Sabré llegar

Aketzaly Moreno

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Sabré llegar

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Mi hermano es un gallo giro
tiene una cresta roja hermosa
y largas plumas
tornasoles,
mira soberbio los
corrales
ajeno a calzas o
rejillas
lleva un pecho silvestre
hinchado
y yo lo miro asombrada:
inmóvil al centro del huerto
suspende una de sus patas
y lo hace con tanta gallardía
que paso por alto al instante
todas sus negras cicatrices
todas sus faces desplumadas
todos sus cantos fracasados;
ay si no fuera así de bravo
sino manso y terso como antes
cuando mi hermano era polluelo
y no había un amparo mejor
que las alas de nuestra madre
acurrucando su mollera,
besando sus dos ojos negros
de delicado pichón travieso;
si permitiera una caricia,
o ser de nuevo acicalado
por el pico viejo de mamá,
pero este gallo no consiente,
en cada intento de cariño
nos voltea un picotazo.
Aunque lo quiero no insisto;
del otro lado de la tierra
voy haciendo mi vida y espero
para cuando se sienta preparado.
Mientras tanto te miro fuerte
pero cuando la luz te pega
entonces puedo descubrir
que por tanta herida
encajada en tu sombra
es que te encuentro, hermano,
como el más hermoso de los gallos.

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La condena de Abrahán

a mamá

 

Fuera de escena, Jehová, reproché tus palabras:
adiviné luego por qué el hombre
lleva prensada la ambición en el hocico.
Yo era un viejo de apenas cien años,
cuando decidiste cribar mi semen
en el vientre de aquella
con quien acordaste la partida de Agar;
¿qué puede decir del reposo
este que desde entonces tuvo pocas
noches tranquilas?
¡Qué precio cobra tu apetito!:
Agar merodeando en el desierto
con el niño a cuestas,
con la sed de plomo;
acaso lo abandonara para no verlo morir,
quizá prefiriera huir de ese tránsito
como si fuera lejos de la muerte
(premonición de tu recelo),
¡pero yo nunca quise rechazar a ningún hijo mío!
Tenía cien años cumplidos, Jehová,
cuando elegiste mi primogénito;
qué vergüenza ser un padre viejo,
qué triste verlo mamar las tetas
marchitas de su madre.
Sin embargo, amé a este niño
más que las telas preciosas
o la danza de las mujeres,
cuyas matrices habías cerrado para mí;
adoré a este niño mío
que nombré incluso para tu gracia.
Fuera de cuadro, Jehová, me
reprochaste el amor;
rompió tu rabia las cortinas donde
guardabas las aguas
y atestigüé tus celos y tu coraje
porque en mí había el amor más grande
y de mayor pureza
que un hombre puede profesar,
y este no era para ti.
Fuera del guion, Jehová, te recriminé;
no escribiste que en noche previa
me emborraché hasta el desconocimiento
y golpeé la puerta de mis siervos
temblando
y ascendí el monte llorando los tres días;
no está escrito el modo en que se
quebró mi pecho
cuando Isaac preguntó por el carnero
y yo, Jehová, con qué cara iba a decirle,
qué cara tengo ahora sino de perro mentiroso;
y qué dócil se puso cuando comprendió el sacrificio.
Y todas las criaturas que me diste
–afán de súbditos–,
la esposa que llegó después, la
bonanza y el respeto ajeno
no valen ni una sola de las lágrimas de mi niño.
¿De qué crees tú que tengo el corazón hecho
para ser capaz de trocar su terror?
¿Cómo hay que hacer para sacar
de la cabeza del hijo
la imagen de su padre empuñando el
cuchillo de degüello?
¿Cómo crees tú que se puede vivir
después de este suplicio?
Pero claro, ya sé con qué clase de
padre estoy hablando.
Enmarcado, Jehová, está tu egoísmo divino,
tus aires de héroe en boca de ángel,
tu ofrenda ardiendo en los matorrales;
y seguramente, probada mi lealtad,
hayas por fin dormido con toda la tranquilidad
que yo ya no tuve nunca.
Fuera de escena, Jehová, quedó la
imprecación:
todas las palabras con que te reñí,
todos los modos con que te nombré
quedaron fuera de tu sagrado argumento,
porque en la vanidad de tus memorias
no hay lugar para mis perpetuas maldiciones.

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Dime siempre que es urgente
y yo sabré llegar
recia a tiro desbocado
segura del límite pero abierta
confiada y valerosa
me abriré el paso con mi cuerpo solo
como hoja de machete entre la maleza
con las cuatro cavidades del corazón
agarradas con mis dientes
de lo contrario iré contando mis pisadas
aunque por dentro un cetáceo emerja de
mí y gire y me caiga
como si yo mujer pequeña
fuera hermosa extensión del Océano
fuera brillante y sin extremos
agua clara bella y cetácea
oh todo esto hermoso que hallo de mí
todo esto inmenso que soy
oh todos estos motivos
turgentes o vaporosos
que me llegan montoneros
y los lloro y los celebro
nada más por existir en esta tierra
pensando en mi modo de cumplirte;
dime entonces
y yo sabré llegar a la voz ven
sabré cómo tomar las ondas del sonido
y colocarlas como aros en mis oídos y
en tu cuello
sabré cómo hacer que esas palabras
vuelvan a su boca
más llenas más a gusto menos efímeras
y sólidas
aunque tersas como espuma de cerveza;
dime de ese modo
y yo sabré cómo llegar
cómo estar ahí
tendida o en ataque
cómo digas cómo quieras
pero dime que es urgente.

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A.

Aketzaly Moreno. Ciudad de México, 1992. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es poeta y editora en La Plaqueta Editorial. Ha publicado los poemarios titulados Vuelo de muerte (La sagrada familia, México, 2018), Nada queda en pie (Ojo de Golondrina, México, 2019), Relámpago en la sangre (Mantra Edixxxiones, México, 2020; Cae de Maduro, Argentina, 2021) y Sabré llegar (Todos ponen, México, 2023). En 2021, participó con Ernesto Baca en el taller teórico-práctico “A cuadro: Práctica Experimental y Concurso Internacional de Cortometraje”, con el corto Esta palabra no es blanca, montaje paralelo entre el poema homónimo y el archivo personal de Baca y la Filmoteca UNAM. Es parte de la organización del Encuentro Internacional de Poesía en Milpa Alta.

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por el artista venezolano Jesús Valero

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