Rostros en la madera

Andrea Jerez

:

:

Mostráme la otra orilla

:

Comienzo como es uso: mi querida mamá
Bendición. ¿Cómo vamos de vida por allá?

Salustio González Rincones

 

Brisa sola del páramo
aire de ella
aire de mi madre
mi sola te escucha
no hace sino escucharte.

María Auxiliadora Álvarez

:

 

 

Este conjunto de poemas, que pertenecen a un libro inédito de la poeta y diseñadora multimedia Andrea Jerez, oriunda los andes venezolanos y radicada actualmente en Buenos Aires, Argentina, sorprende a primera vista por su pulimiento cerrado, narrativo, en cuanto a un corte agudo. Algunas de las piezas revisitan los espacios de una infancia transcurrida en la cordillera venezolana, cuya mención no es apenas un retoque pictórico-verbal. La expresión de la montaña concatena desde su raíz un pasado mítico que se ha ido desdibujando cada vez más. Allí se mueven personajes como la India Carú, haciendo del poema un recuento de las tradiciones populares sin caer en una imagen superficial. Debo decir que existe una reminiscencia plausible en el conjunto que me llevó al discurrir de Ramón Palomares en Adiós Escuque (1974), o al libro La O Azul (2013), de Jairo Rojas Rojas, por el hecho de depararme con una atmósfera típica en una ambivalente encrucijada, la cual expande las significaciones de una tierra tan vasta y característica. Aparecen, pues, una serie de palabras que pertenecen a cierto argot venezolano de la región; sin embargo, existen diferencias marcadas con respecto a estas poéticas. Sin caer en un coloquialismo exacerbado, sino más bien cruzando una transición, acaso un tramo de exploración como aspaviento, la voz nos lleva a lo que llamaré una ecografía del habla y del paisaje, donde la confesión, lejos de permear un descuido en la escritura, refuerza su indagación en tanto historia propia en abertura al lector extranjero, debido a que la mayor parte de esta obra ha sido escrita en Buenos Aires. Como consecuencia, el español se hará camaleónico al cambiar su registro fonético y gramatical, contrastando, entonces, el español venezolano –o más precisamente de la región andina– con el argentino: «Vos firmaste no podés salir no podés salir / hasta que nosotros lo autoricemos / tomá la medicación mostráme la lengua / no shorés o te harán quedar más tiempo». Por otro lado, la genealogía familiar aparece como contraposición memorial entre el papel de la mujer a la moldura patriarcal, reafirmándose desde una crítica consecuente en la descripción de los hechos pretéritos. En este sentido, la presencia del duelo se materializa en la pérdida de la hermana y en la desfiguración al maltrato de la madre o de la tía: «Una voz sin espacio / en los evangelios / o en libros feministas». El «orillo» por el que se repliega la voz va de un cuerpo mítico y fluvial hasta, por ejemplo, el desagüe y muerte de una «gusana». En el intento de atar una alegórica barca para retornar a la cascada del llanto de la India Carú de Bailadores, la misma fluidez del desplazamiento arrastra todo hacia un muelle lejano. Andrea Jerez, en estos textos circulares, «reclama su identidad» desde otra localidad. Y con un arqueo apartado de la añoranza, dimensiona, en pequeños marcos, espejos de madera que reflejan a una «partera» transfigurada en una nueva orilla, en una nueva voz.

 

Jesús Montoya

:

:

:

:

La niñera se metía
en la ducha conmigo,
no recuerdo su rostro
mi cabeza llegaba
a la altura de sus muslos,
su cuerpo chorreando agua
me hipnotizaba,
parecía la cascada
de la India Carú de Bailadores.
Dicen que la India cargó
a su amado muerto cerro arriba
para que el Dios de la vida
que moraba en la cumbre
lo reviviera.
Al tercer día se quedó sin fuerzas.
Abrazó a su amado y lloró
hasta que sus lágrimas
se convirtieron en cascada.
Sollozos eternos de Carú
me caían en la cara
desde mi niñera, mujer de tierra,
piernas de cauce,
montaña andina.

:

:

:

:

:

El primer licor que bebí fue Mistela,
la regalaban las familias andinas
en los nacimientos de sus bebés.
Mis padres no supieron
qué hacer con todas esas botellas
después del entierro,
las conservaron por años
con la esperanza de celebrar
la corta vida de mi hermana.
La tomaba a escondidas
esperando nacer en un rincón
de mí misma, ese espacio inhabitado
en donde pudiese conocer a Alexandra.
No sucedió, pero entendí
que la vida y la muerte
son como los dos lados de una arepa:
Uno más tostado que el otro,
imposibles de ver al mismo tiempo.
Cuando vuelva a nacer
le regalaré frascos de Mistela
a mis parteras y allegados,
abriré una arepa por la mitad,
eructaré en la cara a las señoras
que den golpes en mi espalda
y fingiré que lloro
para que me arrullen
hasta que pueda
descansar en paz.

:

:

:

:

:

Sería fácil tener fe,
caminaría por estas calles
sintiéndome protegida
como una paloma que se esconde
entre el pelo hípster de Dios.
No correría por las noches
de camino a casa, al contrario,
entraría a esa disco under
donde se emborrachan los Ángeles
de camisas de flores y lentes oscuros.
Si creyera en ellos, dejaría que uno
se acercara y me agarrara
las caderas con respeto
para dejarme llevar.
Bailaría con la confianza
de que mi vida pende
de su música divina
cuyo final está escrito
y no hay nada
que pueda ofrecer
para cambiarlo.

:

:

:

:

:

No me molestan los gusanos del baño
que salen de la tubería y se pasean
por el orillo de la cerámica.
Mientras me duchaba vi a dos
acurrucados en la esquina,
uno más grande que el otro,
parecían madre e hijo.
Tuve cuidado con el agua que caía
para que no los alcanzara
pero en un momento de descuido
mientras me afeitaba las rodillas
vi al pequeño deslizarse por el desagüe.
Pobre mamá, quedó sola.
Se escondió detrás del champú.
Quise salir de la ducha para dejarla tranquila
pero recordé a mi prima Tamara
que hace poco perdió a su hijo
y dice que la vida ahora es un infierno,
recordé a mamá que sigue hablando de mi hermana
como si estuviera con nosotros.
La gusana no merece ese sufrimiento.
Estiré mi mano encima de ella
y dejé que el agua se resbalara por mi brazo.
Cada gota la alejaba del dolor,
la llevaba hacia su hijo ahogado
en el final de la cañería.

:

:

:

:

:

Todas las mujeres de la familia
están locas, dice mi tío Pedro.
Se la pasan llorando por las noches,
bailan con las fotos de los muertos,
cotorrean con las paredes.
Esa herencia les quedó de la abuela,
no hay remedio.
Los hombres no,
ellos están muy cuerdos.
Son la fuerza del hogar
y por eso deben recibir
la mejor pieza del pollo.
No importa que uno golpee
a su esposa en la iglesia
ni que el otro espere con ansias
a quedarse a solas con las niñas.
Hay que llevarlos con calma,
su instinto es indomable
como nuestra tristeza.

:

:

:

:

:

Mamá me lleva a la iglesia,
se pone de rodillas a la Virgen,
me pide que cierre los ojos y rece.
Junto mis manos y pienso:
ella no es la madre de un hombre,
el himen intacto o un dije en el pecho.
Su pureza no la hace bendita.
Es una mujer completa y desconocida,
vendida como esposa,
abusada siendo niña.
Una voz sin espacio
en los evangelios
o en libros feministas.
Es el cuerpo escondido
entre los mantos sagrados
que aparece cada tanto
a reclamar su identidad,
la sombra de un pájaro
que no se mueve.

:

:

:

:

:

:

1

La cordura es una cuerda fina
que mantiene a nuestra balsa
atada al muelle.
Una puede navegar durante el día
si conoce el camino de vuelta.
Pero cuando ya no se pueden ver
los movimientos del agua,
hay que dejar esa cuerda bien atada.
Nadie se quiere perder
en el mar de noche.

Cuando cumplí un año en Buenos Aires
las enfermeras me dieron la bienvenida
como si me hubiera parido a mí misma.
Quería entender las imágenes
de mi infancia color morado oscuro
pero no me lo explicaron,
sólo dijeron firma aquí, aquí y aquí
tranquila, mañana podrás volver a casa.

Esa noche no dormí,
mi compañera besaba la puerta
de la habitación pensando que era su nieto.

:

2

Vos firmaste no podés salir no podés salir
hasta que nosotros lo autoricemos
tomá la medicación mostráme la lengua
no shorés o te harán quedar más tiempo
si no estás de acuerdo decile a tu familia
que busque un abogado ah no tenés
familia acá ah no tenés abogado bueno
no puedo hacer nada esperá el alta.

:

3

Un mes después escondí
las imágenes donde ni los médicos,
ni las pastillas, ni yo misma
las podría encontrar.

Una sonrisa falsa me permitió salir,
no entendía tanta gente suelta en la calle
ni por qué estaba tan normalizada la libertad.

El miedo a la locura
me respira de cerca
y como quien ya se perdió en el mar
y halló la manera de volver,
ahora tengo mi balsa bien atada,
protegida, vigilada,
aunque en el fondo del océano
esté oculta mi caja de vidrio,
aunque los peces todavía
recuerden mi nombre.

:

:

:

:

:

:

:

Andrea Jerez. Mérida, Venezuela, 1997. Poeta y diseñadora multimedia. Creció en Tovar, un pueblo pequeño de los Andes venezolanos. Emigró a los 18 años y decidió radicarse en Argentina. Estudió parte de la carrera de Artes Audiovisuales mención Guion en la UNA y actualmente estudia Diseño Multimedial en la escuela de arte digital Davinci. Desde el 2018 asiste al taller literario de Natalia Litvinova. Escribe poesía sobre temas relacionados a la identidad de los inmigrantes venezolanos en Argentina, la salud mental, el redescubrimiento de historias familiares, mitos, leyendas y creencias desde el exilio. Fue invitada a la serie de podcasts Poesía Ya! del CCK y al festival Nosotras Movemos el Mundo de la misma institución. Fue publicada en la antología CAMPO, 100 poemas sobre la tierra editada por el grupo Camalote y próximamente en la 7ma antología de poesía joven Rafael Cadenas. Terminó de escribir su primer libro de poemas, titulado Rostros en la madera, donde indaga las historias luminosas y oscuras de la familia, la soledad, el arraigo y el desarraigo. La presencia de una hermana muerta acompaña al yo poético a descubrir sus duelos.

La fotografía que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Freisy González Portales

Contenido relacionado

POESIA

Ariadna

Daniel Oliveros

introduzca su búsqueda