Sin Jane, de Donald Hall

Alejandro Oliveros

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En 1990 al poeta norteamericano Donald Hall se le diagnostica una dolencia hepática. Su pronóstico es reservado y los signos hablan de una enfermedad terminal: «tenía 63 años/y estaba perdido.» Así escribió en The old Life, su celebrada autobiografía en verso: «Sentí piedad/ por mi maltrecho cuerpo/ que se enfermaba para tratar/ de seguir siendo el mismo». A su lado, su esposa desde 1968, la también poeta Jane Kanyon. Juntos esperaron el desenlace que no llegó. La fatalidad se presentó de otra manera, no menos dolorosa: «Un lunes/ Jane sangró por la nariz». Los exámenes revelaron una alteración en la composición de la sangre. En la última estrofa de The old Life, Hall refiere las circunstancias:

De regreso en el motel, después de pasar todo el día a su lado en el hospital, caminé para arriba y para abajo hablando solo, sin hacer ruido, manteniéndome lúcido, pero cometí un lapsus linguae: «mi vida tiene leucemia». 

En el último verso, un juego de palabras: «My life has leukemia», en lugar de «My wife has leukemia».

Donald Hall es el autor de varios libros de ensayo, de los cuales, Remembering Poets es el que más nos interesa. Y de una docena de colecciones de poesía. Suficiente para distinguirlo como el poeta vivo más importante de los Estados Unidos. Después de The old Life, publicó, hace apenas unos meses, un nuevo volumen. El título es elocuente: Without («Sin»). En nuestro idioma, tal vez Sin carezca de la sonoridad de la partícula en inglés, que es un pie yámbico en sí mismo. Es probable que Sin Jane sea el nombre más apropiado para este libro excepcional. Without reúne veinte textos, de irregular extensión, y una larga secuencia, «La larga enfermedad», que se despliega a intervalos a lo largo del libro. Se trata de un diario de la enfermedad incurable de Jane Kanyon. Los primeros síntomas del mal, la incredulidad y la irrefutable certeza, los tratamientos, sus consecuencias, las petequias, la calvicie. El fracaso de la terapia, la vuelta al hogar, los «últimos días» y la muerte.

Desde Thomas Hardy no se cantaba a la compañera desaparecida con tanta fluidez y desgarramiento. Lo de Ted Hughes sobre Sylvia Plath es un ajuste de cuentas, no una elegía. En un instante, la pareja Hall-Kanyon se pregunta por qué tantas desgracias –el hígado de Donald, la médula de Jane–. En otro sin esperanzas, el poeta debe convencerse de que su buen comportamiento puede influir en el curso del morbo:

Dentro de sí
Alguien de cuatro años creyó
Que si se portaba bien y era
Juicioso más allá de todo reproche
Y perfecto, ella no lo abandonaría

Los últimos poemas de Without no son poemas poemas de amor sino cartas desesperadas: «Carta sin dirección», «Carta de otoño», «Carta de Navidad», «Carta de Año Nuevo». Y sobre todo el conjunto, inolvidables, las palabras de Jane Kanyon desde el infierno de la quimioterapia, las más estremecida de las declaraciones amorosas: «Quisieras que sintieras lo mismo que yo». I wish you could feel what i feel. Últimos días  que hoy ofrecemos a los lectores, es uno de los momentos más conmovidos de este itinerario.

 

 

Últimos días

 

«Era lógico esperarlo.»
Eso escribió él. Al día siguiente,
en la sala de consulta
la hematóloga, Letha Mills, tomó asiento,
rígida; su asistente, de pie,
con la espalda hacia la puerta.
«Tengo noticias terribles»,
dijo Letha. «La leucemia ha regresado.
Ya no se puede hacer nada.»
Los cuatro lloraron. Él preguntó: ¿Cuánto?

¿Cómo es posible ahora?
Jane dijo: «¿Puedo morir en mi casa?».

Esa tarde, de regreso,
arrojaron sus medicinas a la
basura. Jane vomitó. Y él
lloró, mientras ellas con los ojos ya
secos trataba de olvidar
en silencio.

En la noche, hizo llamadas
telefónicas que hicieron
venir a un hijo o a un amigo al horror

A la mañana siguiente,
trabajaron juntos seleccionando
sus poemas para Otherwise;
escogieron himnos para el funeral
Y se ayudaron con palabras
mientras redactaban el obituario.

Al otro día, más trabajo
en el libro.
Vio su debilidad y dijo:
mejor mañana o después.
Jane movió la cabeza. «No, ahora,
Tenemos que hacerlo ahora.»

Más tarde, cuando se dormía, exhausta,
Dijo, «¿No fue divertido?
Trabajar juntos, ¿no fue divertido?»

Le preguntó: «¿Qué ropa
Quieres que te ponga para el entierro?»
«Todavía no sé», dijo.
«Estaba pensando en el Salwar Kameez
Blanco», dijo él, su vestido hindú
De seda preferido, comprado en
Pondicherri hacia año
Y medio y que se ponía para verse
Mejor o más hermosa.
Ella sonrió, «Sí, me parece muy bien».
No le dijo que un año antes mientras soñaba despierto le había
Visto en su féretro con su Salwar Kameez blanco.

Pero él continuaba haciendo planes.
Esa noche interrumpió y dijo
«Cuando Gus muera lo haré incinerar y esparciré
Sus cenizas sobre tu tumba.»
Sonrió, sus grandes ojos
se animaron y dijo: «Le hará bien a los narcisos.»
Se recostó con su palidez
En la floreada almohada:
«Perkins, ¿cómo piensas en estas cosas?»
Hablaron de sus aventuras, manejando a través de Inglaterra
Como recién casados,
las excursiones a la India y China.
También recordaron días
normales, los estanques en verano,
corrigiendo textos juntos,
paseando el perro,
leyendo a Chéjov
en voz alta. Cuando añoró
las miles de citas que los condujeron
al éxtasis y el reposo
en esta cama pintada, Jane estalló
en lágrimas diciendo:
«Ya no haremos más el amor. Ya no más».

Incontinente, tres noches
antes de morir, tuvo que cargar a Jane
hasta el baño. La limpió
y la ayudó a regresar a la cama.
A las cinco dio comida
al perro y volvió para encontrarla al otro
lado del cuarto, sentada
en una silla. Si no podía estar
de pie, ¿cómo hizo para andar?
Sintió miedo de que pudiera caerse
y llamó a una ambulancia.

Cuando se lo dijo ella torció
los labios y empezó a llorar.
«¿Hay que ir?» La canceló y Jane: «Perkins
quédate aquí cuando muera.»

 

*

 

«Morir es sencillo», dijo
ella. «lo que es peor es… la separación.»
Cuando ella no pudo hablar más,
se acostaron solos y conmovedores.
Fijó sus ojos en él, sus
hermosos y enormes ojos marrones,
brillantes, quietos y llenos
de amor apasionado y de espanto.

 

*

 

Uno por uno llegaron,
Viejos y queridos amigos, a decir adiós
A esta amiga del alma.
Al principio dijo sus nombres, lloró
y los tocó. Luego sonrió
y torció la boca. El último día
se despidió con la mirada,
las manos crispadas y ojos de par en par

 

*

 

Él se levantó y fue hacia
donde ella miraba. Le dijo: «Pondré
estas cartas en el buzón.»
Durante tres horas no había hablado y ahora Jane decía: «O.K.»
A las ocho, esa noche, los ojos abiertos
hasta que murió, empezó
la dificultad la respiratoria.
Se
inclinó para besar de
nuevo sus labios pálidos y fríos
y sintió que por última
vez se contraían para devolver el beso.

 

*

 

Las horas finales mantuvo
alzados los brazos,
los pálidos dedos, a nivel de la mejilla,
como la diosa sobre el lavamanos.
A veces el puño derecho
se dirigía a su cara. Por doce horas,
hasta que ella murió frotó
la gran nariz huesuda de Jane Kanyon.
Un olor penetrante, casi
dulce salió de su boca abierta. Vio cómo su pecho dejaba
de moverse y con el pulgar cerró sus
enormes ojos marrones.

 

 

 

 

 

Sin Jane, de Donald Hall es un trabajo realizado por Alejandro Oliveros que se encuentra publicado en el libro «Poetas en la Tierra Baldía» publicado en el año 2000 por las ediciones Separata del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, Venezuela, pp. 161-123.

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