Sobre: «Decir un día», de José Gregorio Vázquez

Coral Pérez Gómez

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I

Es grato comentar un buen libro y compartir el asombro y el hallazgo, Decir un día, texto publicado por Acirema  (2017) es de lo mejor que he leído en la poesía actual en torno a la experiencia específica que narra. Recorre tópicos reconocidos por muchos, de cierta tradición poética venezolana: el destierro, la intemperie, la resequedad. Específicamente, el de la casa y su simbología (Alfredo Silva Estrada, Luis Alberto Crespo). El poeta siente que… la casa lo atrapa todo. La casa perdida se reconoce infancia, cuerpo y muerte propios. En algún momento de la vida, todos vamos ahíal lugar perdido, dice.

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De mi primera lectura surgió una nota súbita, apretada e informe donde quedaron confundidas las palabras del libro con las mías. La nota no vale ya, salvo esa deuda difícil de cumplir: dejar por escrito esta lectura, a fin de hacer sentir más que explicar. Con la relectura rehago el recorrido, sin olvidar que lo leí en aquel momento reviviendo un duelo, pero ahora me ayuda a pervivir, para seguir…, digo. ¿No es eso de lo que habla Decir un día? Por ello, intento dialogar con esas últimas palabras de un libro que sí logró decirlas.

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II

Este poemario tan unitario parece escrito a mano alzada de comienzo a fin. La intensidad de lo vivido y por manifestar se refleja en su largo aliento. Alterna entre la poesía breve que connota y la poesía en prosa que describe. Una dice a penas, la otra acompaña. Su arquitectura, cerrada y abierta, se plantea como tránsito, paso, umbral, cruce. Un camino fundamentado en una visión que entraña el momento postrero.

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Sus estancias o capítulos parecen barajarse. En sus partes y poemas, las palabras resuenan en las otras, y, a su vez, cada una es estancia firme en su lugar. La recurrencia de ciertas palabras hace que estas se conviertan en símbolos absolutos. Y a través de las recurrencias arquitectónicas lleva al lector a vivir esa experiencia de trance.

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Digo recurrente, no repetitivo. Su expresión es narración límpida en lo poético. Hay una radical ruptura con el experimento y regodeo del lenguaje. Nada de eso haría falta ante una realidad mayor. En la transparencia y la fidelidad se reconoce el despojo para reiterar lo esencial. Por eso es un poemario consciente respecto al lugar y al ser del lenguaje.

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III

Recuerdo haber leído, no me crean, ¿de Machado, quizá?, algo así como esta imagen: el dolor de cruzar de la orilla del hoy a la orilla del mañana. Eso es este libro. Entre la noche y el día está el despertar al último destino. El mientras agonizo, no como desdicha o queja sino trance de un día es morir y nacer, uno tras otro, de vuelta y de regreso.

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Escrito en un continuo presente, hilvana rigurosamente un trayecto como hacia atrás, de vuelta, sea a lo heredado o lo perdido en el olvido definitivo. Alguien, algo, ha muerto, y el poeta recorre ese camino, perdiendo el cuerpo propio al irse. Qué o quién es ese cuerpo que se abandona. Es todo, el poeta, la voz y el poema. Y a dónde va.

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Ha ido y vuelto el poeta, como un Dante cruzando el otro lado del río, pero buscando otro lenguaje en su tránsito ante el dolor paralizante; quizá el verbo al otro lado del sonido. Sabe que ante toda experiencia límite, y tras la sentencia postrera, está la intuición de una actitud ante el mandato. El poeta tiene la tarea de redimir esa condena, así sea desde la intemperie, sintiendo las palabras del derrotado.

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Decir un día es la escritura del paso hacia la muerte. El decir ante la muerte y la muerte ante el decir. La paradoja del no-cuerpo, del no-poema, del no-decir, presta al poema su diálogo entre el olvido y la memoria. Con el aprendizaje del duelo, el cuerpo y la memoria recorren al niño, la casa, el no-estar. Gran parte del aliento del libro no es sino lo que se va entregando justo antes de empezar a no estar, cuando solo se busca ver.

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La experiencia de la muerte y la experiencia poética. La expresión de esa experiencia y la experiencia de esa expresión, buscando otras palabras augurales, pero también las desnudas, las abandonadas. Sin embargo, ese tránsito es más humilde que un ejercicio de reflexión en juego o una filosofía. Se trata de una filosofía de la entrega, un abandonarse también a la palabra que baste para contar ese trayecto.

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Después del deber ante el testimonio no hay resignación. De ahí que el poemario es un canto a la palabra como herencia, una plegaria ante el testimonio poético, destino del poeta. Ser testigo de sí, y no obstante, conocer lo opuesto, el réquiem de la palabra recobrada.

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IV

A pesar de estar dividido en cuatro estancias, todo en el libro se fundamenta en recurrencias. Los títulos de las estancias definen conceptualmente el tránsito, aunque solo recobrado y descrito en el todo. El camino lo reconstruye el lector. Esta es su arquitectura, orquestada en su conjunto de forma sencilla y compleja a la vez:

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Aliento provisorio: la parte más extensa. Antesala, premonición. El mientras agonizo, con el cuerpo y la memoria apenas, con el luto a cuestas, buscando la expresión: Voy trayendo forzadamente el poema. Y el poeta, de pronto inmerso en un lenguaje más oscuro:

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Ya son pocas las palabras
y se me atragantan.
(…)
Estos son ahora los símbolos de la partida
Así voy muriendo
                    conmigo                en el olvido
Lo desvanecido
tiene casa en mi cuerpo
tierra reseca en mis palabras
olvido
en mi silencio de ahora
(…)
Aquí no hay lugar
para volver atrás
y recorrer los años
(…)
Busco la palabra
la marca de un último instante
para regresar
Pero llega temprano
la noche a socavar lo poco que he andado
El símbolo de la casa perdida, de la infancia.
Sobre todo, ante el hecho puntual, la casa repartida, vacía, doliente, ensangrentada, mi osario a la intemperie:
Intentan repartir mi casa
Lo que queda de ella
no podrán
            destruirla
Y la sentencia de un ahora sentido como eternidad dolorosa: La verdad ya no tiene casa en mi casa.

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Vestigios: donde aparece el recuento familiar y la afrenta al niño. Decide entrar a la casa y vivir ese transitar de una noche hasta el mañana, implorando a los dioses un verbo de otros signos. Asume el mandato, cumplir un papel ante la indolencia de los otros, o el día que falte el otro o ante el llanto de todos. Y expresa: Una condena debe terminar:

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No temas
Entra de nuevo en esta de ahora
Sé que vienes con menos años
y deseas estar aquí algún tiempo
uno nuevo
                distinto
                            con otros dioses
                                            en otra casa
                           con otras sombras
(…)
El ritual de las antiguas oraciones
en las voces de nuestras madres
(…)
Todos ahí ambicionan la nada
porque siembran la nada
Todos ahí roban el instante
para habitar el vacío
Todos ahí no viven

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Los secretos del agua: donde se percibe la luz, como agua, lluvia, río, y verdor de un nuevo día. Siempre que llueve por dentro y por fuera de esta casa:

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Quizás aquí hace falta que el tiempo diga
de otra forma
Parece que en esta casa
solo la lluvia
trae todo lo nuevo
(…)
Desde lejos
esperando
que todo termine
Que la lluvia se pose dentro
que no salga de la casa
que siempre encienda
de verde cada instante oscuro
mortuorio
            y despreciado

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Y, Partir: pero con el testimonio del testigo ya acuestas: La palabra no busca sólo un sonido. La palabra busca en otras formasQuizás aquí hace falta que el tiempo diga de otra forma:

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bajo otra palabra
redentora
que viene de otros días
menos calcinados
(…)
Esos sonidos son los que dejo aquí, y hundiéndome con ellos también me iré apagando, lejos,
después de poder decir un día.

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V

Sabemos que volver a la casa de la infancia siempre es un riesgo:

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Una tragedia delante de mí
                    y yo sin poder hacer
Algo aquí se abrió
Algo aquí se derrumbó

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Ante las ruinas la casa de donde nunca te has ido pero que sabes que ya no está, ese lugar se convierte en símbolo del tiempo, de un ahora roto. Quedar ahí varado, de momento, en un ahora absoluto, justo donde se muere y nace a la vez. Cuando ese cuerpo agonizante trata de ver cuál es la fecha mortuoria y decide visitar esa casa muerta, como visita su sepulcro, su lápida. Y si la casa nos dice entra, tenemos que entrar. Ella te habla desde dentro. Entonces, desde el distanciamiento, desde el abandono del alma, desde mi ahora lejos de la tierra prometida, dice el poeta, escuchar otros sonidos, los primeros días de la infancia: recuerdos y testigos; aunque el que escribe sea ya otra casa. En ella la madre simboliza la oración y el padre, lo ido.

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Por eso, no hay miedo ante la muerte, aunque hable de agonía. Se resiste al entierro de su infancia, de su propia casa. Intuye una palabra viva que aún grita. Y, antes del amanecer, en nombre de él y de los otros, ante la condena de la muerte y la palabra perdida, el decir se resucita. Decir un día para morir, decir un día para resucitar. Por eso ese nuevo día también tiene su imagen: la epifanía de la lluvia curando lo reseco.

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El poeta sabe que no puede volver ni huir del lugar postrero. Y sabe que al regresar el viento generoso llevará su canto a destino:

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Hay viento
Mi palabra
pronto volará
hasta ti
inquebrantable

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El poeta sin casa hace de las palabras otra casa. Y dice: buscamos el origen de las palabras sembradas en el alma. El reto se esconde en esta sentencia que nos deja el libro: Creemos que no hay palabras al revés…

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C.

Coral Pérez Gómez. La Habana-Cuba, 1971. Residenciada en Venezuela desde 1993. Licenciada en Letras por la UCV (2005). Editora y pintora. Ha publicado: crítica y ensayos literarios en revistas culturales; las monografías: Ida Gramcko: lo emotivo lúcido (2006); Vicente Gerbasi: relámpago extasiado entre dos noches (2007); y Alfredo Silva Estrada: poesía en proceso, laberinto en expansión (2009); y el poemario Tierra sin voz (2010). Participó en la exposición colectiva de artes visuales: Arte y literatura: vínculos y afinidades (2016). Sus poemas han sido antologados en: Amanecieron de bala. Panorama actual de la joven poesía venezolana (2007), Versos-diversos. Antología sexo-género diversa contemporánea e hispanoamericana (2011), De pan y la canción. Antología poética popular (2015), y Como una brasa encendida. Antología de poesía venezolana (2016). Tiene en preparación el poemario Voces de agua y piedra.

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