Ser el otro uno mismo

Juan Liscano

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El primer libro de poemas publicado por Santos López es de 1980 y se titula Otras costumbres. Hay la intención manifiesta de sugerir una oposición entre costumbre —carril, monotonía, lo establecido, hábitos adquiridos— y lo otro. En esos años, poetas muy prometedores se alejaron de los talleres para intentar una experiencia propia, un acercamiento a la realidad, a lo cotidiano, a lo banal, en cierta forma para eludir lo trascendente, lo sagrado y las tendencias prevalecientes en los poetas que los precedieron, en los años 60, cuyos rasgos criticaron en un Angular aparecido en el número 23, tercera época, de Zona Franca, obra de Oscar Rodríguez Ortiz, Secretario de Redacción de dicha revista. Ulteriormente, algunos de esos poetas y otros más o menos de la misma edad, constituyeron los grupos Tráfico y Guaire. Las denominaciones indican claramente las intenciones de escribir poesía realista, inmediata, sustentada en un retorno peculiar a lo social, lo plural, actual, banal, es decir a la costumbre, a lo cotidiano, a lo transitorio en oposición a lo esencial. El primer libro de Santos López situaba la poesía del otro lado de esa tentativa de expresar la masificación y el populismo. Resulta importante destacarlo porque demuestra el juego dialéctico de la dualidad, principio hermético de inmensa proyección simbólica y vital identificado con la Creación y cuya superación no se logra sino de dos maneras: por la aparición de un tercer término conciliador de los opuestos (amor, hijos, creación de cualquier índole) o por la inmersión en la búsqueda de lo absoluto (mística, mutantes).

Lo expuesto demuestra que Santos López, pese a ser de la misma generación que los poetas de Tráfico y Guaire, persigue la Otredad, «Voltéate la boca hacia adentro», lo otro, es decir, cierta forma de trascendencia, de esencialismo, expansión del alma, de sobrerrealidad. Desde el primer poema de su libro precisa: «Hay un respiradero/ de esta cristiana herida que aún poseo./ Nutriente de pedradas y caídas,/ careado de noche,/ pleno de piedad ajena,/ sólo despierto a la muerte». («La vida como una herida»).

En los tres poemas siguientes ratifica esta revelación primera (la palabra revelación es la correcta en este caso). «Me apetece el cielo/ entre infierno/ y paraíso». En el tercero declara, en relación con el amor: «Mis ahogos/ los he sacado/ de la muerte de otros hombres/ por lo que han muerto/ tantos/ y tantos». El cuarto poema insiste en un «Cristo» que «no recuerda su génesis». «La herida acosante» del «sueño» es la «blancura de plaza», el «desfile sonoro» y el «sol seguro/ santo». Se opera en el lenguaje sucinto la traslación de la santidad al sol, sin decirlo, ofrece una clave de «lo otro», de su otredad.

En 1984 obtiene el Premio de la Biblioteca Nacional por una bella edición que ilustró con talento Consuelo Méndez, contentiva de unos poemas suyos titulados «Entre regiones», recogidos más tarde en Mas doliendo ya. «Procelosa ave/ que me respiras por dentro/ Cantabas a la niñez/ Ahora a la ciudad,/ al hueso que soy». «La vida alcanza» es otro poema clave en el que concluye: «Rara fortaleza ésta/ de vivir/ tras otra secreta vida». También en el poema «Mas doliendo ya»: «Sentirse adentro/ en esa otra mitad de uno». En 1987 publica en Fundarte Soy el animal que creo y en la página 37 leemos: «Con este velón en el río/ Ilumino los cuatro vientos/ Y las dos personas que soy». (El subrayado es mío).

Afirmo ahora que la poesía, para Santos López, no es solamente literatura, texto en sí; forma parte de una acción interior, esotérica, iniciática, situada en una dimensión metaliteraria ajena a la ontología porque no procede de la razón sino de lo irracional, precisamente. No hablo de surrealismo, porque en éste lo inconsciente, lo onírico se transforma en literatura sin cambiar nada en el hombre de letras que escribe. Registro racional de lo irracional. Por eso el surrealismo se agostó, poéticamente hablando, en sus pleitos de cenáculo, sus juicios purgativos, su adhesión a la política anarco-marxista (desde afuera, por supuesto, sin compromiso) y la sumisión al Papa Bretón, un producto inconcebible y muy francés de racionalidad deslumbrante, teología laica y dogmatismo totalitario. Esos hombres de letras jugaron a oráculos, asociaciones simbólicas y arquetipos del inconsciente, convulsiones chamánicas imaginarias e iniciaciones rituales soñadas. Abrieron, sin embargo, caminos para que otros persiguieran la verdadera fusión de la palabra con el acto iniciático, la verdadera otredad que comprometía no sólo la escritura, sino la vida. El grupo del Gran Jeu (Gran Juego) inmediatamente posterior a la aventura surrealista, con René Daumal y Roger Gilbert-Lecomte a la cabeza, convirtió los postulados de la sobrerrealidad, en una experiencia de vida y muerte. Fueron devorados por esa autenticidad de la que carecieron los jerarcas del surrealismo. Esta experiencia encontró en la pintura la verdadera manera de expresar sus contenidos míticos, arquetipales, de ruptura con la realidad y de buceo en lo otro. Antes que ellos Rimbaud había escrito: «Je suis un autre» (Soy otro).

Por una vía muy personal porque su andar obedece al hecho vivencial de su originadeidad, de su ethos y étnica, Santos López afirma no sólo con su tipología de ascendencias no europeas sino con su escritura, en la forma como usa el lenguaje castellano, como asocia las formas de la analogía, de la sintaxis, y de la prosodia, una búsqueda doble y simultánea, la de su «otro ancestral» y la de una escritura que lo exprese. Lo dicho explica por qué Santos López gustó y leyó a Luis Alberto Crespo y su poética de hacer memoria desde detrás de las palabras y desde la revelación interior. En Crespo el estilo es lenguaje a la vez creado por su vivencia caroreña (luz, paisaje, hablas, recuerdos, infancia, cosas, plantas, piedras) y creador de una coherencia intraliteraria, de meterse la literatura por dentro para ver más allá lo inmediato y lo trascendente.

No cabe duda de la hermandad de la poesía de Costumbre de sequía y la de Santos López, en concisión, concreción, modelaje del barro textual original. Mas la heredad de Santos López lo aleja de lo fantasmal desolado de Crespo para sumergirlo en lo sobrenatural mágico, mítico, conducido por su nahual, en un desdoblamiento compaginado, en una introspección esclarecedora, simbolizante, reorganizadora del entorno físico en función de la penetración en él de lo metafísico; en última instancia, términos de oposición conciliados en la experiencia iniciática y el lenguaje ritual. La historiografía antropológica, tan útil en otros aspectos, racionaliza inevitablemente como disciplina intelectual que es, la esencia de la experiencia chamánica, la cual se congela en los libros. La tentativa mayor de Santos López consistirá en saber no solamente de esa experiencia, sino en vivenciarla y, algo más, practicarla ceñido a ciertas disciplinas de la mente y del cuerpo. Con lo cual encarna al otro, andan juntos, él y el doble, en una peligrosa aventura de regreso, de buceo en el origen.

La culminación de ese proceso tan sólo apresable por el conocimiento esotérico no tradicional sino barroco, americano, indígena, africano, como en el culto de María Lionza (esplendor de un sentimiento raizal y mágico arcaico pero con el riesgo, parecido a lo que sucede en el ocultismo, de extraviarse en la hybris de los sincretismos y caer en la contrainiciación) se alcanza en esta obra sorprendente, El Libro de la Tribu, cuyo particularismo consiste en entender de otro modo que como sucede en los hechos poéticos literarios, la magia, el gnosticismo, la religión y la práctica de esa forma de otredad irracionalista, brote carnal, identificación inusitada, ejemplo de autenticidad interior que no niega la posibilidad de transcripción aunque la revelación sea oral, visual, sensorial, olfativa, animal, orgánica y también chamánica. Trance que habla con las otras lenguas, la de los muertos de la tribu, las bocas abiertas hacia dentro, las heridas, la subyacencia crística, la adoración milenaria a la Gran Madre devoradora y paridora.

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¿Cómo soportar la lectura de El Libro de la Tribu sin alterarse, sin arrojar o cerrar el volumen, sin tildarlo de disparate, o bien sin sentirse arrastrado en un ritual alucinante de antropofagia, imágenes descolocadoras, expresiones de una violencia críptica desconocida? Santos López, entre 1986 y 1990, cuando abrió las esclusas del inconsciente y de la intuición pura develadora, operó sobre sí mismo y logró comunicarse con los ancestros, con el caos generador de la preexistencia sentida por Jung en un proceso psíquico adelantado al advenimiento de las familias humanas. Ya allí, en esa dimensión primordial, está:

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Mi querida mamá hablándome
Volviéndome y devolviéndome
Alante adentro alante atrás
Es lo mismo

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Estos versos caracterizan el tono del discurso que abarca IX partes y deliberadamente mezcla el habla corriente con el lenguaje abstracto. Obviamente «mamá» es personal, mítica, telúrica. Esa ruptura de la linealidad y de la sintaxis recuerda por momentos a Rafael José Muñoz, pero con otros objetivos y sobre todo con fundamento existencial, étnico, familiar, muy diferente. Se cumplirá la función transmisora del trance en la palabra. Los temas fundamentales se entretejen y refieren en sustancia: la melancolía y la ira por la muerte de las tribus; las hambrunas materiales y espirituales; el hartazgo antropofágico de sí mismo y de los difuntos siempre presentes, como auras; la idea crística de la última cena, dando a beber su sangre y a comer su cuerpo en la ceremonia eucarística; la visión acerba de la ciudad; la maldición de los muertos y la convocatoria de los «aporreados»; la denuncia de los «cuellos blancos», de los «perros políticos»; la inmolación simbólica en un ritual parecido al de las tribus del Anahuac; la última hambruna, la cual remite de pronto al festín erótico; los mensajes maternales de la diosa oculta tras la palabra «mamá»; la ofrenda de bestias; el habla de Dios; el canto final a los animales en los que se transforma a voluntad, como en el Popol Vuh, donde los indios pueden tomar la forma de una persona o de aquellos, manifestaciones del nahual, a la vez doble y espíritu protector.

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Voltéate la boca hacia adentro
Pelambre sin cabeza, carne pura, cajón
Vamos, entierren las patas en mi cara
Tapa ese ojo, lámelo hijo de vaca
Ellos corren. Aquí están los animales, ellos
Los que empujan el patio. En la boca
Yo los quiebro. Estos son tus animales
Arrímalos, ya fueron desollados.

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Fabuloso monólogo pronunciado en un entrecruzamiento constante, entre las dos mitades del hablante, con intervenciones abruptas de dioses paternales y maternales. No hay duda: es el trance chamánico invocando todas las fuerzas de la tribu, sus muertos y los vivos, las potencias, las bestias; conjurando la ciudad y sus llaves y los hombres que la habitan; reencontrando o inventando vivencias ancestrales.

El Libro de la Tribu está precedido por un conjunto de poemas menos herméticos y concebidos en función escritural. Anuncian los de la tribu, son el umbral del descenso hacia lo entrañable, las entrañas, el humus, las bóvedas de raíces. Cierra el poemario una ampliación casi explicativa bajo el nombre de otro libro suyo: Soy el animal que creo. Las dedicatorias finales son importantes: ofrecen pistas esclarecedoras al que quiera relacionar el libro con fuentes espirituales y literarias.

No he sabido distinguir entre vida y arte. He tendido a buscar las identificaciones entre una y otro, apartando el culto por el formalismo, la textualidad, la moda, la actualidad. Encuentro en la poesía inusitada de Santos López, singularidad y autenticidad existenciales. Lo estético no es para él un fin en sí, sino un medio, en este caso usado para una transformación de sí mismo y un desdoblamiento a conciencia, no exento de peligro. Resulta arriesgado señalar hasta dónde este poeta de profunda teluricidad venezolana e indígena-americana, perseguirá su experiencia de desdoblamiento y trato con sus animales emblemáticos. En todo caso he sido leal conmigo mismo al proponer este exordio a su libro, porque desde la unicidad variable de mi existencia persigo la sombra alargada del origen, el cual sigue siendo, devorando el espejismo del futuro y el evanescente y efímero presente.

18-19 de julio de 1992

 

 

 

 

Ser el otro uno mismo se trata del prólogo a la segunda edición de El libro de la tribu, editado por la Editorial Eclepsidra en 1994. Este mismo prólogo de Liscano acompañó a la primera edición de Monte Ávila Editores en 1992.
La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra Buoyancy Blossoms (2019) del artista estadounidense Michael Nauert

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