Ser poeta hasta el punto de dejar de serlo

César Vallejo

Quisiera, ante todo, dar las gracias por la buena acogida que nos ha brindado el Centro de Arte Moderno para la presentación, hoy, del volumen de César Vallejo, Ser poeta hasta el punto de dejar de serlo. A la participación en esta mesa de Juan Manuel Bonet, primer mentor de Pre-Textos y actual flamante director del Instituto Cervantes, así como del poeta peruano, concretamente de Arequipa, Alfonso Ruiz Rosas.

Para comenzar he de destacar la excelente labor desarrollada durante años por Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, también presentes en esta mesa, como personas cuidadoras de la edición de este volumen que reúne dos de los proyectos de libro de Vallejo: Contra el secreto profesional y El arte de la revolución, más el contenido completo y depurado de sus «Libretas de notas».

Lo primero a destacar tras la lectura de Contra el secreto profesional es el carácter marcadamente humanista de su autor al dar especial relevancia al mundo de los sentidos, al sentimiento y al sentido de la Cultura, en definitiva, junto al marcado humor que destila gran parte de su creación poética (léase si no, a este respecto, «Ruido de pasos de un gran criminal», que comienza con esta frase: «Cuando apagaron la luz, me entraron ganas de reír», las últimas frases de «Lánguidamente su licor» o el texto final de Contra el secreto profesional), además de su peculiar carácter rebelde: «La rebeldía no es posible sin la inocencia. Se rebelan solamente los niños y los ángeles. La malicia no se rebela nunca».

A la pregunta de si el hombre puede volver al seno materno, nos dice Juan Larrea que Vallejo contesta afirmativamente: «–Sí puede, por Amor».

Al amor de Vallejo, nº 29 de nuestra editorial, fue, y no anecdóticamente, la obra que inauguró en Pre-Textos la serie dedicada al pensamiento del último exilio español. De hecho Juan Larrea, con quien Manuel Borrás mantenía una correspondencia de varios años, abrió la espita de esta colección, que veníamos acariciando desde los comienzos de la editorial.  El desarrollo de esta andadura se debió, en gran medida, al libro de Larrea sobre Vallejo.

El título del libro, con su múltiple lectura, dice ya mucho de sí mismo. Es un libro escrito, por un lado, qué duda cabe, al calor de Vallejo, y dedicado, por el otro, a su obra y figura básicamente amorosas y abocadas a la Vida, con mayúscula, pues, el pasmo, como diría María Zambrano hablando de la pintura de Ramón Gaya, que producen, que siguen produciendo ciertas imágenes y metáforas de la poesía de Vallejo, son Vida, siguen siendo Vida.

Para entender bien a César Vallejo hay que considerarlo, como bien nos dice Juan Larrea, desde una vertiente antropológica, global.

En cuanto a su libro El arte de la revolución cabe decir que es lógico que Vallejo abrazase, en su época, la revolución bolchevique y las vanguardias estéticas: fue un hijo avanzado de aquellas manifestaciones, que luego devinieron en lo que devinieron. Pero también es cierto que, por aquel entonces, nuestro autor supo renunciar a la estricta novedad como símbolo de la modernidad y optar por una actitud trascendente. A este respecto la poeta rumana Ana Blandiana nos llega a decir, muy ajustadamente en uno de sus poemas, que lo difícil no es ser nuevo, sino eterno. Y Vallejo lo es.

Comunista, por un lado, y cristiano, por el otro, como José Bergamín o Pier Paolo Pasolini, Vallejo fue, en definitiva, uno de los primeros escritores hispanos en encarnar esta duplicidad, este carácter esquizoide, propio de un mundo despiadado como el que nos ha tocado vivir y al que nuestro autor quiere dar nuevos vuelos universales.

Hoy en día, que todo se mide por el rasero de la cantidad, Vallejo representa «Una sensibilidad ingenua y penetrante», en palabras de Larrea. Una justa mezcla de ética y estética.

Y así, como colofón a lo aquí expuesto, nos advierte Vallejo en sus «Notas», que culminan la edición de Ser poeta hasta el punto de dejar de serlo:

«¡Cuidado con la substancia humana de la poesía!».

Manuel Ramírez

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El movimiento consustancial de la materia

Las paralelas no existen en el espíritu ni en la realidad del universo. Se trata de una mera figuración abstracta de la geometría. No cabe paralelismo dentro de la continuidad, una y lineal, de la vida. La historia y la naturaleza se desenvuelven linealmente y, en esta única línea, solitaria, los hechos humanos y los fenómenos naturales se suceden, uno tras otro, sucesiva y nunca simultáneamente.

El paralelismo de una línea férrea no tiene mayor realidad viviente que el de dos líneas que se trazan en una pizarra. Dos árboles o dos niños que nacen en un mismo instante tampoco constituyen un paralelismo efectivo. En todos estos casos, la ilusión geométrica no se sustenta en hechos objetivos, sino que participa de la naturaleza de otras tantas ficciones de los sentidos o abstracciones de la inteligencia, como cuando se ve, desde un tren en marcha, que las casas desfilan o cuando, moviendo circularmente un tizón encendido (véase Pascal), creemos ver y constatar un aro de fuego, etcétera.

La vida es una sucesión y no una simultaneidad. Las paralelas aparentes de una línea férrea no se desarrollan a la vez, sino una después de otra. Los hombres no conviven, sino que se suceden de uno en uno. Los pueblos tampoco conviven, sino que se suceden. La pluralidad es un fenómeno del tiempo y no del espacio. El número 1 está solitario de lugar. El 2 y los guarismos subsiguientes, dígitos o compuestos, no existen como realidad objetiva, sino como figuraciones abstractas del pensamiento.

La vida no se ensaya en varias formas a la vez. Sino en varias formas sucesivas. Un planeta no tiene un destino diverso al de los otros planetas, sino el mismo y único fin que los otros no han podido realizar. Una piedra ensaya un idéntico destino que un molusco y ella marcha antes o después de un hombre, pero no al mismo tiempo que él. Si se pudiera figurar la evolución

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La música viene del reloj. La música, como arte, nació en el momento en que el hombre se dio cuenta, por la vez primera, de la existencia del tiempo, digo, de la marcha de las cosas, del movimiento universal… ¡Uno! ¡Dos!… Y la escala nació.

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La muerte de la muerte

En realidad, el cielo no queda lejos ni cerca de la tierra. En realidad, la muerte no queda cerca ni lejos de la vida. Estamos siempre ante el río de Heráclito.

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AL ANIMAL SE LE GUÍA o se le empuja. Al hombre se le acompaña paralelamente.

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EXISTEN PREGUNTAS SIN RESPUESTAS, que son el espíritu de la ciencia y el sentido común hecho inquietud. Existen respuestas sin preguntas, que son el espíritu del arte y la conciencia dialéctica de las cosas.

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De Feurerbach a Marx

Cuando un órgano ejerce su función con plenitud, no hay malicia posible en el cuerpo. En el momento en que el tenista lanza magistralmente su bola, le posee una inocencia totalmente animal. Lo mismo ocurre con el cerebro. En el momento en que el filósofo sorprende una nueva verdad es una bestia completa. Anatole France decía que el sentimiento religioso es la función de un órgano especial del cuerpo humano, hasta ahora desconocido. Podría también afirmarse que, en el momento preciso en que este órgano de la fe funciona con plenitud, el creyente es también un ser desprovisto a tal punto de malicia que se diría un perfecto animal.

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LA MAYORÍA DE LAS GENTES gusta ver el deporte, pero no practicarlo. Existen millones de espectadores en los estadios y apenas unos cuantos jugadores. La mayoría ama el deporte cerebralmente, cuando no literariamente. Un día desaparecerá el campeón, para dar lugar al hombre en estado deportivo. El deporte no debe ser el arte de unos cuantos, sino una actitud tácita y universal de todos.

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EL MONUMENTO A BAUDELAIRE es una de las piedras sepulcrales más hermosas de París, una auténtica piedra de catedral. El escultor tomó un bloque lapídeo, lo abrió en dos extremidades y modeló un compás. Tal es la osamenta del monumento. Un compás. Un avión, una de cuyas extremidades se arrastra por el suelo, a causa de su mucho tamaño, como en el albatros simbólico. La otra mitad se alza perpendicularmente a la anterior y presenta, en su parte superior, un gran murciélago de alas extendidas. Sobre este bicho, vivo y flotante, hay una gárgola, cuyo mentón saliente, vigilante y agresivo, reposa y no reposa entre las manos.

Otro escultor habría cincelado el heráldico gato del aeda, tan manoseado por los críticos. El de esta piedra hurgó más hondamente y eligió el murciélago, ese binomio zoológico –entre mamífero y pájaro–, esa imagen ética –entre luzbel y ángel–, que tan bien encarna el espíritu de Baudelaire. Porque el autor de Las flores del mal no fue el diabolismo, en el sentido católico de este vocablo, sino un diabolismo laico y simplemente humano, un natural coeficiente de rebelión y de inocencia. La rebelión no es posible sin la inocencia. Se rebelan solamente los niños y los ángeles. La malicia no se rebela nunca. Un viejo puede únicamente despecharse y amargurarse. Tal Voltaire. La rebelión es fruto del espíritu inocente. Y el gato lleva la malicia en todas sus patas. En cambio, el murciélago –ese ratón alado de las bóvedas, esa híbrida pieza de plafones– tiene el instinto de la altura y, al mismo tiempo, el de la sombra. Es natural del reino tenebroso y, a la vez, habitante de las cúpulas. Por su doble naturaleza de vuelo y de tiniebla, posee la sabiduría en la sombra y, como en los heroísmos, practica la caída para

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Texto leído durante la presentación del libro de César Vallejo (Centro de Arte Moderno, Madrid, 21 de junio de 2018) y remitido a nuestra redacción por Néstor Mendoza para su publicación en la sección separata de nuestra edición web.

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