Roberto Appratto

Poemas inéditos

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Estábamos sentados en un jardín, a altas horas de la noche.
Estábamos pensando en el futuro, pero hablábamos de otra cosa.
Los árboles no se veían.
Sí se escuchaba el ruido de las olas, los grillos, el viento
que agitaba las ramas a unos metros.
En el futuro había otras imágenes que seguíamos mirando.
Lo que decíamos quedaba suspendido en el aire y caía
entre los gritos de un asado, quién sabe dónde.
Esas imágenes eran reproducciones de un deseo
que ya conocíamos. Escenas entrecortadas, sin sonido,
que pasaban por el paisaje de tanto en tanto
como una respiración de la charla.
Tomábamos la calma de la noche como una ocasión,
un corte en el espacio para que se metieran las ideas
a su debido tiempo. Estar en el jardín era el éxtasis
que nos hacía más sabios, como si hubiéramos llegado al punto
del agotamiento del mundo, en silencio y sin mirarnos
salvo para confirmar la revisión de nuestras vidas
a la luz de la noche. Como si fuéramos poetas
que trabajan sobre la nada,  y cada sonido fuera una palabra
para designar otra cosa hundida en el fondo de la historia,
que en última instancia  era un espacio,
el que teníamos después de todo. Cuando nos callamos
algo seguía hablando: no del fresco de la noche
ni del canto de un pájaro, ni de cómo iba a estar al otro día,
sino de eso que empezaba o terminaba ahí sin que pudiéramos nombrarlo.

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Dónde voy a encontrar otra Violeta
el tiempo apenas habla del asunto
vista desde las costas del placer
pantalla oscura

La fatiga de estar en desacuerdo
la gente de repente se disuelve
el silencio mantiene el aire unido
todo en la noche

Respirar nunca fue más necesario
en realidad no hay  nada que se note
de la lectura al parecer opaca
sin movimiento

Inclinación del cuerpo sobre el cuerpo
las emociones forman un dibujo
en una blanca historia nadie dice
lo que se espera

Dónde voy a encontrar a otra Violeta
pero Violeta no responde al nombre
no es la Violeta que nombraba Parra
para acordarse

Es la pregunta así sin ningún signo
como un toque hacia adentro que refleja
la situación de pérdida de golpe
le cambia el  tono

De un lado para el otro y un zumbido
tiene su propia voz pero no habla
cada lugar del cuarto piensa apenas
en ese verso

Pasan revelaciones por las luces
contra la calma abstracta del paisaje
no son eventos los que se deslizan
sino Violetas

Lo que se está perdiendo es la palabra
el campo entero junto a las ciudades
por otro lado gestos al vacío
letra en suspenso

Ante  las puertas de mí mismo escribo
dónde voy a encontrar sino acá adentro
hay un tiempo que falta en la medida
solo en la calma

Ánimo para el canto no ha faltado
cuando Violeta toca  en la memoria
la vibración se estira emocionada
justo en el borde

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la imagen de lo que no tiene imagen
brilla sola en el canto de la hoja
como un cuerpo que se prende y se apaga
en una película vieja de ciencia ficción.
la imagen escribe al margen sin ser vista
la historia  y el sonido que  imagina
de un pensamiento oscuro más que nada.
imposible más que nada de día.
la imagen se toma un tiempo para no perder la mano
entre lo que está y lo que no está, como un aire de danza
que  apenas toca el suelo marca el rostro del vampiro.
al menos el nombre aparece dibujado.

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………………………………………………………. . . . a Eduardo Milán

quiero escribir un libro con este título:
el olor de noigandres.
noi gandres, con el olor afuera
para que nos  proteja del tedio.
es la primera escala del olor que sintió Pound
para entender noigandres, el lugar
que está del otro lado del tedio, del ennui
que hace ver todo de lejos.
la poesía nos protege  del mal como en provenza,
con la intensidad de la palabra noigandres.
en la provenza del olor está la poesía
como debemos conocerla, como en el siglo doce.
a fin de cuentas, el tedio es el goce tal como se ve
desde la orilla del placer cuando no hay más lugar,
ni siquiera esos rincones de Milán cuando el tedio ya estaba.
en ese entonces los poetas confundían el goce
con lo que veían desde el caballo, pero no tocaban.
voy a escribir un libro sobre el olor que protege
todavía hoy, todas las noches a esta hora
como dijo Pound que le dijo el sabio Levy
y decíamos, muchos años atrás, cuando el tedio
salía del borde íntimo del tiempo en que queríamos
comprender lo que no se veía, desde la costa,
acá mismo.
eso quiere decir noigandres, lo que no se sabe
pero es el olor de la poesía. no era una errata
sino un movimiento de manos para  hacer de cuenta.

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Roberto Appratto. Uruguay, 1950. Profesor de Literatura y escritor. Ejerció la docencia de Literatura en Educación Secundaria y de Teoría Literaria en el Instituto de Profesores Artigas. Fue crítico de literatura y de cine en medios locales y extranjeros, entre ellos el Diario de poesía de Buenos Aires y el Video-Forum de Caracas.  Dirige talleres de escritura y de lectura desde 1990.  Es profesor de la Universidad Católica desde 1998. Dicta Narrativa I, II y III en la Facultad de Ciencias Humanas y Fundamentos del relato y Análisis fílmico en la de Ingeniería Audiovisual. Desde 2013 es también docente de Guión en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Es autor de los libros de poesía: Bien mirada (1978), Cambio de palabras (1983), Velocidad controlada (1986), Mirada circunstancial a un cielo sin nubes (1991), Cuerpos en pose (1994), Arenas movedizas (1995), Después (2004), Levemente ondulado (2005), Lugar perfecto (2011) y Sin palabras (2014), así como numerosos libros de narrativa. Parte de su obra ha sido incluida diversas antología. Figuran entre sus trabajos el ensayo La ficcionalidad en el discurso literario y fílmico, y una traducción a Enrique VI de William Shakespeare.

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