Roberto García de Mesa

Muestra poética

§

 

 

 

I

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Mi objeto siempre está dibujado /                 / La sombra es artificio como “la luz no usada” de Fray Luis de León.

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Interrogar las distancias de los objetos, ubicar su movimiento.
Así, la tensión entre dos líneas, entre un principio y un fin.

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Como si fuera un estornino descrito por el Conde de Lautréamont, mi objeto se proyecta en todas las baldosas, dibujando círculos lumínicos. Creo contestar a mis palabras cuando perfilo sus contornos. Ernesto Sábato sugeriría que “es antagónico”; Eugenio Montejo, que “su único idioma quizá lo sepa el viento”.

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Mi objeto siempre representa un movimiento invisible repleto de caídas y ascensiones.

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Mi lenguaje implica la negación de la negación de la negación… La resistencia se construye con la continuidad de los objetos. Añadimos el sentido de Michel Foucault: “el espacio es en el lenguaje de hoy la más obsesiva de las metáforas”. Erijo esa acción en piedra angular de mi equilibrio.

El equilibrio no necesita tiempo.

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Reivindico de Manet su negro. El vacío no debe ser luz. El negro concluye en sí mismo. La palabra es cobarde como la luz.

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El poema recuerda un paisaje ciego, una voz escondida en el exterior. Mis pupilas son dos cenizas pasajeras, dos heridas en el espacio. “No hay que multiplicar los seres sin necesidad”, nos inspira Guillermo de Ockham.

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… azular y planchar todos los caos.

César Vallejo

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El silencio de Tabaiba es blando. Las nubes cuelgan como tijeras, arañando el mar. El pescador necesita recoger nubes. Lanza, raudo, para atraparlas, su brazo de caña. Me dejo guiar por el silencio de esta costa. Recuerdo la sinfonía número tres de Henryk Górecki.

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Se extiende un alba sobre la mesa marina. Lo respiro. La isla se encuentra sitiada por el miedo a lo inexacto.

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La cúpula del cielo esconde la isla. Encendido su telón, acoge mi objeto, se funde en la bruma y “olvida su azul”, matizaría Maïakovski. El viaje más largo lo hallaría al contemplar las pisadas de un naufragio.

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Me reduzco a un grano de piedra de ese silencio naciente.

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Mi objeto duerme con el bullicio. Su cuerpo se pacifica a convulsiones, como el arte más abstracto.

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De Memorias de un objeto (1999-2001),
publicado en el volumen del mismo título (2002).

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El espacio solar

Al principio lo ignorábamos todo. Pensábamos que nada existía. Cuando el vacío nos mostró el camino para medir nuestros silencios, comprendimos que debíamos confundirnos, que necesitábamos significar lo absoluto. Entonces inventamos la oscuridad. En aquel estado nunca pudimos ver más allá de lo que intentábamos tocar. Nos despojamos de las sombras y admiramos la luz. Aquello nos hizo superar la barrera del blanco y del negro. Adivinamos los colores. Continuamente la energía llenaba y vaciaba los recipientes que comunicaban las primeras palabras. Nacían las formas, pero se hacían invisibles al mirarlas. Con el tiempo supusimos que todos los objetos podían cambiar. Cuando descubrimos que las cosas se reflejaban, lo primero que observamos fue la mirada de la luz. Siete llegaron a ser los ojos que nos señalaban. Entonces pensamos que, a lo mejor, todo podía dividirse en siete partes. Por eso buscamos siete días para siete colores: lunes, rojo; martes, naranja; miércoles, amarillo; jueves, azul; viernes, verde; sábado, violeta, y domingo, añil. Aquello motivó la necesidad de descubrir la medida del mundo. Deseábamos determinar el tamaño del espíritu humano. Y lo conseguimos. Comprobamos que sus dimensiones coincidían exactamente con las del vacío. A partir de ahí nos pareció que lo más apropiado sería no tratar de fijar límite alguno. Así que dejamos de pensar en los días y en los colores, en la luz y en la sombra, y el mundo nos imaginó.

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Los pájaros invisibles

El silencio difumina las luces del alba,
formando una suma unidad de conocimiento.

Las nubes imitan el mismo volumen de claridad,
pero formulan otra clase de luz
cuando presienten el movimiento de los pájaros,
cuando irrumpen en esta invisible arquitectura,
disipándolo todo.

Las aves recogen el vacío
y lo expulsan con violencia,
bombean los canales aéreos,
dibujan las arterias del espacio.

Es, en ese lugar visible, donde el pájaro
intenta definir sus signos,
donde arroja sus palabras triangulares,
donde se extingue todo el plumaje.

Tanta velocidad no puede ser enjaulada.

El pájaro se libera del manto de sus alas.

Su volumen se contrae en el impulso
para, luego, hacer parpadear el cielo.

En la costa se sirven de las puntas de los mástiles
con el fin de corregir sus vuelos.

En ocasiones, las aves acarician el agua
con sus brazos de plumas.
Agitan el espacio y ascienden,
despojándose de sus huesos transparentes.

En ese instante, el pájaro olvida su cuerpo
y desaparece la visión triangular.

La ceguera recorre todos sus signos.

El silencio resulta abrumado con tanto silencio.

El color del espacio se ha tragado las respiraciones aéreas.

Blanco se muestra el horizonte.
Las manchas recorren el papel.
Las alas negras agitan la claridad de las hojas.

Los pájaros cuelgan inmóviles del cielo,
ajusticiados por su propio peso.

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De Los pájaros invisibles (2005),
publicado en el volumen Los pájaros invisibles/Nausinoos (2006).

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Una pupila se transforma en una isla sutil
cuando describe su paso por otros mundos.

Porque no es el tiempo, sino el espacio,
el modo invisible de ser hombre o pájaro.

Porque solo habita una isla
quien vacía sus pupilas en ella.

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Desde un acantilado se suelen adivinar los mapas oceánicos.

Y muchos pájaros han servido de observatorios,
de puntos celestes que ayudan a fijar las medidas exactas.

Ansían tocar las constelaciones
y descubrir el fondo de los océanos.

Han hallado el cielo salpicado de cánticos
que recuerdan el fin de una tierra
y el principio de otra.

Cantan a las piedras de la costa
por un futuro sin acentos líquidos,
sin reconstrucción posible,
por un desierto absoluto,
por un enclave libre de ataduras.

Las voces llegan a todas las islas remotas.
Recogen los ecos de una luz perdida en algún rincón del espacio.

Un hombre antiguo de ojos atentos, de ideas fijas,
observa la línea del horizonte.

Abre su rostro y toma alguna decisión.

Lo ha meditado largo tiempo.
Procede de un pueblo que vino del mar.

Muchos de sus antepasados buscaban el desierto.
Él, una peregrinación sin rumbo previsto.

El océano se halla más cerca de la meditación.
El océano marca los caminos que se borran.

Los primeros sueños,
las antiguas rutas sin memoria
necesitan conectarse entre sí.

Un hombre en alta mar se observa con detenimiento.
Su cuerpo es moldeado por el calor.

La barca resiste bien el oleaje.
Los remos necesitan respirar el esfuerzo.
Dibujan pensamientos en el agua.
Se refrescan y tocan su propia medida.

El hombre ignora el lugar.
Ya no forma parte del rostro de la tierra.

El último mandamiento de la existencia es la meditación.

Y eso hace.

Ha deshojado su cuerpo de visiones, de recuerdos, de tierra.

Pinta el aire sin hacerlo.
Lo piensa.
Lo escucha.

Cierra los ojos para cambiar,
para interrumpir el ejercicio de la memoria.

Se abandona.

El sol cae implacable sobre la embarcación.

El hombre se acuesta desnudo mar adentro
sobre las tablas, sobre las olas.
Y escucha las músicas sutiles
en aquella cáscara del azar.

Los pájaros lo rodean desde el cielo.

Sus visiones, su voluntad oculta,
todo es revelado desde las pupilas aéreas.

Las plumas,
los inmortales descubren su interior.

El hombre es testigo de un diálogo entre los pájaros y el océano.

Se siente mitad de todo.
Siente las conexiones ocultas entre los elementos.
Intuye la hermandad de las fuerzas sutiles.

El océano es el cuerpo de la isla.
Esta, el pensamiento de aquella arquitectura líquida.

Tarde o temprano se llega al conocimiento de la roca,
de la duda y del arraigo.

El hombre descubre una isla con nombre de fe.
Una isla que describen los antiguos,
invisible ante los ojos.
El hombre decide partir hacia ella,
deshacerse dentro de ella.

Quizá ser la mitad de la isla o la parte por el todo
o el todo por la parte.

Quizá cambiar de nombre y levantar otro nuevo,
otra vida y otra muerte.

Mientras se acerca a la costa,
el oleaje quiebra la barca.

Aborda la vieja, la nueva isla, y allí decide aguardar,
golpeado por las rocas de la playa y flagelado por el oleaje.

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El primer libro del mundo dibujaría el paisaje,
diseñaría las corrientes sutiles de la percepción,
todo el misterio que envuelve la falta de voluntad,
el significado de los signos y sus reglas.

Para escribir el segundo libro,
su autor cerraría los ojos y se imaginaría en otro espacio.

Nadie ha podido disimular la inspiración,
el abatimiento, la continuidad de lo indescifrable.

Visto así, el paisaje se derrumbaría definitivamente
y dejaría paso a las geografías interiores,
a las muestras contradictorias, a las caídas sin fin,
pero con un principio soñado y olvidado.

Para recordar la fiebre del segundo día
hace falta deshacerse de lo anterior,
hace falta perderse en la imposibilidad de huir,
reconocer que, a partir de entonces,
todos los demás inventarían
aquellos otros mundos que nunca
se han encontrado.

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De Oblivion (2007-2008),
publicado en el volumen del mismo título (2009).

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Un bestiario puede ser un compendio de quejas o un compendio para hablar con Dios,
la mitad del Gran Libro de la Naturaleza y la mitad del Pequeño Libro del Hombre.
De esa unión nacen las bestias.

Pensar así.
Pensar en lo grande y en lo pequeño.
Pensar en los sonidos interiores,
los que causan ira.

El hombre se mira en la bestia.
La bestia, en el hombre.

Es la forma;
no,
la actitud.

La araña golpea discretamente.
El suelo retumba.
El silencio escucha a la araña.
El silencio sabe de las voces de otros mundos.

Hay bestias que solo te observan,
que no te juzgan,
que callan,
que solo desean mirarte.

Pero…

La bestia siempre querrá llevarse algo de ti.
Es el discurso del hombre moral.

El animal interior siempre está vivo
y no tiene un único nombre.

La bestialidad se transmite a través de los sueños.
El primer sueño lo creó alguien que no quería caerse de un árbol.
El último sueño de la humanidad lo he tenido yo: representar un bestiario.

Las aves miran con ojos de tierra.
Los hombres, con ojos de aire.

Geometría del vuelo.
Física dinámica.
Física de los astros.
Fugaz es todo.

Porque…
misterioso es aquello que se mueve sin ser visto.

El pájaro es un espectro.
Lleva consigo el peso de los muertos.
Cada vez que canta lo hace para olvidar.
Pero le ahoga el aire.
El espacio lo vuelve transparente.

Todos nacemos y morimos, a salvo de algo,
en el vientre de la madre, en el vientre de la tierra.

Los ojos de una calavera son nichos.
Lo que antes veía, ahora es un campo mortuorio.

Vivimos en lugares indestructibles, en cajas fabricadas para pensar y para odiarnos los unos a los otros.
Pero…
¿dónde está el espacio de esa nada?

Cada bestia tiene vocación de perderse.
Cada bestia busca su paraíso perdido.

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De Bestiario (2008),
publicado en el volumen del mismo título (2010).

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2

A veces las metáforas sospechan de mí porque soy un recipiente preparado para la melancolía. Hay quien no cree en estas cosas. Lo entiendo. Pero es que la luz de mis manos va apagándose poco a poco. Y los minutos desesperan, se escuchan ya los murmullos del aire. La naturaleza prepara una gran conspiración. Lo sé. No hay nada mejor que ignorarlo todo. Lo sé. Pero este espacio que gobierna las luces y las sombras, a veces, me dice cosas. Me dice que es difícil llegar a tiempo porque todo está perdido de antemano. Porque la línea huracanada, con la que pinto todos los días la imagen de mi vida, me ha marcado una dirección confusa. Y me siento un estúpido por ello. Lo sé, lo sé… Llegaré con las maletas deshechas, sin zapatos y con la camisa por fuera. Mi borrachera durará eternamente.

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3

Una isla suele cerrar sus ojos con facilidad para ver los colores propios, la luz oscura, sus silenciosas palabras. Y, en ese estado de permanencia, la claridad se niega a sí misma. Una isla es libre para elegir. Pero ahora soy yo el que cierro los ojos agrietados por la obsidiana. Los hijos pagan los errores de sus padres. Aunque no es isla todo lo que parece isla. Los ojos. No. Los dientes. No. La boca. La arquitectura invisible de una idea. Las vocales. Por eso nace una isla. Nace una isla del lenguaje de otra isla. Y nace su tiempo, su corto tiempo azul. No hay insulares libres. Con ellos el viento provoca una respiración artificial. Y una isla devora a otra isla. Y no hay isla que defender porque entre padre e hijo todo se perdona. Nos miramos los unos a los otros. Nos miramos simplemente. Nos miramos a través de colores ausentes de realidad.

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4

Sobre el momento de las cosas, tengo algo que decir… Y es que no encuentro ese momento. Lo olvidé dentro de un recipiente cerrado. Allí todos son exactamente iguales. Y si el tiempo transcurre, yo no vivo en él. Solo repaso una escueta partitura que siempre se mira a sí misma, pero que no confiesa los pormenores de la desintegración… del tiempo, quiero decir. Mi improvisación se desnuda alegremente y sobrevive como si habitara un manifiesto o el filo de algo que no tiene nombre, pero que se encuentra en cada uno de nosotros. El tiempo es una fábrica de corcheas envueltas en un silencio ensordecedor que lo lastima todo. Yo quisiera ignorar este destino impreciso y degradante. Yo quisiera acercarme a un huerto y hundirme en la tierra fértil hasta morir de asfixia. O tal vez viajar a través del sonido oculto de las cosas. O tal vez buscar el silencio oculto de las cosas. O tal vez convertirme en otro espacio minucioso e inútil.

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De Retórica (2008),
publicado en el volumen Los cuerpos remotos (2012).

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Verás los juegos políticos desde tu seguro rincón de tela. Verás el teatrillo de los buenos modales desde un lugar secreto, lleno de dicha por ser alguien maduro y perverso a la vez. Verás tu cadáver pasearse delante de tu casa. Lo saludarás y mañana será otro día.

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Al empezar la partida de ajedrez, el peón está más cerca del centro; por lo tanto, tendrá más posibilidades de romper el tablero por la mitad.

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Todo es confrontación.
Todo es un leve suspiro o ansiedad o falsa gloria.
Todo es violencia.
Todo es error o “error”,
un combate entre aquellas estrellas que han dejado de brillar.
Así lo padezco, así me muestro ante los ganadores.
Soy el que pierde,
el que se lastima en cada instante.
Estoy a años luz de todo
y, al mismo tiempo, soy una célula de conciencia
que lucha sin tregua contra las materias luminosas.

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Hay días en los que duelen los ojos.
Durante esos días se logran ver múltiples formas en la oscuridad.
Abres las compuertas del pensamiento y ya no estás aquí.
Porque en esos instantes no deseas volver.
Eres parte de algo impreciso.
Tu piel, entonces, navega a la deriva.
Pero no importa, si eres capaz de dibujar los contornos del aire.
Conseguirás volver si abres los ojos.
Conseguirás volver.
Aunque te duelan de tanto abrirlos y cerrarlos.

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De Los cuerpos remotos (2009-2011),
publicado en el volumen del mismo título (2012).

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Una imagen.
Una imagen de.
Una imagen con
música de un siglo futuro.
Una fotografía y algunas razones.
Una sociedad encendida por la mordedura del fracaso.
Una casa en ruinas.
Nostalgia.
¿Qué sé yo?
Perder sobre un fondo clásico
o perderme, solo eso.
Quisiera una luz roja,
empapelado vintage
y amar mucho.
Quiero decir:
una bebida imperecedera,
el aire de un ventilador,
la imagen vibrante del rojo chino
y los trazos, la náusea
y sentirme en ayunas,
después de haber amado toda la noche.
Encontrarme
con los
primeros cielos,
los
anteriores cielos,
los
que vio Ulises,
los
que compartió con Conrad,
los
que quiso olvidar con Kafka.

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De Razón y canibalismo (2013-2015),
publicado en el volumen del mismo título (2015).

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1

Sonríe bajo la mirada atenta del frío. Desnuda el cuerpo de cada palabra y atrévete a deformar su respiración, a crear un nuevo rostro para las cosas inútiles. Describe cómo transitas por la cuerda floja. Deja, entonces, que el aire te deforme, que te dibuje como una caricatura de lo que fuiste. Permite que alguien respire tu aliento y pide morir dignamente, grafiteado por el dios que elijas ser.

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6

El silencio redondea las palabras. O simplemente las escupe.

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9

Un inmenso teatro donde recrear el alma de las cosas, donde pintar las coordenadas, su ascenso y decadencia, donde los conflictos se entrelazan con el caos de los pensamientos en carrera, donde cada imagen es fruto de una emoción precisa y sagrada.

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15

El amor es ciego, a ratos. Y cuando deja de serlo, duelen los ojos.

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24

El tiempo es poesía maltratada.

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25

Abrir todas las ventanas. Que el aire pase, sí, que pase. Que se siente sobre tus muslos y te abrace.

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26

Con las manos atadas también sé disparar al vacío.

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29

Buscar la belleza como si fuera nuestro camino a casa. Con esa desesperación, con esa intensidad, con ese amor, con la ternura indispensable y el idealismo necesario, con la sensación de no saber, de sorprendernos con el dolor, con la fiesta de la vida, con los errores y aciertos, con la convicción de que, aunque no regresemos verdaderamente, tal vez podamos llegar.

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37

La velocidad y el deseo. El color con el que se mire. La intensidad. Sobrevivir a todo ello o compartir el fin. Fuego en el corazón, agua en los ojos, aire en la sangre, tierra en los labios.

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39

Detesto los límites del hielo. Yo nací para quemarme.

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42

La vida es un coro de nostalgias pasadas y futuras.

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De Superficie de contacto (2014),
publicado en el volumen del mismo título (2017).

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País

Te fijas en el brillo dorado de
un vaso en un local de ginebra.
Permites que ocurra.
Los focos te sacuden y
te desplomas sobre la mesa de cristal.
Eres bastante
menos,
pero alcanzas el nivel de excelencia.
Te dejas amar por
la revolución silenciosa
y un lugar entre las sombras.
Llegas por la puerta de atrás,
te conduces por el laberinto
y la distancia entre tú y tú es
soportable.
Al menos, por unos segundos.
Antes de decir lo que piensas
y titularte
en la academia de los olvidados.
Y es que perteneces a un maldito país
en un mágico lugar.
Rebelde
atado a un color,
un color entre millones de estrellas,
un color reconocible que te masturba
durante un puñado de horas.
Y es que la crisis sugirió este deseo,
el de los que navegan por la madrugada
a través de ese algo llamado
futuro,
en el que no todos participan,
en el que algunos testigos fantasean con
esclavizar el pensamiento y
diseñar los orgasmos de una sociedad.
Y nos olvidamos, tal vez, por unas horas.
Y es que no sé…
Algo resuena
o algo
se apaga,
o sobrevive,
con la melodía que siempre aparece,
con su orquesta imperfecta,
con los arreglos que hacen
los que tienen
la experiencia de otras vidas
en esta,
los que llevan un principio
de incertidumbre
clavado
en las ojeras.

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De Los pactos (2016),
publicado en el volumen Superficie de contacto (2017).

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La cima inversa

 

1

Los vestigios están ahí, sobre la cresta de la montaña. El lugar se me aparece en sueños. La imagen se repite. Un fragmento que llega con lentitud, que abre las puertas con lentitud, con una huella de otro mundo. Al escucharlo empieza a conducirme, intenta manejar mis sentidos, me bloquea y me enciende. Pero, en ese estado, es algo que se expande, delicado y preciso.

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2

Lo que se mueve, la voz que se mueve (y lo no dicho), porque todo está relacionado, desciende. Y desciendo al pasado, al futuro, a la despedida de la historia. No es extraño si nos situamos en el filo, en la ventana para ver a la gente pasar… Al cabo de un rato, andarán muy, muy despacio. Y, frente a ellos, la luz del abismo. Luego, me arrastrará por creer en lo inútil, en lo que fue, en lo expansivo, en lo venenoso, en la virtud.

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3

Y bajo la linterna, la lluvia. Cuando sucede necesito preguntar. Lo hago sobre los pasos perdidos, sobre la no acción y todas las clases de resultado. Ante la luz del túnel y el descenso, veo una lluvia que asciende. La caída es solo un reflejo.

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4

La lluvia y la juventud. Lo eterno dispara sensaciones. Sensaciones en caída libre. Lo opuesto y lo oculto enseñan a ver. Todo lento, precioso, “lento”. Décadas así. Como las voces de quienes ya no están. Es una caída sin fin. Lo diverso siempre persigue lo otro. Las carencias de cada uno. Todo esto enseña a manejarse en la vida. Es como subir hasta una cima inversa. Te espera la caída libre. Es más importante bajar. Los ascensos están sobrevalorados.

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5

La soledad golpea los vestigios, los sentimientos, los fragmentos que identifican. Es el sello de la ignorancia o del instante fallido. Todo transcurre tan despacio. Siento la piel y el cariño en mi sueño. Soy un vestigio a la deriva o una sombra penetrando la historia o un idilio con el vacío. Caigo con el amor a cuestas, con la lluvia a cuestas, como un espectro, sin aviso de futuro o de pasado. Y pierdo la pista que me ha conducido hasta aquí.

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6

Naufragio o un amor más lejos. Más cerca, más lejos de la noción de realidad. Esto conduce al silencio. Sinceridad, trascendencia: conceptos que huyen. Confesarlo es devorarse a uno mismo. Las historias nunca acaban. Quien desea, se libera. Quien calla, duerme. Quien espera, desencadena lo imposible. Nada como llegar tarde. Nada como perder y volver a empezar. Todo, el mismo amor.

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7

El mundo que dejamos atrás ya no nos pertenece. Ahora el jardín cerrado es la casa. La casa interior. Pero no como en el Renacimiento. Su geografía está por determinar. Sus pasiones, también. Antes había un jardín esperándonos, un estilo caóticamente luminoso. Ahora, el silencio que cambia con los otros silencios.

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8

Los pasos en la naturaleza salvaje, la belleza insistiendo en el horror, la metáfora más extraña, la supervivencia de los sentidos… La pantomima, el trazo, la plenitud, las superficies que se olvidan rápido… Todo servido en una gota de lluvia. La ceguera pertenece, en realidad, a quien no escucha.

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9

¿Cómo construir un tejido de sombras? ¿Cómo descomponer lo trágico? ¿O cómo hacerlo entre el presente y el futuro? Las palabras se fragmentan y, a su vez, se rompen. No me entiendas mal: lo icónico siempre pierde, la metáfora siempre pierde. Lo sé. Claro que lo sé. Pero deja que perduren las sombras, los ecos, lo no escrito, el alimento real. O lo que nos queda de lo pensado, de lo que se olvida, de lo que reaparece.

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10

Y si no nos reconocemos, ¿para qué el descenso? Si el mundo gira al revés, si la razón va demasiado lenta para todo lo demás… ¿dónde queda la palabra? Entre el dónde y el para va lo casi eterno o lo irracional o lo que ya nadie dice. Quien ama con desesperación asume los riesgos y el fracaso. Para recuperar la palabra necesitaremos otra crisis.

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De La cima inversa (2020-2021),
publicado en el volumen del mismo título (2021).

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R.

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Roberto García de Mesa es un poeta, dramaturgo, narrador, dramaturgista, ensayista, filólogo, comisario de exposiciones, director de escena, artista visual y músico español. Es licenciado en Derecho y en Filología Hispánica, además de doctor en Filología Hispánica. Es tutor en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y profesor asociado en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, en Lengua y Literatura Españolas. Tiene su propia compañía de teatro. Ha publicado más de sesenta libros de poesía, teatro, narrativa muy breve, ensayo, conversaciones, obra gráfica y ediciones críticas, así como cuatro CD con sus composiciones musicales. Obras suyas han sido traducidas a varios idiomas (inglés, griego, rumano, francés, italiano, esloveno, alemán y portugués) y ha publicado sus textos en revistas de diecinueve países.

 

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Euro Montero
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