudiera hacer sino soportarlo. Salió al porche, y escuchó
el bosque en el verano oscuro, corteza de madroño
resquebrajándose y rizándose mientras subía el frío.

No es la historia, sin embargo, no es el amigo
inclinándose hacia ti, diciendo «Y luego me di cuenta—»,
esa parte de las historias que uno nunca cree del todo.
Tuve la idea de que el mundo está tan lleno de dolor
que a veces debe entonar una especie de canto.
Y que la secuencia ayuda, tanto como ayuda el orden—
Primero un ego, luego dolor y después el canto.

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De Sun Under Wood (1996)

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Una dúctil corona de mirto

Pobre Nietzsche en Turín, comiendo salchichas que su madre
Le envía por correo desde Basilea. Una habitación alquilada,
Una pequeña ventana cuadrada que enmarca las nubes de agosto
Sobre la montaña. Cavilando la forma
De las cosas: la espuela que cuelga
De un águila alpina, troncos torturados por el invierno
De cedro en el sol de verano, la aberración en el tronco del álamo
Donde se coló a través de la capa de nieve.

«En todas partes crece la tierra baldía; pobre de
Aquél cuya tierra baldía está dentro».

Morir de sífilis. Recortando un exuberante bigote.
Enamorado de la ópera de Biznet.

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El problema de describir árboles

El álamo brilla en el viento.
Y eso nos deleita.

La hoja revolotea, gira,
Porque ese movimiento al calor del verano
Protege sus células de la desecación. Igualmente la hoja
Del árbol del chopo.

El acervo genético arrojó un tallo tambaleante
Y el árbol bailó. No.
El árbol capitalizó.
No. Hay límites para decir,
En el lenguaje, lo que hizo el árbol.

A veces es bueno que la poesía nos desencante.

Baila conmigo, bailarín. Oh, lo haré. 

Álamos haciendo algo en el viento.

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De Time and Materials: Poems 1997-2005 (2007)

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Robert Hass (1941) Es uno de los poetas contemporáneos estadounidenses más importantes. Su obra como poeta y traductor (Milosz, Bashô, Neruda) ha sido difundida ampliamente. Es conocido por su activismo político y ecológico. Ha sido ganador de múltiples premios, entre ellos el Pulitzer, y fue US Poet Laureate (1995-1997). Summer Snow: New Poems (2019), es su libro más reciente.

 

Beverly Pérez Rego. Poeta y traductora venezolana. Entre sus obras publicadas en poesía: Artes del vidrio (1992: Caracas, Fondo Editorial Pequeña Venecia); Libro de cetrería (1994: Maracay, Ediciones Casa de la Cultura de Maracay, Colección El Cuervo); Providencia (1998: Coro, Fondo Editorial del Estado Falcón, Ediciones Libros Blancos); Grimorio (2002); Escurana (2004: Caracas, Fondo Editorial Eclepsidra, Casa de la Poesía Pérez Bonalde); Poesía reunida (2006: Prólogo de Juan Calzadilla. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana). Como traductora se destacan: Tristia (1996), Alejandro Oliveros (edición bilingüe) y Louise Glück – poesía selecta (2008), Mark Strand (2011), Natalie Handal (Visor, 2012) y Najwan Darwish (2014). 

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Pedro Medina.

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